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	<title>GRATIS TOTALVíctor Hugo &#8211; GRATIS TOTAL</title>
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		<title>Paisajes vitales</title>
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		<pubDate>Thu, 14 May 2020 08:58:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>La literatura alimenta la imaginación y el fetichismo. Y el turismo. En 2016, al cumplirse el cuarto centenario de la muerte de Cervantes, la búsqueda de sus restos en el convento madrileño de las Trinitarias se convirtió en acontecimiento de interés mundial. El pasado miércoles fue subastada en Lisboa y adjudicada por 41.000 euros la cómoda en que escribía Fernando Pessoa (1888-1935). Yo creo que todos estos detalles de atrezo cultural contribuyen muy bien a subrayar el valor de los grandes escritores, pero como se argumentó hasta la saciedad en el caso de Cervantes, lo que de verdad importa no es el lugar preciso en que reposan los huesos de un enterramiento o el escritorio donde el genio compuso su obra, sino la obra en sí. Una obra, si hablamos de Pessoa, que él fue guardando en un arcón de madera que le acompañó toda su vida y que atesora 27.000 documentos, bastantes de ellos inéditos o sin ordenar.</p>
<p>En el Museo Hemingway de la Finca Vigía, en Cuba, se exhibe el escritorio elevado donde el autor de ‘El viejo y el mar’ redactó algunos de sus textos. Yo recuerdo la impresión que me causó contemplar en la Casa de Víctor Hugo, en la plaza de Los Vosgos de París, el escritorio elevado que utilizaba el autor de ‘Los miserables’, una verdadera maravilla. Ninguna de esas emociones, sin embargo, cabe equipararlas con las suscitadas por la lectura de sus obras, desde las andanzas de Jean Valjean y sus desencuentros con la justicia, hasta las desdichas de Esmeralda y Quasimodo en la catedral de Nôtre Dame.</p>
<p>¿Se leería más a Cervantes si por un azar imposible se hallara la mesa rústica o el jergón de aquella cárcel «donde toda incomodidad tiene su asiento», en que fue «engendrado» (es decir, concebido) El Quijote? ¿Se leería más la poesía de Vicente Aleixandre, Premio Nobel de Literatura, si finalmente su casa de la calle Velintonia, 3, (por donde pasaron García Lorca, Cernuda, Alberti, Dámaso Alonso, Neruda, Miguel Hernández, Carlos Bousoño, Jaime Gil de Biedma, Francisco Brines, José Hierro, Vicente Molina Foix…) fuera rescatada de la incuria y del olvido oficial? Pues en ambos casos me parece que la respuesta es «sí». Sí se leería más porque en esta sociedad de palos de selfi y turismo de consumo, todo lo que puede transformarse en imagen de recuerdo es un valor firme y en alza. Es sabido que una obra no ‘solo’ es el texto del autor. Cada lector ‘recrea’ activamente, con su imaginación, lo que lee.</p>
<p>Cuando el coronavirus ensombrece las perspectivas para el turismo de masas, a mí me parece que buscar protagonistas en sus escenarios biográficos, en sus paisajes vitales, es una formidable opción para ahondar en su literatura. Desde la Lisboa de Pessoa, al Madrid de Galdós; desde las rutas de Delibes por Valladolid, a la Casa de Gabriel y Galán en Guijo de Granadilla.</p>
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		<title>Paradoja futurista</title>
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		<pubDate>Thu, 24 Jan 2019 12:43:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Me han regalado una de esas agendas que enriquecen sus páginas con frases de gente célebre. La correspondiente a hoy es de Víctor Hugo: «No son las locomotoras, sino las ideas, las que llevan y arrastran el mundo», pero me resisto a seguir por esa vía porque resulta sarcástico con los desastres del tren en Extremadura. Hablar de locomotoras aquí es como nombrar la soga en casa del ahorcado. Funesta metáfora. Es obvio que el mundo cambia y son las ideas nuevas las que lo mueven. A veces con progresos rectilíneos y continuos; en ocasiones, zigzagueando, con dos pasos adelante y uno atrás.</p>
<p>Antes de la globalización y del ‘capitalismo sin fronteras’ –a lomos, principalmente, de las nuevas tecnologías y los avances en las comunicaciones– resultaban inconcebibles problemas como los que plantean estos días el colectivo de taxistas frente a las empresas VTC (vehículo turismo con conductor) tales como Uber y Cabify, al margen de que buena parte de esas empresas sean propiedad de fondos de inversión internacionales y contribuyan, de hecho, a ‘precarizar’ los salarios y las condiciones laborales de sus trabajadores. Eso sí, a precarizarlos en la misma proporción y desde los mismos planteamientos que lo hacen infinidad de empresas de infinidad de sectores productivos, desde la industria al comercio, desde la agricultura a la hostelería; desde la banca al ocio y a los propios medios de comunicación. Quien esté libre de ajustes, que levante la mano.</p>
