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	<title>La viga en el ojo propio | De subir a la montaña me canso - Blogs hoy.es</title>
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	<description>Responsable de Diseño en el Diario Hoy de Extremadura desde 2012. Escritor de relatos breves donde aplico la máxima de la Escuela Postirónica: &#34;Hablar de unas cosas para decir otras&#34; . Soy consciente de mi ignorancia.</description>
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		<title>La viga en el ojo propio | De subir a la montaña me canso - Blogs hoy.es</title>
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		<pubDate>Mon, 06 Feb 2012 19:21:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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<html><head><meta http-equiv="content-type" content="text/html; charset=utf-8"></head><body><div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-adver-blogs-entries"></div><div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-advertising-mobile-ready"></div><p style="padding-left: 30px;"><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2012/02/ojo-propio.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-55" title="ojo propio" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2012/02/ojo-propio.jpg" alt="" width="620" height="194" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2012/02/ojo-propio.jpg 620w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2012/02/ojo-propio-300x94.jpg 300w" sizes="(max-width: 620px) 100vw, 620px"></a></p>
<p style="padding-left: 30px;">A mí me parece que esta niña me ha mirado raro. Es una niña cabezona. Y no me refiero a que sea difícil que dé su brazo a torcer, que a lo mejor también. ¡Es que vaya cabezón que tiene la niña! Como tengo que meterme con mamá en el centro comercial la pierdo de vista justo cuando la niña se va a dar un trompazo con la columna del aparcamiento.<br>
Mamá me pone esto y aquello sobre la ropa, habla sola de lo precioso que voy a estar y de lo mucho que le va a gustar a tu padre lo que nos vamos a ahorrar. Por supuesto, no me consulta. No lo necesita. Paga. Los zapatos mejor otro día, dice mamá, que llevamos prisa, y ya sabes que es más difícil encontrar tu número, y hay que mirar más. Así que estoy siendo arrastrado de nuevo hacia el aparcamiento, con mis camisitas y mis pantaloncitos rebajados en bolsas de plástico que tardarán doscientos años terrestres en biodegradarse o degradarse sin bio, que parece que es más lento.<br>
Mamá echa monedas en el parquímetro y, como me suelta de la mano para alcanzar el monedero en su bolso-trampa, me alejo un poco de su aura protectora y un carrito-hoja-de-lechuga-pegada, empujado por una gorda idiota (lo de gorda es evidente, por visible) aprovecha para aplastarme el pie y ganar por la mínima a una pareja de modernos que parecen sacados de un anuncio buenrollista de móviles.<br>
Cojeando, arrastrado por el aparentemente debilucho brazo de mamá, que no se detiene ante nada, sondada por vía intravenosa al ritmo frenético de la crisis diaria, llegamos a nuestra plaza de garaje.<br>
La niña cabezona está desplomada en el suelo con un chichón gigante en la frente y la mamá de la niña o la tía o quien sea que esté al cargo, habla descojonada por el teléfono móvil. A su lado, un maromo de gym abofetea a un calvito que se empeña en ajustarse el cuello de la camisa cada vez que le llueve otra.<br>
Lo cierto es que la cabezona, al estar inconsciente o muerta, se está perdiendo una buena. ¡Claro que el trompazo se lo merece! Por mirar raro a niños que, como yo, tenemos los pies grandes.</p>
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