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	<title>De subir a la montaña me cansocolegio &#8211; De subir a la montaña me canso</title>
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	<description>Responsable de Diseño en el Diario Hoy de Extremadura desde 2012. Escritor de relatos breves donde aplico la máxima de la Escuela Postirónica: &#34;Hablar de unas cosas para decir otras&#34; . Soy consciente de mi ignorancia.</description>
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		<title>Lobezno nunca sonríe</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Oct 2014 11:00:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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<p><em>Esta narración no es un microrrelato, como verá el lector, sino la suma de varios episodios encadenados, cuya suma es igual a un relato breve. Fue escrito hace 15 años y lo recupero con algún fragmento podado y ligeras variaciones, pero su esencia se mantiene intacta. Dice lo que decía hace 15 años, aunque yo hace 15 años no tuviera ni la menor idea de que iba a ser este que soy. Mi afición por lo cómics de superhéroes ha decaído en los últimos años. </em></p>
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<p><strong>Él (I).</strong></p>
<p>La<em> Patrulla X</em> ha muerto.<br />
Iván está destrozado por esta noticia. No sabe que desde que Jim Lee se retiró de la serie otros dibujantes han hecho todo lo posible por alcanzar su estela. Pero nada. El tipo es insuperable.<br />
Iván camina entre la gente y se pregunta cómo pueden estar tan tranquilos. Joder, se trata de la noticia del siglo. Debe existir una conspiración. El asunto se complica si tenemos en cuenta que Mariposa Mental se ha quedado plantada en el altar. Lobezno fumaba uno de esos purazos de Madripur y se reía todo el tiempo. ¡Calla, enano! Júbilo no puede soportar esa risa brutal.<br />
Iván se cansa de andar sin una dirección a la cual ir. Prefiere volver a casa, sumergirse en los<em> Classic X-Men</em>. La saga de <em>Fénix Oscura</em> es su preferida, pierde el seso, no lo comenta con nadie.<br />
La chica le ha seguido todo el tiempo. Por supuesto, Iván lo ha sabido desde el principio. Le recuerda a una diminuta Tormenta.<br />
Se pone a llover. Debe ser obra de la pequeña diosa mutante.<br />
Olvidaste sacar el perro. Que se aguante, con calma, queda un buen porrón hasta casa. Iván no deberías haber salido con un día así. ¿Qué día, qué dices? Sí, claro, tú lo sabías, madre.<br />
El perro estará meneando el rabo, histérico, la vejiga a reventar.<br />
Iván come despacio la cena, sabe que la chica estará esperándole fuera, que no se moverá. Verás, verás.<br />
El profesor Xavier ha metido a Mancha Solar dentro de la Sala de Peligro. Deja el cómic y termínate la ensalada. ¿Por qué le habrá puesto vinagre si sabe que no me gusta con el atún?<br />
Mancha Solar lo está pasando mal de narices. Qué importa cuando los Centinelas son hologramas. ¡Y dale con no terminar las historias! Tendrás que esperar hasta el mes que viene.<br />
Te quedas sin natillas. Sabe que es lo único que siempre me gusta. No digo nada, que se desahogue, sin más, vaciando o llenando el plato de papá.<br />
Iván no se olvida de la chica.<br />
Fuera hace un rato que unos ojos grises contemplan la posibilidad de que la luz de arriba se encienda.<br />
La puerta del cuarto se abre: desorden de colegial para dieciséis años, los de él.</p>
<p><strong>Ella (I).</strong></p>
<p>Pufo es sinónimo de estafa.<br />
Carmen ha encontrado su palabra del día. Hay gente que ofrece una bicicleta hecha con alambres, una pulsera de gomas elásticas, una sonrisa. Carmen sólo palabras.<br />
Tienes una casa repleta de diccionarios de todos los tamaños. Falta el Espasa Calpe. Lo sé, hasta ahí llego, forofa de poemas, calculadora de caligramas.<br />
Carmen cambia escritor por arquitecto, palabra por ladrillo.<br />
El chico sabe que se han fijado en él, por su cara de cansado, andando entre la multitud.<br />
A Carmen le gusta que llueva y saltar sobre los charcos con sus zapatillas de color crema.<br />
Mamá estará sentada, los pies en una palangana con sal, separando las piedrecitas de las lentejas. Carmen no viene hoy porque quedó. Allá no hay nada malo, ¿verdad? La voz invisible del hombre es muy breve.<br />
En la calle pasan unos niños en bicicleta. Le recuerdan a ella. Cuando un día tras otro era un día tras otro.<br />
Carmen estrecha su cuerpo pequeño en el abrigo empapado, se muerde las uñas mordidas, esperando que el chico suba las escaleras y se encierre en su habitación.</p>
