{"id":204,"date":"2011-11-19T12:00:46","date_gmt":"2011-11-19T11:00:46","guid":{"rendered":"http:\/\/blogs.hoy.es\/libreconlibros\/?p=204"},"modified":"2011-11-19T12:00:46","modified_gmt":"2011-11-19T11:00:46","slug":"204","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.hoy.es\/libreconlibros\/2011\/11\/19\/204\/","title":{"rendered":""},"content":{"rendered":"<p>LITERATURA  AMERICANA<\/p>\n<p>Acierta, una vez m\u00e1s, Perif\u00e9rica decidi\u00e9ndose a acometer  la edici\u00f3n castellana de las obras de Thomas Wolfe (1900-1938). Fue uno de los escritores norteamericanos m\u00e1s importantes de la primera mitad del siglo XX y sus novelas se leen a\u00fan con plena satisfacci\u00f3n. Aunque la tuberculosis lo arrebatara con s\u00f3lo treinta y ocho a\u00f1os, tuvo tiempo para construir una escritura que le atrajo el respeto de los m\u00e1s grandes.  Basten algunos testimonios. Faulkner lo consideraba sencillamente el mejor de su generaci\u00f3n y Sinclair Lewis llegar\u00eda a citar a Wolfe en el discurso de recepci\u00f3n del premio Nobel.  Jack Kerouac, por su parte, no dud\u00f3 en decir: \u201cUna de las m\u00e1ximas aspiraciones de cualquiera de nosotros ser\u00eda llegar a escribir algo con la altura y la poes\u00eda de El ni\u00f1o perdido \u201c. No iba errado el m\u00edtico  representante de la Generaci\u00f3n Beat, en muchos de  cuyos miembros las huellas de Wolfe son reconocibles.<br \/>\nEfectivamente, el relato que nos ocupa, una \u201cnouvelle\u201d  seg\u00fan ha sido calificada por su intensa brevedad, est\u00e1 cargada de lirismo y  su prosa construida con recursos m\u00e1s propios de ese g\u00e9nero que de la narraci\u00f3n cl\u00e1sica. La obra, notablemente autobiogr\u00e1fica,  se estructura en cuatro bloques, seg\u00fan la voz que asume el protagonismo. Cada una de ellas se encarga de reconstruir  a su modo la memoria de Grover,  un preadolescente admirable,  al que el tifus se llev\u00f3 con apenas doce a\u00f1os e in\u00e9dita madurez.<br \/>\nEl an\u00f3nimo narrador de la primera parte se encarga de presentar el marco donde discurren los hechos y los personajes secundarios, con los que Grover mantuvo siempre una relaci\u00f3n sumamente educada y tierna, pero tambi\u00e9n firme e inteligente, propia de personalidad que tanto promet\u00eda.  Estamos en Saint Louis, el a\u00f1o 1904, ciudad revitalizada por la Exposici\u00f3n Universal  y hasta donde se  ha trasladado  la familia  de Grover, cuyo padre es un trabajador inmensamente alto y corpulento.  Le vendr\u00e1 bien su rotundidad f\u00edsica para defender al hijo frente a gente como el se\u00f1or Crocker, el avaricioso repostero. Hasta sus dulces se acerca  casi inevitablemente el muchacho, al que le atraen todos los olores, incluido el de la tormenta (magn\u00edficamente descrita).  L a nariz de Grover, como un d\u00eda demandase Nietzsche, es su \u00f3rgano privilegiado, por el que se deja  conducir con toda seguridad, incluso cuando falte la luz,  pues  \u00e9sta  se va y viene de forma imprevisible en la ciudad sure\u00f1a. Una prosa  obsesivamente anaf\u00f3rica,  trabada adem\u00e1s por el polis\u00edndeton,  ayuda al novelista a percutir sin pausa sobre las sensaciones del ni\u00f1o.<br \/>\nEn la segunda parte, mucho m\u00e1s breve, es la madre quien asume el protagonismo de la narraci\u00f3n. Como si dialogase con los otros hermanos,  evoca  conmovedoramente las vicisitudes del  traslado familiar,  el viaje desde Asheville a Saint Luis,  a trav\u00e9s de Indiana, en primavera. Grover, el m\u00e1s inteligente, juicioso  y querido, se interesa por cuanto va descubriendo, sin perder nunca su c\u00e1lida seriedad. As\u00ed lo evoca tambi\u00e9n en la parte tercera la hermana  mayor,  cuya turbaci\u00f3n ante los recuerdos que le provoca la foto del  ni\u00f1o se trasmiten al  lenguaje,  repleto de elipsis,  admiraciones, interrogantes y an\u00e1foras, mientras refiere, ya con cuarenta y seis a\u00f1os, la s\u00fabita enfermedad y r\u00e1pida muerte de Grover.  Es finalmente el propio autor quien en la parte \u00faltima nos hace saber que Grover Wolfe, \u201cel ni\u00f1o perdido\u201d,  era su propio hermano. As\u00ed  lo podemos deducir  al narrarnos  la visita que  el escritor hace,  ya maduro universitario (Wolfe fue profesor de la Universidad de Nueva York), a la casa donde vivieron una infancia irrepetible. Esa b\u00fasqueda del tiempo perdido, a lo Marcel Proust, evocada con tanta ternura como radicalidad, no sin consideraciones de car\u00e1cter filos\u00f3fico sobre  el destino de la persona, elev\u00e1ndolas incluso al de la misma Am\u00e9rica (\u201cun pa\u00eds demasiado grande para ser un pa\u00eds\u201d, p\u00e1g. 78), pone acertado colof\u00f3n a la novela. <\/p>\n<p>Thomas Wolfe,  El ni\u00f1o perdido. C\u00e1ceres, Perif\u00e9rica, 2011.