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	<title>De subir a la montaña me cansoamor &#8211; De subir a la montaña me canso</title>
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	<description>Responsable de Diseño en el Diario Hoy de Extremadura desde 2012. Escritor de relatos breves donde aplico la máxima de la Escuela Postirónica: &#34;Hablar de unas cosas para decir otras&#34; . Soy consciente de mi ignorancia.</description>
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		<title>El prejuicio de la sordera</title>
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		<pubDate>Thu, 24 Nov 2016 12:12:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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<p>La mujer que no acepta que tiene la edad que tiene se desliza por la puerta del centro comercial ataviada con un vestido demasiado corto y ligeramente chabacano que le sienta (francamente) muy regular pero que al guardia jurado con un particularísimo sentido de la responsabilidad le parece digno de una diosa, madurita o no. Y cuando a la mujer que no acepta que tiene la edad que tiene se le queda clavado el tacón en la mullida alfombra que se encuentra nada más abrirse la puerta automática del centro comercial, el guardia jurado con un particularísimo sentido de la responsabilidad deja de fijarse en el grupo de chavales que vienen de pasearse por las tiendas sin haber gastado un céntimo y poca suela de sus zapatillas de marca tan molonas, y se ofrece, cómo no hacerlo (se considera a sí mismo un caballero andante), a sacarle el tacón a la mujer que no acepta que tiene la edad que tiene, pero la mujer que no acepta que tiene la edad que tiene tampoco acepta —era previsible— que un joven y fornido guardia jurado con, probablemente, el graduado escolar y poco más (o ni eso), piense que es una cara bonita y poco más —o sea, que es una patosa—, así que le dice de muy malos modos, obviamente, que se vaya al cuerno, que los zapatos son nuevos y, claro, que estas cosas le pueden pasar a cualquier chica de ciudad, nunca a una de campo, que ésas no sabrían andar ni de coña con una de estas plataformas infernales que los modistos han diseñado, especula, porque quieren ver descalabrase a todas las mujeres del mundo para que sólo haya hombres porque ya se sabe —dice a voz en grito— que todos los hombres son unos maricones. El  guardia jurado con un particularísimo sentido de la responsabilidad oye todo esto como quien oye llover, conste, y le pide permiso a la mujer que no acepta que tiene la edad que tiene para, mediante un ligero tironcillo, separar su pie del zapato y luego, con el pie ya a salvo, sintiendo la mullida alfombra en la planta del pie, extraer el zapato con el tacón o sólo el tacón, lo mismo da, pues bien sabe el guardia jurado con un particularísimo sentido de la responsabilidad que hay unos estupendos pegamentos <em>pegalotodo</em> que no salen caros para el avío que hacen. La mujer que no acepta que tiene la edad que tiene, cuando se percata de que el segurata ha tomado su pie para descalzarlo, levanta el bolso de imitación de Carolina Herrera por encima de su cabeza y le arrea repetidas veces al guardia jurado con un particularísimo sentido de la responsabilidad, que, mientras va perdiendo la conciencia, se percata, a su vez, de que la moza está, efectivamente, bastante apetecible y que, aunque ya tiene una edad, qué duda cabe, una cosa no quita la otra, supone, así que la invitará a salir en cuanto salga del coma, porque para él la diferencia generacional es lo de menos cuando el amor es de verdad.</p>
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		<title>Mamíferos</title>
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		<pubDate>Thu, 26 May 2016 16:42:45 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2016/02/Mamíferos_3FB.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-1025" title="Mamíferos_3FB" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2016/02/Mamíferos_3FB.jpg" alt="" width="482" height="678" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2016/02/Mamíferos_3FB.jpg 482w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2016/02/Mamíferos_3FB-213x300.jpg 213w" sizes="(max-width: 482px) 100vw, 482px" /></a></p>
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<p>El muchacho que regala cartas de amor no se molesta cuando la princesa de cuento de hadas escoge otra carta porque la que le regaló no la convence. El muchacho que regala cartas de amor le pregunta si no quiere que le escriba una de su puño y letra, y hasta le sugiere a la princesa de cuento de hadas que le dicte las palabras que desea leer. Sorprendida por tal atrevimiento, la princesa de cuento de hadas, que ha percibido cierta sorna en el timbre de la voz del muchacho, lo manda arrestar de inmediato.<br />
El muchacho que regala cartas de amor, que acaba de ser arrojado a un calabozo sucio y maloliente, no se inmuta cuando el verdugo le entrega una nota manuscrita de la princesa de cuento de hadas en la que puede leer que <em>no habrá cielo allá donde va</em>, y estas palabras vienen rodeadas con un círculo de color morado.<br />
Cuando el hacha separa la cabeza del muchacho que regala cartas de amor, la princesa de cuento de hadas, desde la balconada estilo rococó construida para no perderse ningún detalle, aplaude histéricamente. Y sin saber qué maldito hechizo lo provoca, no puede dejar de hacerlo.</p>