<p><strong>Él (II).</strong></p>
<p>Hay cosas que Iván no sabe. No sabe, por ejemplo, que Lee dibujará y guionizará un personaje oscuro y obsesionado llamado <em>Deathblow</em>, que recoge claras influencias de la todopoderosa <em>Sin City</em> de Frank Miller; doce episodios que harán las delicias de sus seguidores: coreografías estilizadas, rostros dibujados con detalle, músculos exagerados aunque proporcionados.<br />
Mamá estará bien cuando Iván se vaya. No sabe, tampoco él, que alguien lo arrebatará para siempre.<br />
¿Para qué crear personajes si el escritor es ya uno?, se pregunta Iván.<br />
Sí, apagaré el equipo de música, se dormirá, me dormiré. Siempre el mismo sueño, viene bajando por el sendero, entre las ramas olor a ángeles.<br />
Despierto cuando Arcángel vacía sus alas metálicas sobre la piel de un mutante negro que se rasga como el papel.<br />
Miro por la ventana: la veo, me ve, así demuestra algo. No para mí. Por mucho que se moje.</p>
<p><strong>Ella (II).</strong></p>
<p>Puede que me canse, cansada me siento, la nube ha dejado de empaparme, ¿por qué llorar?, rodeada de agua salada.<br />
Cuando Carmen tenía seis años un anciano se le acercó en el patio del colegio y le regaló un poemario de Neruda. Carmen comenzó a leerlo en la clase de gimnasia; se sentó sobre el potro de ejercicios y nadie saltó aquella tarde.<br />
“Es tan corto el amor, y tan largo el olvido”, escribe el poeta. No lo entendería. O tal vez sí. Carmen siempre fue precoz, dentro de sus vísceras se hallaba el mapa de todos los sentimientos, el atlas de todas las percepciones.<br />
Había llegado el momento, llamaría a la puerta y le abriría una mujer cansada, bien lo sabía ella; tras el recibidor, difuminado por los cristales ahumados, el reflejo del padre como una nube minúscula.<br />
Sí, está dormido, puede que despertándole&#8230;<br />
Tengo la sensación de que soñé antes esto, los rostros me observan desconcertados, oyendo sus voces parece que soy alguna clase de enemigo.<br />
La puerta de arriba ha sido abierta, calzado de niño en pies de hombre van calmados al ruido.</p>
<p><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/09/CarmenFB.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-864" title="CarmenFB" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/09/CarmenFB.jpg" alt="" width="397" height="764" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/09/CarmenFB.jpg 397w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/09/CarmenFB-156x300.jpg 156w" sizes="(max-width: 397px) 100vw, 397px" /></a></p>
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<p><strong>Ella y él (I).</strong></p>
<p>Yo seré tu calambur, le dice él. Tú serás el astrolabio de mis emociones y te columpiarás dentro de mí, le dice ella.<br />
¿A qué viniste?, pregunta él. Vine a por ti, siempre que me dejes, le contesta ella.<br />
Ambos se recuerdan en un sueño recíproco, bajo los focos de un teatro, las decisiones del público los envuelven como el vilano a la semilla y ambos son transportados a paraísos distintos.<br />
Yo ya no quiero irme. Nunca me quise marchar, se apresura Iván.<br />
Al principio Iván era tan tímido que siempre escondía sus ojos bajo unas débiles gafas de sol. Carmen, sin embargo, no tuvo tiempo de reconocerse en su timidez: Carmen, antes el Kafka real, contemplaba su mundo irracional y trataba de descifrarlo mediante un lenguaje coherente y nítido. Por eso, nada la cogía de sorpresa. Las palabras de los otros&#8230; Cualquiera que fuese la combinación elegida, ella la conocía. Hasta que coincidió con Iván.<br />
Iván era distinto. Le gustaba bailar la guaracha, poco tiempo, nomás para que te rías. Entonces, ella, la Carmen del pasado, alegraba el rostro.<br />
Siempre me decías&#8230; ¿qué me decías? Sí, era algo así como&#8230; Carmen no recuerda. Ni siquiera lo exacto. Tantas palabras, reina de los libros, y no recuerdas, se lamenta Iván.</p>
<p><strong>Él (III).</strong></p>
<p>Sí, una edad difícil: la de Iván.<br />
Iván está en el patio con otros chicos de su misma edad. No les presta atención. Lee le distrae.<br />
Mira, es la chica de quien te hablé. Iván tarda un poco en percibir que se dirigen a él. ¿Qué? Otro chico se lo repite. ¿Quién?<br />
Los ojos de Iván, redondos y grandes, auscultan a la chica con precisión. Desde la distancia parece una ninfa, al menos como él imagina que es una ninfa. Le tocan el hombro. Sólo le faltan las alas, ¿verdad? Desde dentro oyen un sí, ya lo creo.<br />
