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	<title>UN CRÍTICO ANARQUISTA | Libre con Libros - Blogs hoy.es</title>
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	<description>Blog dedicado a la literatura de Manuel Pecellín</description>
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		<pubDate>Sat, 27 Oct 2012 06:35:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Manuel Pecellín</dc:creator>
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<html><head><meta http-equiv="content-type" content="text/html; charset=utf-8"></head><body><div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-adver-blogs-entries"></div><div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-advertising-mobile-ready"></div><p>Entre las aficiones confesadas por el autor de Soldado de Salamina, sobresale una de honda raigambre extremeña: la bibliofilia.  Sus caminatas entre los libros antiguos lo condujeron a un  curioso<br>
panfleto, editado en la España republicana (1938) y cuyo título le sedujo, “El arte de escribir sin arte”. Reaparece ahora, con preliminar (más bien corto) de Javier Cercas.  Felipe Alaiz de Pablo<br>
(Belver de Cinca, 1887- París, 1959) es hoy casi un desconocido, aunque fue  periodista de gran presencia en nuestro país durante los<br>
lustros anteriores a la Guerra Civil de 1936. Baste recordar que, invitado por el propio Ortega y Gasset,  colaboraría en El Sol, para, más tarde, hacerlo en medios afines a sus ideales ácratas. De éstos,<br>
llegó incluso a dirigir algunos tan notables como Tierra y Libertad o Solidaridad Obrera.  Aunque  se mantuvo hasta el fin fiel al anarquismo, lo haría con una radical independencia, lo que le indujo a<br>
enfrentarse en ocasiones con sus propios correligionarios.<br>
Aparte de una obra periodística gigantesca de carácter político, Alaiz desarrolló también abundante trabajos de crítica literaria, también siempre con criterios muy personales.  Las Ediciones Umbral de París<br>
publicaron (1962-1965), ya póstumos, dos volúmenes que recogían muchos de los apuntes editados por el periodista entre 1934-1935 bajo la reseña de “Tipos españoles”. Juan Bonilla ha elegido ocho de estos<br>
apuntes para engrosar  el volumen de Berenice,  al que ha puesto un desenfadado epílogo.  Estos artículos, donde Alaiz desarrolla las<br>
concepciones estéticas adelantadas en la entrega inicial, analizan de forma casis siempre desconcertante las obras de Espronceda,  Bécquer,<br>
Campoamor, Azorín, Valle-Inclán, Benavente, García Lorca y Pío Baroja.<br>
Habría sido conveniente recoger la fecha en que fueron publicados. Excepto el  último, a quien juzga el más valioso novelista español (pese a las “quince mil faltas de sintaxis que tiene… y su innegable<br>
antisemitismo”), todos los demás infringen la  que  Alaiz tiene como norma máxima de la buena literatura: expresarse con sencillez, el arte<br>
de escribir sin artificios. Ateniéndose a ella, emite los más duros dictámenes este hombre que no era en modo alguno “un leñador practicando la crítica literaria”, según lo define Bonilla, pues<br>
gozaba de extraordinaria cultura.  “Si un párrafo no cabe en una conversación, si al recitar un párrafo resulta desplazado del diálogo,<br>
es un texto artificioso”, proclama y condena ( pág. 30). Enemigo absoluto del “non serviam, aquel militante del movimiento obrero despreciaba  a quien no supeditase su escritura a la defensa de la<br>
causa popular. Basta ver , dice, el lenguaje que utilizan para darse cuenta de la opción que toman frente a las reivindicaciones sociales (casi<br>
siempre a favor del Poder). Nada del arte por el arte, sino escritura alegremente humanizada.  Alaiz, anticlerical  hasta los tuétanos y<br>
anticomunista por lógica y experiencia, dueño de una prosa magnífica, no duda al emitir los juicios más feroces, adobándolos a menudo con<br>
butades ingeniosas.  A su modo de ver, Rubén Darío y Valle-Inclán no fueron más que decadentes desastrosos; Azorín, un autor afectadísimo,<br>
repleto de  de sinónimos inútiles; Benavente, el dramaturgo casi siempre  superficial, para quien Maura obtuvo el Nobel por los<br>
servicios prestados;   Alberti, alguien que “hace poesía bronca y soviética con hilos consabidos,  cañamazo consabido y carga consabida de preciosismo detonante” (pág. 100); Juan Ramón Jiménez,  un creador que “se extingue de puro suave en sus bordados de casulla” (pág. 101)<br>
y  en el mismo Lorca apenas ve más que al “poeta granadino, emigrante del Albaicín hacia las nóminas y hacia las candilejas”, autor   que parece “se santigua para estar en gracia y que echa a escribir como<br>
quien echa a andar conducido por un fuego frío, fatuo, sin parpadear, capaz de componer   obras como   Bodas de sangre, “una obra de campanadas lúgubres, de montaraz sentimiento, el dramón que nunca<br>
debería imaginar un autor conocedor del drama, encapuchado rondador<br>
por los vericuetos de la España pedante enemiga de la carcajada, medida o no, y del agua” , un frívolo para quien Andalucía es solo “ un redondel con gitanos y civiles” (pp. 101-102). Et sic de coeteris.<br>
Alaiz no fue un ignorante, sino un crítico en circunstancias sociopolíticas encrespadísimas y  tan dogmático como aquellos de los que él con razón abominaba.<br>
La edición se ha hecho con el apoyo de la Fundación de Estudios Libertarios Anselmo Lorenzo.</p>
<p>Felipe Aliz, El arte de escribir sin arte. Córdoba, Berenice, 2012.</p>
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