{"id":516,"date":"2015-03-01T20:06:06","date_gmt":"2015-03-01T19:06:06","guid":{"rendered":"http:\/\/blogs.hoy.es\/libreconlibros\/?p=516"},"modified":"2015-03-01T20:06:06","modified_gmt":"2015-03-01T19:06:06","slug":"sepulturero-de-libros","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.hoy.es\/libreconlibros\/2015\/03\/01\/sepulturero-de-libros\/","title":{"rendered":"SEPULTURERO DE LIBROS"},"content":{"rendered":"<p>SEPULTURERO DE LIBROS<\/p>\n<div><\/div>\n<div>\n<div><\/div>\n<div>Ese raro esp\u00e9cimen que constituyen los bibli\u00f3filos (amantes del libro, seg\u00fan la etimolog\u00eda griega del t\u00e9rmino), abarca distintas variedades, no todas bien conocidas. Las hay de m\u00e1s larga proyecci\u00f3n hist\u00f3rica, como el bibli\u00f3grafo, que se ocupa de describir las caracter\u00edsticas y contenidos de las obras; el bibli\u00f3mano o ladr\u00f3n de libros (Perif\u00e9rica tiene en su fondo editorial <em>Los amores de un bibli\u00f3mano<\/em>, de Eugene Field); el bibliocasta, empe\u00f1ado en destrozar escritos propios y ajenos (tal vez para componer con los retales alg\u00fan inaudito volumen); el bibli\u00f3fago, que se los come o el bibliodoro, cuya placer consiste en regalarlos. A tan curiosa ralea, capaz de combinar en un mismo sujeto distintas subespecies, vale a\u00f1adir el bibli\u00f3tafo o sepulturero de libros.<\/div>\n<div>Tal es el protagonista de esta curiosa narraci\u00f3n, no exenta de \u00a0fundamentos reales \u00a0y que ahora se publica en castellano, traducida por \u00c1ngeles de los Santos. Su autor, L. H. Vincent (1859-1941), tuvo sobradas virtudes para escribirla. Natural de Chicago, fue cr\u00edtico, editor y profesor de Literatura en varia universidades estadounidenses. Entre sus numerosas publicaciones, cabe recordar un conjunto de ensayos sobre creadores tan relevantes como W. Irving, E. A. Poe, W. Whitman, R.L. Stevenson o J. Keats.<\/div>\n<div>Seg\u00fan demuestra en el primer cap\u00edtulo de esta obra, conoc\u00eda el caso de un \u201cbibli\u00f3tafo\u201d, que bien pudo servirle como \u00a0trasunto real \u00a0del protagonista. Se trata de Richard Heber (1773-1833), hombre apasionado por formar y \u00a0enriquecer una fant\u00e1stica colecci\u00f3n que llegar\u00eda a alcanzar los 150. 000 ejemplares. Infatigable hasta la muerte, \u00e9sta lo encontr\u00f3 cat\u00e1logo en \u00a0mano, redactando la solicitud de nuevos t\u00edtulos. Due\u00f1o de distintas bibliotecas donde albergar tan enorme dep\u00f3sito, fue alguien de reconocida generosidad: \u201cel culto y curioso, ya sea rico o pobre, tiene acceso libre a mi biblioteca\u201d, dice que fue para \u00e9l norma de conducta. Pero su m\u00e1ximo placer consist\u00eda en llevar a un enorme almac\u00e9n las piezas codiciadas, sobre todo si eran ediciones especiales (no necesariamente las primeras), \u201csepult\u00e1ndolas\u201d all\u00ed, como en una gran tumba.<\/div>\n<div>As\u00ed se conduce tambi\u00e9n el personaje central de esta novela corta (cien p\u00e1ginas), un cazalibros obseso, con enorme cultura, trabajador infatigable y gran sentido del humor. Al hilo de peripecias experimentadas por medio mundo, sobre todo en las librer\u00edas de antiguo y de lance, el lector va siendo placenteramente informado de cuanto hace referencia a las apreciadas frutas de Gutenberg. Ten\u00eda tambi\u00e9n otra singularidad: buscaba con la misma pasi\u00f3n el aut\u00f3grafo de los grandes escritores, siempre que \u00e9stos se lo firmasen en obras propias (no en cuadernos, folios u otros soportes ocasionales).<\/div>\n<div>En realidad, quien abruma con los conocimientos sobre libros, poes\u00eda, historia y otras ramas del saber es Le\u00f3n H. Vincent, sin hacerse en modo alguno pesado. Algunas de las observaciones son realmente ingeniosas, como cuando describe al arquetipo del \u201cdepositario involuntario\u201d \u00a0(pp. 78-81), la persona a quien otros le endosan un libro urgi\u00e9ndole pronta lectura para obtener la opini\u00f3n, tal vez la cr\u00edtica o el apoyo (enfad\u00e1ndose quiz\u00e1 si no recibe del asaltado lo que de \u00e9l esperaba).<\/div>\n<div>No s\u00e9 qu\u00e9 habr\u00eda sido de figuras como Heber o su trasunto literario en los tiempos del ordenador, los cat\u00e1logos por email, el libro electr\u00f3nico, las bibliotecas virtuales o la nube inform\u00e1tica.\u00a0 Lo cierto es que la novela, publicada en 1898 (el a\u00f1o que da nombre a toda una generaci\u00f3n hispana) e in\u00e9dita hasta hoy en castellano, demuestra poseer suficientes virtudes para ser tenida como un peque\u00f1o gran cl\u00e1sico de las letras norteamericanas. (Y cu\u00e1ntas veces me ha tra\u00eddo a la memoria las figuras de grandes \u201cbibli\u00f3tafos\u201d extreme\u00f1os, como Arias Montano, \u00a0Bartolom\u00e9 J. Gallardo , Vicente Barrantes, \u00a0A. Rodr\u00edguez-Mo\u00f1ino o Mariano Encomienda, constructores de \u00a0impagables \u201ctumbas\u201d de papel en El Escorial, La Alberquilla, Guadalupe, la madrile\u00f1a calle San Justo o los s\u00f3tanos de Santa Ana en Almendralejo ).<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Leon H. Vincent, <em>El bibli\u00f3tafo<\/em>. C\u00e1ceres, Perif\u00e9rica, 2015.<\/div>\n<\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>SEPULTURERO DE LIBROS Ese raro esp\u00e9cimen que constituyen los bibli\u00f3filos (amantes del libro, seg\u00fan la etimolog\u00eda griega del t\u00e9rmino), abarca distintas variedades, no todas bien conocidas. 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