Iván se acerca a ella y le confiesa que jamás había visto a una ninfa fuera de los bosques.<br />
La chica sonríe. Su nombre es Carmen.</p>
<p><strong>Ella (III).</strong></p>
<p>Otro colegio. Te gustará, confía en ello. Carmen sabe que no es verdad.<br />
Camino en círculos. El patio está atestado de gente que me observa.<br />
Lo escribió Ernesto Sábato y lo habrán escrito otros tantos literatos: “Siento vergüenza porque me observan y eso prueba no sólo mi propia existencia sino la existencia de otros seres como yo”.<br />
El grupo de chicos que hay al final de la pista de baloncesto se ha fijado en ella. Cuando el chico delgado con cara de enfermo se acerca a Carmen, ella agarra su carpeta con fuerza aplastando sus senos pequeños.<br />
Esos ojos inmensos que la observan recortan a Carmen del fondo. Ahora ella es un recortable tridimensional que se mueve a cámara lenta.<br />
Me llamo Carmen.</p>
<p><strong>Ella y él (II).</strong></p>
<p>Sólo lo semejante conoce a lo semejante.<br />
He estado observándote. ¿Ves a ese chico de allí? Sí. Se ha fijado en ti. Y yo le doy las gracias por hallarte, le informa él.<br />
Ahora que la ha encontrado sabe que no podrá separarse de ella. Porque no hay otra manera de alcanzar la eternidad que ahondando en el instante.<br />
Me gustan las canciones que hablan de sirenas, le dice ella.<br />
Un tipo de la mitología casi la palma si no lo hubieran  atado al mástil de su barco. Por lo de sus cantos, los de las sirenas, le explica él.<br />
El tipo se llamaba Ulises, sonríe Carmen.</p>
<p><strong>Ella (IV).</strong></p>
<p>Ataraxia: estado de ánimo imperturbable. Se trata de la segunda palabra del día. Hoy toca aprender palabras por partida doble. Carmen estuvo toda su vida acosada por esa palabra que ahora conoce; nada se escapa para siempre, sólo se zafa aquello que puede volver al lugar del que partió: así es Iván.<br />
Carmen podría ensayar otros destinos, distintos de los que ella sabía únicos posibles, al igual que el escritor capaz de regresar victorioso o no de la locura, pero que finalmente regresa.</p>
<p><strong>Ella y él (III).</strong></p>
<p>Iván espera paciente hace un rato. No tiene de qué preocuparse. <em>El Vigilante de las Estrellas</em> de Moebius acompaña su espera.<br />
Por ahí llega. Está preciosa. Y sólo me quiere a mí.<br />
A Carmen le agrada que él se fije en ella de la forma en que lo hace. Al mirarme me demuestras que me amas, susurra para sí Carmen.<br />
Iván no necesitará tocarla esta vez.</p>
<p><strong>Ella (V).</strong></p>
<p>Siente la mano de él en su hombro. Le molesta esa mano, pero ella sabe que es lo que ha deseado, desde que lo seguía a pocos metros.<br />
Ha dejado de llover y sus zapatos están mojados.<br />
Chapoteé demasiado, piensa.<br />
Carmen conoce el aliento sobre su nuca.</p>
<p><strong>Ella y él (IV).</strong></p>
<p>Mientras la besa, una silueta de luz enciende apresurada un armario del recuerdo: “La metáfora es el único modo que tiene el hombre de expresar el mundo subjetivo, pero a los hombres concretos no les sirve este lenguaje”.<br />
Ha leído esto en alguna parte. Sábato, tal vez, el escritor favorito de ella.<br />
Iván mueve los labios por última vez, su figura se desliza sin preocuparse de la sombra que aplasta.<br />
Te quiero desde donde puedo abrazarte, exhala.<br />
Un cómic se desliza por el abrigo de él. En la portada, Lobezno se ríe o, más bien, se lamenta, está cabreado, no sabe&#8230;<br />
Lo cierto es que Carmen nunca entendió mucho de esto.</p>
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		<title>El rescate</title>
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		<pubDate>Fri, 04 Oct 2013 19:25:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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<p style="padding-left: 30px;">Cuando pagaron el rescate esperaban que les devolviesen a su hijo sano y salvo, pero en lugar del hijo lo que les devolvieron fue una abuela con tendencias maníaco-depresivas que los tenía fritos, sobre todo cuando le daba por saltar en mitad de la noche sobre el colchón de uno cincuenta que compartían. A pesar de que lo que han pagado por el rescate no les ha devuelto a su hijo, han decidido darle una oportunidad a la vieja, que sale puntualmente de casa a las 7.35 para sentarse y quedarse dormida inmediatamente en la parada del autobús, mientras los demás niños se suben en dirección al colegio de la zona. El autobús de ruta de la escuela deja a Simón, que ahora también es hermano de la abuela, en la parada a las 14.10, y la abuela, hecha un ovillo, sigue ahí, así que Simón tiene que despertarla y, aunque de la parada a la casa hay apenas quince metros, la vieja se toma sus buenos cinco minutos para incorporarse y ponerse en marcha.<br />