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		<title>Del barro venimos</title>
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		<pubDate>Mon, 08 Feb 2016 11:12:54 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2016/01/BarroFB.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-1011" title="BarroFB" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2016/01/BarroFB.jpg" alt="" width="624" height="443" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2016/01/BarroFB.jpg 624w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2016/01/BarroFB-300x213.jpg 300w" sizes="(max-width: 624px) 100vw, 624px" /></a></p>
<p>El hombre con la cara llena de barro pulsa el interruptor de la luz del almacén y sorprende a su aprendiz y al perito —que ha venido a comprobar la vigencia del seguro— en una postura que puede calificarse de extremadamente difícil para según qué edades. Como no quiere molestar, el hombre con la cara llena de barro vuelve a pulsar el interruptor de la luz y deja a los dos tortolitos a oscuras, a lo suyo.<br />
A este hombre con la cara llena de barro no le importa en absoluto que sean dos hombres los que se están dando el lote, aunque supone que el descubrimiento (la constatación) de las preferencias amatorias de su aprendiz sarasa, le va a traer más de un quebradero de cabeza en el futuro.<br />
El primero en salir del almacén es el aprendiz, que va remetiéndose la camisa de cuadros por dentro de los tejanos bien prietos y que le marcan la huevada sin que parezca importarle que pueda quedarse impotente por el aplastamiento innecesario de las gónadas.<br />
Pocos segundos después, sale el perito, que va tan endomingado como cuando entró, que parecía que hubiese acabado de salir del salón de belleza recién afeitado, depilado, duchado, perfumado.<br />
El perito, qué duda cabe, es un hombre de muy buen ver, con un culito respingón y unos andares de señoritín que le debieron parecer al aprendiz irresistibles. El hombre con la cara llena de barro ahora lo entiende y asume que le ha cortado el rollo a la parejita, así que decide actuar en consecuencia.<br />
Se acerca a su aprendiz y le dice que termine lo que estaba haciendo, que no se preocupe por lo que un hombre como él, virtuoso y conservador a partes iguales, pueda pensar. Que no quiere que por nada del mundo le entre un dolor testicular que luego podría repercutir gravemente en el desempeño de sus labores y sin hacer mención alguna sobre la supervivencia de la especie.<br />
El hombre con la cara llena de barro le dice a su aprendiz que vaya tras el perito, que vaya arreando, que no lo deje escapar, que ya está saliendo por la puerta y lo mismo no vuelve, pero el aprendiz le corta en seco y le pone la mano así, como haciendo estop, y le informa, muy serio, de que el perito tiene que venir a entregar su informe sobre la vigencia del seguro más tarde, y añade, además, que tampoco es para tanto, que no hay amor ni nada de eso, que es un asunto meramente físico, anecdótico, si le permite, en confianza, que se lo diga de forma tan franca. El hombre con la cara llena de barro se encoge de hombros y, dándole una palmada en el hombro a su aprendiz, se marcha a su cuartito, donde podrá retomar la telenovela y pelar el plátano que le puso su mujer para que se lo comiese a media mañana, que es cuando a él le entra la gusa, aunque el apetito, qué duda cabe, se le haya rebajado un poquitín tras el episodio del perito con su aprendiz. Y, encima, piensa para sí el hombre con la cara llena de barro, me tuvo que poner un plátano, ¡un plátano!, con lo poco que me gustan los plátanos, y menos así, sin preaviso, oye.</p>
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		<title>El diluvio</title>
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		<pubDate>Tue, 22 Jul 2014 11:21:57 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p align="JUSTIFY"><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/06/DiluvioFB.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft  wp-image-815" title="DiluvioFB" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/06/DiluvioFB.jpg" alt="" width="500" height="680" /></a></p>
<p align="JUSTIFY">El hombre tranquilo permanece sentado sobre el edredón mientras la mujer que quiere salvarse achica el agua que ya está alcanzando, pese sus esfuerzos, la parte baja del somier. El hombre tranquilo le susurra a la mujer que quiere salvarse que no se esfuerce y que se deje llevar. Porque cuando el agua les cubra por completo y sean una sola cosa, dejarán de existir, y disfrutar, gozar es lo único que debe importarles. Pero la mujer que quiere salvarse no quiere oír que va a morir. Por eso, sigue achicando agua, a pesar de que sabe tan bien como el hombre tranquilo que disfrutar, gozar es lo único a lo que aferrarse. El hombre tranquilo se incorpora y toma de la mano a la mujer que quiere salvarse, la desviste sin que ella diga una sola palabra y hacen el amor como si estuvieran a punto de morir y el orgasmo les permite respirar bajo el agua para siempre.</p>
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		<title>Cante jondo</title>