<br \/>\nEL HERMANO MUERTO<br \/>\nManuel  Pecell\u00edn Lancharro<\/p>\n<p>Acierta, una vez m\u00e1s, Perif\u00e9rica decidi\u00e9ndose a acometer  la edici\u00f3n castellana de las obras de Thomas Wolfe (1900-1938). Fue uno de los escritores norteamericanos m\u00e1s importantes de la primera mitad del siglo XX y sus novelas se leen a\u00fan con plena satisfacci\u00f3n. Aunque la tuberculosis lo arrebatara con s\u00f3lo treinta y ocho a\u00f1os, tuvo tiempo para construir una escritura que le atrajo el respeto de los m\u00e1s grandes.  Basten algunos testimonios. Faulkner lo consideraba sencillamente el mejor de su generaci\u00f3n y Sinclair Lewis llegar\u00eda a citar a Wolfe en el discurso de recepci\u00f3n del premio Nobel.  Jack Kerouac, por su parte, no dud\u00f3 en decir: \u201cUna de las m\u00e1ximas aspiraciones de cualquiera de nosotros ser\u00eda llegar a escribir algo con la altura y la poes\u00eda de El ni\u00f1o perdido \u201c. No iba errado el m\u00edtico  representante de la Generaci\u00f3n Beat, en muchos de  cuyos miembros las huellas de Wolfe son reconocibles.<br \/>\nEfectivamente, el relato que nos ocupa, una \u201cnouvelle\u201d  seg\u00fan ha sido calificada por su intensa brevedad, est\u00e1 cargada de lirismo y  su prosa construida con recursos m\u00e1s propios de ese g\u00e9nero que de la narraci\u00f3n cl\u00e1sica. La obra, notablemente autobiogr\u00e1fica,  se estructura en cuatro bloques, seg\u00fan la voz que asume el protagonismo. Cada una de ellas se encarga de reconstruir  a su modo la memoria de Grover,  un preadolescente admirable,  al que el tifus se llev\u00f3 con apenas doce a\u00f1os e in\u00e9dita madurez.<br \/>\nEl an\u00f3nimo narrador de la primera parte se encarga de presentar el marco donde discurren los hechos y los personajes secundarios, con los que Grover mantuvo siempre una relaci\u00f3n sumamente educada y tierna, pero tambi\u00e9n firme e inteligente, propia de personalidad que tanto promet\u00eda.  Estamos en Saint Louis, el a\u00f1o 1904, ciudad revitalizada por la Exposici\u00f3n Universal  y hasta donde se  ha trasladado  la familia  de Grover, cuyo padre es un trabajador inmensamente alto y corpulento.  Le vendr\u00e1 bien su rotundidad f\u00edsica para defender al hijo frente a gente como el se\u00f1or Crocker, el avaricioso repostero. Hasta sus dulces se acerca  casi inevitablemente el muchacho, al que le atraen todos los olores, incluido el de la tormenta (magn\u00edficamente descrita).  L a nariz de Grover, como un d\u00eda demandase Nietzsche, es su \u00f3rgano privilegiado, por el que se deja  conducir con toda seguridad, incluso cuando falte la luz,  pues  \u00e9sta  se va y viene de forma imprevisible en la ciudad sure\u00f1a. Una prosa  obsesivamente anaf\u00f3rica,  trabada adem\u00e1s por el polis\u00edndeton,  ayuda al novelista a percutir sin pausa sobre las sensaciones del ni\u00f1o.<br \/>\nEn la segunda parte, mucho m\u00e1s breve, es la madre quien asume el protagonismo de la narraci\u00f3n. Como si dialogase con los otros hermanos,  evoca  conmovedoramente las vicisitudes del  traslado familiar,  el viaje desde Asheville a Saint Luis,  a trav\u00e9s de Indiana, en primavera. Grover, el m\u00e1s inteligente, juicioso  y querido, se interesa por cuanto va descubriendo, sin perder nunca su c\u00e1lida seriedad. As\u00ed lo evoca tambi\u00e9n en la parte tercera la hermana  mayor,  cuya turbaci\u00f3n ante los recuerdos que le provoca la foto del  ni\u00f1o se trasmiten al  lenguaje,  repleto de elipsis,  admiraciones, interrogantes y an\u00e1foras, mientras refiere, ya con cuarenta y seis a\u00f1os, la s\u00fabita enfermedad y r\u00e1pida muerte de Grover.  Es finalmente el propio autor quien en la parte \u00faltima nos hace saber que Grover Wolfe, \u201cel ni\u00f1o perdido\u201d,  era su propio hermano. As\u00ed  lo podemos deducir  al narrarnos  la visita que  el escritor hace,  ya maduro universitario (Wolfe fue profesor de la Universidad de Nueva York), a la casa donde vivieron una infancia irrepetible. Esa b\u00fasqueda del tiempo perdido, a lo Marcel Proust, evocada con tanta ternura como radicalidad, no sin consideraciones de car\u00e1cter filos\u00f3fico sobre  el destino de la persona, elev\u00e1ndolas incluso al de la misma Am\u00e9rica (\u201cun pa\u00eds demasiado grande para ser un pa\u00eds\u201d, p\u00e1g. 78), pone acertado colof\u00f3n a la novela. <\/p>\n<p>Thomas Wolfe,  El ni\u00f1o perdido. C\u00e1ceres, Perif\u00e9rica, 2011.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>LITERATURA AMERICANA Acierta, una vez m\u00e1s, Perif\u00e9rica decidi\u00e9ndose a acometer la edici\u00f3n castellana de las obras de Thomas Wolfe (1900-1938). Fue uno de los escritores norteamericanos m\u00e1s importantes de la primera mitad del siglo XX y sus novelas se leen a\u00fan con plena satisfacci\u00f3n. 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