<p>No todos los cambios, sin embargo, son inexorables. Hace unas pocas décadas, el Ayuntamiento de cualquier ciudad española se encargaba directamente de los servicios municipales básicos: el abastecimiento de agua, la recogida de basura y limpieza viaria, el mantenimiento de parques y jardines, el parque de bomberos, el autobús urbano… Ahora suele ser al revés: en vez de estar municipalizados, tales servicios se contratan a través de empresas concesionarias. Aunque el debate sobre la conveniencia o no de privatizar servicios públicos existirá siempre. Quiero decir que no cabe una solución definitiva, tajante, incuestionable, como ocurre, por ejemplo, con la necesidad de vacunas en la población infantil. Una sociedad puede decidir en determinado momento que le interesa ‘privatizar’ tal o cual sector porque esté justificado socialmente, no solo desde el punto de vista de la rentabilidad económica. Y a la inversa: decidir que hay cuestiones en las que solo cabe decir lo que Manuel Vicent en su famoso artículo: «No pongas tus sucias manos sobre Mozart».</p>
<p>No sé si las razones de los taxistas resultan ‘sostenibles’ frente a la amenaza que representa para ellos las VTC. Pero parece claro que a través de acciones violentas y descontroladas lo que consigan será como escribir en el agua. El sector debe ser regulado a nivel nacional. No puede convertirse en una selva, sometida a la ley del más fuerte. En las redes sociales circula una vieja imagen que resume, con ironía, cómo perciben algunos ciudadanos el conflicto. Se ve a un hombre con boina y una cartera en bandolera que pregunta: «¿Para cuándo se prohíbe el correo electrónico? Los carteros nos estamos quedando sin trabajo y nos tememos lo peor».</p>
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		<title>El turismo del horror</title>
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		<pubDate>Fri, 27 Apr 2012 20:43:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Desde siempre el hombre ha sentido atracción por el abismo y se debate entre Eros y Thanatos, lo dos impulsos, como advierte Freud, que son norte y sur de la existencia. Parece que entendemos y justificamos muy bien todo lo relativo a Eros, al amor y a sus múltiples ramificaciones, desde la conmoción de los primeros escarceos en la adolescencia hasta la convención de las bodas, bautizos y sus correspondientes días conmemorativos. ¿Pero qué pasa con Thanatos? Aparte de las funerarias y de las floristerías, del negocio de la muerte viven muchas personas, incluso del sector turístico. La Universidad Central Lancashire, de Inglaterra, ha creado el Instituto de Estudios sobre Turismo Necrológico para buscar una explicación académica al hecho de que miles de ciudadanos visiten durante sus vacaciones el campo de exterminio de Auschwitz, la ‘zona cero’ de Nueva York, los campos de la muerte de Camboya o la central nuclear de Chernóbil, según informa el diario ‘La Vanguardia’ citando fuentes de la BBC.<br />
El director del centro universitario, Philip Stone, cree que las visitas a esos lugares obedecen al sentido trascendente que concedemos a la vida, al hecho de que «vivimos en una cultura que por lo general elimina la muerte del dominio público», explica, y también a que visitando esos escenarios del horror, de las atrocidades, los turistas pueden dar un paso atrás y experimentar la sensación de alivio, la alegría de que no haberle sucedido a ellos la terrible desgracia de convertirse en víctimas.<br />
¿Pero el turismo necrológico no está relacionado en realidad con el nacimiento del turismo? ¿Qué buscaba Stendhal en sus paseos por Roma, Florencia y Nápoles? ¿Y qué buscaron Heine o Goethe o los viajeros ilustrados y del romanticismo por media Europa? ¿Qué tipo de turismo es el que conduce hasta las pirámides de Egipto, los mayores monumentos funerarios de la historia?<br />
Yo creo que el hombre que se acerca hasta los pabellones de Auschwitz o hasta los campos de la muerte de Camboya no solo acude para reflexionar sobre la muerte y la trascendencia de la vida, sino para interrogarse acerca de la maldita ‘banalidad del mal’ y del instinto irracional que aún alienta en muchos ejemplares de Homo sapiens.<br />
