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	<title>De subir a la montaña me cansoBellow &#8211; De subir a la montaña me canso</title>
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	<description>Responsable de Diseño en el Diario Hoy de Extremadura desde 2012. Escritor de relatos breves donde aplico la máxima de la Escuela Postirónica: &#34;Hablar de unas cosas para decir otras&#34; . Soy consciente de mi ignorancia.</description>
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		<title>Los cuentos invisibles</title>
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		<pubDate>Thu, 27 Feb 2014 16:08:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 30px;"><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/02/los-cuentos-invisibles.jpg"><img loading="lazy" class="wp-image-752 alignright" title="los cuentos invisibles" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/02/los-cuentos-invisibles.jpg" alt="" width="376" height="504" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/02/los-cuentos-invisibles.jpg 502w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/02/los-cuentos-invisibles-224x300.jpg 224w" sizes="(max-width: 376px) 100vw, 376px" /></a>Mi tío Paco, que nunca fue un hombre de muchas palabras, desapareció literalmente aquella tarde en que se estaba tan bien al solecito.<br />
A mi tío Paco se le podía encontrar todas las tardes escribiendo en el café. Lo hacía en una libretita donde anotaba frases, pensamientos, esbozos que luego convertía en cuentos o, incluso, los cuentos mismos, pues algunos eran mínimos. Supongo que escribió menos cuentos de los que le hubiera gustado. Mi preferido, que nunca vio la luz porque ninguna editorial se lo publicó —ni este cuento ni ninguno—, sigue siendo aquel que escribió después de que su mujer le regañase por haber pisado el suelo mojado que ella acababa de fregar.<br />
Mi tío quería ser Saul Bellow, pero comprendió sin atisbo de amargura, que nunca lo conseguiría. Bellow era imposible; Carver, tal vez; Vila-Matas, a veces.<br />
Recuerdo vivamente la impresión que me causó. En el relato había un jinete (un soldado, creo recordar) que se pierde en la nieve y descubre con asombro que no siente frío, pero el caballo sí, por lo que tiene que abandonarlo y caminar solo hasta descubrir, al final del cuento, cuando llega por fin a una casa que conoce bien —porque en el ático de aquella casa la besó por primera vez y por la ventana de una de las habitaciones de la parte de atrás tuvo que escapar cuando llegaron los otros y se la arrebataron para siempre—, que se le había helado el corazón. También me acuerdo de la historia de un niño que cierra los ojos, no sé a cuento de qué, y cuando los abre sus padres se han ido y a su lado hay una maleta y ninguna nota, y el niño coge la maleta y se va a a descubrir el mundo, y descubre que es adoptado y extraterrestre. Historias muy locas, descabelladas, algunas totalmente inverosímiles, y un largo etcétera de historias sensibles y para nada ñoñas.<br />
Mi tío Paco escribía en su libretita, sentado en una cafetería a pocos metros de su casa porque en su casa no podía escribir. Siempre estorbaba. Y si no estorbaba, no estaba, es decir, no estaba estorbando, y, entonces, era incluso peor, así que se ahorraba la bronca, la discusión, aunque, en realidad, no se ahorraba nada, porque la bronca, la discusión siempre acababa llegando. Supongo que mi tío pensaba que mejor después que antes; después de escribir, se entiende, después de haber hecho los deberes que él mismo se imponía, un ejercicio que le mantenía ocupada la cabeza y lo instalaba en la certeza de que una única realidad contenía otras muchas.<br />
Por no estorbar, estuviese o no estorbando, mi tío Paco decidió aquella tarde en que se estaba tan bien al solecito que se iba. No hubo ningún humo blanco como de mago, ni ninguna explosión pirotécnica, ni ningún otro truco, pero el caso es mi tío Paco desapareció. Su mujer dijo que no le iba a perdonar a su marido aquel desplante. Que cómo se le ocurría desaparecer así, ahora que estábamos tan bien. Y yo, mientras la mujer hablaba y hablaba y se despachaba a gusto, solo podía imaginar las pisadas invisibles de mi tí Paco alejándose, de puntillas y sin rencor, de aquella existencia inmerecida, dirigiéndose al café donde seguiría escribiendo relatos para él mismo y que nunca verían la luz, blanco sobre blanco, invisibles ambos, por fin.</p>
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		<title>La belleza interior</title>
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		<pubDate>Fri, 28 Jun 2013 18:32:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 30px;"><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/06/la_belleza-interior.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-594" title="la_belleza-interior" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/06/la_belleza-interior.jpg" alt="" width="620" height="365" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2013/06/la_belleza-interior.jpg 620w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2013/06/la_belleza-interior-300x177.jpg 300w" sizes="(max-width: 620px) 100vw, 620px" /></a></p>