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		<pubDate>Tue, 20 May 2014 16:27:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/05/Cante.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-789" title="Cante" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/05/Cante.jpg" alt="" width="624" height="405" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/05/Cante.jpg 624w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/05/Cante-300x195.jpg 300w" sizes="(max-width: 624px) 100vw, 624px" /></a></p>
<p>He cometido mucho errores a lo largo de mi vida y me he arrepentido muchas veces. Puntualmente, he sentido la tentación de redimir lo que hice mal —o lo que creí haber hecho mal— a través de la confesión, pero como nunca he sido un verdadero creyente, no me ha dado resultado y he tenido que cargar con la culpa día tras día. Lo que sí que me ha dado resultado, ahora que me lo preguntas, es cantarle las cuarenta, expresión de mi abuela que viene que ni pintada, a quien se merecía que le cantasen alto y claro. A lo mejor no he cantado las cuarenta en el mejor momento —mi don de la oportunidad sería digno de estudio—, pero la persona elegida merecía, por méritos propios, el cante, incluso no siendo yo el más indicado para cantar, te lo aseguro. Eso sí, nada comparable a lo que me cantó mi hija cuando tenía cinco años y yo dos menos que ahora en el calor de una pataleta monumental que zanjé con un tortazo. Tú eres malo, tienes los dientes sucios, me cantó la señorita de buenas a primeras, porque le había dicho que no hiciese algo o que dejase de hacer ese algo o, lo más probable, que se estuviese quieta, estuviese o no haciendo algo. Yo era malo porque tenía los dientes sucios. Esto me hizo sentirme como un monstruo. Tenía los dientes sucios porque estaba comiendo galletas de chocolate, le expliqué, como si esto invalidase su cantada. Pero es que hubo, en la forma de cantarlo, auténtico odio. Porque puedes sentir odio y no tener nada en contra de esa persona. Es un momento, un par de segundos que no te aguantas a ti mismo ni a la madre que te parió, y cantas las cuarenta o las cincuenta, si te pones. De hecho, llegas a odiar a quien más quisiste, que se lo digan a mi amigo Mauricio, y cómo le ha cambiado la vida desde que se divorció tras cantarle su mujer, altavoz en mano, que no lo aguantaba más y que qué se creía él, que era como todo el mundo, nada especial, no, peor, mucho peor.<br />
El caso es que mi hija me cantó aquello de que era malo porque tenía los dientes sucios y desde ese día me cuido mucho de sonreír en público.</p>
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		<title>Irrompibles</title>
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		<pubDate>Wed, 11 Dec 2013 17:33:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 30px;"><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/12/Irrompibles.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone  wp-image-728" title="Irrompibles" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/12/Irrompibles.jpg" alt="" width="628" height="460" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2013/12/Irrompibles.jpg 680w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2013/12/Irrompibles-300x220.jpg 300w" sizes="(max-width: 628px) 100vw, 628px" /></a></p>
<p style="padding-left: 30px;">El maníaco depresivo encuentra cierto sosiego cuando hace el amor con la actriz con complejo de  inferioridad a la que le parece bien con tal de que nadie descubra lo boba que es. El maníaco depresivo hace el amor con la actriz con complejo de  inferioridad y luego se fuma un cigarrillo sin filtro mentolado en la cama. Puntualmente, se permite una palabra de cariño que la actriz con complejo de inferioridad agradece siempre. Cuando el maníaco depresivo se marcha a la anodina y fría mañana gris, la actriz con complejo de inferioridad vuelve a sus quehaceres frente al espejo y mohín arriba, mohín abajo se hurga entre los dientes con la lengua, por si acaso.</p>
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		<title>El placer de la lectura</title>
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		<pubDate>Wed, 06 Jun 2012 19:57:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 30px;"><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2012/06/el-placer-de-la-lectura1.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-266" title="el placer de la lectura" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2012/06/el-placer-de-la-lectura1.jpg" alt="" width="620" height="194" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2012/06/el-placer-de-la-lectura1.jpg 620w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2012/06/el-placer-de-la-lectura1-300x94.jpg 300w" sizes="(max-width: 620px) 100vw, 620px" /></a></p>
<p style="padding-left: 30px;">¿Te has leído el último? Es una pasada. Lo mejor que ha escrito hasta la fecha. Y mira que tiene libros buenos. El de la doncella que se emancipa con el mozo de almacén o el de la condesa que se enamora del futbolista tuerto. ¿Y qué me dices del de la hijastra que se casa con su hermano al saber que no son hermanos en el sentido estricto de la palabra?  Pero mi preferido, si descontamos este, es el del abuelo que hace novillos. Me dirás que en este no hay bodas, bautizos, ni comuniones, pero hay sentimiento, y qué bien expresado.</p>
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