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	<title>ALMAS  ATORMENTADAS | Libre con Libros - Blogs hoy.es</title>
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	<description>Blog dedicado a la literatura de Manuel Pecellín</description>
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		<pubDate>Thu, 15 Mar 2012 17:30:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Manuel Pecellín</dc:creator>
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<html><head><meta http-equiv="content-type" content="text/html; charset=utf-8"></head><body><div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-adver-blogs-entries"></div><div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-advertising-mobile-ready"></div><p>F. Nietzsche, siempre provocador, sostuvo que Dostoievski era el  único psicólogo del que se podía aprender algo.  Por su parte, S. Freud no ocultaba la admiración por el escritor ruso, a quien rindió homenaje en su obra Dostoievski y el parricidio. En efecto, el  creador de personajes como Raskolnikov  o los hermanos Karamazov  pasa por ser uno de los escritores más  capaces de diseccionar los entresijos del alma humana, con reconocida predilección por  los espíritus atormentados.  Las desgracias de su azarosa biografía debieron de ayudarle para comprender como pocos  las humanas debilidades, las contradicciones y sufrimientos,  los sueños frustrados, el orgullo herido y  la permanente insatisfacción  de cuantos no consiguen combinar adecuadamente el  “principio de placer” con el “principio de realidad”.<br>
No extraña que la protagonista de esta novela  de Rodríguez Criado (Cáceres, 1967) tome al ruso como  el destinatario de las cartas que le escribe durante el bienio final de su al parecer  serena, pero tormentosa vida,  aunque Laura Bauer, antigua profesora de Matemáticas de una Universidad romana,  música y lectora voraz, es consciente de que sus misivas nunca van a tener contestación.  Si las redacta, dirigiéndolas al autor con la que tan identificada se reconoce, es por ver de aclararse a sí misma y, quizás, obtener de la pluma el perdón que nunca supo concederse.  Ya con ochenta años sobre sus débiles hombros,  atendida de lejos por amigos,  familiares y, sobre todo,  su médico de cabecera,  un judío milagrosamente escapado de Auschwitz, irá refiriéndole  al inaccesible  Dostoievski  los puntos álgidos de su vida, desde la infancia a los momentos últimos que sabe  le restan a orillas del  Tíber.  Le va explicando también pequeñas anécdotas cotidianas; impresiones de lecturas (casi siempre de novelistas rusos) y  breves encuentros con personas afines. Alguna vez le falla la memoria, como cuando pretende colocarnos un Volkswagen (el coche de Hitler) en los años veinte del pasado siglo.<br>
Este recurso al género epistolar  produce un texto mucho más ágil  que la típica narración autobiográfica, real o fingida,  facilitando mantener el hilo conductor a través  de las espaciadas entregas, que por cierto ganan en intensidad e incluso extensión según avanza la obra.  Hábilmente construida, con excelente prosa,  los lectores tardan en conocer las claves de la desazón que  ha corroído a esta mujer, sensible y  nada egoísta, de madre española y padre alemán: su admirado progenitor fue un espía nazi, avocado al suicidio tras la caída del régimen hitleriano. Ella misma tardó en descubrir  la complicidad  de aquel  guapo y atento periodista con el holocausto. Desde entonces, no ha podido vivir en paz,  mordida por la culpa ante  crímenes horrendos  de los  que, sin haberlos cometido,  se siente también  responsable.  Tal vez por eso, próximo ya el desenlace final, decide constituir en su heredero al doctor judío, con quien nunca supo mantener una relación  serena. A éste se le atribuye la redacción de la última carta, también dirigida, claro, a Dostoievski.<br>
Si escribir es un acto de supervivencia, también ayuda no poco a sobrellevar las horas encontrarse y poder saborear libros como éste.</p>
<p>Francisco Rodríguez Criado, Mi querido Dostoievski.  Madrid, Ediciones de la Discreta, 2012.</p>
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