<p style="padding-left: 30px;">Verás, no quiero que llores ni montes un drama, pero no puedo estar contigo porque: a pesar de que me encanta cómo analizas las películas de Andréi Tarkovski y que eres capaz de escuchar el mismo disco una y otra vez durantes días sin que te importe que te digan lo obsesiva o paranoica que pareces; a pesar de que tienes todos los capítulos de Bola de Dragón Z en dvd y la serie completa de los Caballeros del Zodiaco grabada de Tele5 en unos VHS con carátulas hechas a mano y que te sabes de memoria la alineación completa de Los Nuevos Mutantes; a pesar de que leemos los mismos libros de Roth, Carver, Bellow, Bolaño, Vila-Matas, Chirbes, Tabucci y muchos más y disfrutamos con las mismas frases subrayadas; a pesar de tu capacidad para desenvolverte con los idiomas, de tu facilidad para comprar los mejores productos al mejor precio, de tu integridad cuando percibes que te quieren comprar, sobornar, echar a un lado; a pesar de tu capacidad para derivar los problemas más inmediatos al segundo cajón; a pesar del tamaño perfecto de tus pechos y de que tienes coche, apartamento en la playa y un trabajo bien remunerado con expectativas a largo plazo de mejora; a pesar de los inestimables placeres que intuyo en tus muslos torneados por sesiones frenéticas de <em>spinning</em>; a pesar del tono tan delicioso que pones cuando quieres pedir algo y no llegas con la mano buena; a pesar de que pareces buena persona y que firmaría porque lo serás siempre que no te obliguen a ser de otra forma; a pesar de la cantidad de historias que puedes contar guitarra en mano y de que no eres aburrida, ni frívola; a pesar de tu incombustible energía para sacar lo mejor de cada situación; a pesar de la estabilidad que me supondría, a nivel afectivo, tu compañía, pues estás loca por mí; a pesar de tu ausencia de malicia, de tu trato exquisito, de tu manejo de los cubiertos; a pesar de tus recetas de autor los días pares y de la comida casera que me envías por SEUR los impares; a pesar de que sabes zurcir calcetines, pelar higos chumbos, ordeñar una vaca o una oveja, tanto da, y forrar los libros sin que queden burbujitas de aire; a pesar de tus apuntes sin tachones, de tu salud inquebrantable aunque te mojes los pies; a pesar de tus records en el Street Fighter Alpha 3 Max para PSP, tu bronceado perfecto en abril, tus palabras como sacadas de otra época, pero sin querer quedar por encima, siempre modesta; a pesar de todo esto, ya digo, que no es moco de pavo, no puedo estar contigo porque eres terriblemente fea.</p>
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		<title>Nunca seré Saul Bellow</title>
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		<pubDate>Sat, 08 Jun 2013 18:02:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Tú lo que quieres es escribir como Saul Bellow, no te engañes. No quieres su vida, sus cinco esposas, sus manías. Quieres su genio para la escritura. Quieres su Pulitzer, su Nobel, su reconocimiento, su capacidad intelectual para describir al hombre moderno inmerso en la continua amenaza de perder su identidad espiritual. Tú quieres escribir [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 30px;"><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/06/Nunca_sere_Saul_Bellow.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-571" title="Nunca_sere_Saul_Bellow" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/06/Nunca_sere_Saul_Bellow.jpg" alt="" width="620" height="421" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2013/06/Nunca_sere_Saul_Bellow.jpg 620w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2013/06/Nunca_sere_Saul_Bellow-300x204.jpg 300w" sizes="(max-width: 620px) 100vw, 620px" /></a></p>
<p style="padding-left: 30px;">Tú lo que quieres es escribir como Saul Bellow, no te engañes. No quieres su vida, sus cinco esposas, sus manías. Quieres su genio para la escritura. Quieres su Pulitzer, su Nobel, su reconocimiento, su capacidad intelectual para describir al hombre moderno inmerso en la continua amenaza de perder su identidad espiritual. Tú quieres escribir sus libros, no seguir sus pasos.  No quieres mirar por la ventana de su habitación. Pero ambas cosas son inseparables. Créeme, si yo estuviera en la piel de Raymond Carver, que sabes que tanto me gusta, no querría para nada su genio si tengo que vivir alcoholizado como él. Tú no quieres aquello que está intimamente ligado al acto de escribir: la propia vida, su itinerario por el mundo hasta que murió el 5 de abril de 2005 en Brookline, Massachusetts. Lo cierto es que prefieres ser ese diseñador gráfico que vive a pocos pasos de esta habitación. Hasta parece casi feliz, conforme con la mano que le ha tocado jugar. Lo que tenga que venir, que venga.<br />
No te gustaría ser Saul Bellow, créeme. Muchas veces sabemos lo que no queremos cuando por fin lo conseguimos. Puedes ser electricista, fotografo, director de una galería de arte, corredor de bolsa, masajista, pero nunca un escritor como Saul Bellow. Me dirás que, tal vez, un escritor menos dotado, un escritor de los que incluso llegan a vender unos cientos o miles de ejemplares y del que nadie se acuerda a los pocos meses porque el tiempo ubica a los escritores malos en el olvido y a los buenos en todas las librerías de viejo.<br />
No, no, no quieras ser un escritor. Olvídalo. No hay persona tan infeliz como un escritor. Tantos mundos por descubrir y el escritor permanece atado a su procesador de textos, inventando, borrando, evitando los lugares comunes, cuidando el estilo, puliendo, modificando, documentándose, visitando a bibliotecarios reticentes, amargados, rehaciendo, tirando, rezando porque se haya guardado el archivo y, finalmente, borrador tras borrador, dar por terminado el libro, una criatura que podría estar corrigiendo infinitamente, nunca satisfecho del todo.<br />
Prométeme que  no abrirás un libro, por favor. Y prométeme que no querrás ser mañana un personaje de una novela de Saul Bellow, un pícaro Augie March, por ejemplo, o ese inútil desubicado de Mr. Sammler o, por qué no, Moses Herzog, un personaje tan bien construido que envidiaste no ser tú, con todas tus contradicciones, tus fantasías, tus anhelos. Así que, prométeme, sobre todo, que serás tú mismo, aunque me gustaría más que fueses Charlize Theron, conste.</p>
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