Esos lugares de las grandes hecatombes de la historia, de los apocalipsis que perpetraron el nazismo de Hitler, los Jemeres Rojos de Pol-Pot, el nacionalismo étnico en Bosnia-Herzegovina o la Al-Qaeda de Bin Laden no pueden invitar únicamente a que reflexionemos sobre el más allá, como si se tratara de un cuadro del barroco con el caballero observando la calavera junto al reloj de arena para ilustrar el tema del ‘tempus fugit’.<br />
Quienes visitan en París el cementerio Père-Lachaise, donde están enterrados desde Proust hasta Edith Piaf, Balzac y Chopin, o quienes recorren las galerías del Panteón de Hombres Ilustres, donde reposan, entre otros, los restos de Voltaire, Víctor Hugo y Zola, pueden ser adscritos al ‘turismo necrológico’, pero un turismo más preocupado por los aspectos estrictamente culturales de la historia que por el desasosiego que suscita la cercanía del horror y del mal.</p>
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		<title>Hollín en la sopa</title>
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		<pubDate>Fri, 02 Mar 2012 17:34:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Domingo Fernández</dc:creator>
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		<description><![CDATA[En época de mixtificaciones y falsas apariencias es bastante fácil que te den gato por liebre. ¿Pero qué época no es de falseamiento y simulación? Hay lobos que se visten de corderos, les puede la querencia y quien lo paga es el rebaño. Hace pocos meses, cuando la sociedad alimentaba el festín consumista, el espejismo [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En época de mixtificaciones y falsas apariencias es bastante fácil que te den gato por liebre. ¿Pero qué época no es de falseamiento y simulación? Hay lobos que se visten de corderos, les puede la querencia y quien lo paga es el rebaño. Hace pocos meses, cuando la sociedad alimentaba el festín consumista, el espejismo de un desarrollo tan inestable como el de la cabra del saltimbanqui, lo decisivo era pedalear sin parar en la bicicleta del mercado. Todos por la senda de la hipoteca, del crédito fácil, con los bancos en cabeza, hasta la orgía final. ¿Quiere usted una hipoteca para el piso? ¿Por qué no pide también un crédito personal, con el euríbor por los suelos, para el nuevo coche y esas vacaciones que le debe a su mujer?<br />
Ahora que sabemos el final de esa comedia, la mejor banda sonora es la canción de Sabina, ¿quién me ha robado el mes de abril, cómo pudo sucederme a mí? Naturalmente que los bancos, inductores cuando no cómplices en el desaguisado, mantuvieron las apariencias, las mantienen ahora y en apenas dos movimientos de prestidigitación han vuelto a quedarse con el santo y la limosna. El suyo es un negocio permanentemente con las espaldas cubiertas.<br />
«El cuerpo humano solo es apariencia y esconde nuestra realidad. La realidad es el alma», dice Víctor Hugo. Yo creo que los mercados son apariencia y esconden la realidad de los bancos, que es el dinero. Al contrario de lo que ocurre con el Pedro Crespo alcalde de Zalamea, cuando el honor era patrimonio del alma y el alma solo de Dios, en nuestra sociedad no hay más dios que los mercados ni más almas que el dinero, y tanto unos como otros son, en apariencia y en esencia, propiedad de la banca. Así que ya sabes, Sabina, quién te ha robado el mes de abril y alguna casilla más del calendario.<br />
El Banco Central Europeo inyectó ayer un billón de euros al sistema y la banca española solicitó al menos 150.000 millones para hacer fluir el crédito. ¿Para hacer fluir el crédito o para arreglar las propias cuentas con el dinero de todos? ¿Por qué se empieza otra vez la casa por el tejado?<br />
El panorama ha hecho que cada vez entendamos mejor la certera definición de banquero que dio Mark Twain: «El banquero es un señor que nos presta el paraguas cuando hace sol y nos lo exige cuando empieza a llover». Darle vueltas al asunto puede inducirnos a la melancolía o al simple cabreo. Y tampoco está la cosa para alimentar una kale borroca contra los amos de la pasta. En realidad los banqueros lo único que buscan es cubrir las apariencias, aunque en su caso cubrir las apariencias implique siempre apostar a caballo ganador y que la moneda caiga del mostrador para adentro&#8230;<br />
Lo mejor es la resignación y no sulfurarse en exceso. «Si un puñado de hollín cae dentro de la sopa y no puede sacarlo, remuévalo bien y le dará un sabor francés a la sopa», escribió Jonathan Swift, ese genio de la ironía ‘reducido’ tantas veces, de forma injusta, a cuentista para niños. Espectador a la fuerza de los trileros del mercado, no se disguste amigo lector, y si además de tener hollín, la sopa está caliente, sonría y échele vino, así además de enfriarse el plato se calienta usted.</p>
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