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	<title>MELOCOTONES MELBA | La Cuchara de San Andrés - Blogs hoy.es</title>
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		<title>MELOCOTONES MELBA | La Cuchara de San Andrés - Blogs hoy.es</title>
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		<pubDate>Tue, 04 Nov 2014 20:55:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fernando Valbuena</dc:creator>
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<html><head><meta http-equiv="content-type" content="text/html; charset=utf-8"></head><body><div id="attachment_243" style="width: 528px" class="wp-caption aligncenter"><a href="/lacucharadesanandres/wp-content/uploads/sites/73/2014/11/Nellie-Melba-at-Savoy.jpg"><img aria-describedby="caption-attachment-243" class="size-full wp-image-243" src="/lacucharadesanandres/wp-content/uploads/sites/73/2014/11/Nellie-Melba-at-Savoy.jpg" alt="Nellie Melba en el Hotel Savoy." width="518" height="350" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/73/2014/11/Nellie-Melba-at-Savoy.jpg 518w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/73/2014/11/Nellie-Melba-at-Savoy-300x203.jpg 300w" sizes="(max-width: 518px) 100vw, 518px"></a><p id="caption-attachment-243" class="wp-caption-text">Nellie Melba en el Hotel Savoy.</p></div>
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<div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-advertising-mobile-ready"></div><p><strong>Escoffier</strong> esperaba a la puerta del <strong>Savoy</strong>. Él era el rey de los chefs, chef de reyes. Ella solía cenar allí. Él estaba enamorado. De ella, claro. Casi veinte años les separaban. Ella poco más de treinta. Él, detrás de sus grandes bigotes blancos, aún amaba. Amaba las cocinas, la magia de la buena mesa, las flores y la amaba a ella. Escoffier, detrás de sus bigotes, nervioso, niño, a la puerta del Savoy.</p>
<p>Ella, la Melba, <strong>Nellie Melba</strong> en los escenarios, estaba al llegar. Mujer y diva en el mismo paquete. Acababa de reventar los cerrojos de la buena sociedad con la “Elsa” de “Lohengrin”. Escoffier, trémolo en el<strong> Covent Garden</strong>, asiento tres, fila tres. “Julieta”, “Lucía de Lammermoor”, pero ninguna como “Elsa”. Emocionado, se prometió a sí mismo sorprender a la soprano australiana con una creación digna de ella. Digna de los dos. Al fin y al cabo se amaban. O eso creía él. Al entrar en el Hotel Savoy, besó su mano y la acompañó hasta su mesa.</p>
<p><strong>Londres a sus pies.</strong> Un príncipe ruso pidió ser presentado. Bellísima. Joven. Inolvidable. Escoffier aún tenía clavada en sus ojos la escena en que “Lohengrin”, el caballero del Santo Grial, va al encuentro de “Elsa” en una barca tirada por un cisne blanco. “¡Cocinas! ¡Ahora!” Del carrito tiraban dos camareros, en él, <strong>las alas de un cisne talladas en un bloque de hielo</strong>. Sobre un timbal de plata, entre las alas de hielo, <strong>melocotones cocidos</strong>, apenas un minuto,<strong> sobre un lecho de helado de vainilla</strong>. Y todo <strong>bajo un manto de azúcar glasé real</strong>. La Melba agradeció la ocurrencia. En ese mismo instante un botones le entregaba una nota. Solo un número. “444”. Ella contestó escribiendo: “En quince minutos”. El príncipe ruso abandonó el comedor.</p>
<p>Era 1893. Seis años después, en la inauguración del <strong>Hotel Carlton</strong>, Londres, ciudad y faro, Escoffier y la Melba volvieron a coincidir. En esta ocasión el cocinero, despechado, añadió <strong>sangre de frambuesas</strong> al plato, su propia sangre, y una nota para ella. “¿Me permitiría llamarlo “Peches Melba”? Ella le contestó con un número, tan solo un número. “444”.</p>
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