La abuela, con los años, se hizo mucho más vieja, y en su graduación la aplaudieron a rabiar sus padres hasta que le vino un hipo raro y la diño. Los padres, que se han vuelto ahorradores compulsivos desde que tuvieron que aflojar para lo del rescate, han decidido pedirle a los secuestradores que les devuelvan el importe de dicho rescate más los intereses, pues la vieja ha tenido una vida tan breve que, “las semillas educativas que se le han inoculado”, se puede leer en la poética nota que han enviado, “no han madurado en frutos reales que podamos disfrutar como sufridos padres que somos”. O sea, que si estos padres invirtieron tiempo y dinero, aunque fuese en una vieja inútil, es porque querían que su esfuerzo y, sobre todo, el dinero empleado, se multiplicase y el niño, bueno, la vieja, tenía que haber destacado, con no más de 25 años, esa era la idea inicial, en algo que les permitiese ganar montones de billetes con los que adquirir una de esas mansiones con criados que poseen los que salen en las revistas de famosos. Los secuestradores, por su parte, se han mostrado reticentes porque le han cogido cariño al adolescente que duerme la mona en el sofá-nido que le regalaron por aprobar Educación Física, aunque suspendiera todas las demás asignaturas, más que nada porque no podían seguir ocultándolo en el armario.</p>
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		<title>El espeleólogo matemático lunar</title>
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		<pubDate>Tue, 01 Oct 2013 15:23:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 30px;"><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/10/Mexicana.jpg"><img loading="lazy" class="wp-image-661 alignnone" title="Mexicana" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/10/Mexicana.jpg" alt="" width="608" height="892" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2013/10/Mexicana.jpg 529w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2013/10/Mexicana-205x300.jpg 205w" sizes="(max-width: 608px) 100vw, 608px" /></a></p>
<p style="padding-left: 30px;">El deportista moldavo de élite se casa con la mesonera romana y tienen un hijo que a temprana edad destaca en el colegio bilingüe y de mayor se hace espeleólogo matemático lunar, aunque tiene que conformarse en la práctica con maquetas a escala de zonas de la Luna que nunca visitará, mientras se entretiene con sustitutos minerales y tierra de playa pigmentada y, pese a que esta situación le frustra cada día más, no dice nada. Cuando vuelve a casa con su mujer, la secuestradora mejicana, y se encuentra con un nuevo rehén, más guapo y musculado que el anterior, empieza a sospechar y se acuerda de los comentarios de sus amigos de laboratorio acerca de que a ella, a su mujer, a la secuestradora mejicana, sí que la llevan a la luna cada noche, y el espeleólogo matemático lunar hace sus cuentas y concluye que su vida es una farsa aunque la variable paciencia tienda a infinito.</p>
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		<pubDate>Thu, 22 Aug 2013 10:34:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 30px;"><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/08/Catequesis.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-625" title="Catequesis" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/08/Catequesis.jpg" alt="" width="620" height="390" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2013/08/Catequesis.jpg 620w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2013/08/Catequesis-300x189.jpg 300w" sizes="(max-width: 620px) 100vw, 620px" /></a></p>
<p style="padding-left: 30px;">Cuando estás desayunando tu habitual entera catalana más café con leche templada y zumo de naranja colado, se te nubla la visión e intuyes que un hombre obeso o un niño gordo muy grande se abalanza sobre ti. Te espachurrará si no te quitas, pero, claro, esto es solo una ilusión provocada por el virus que está en su estado embrionario. El susto se te pasa enseguida y puedes terminarte el desayuno, que coronas con un eructo que no incomoda a nadie porque a esa hora en el bar no hay ningún cliente y Manolo, el que te sirve el desayuno desde que eras adolescente e ibas al instituto con tu mochila New Balance y acné en el cuello, está acostumbrado, a la vuelta de todo y más allá. Y también sordo como una tapia.<br />
En la envasadora donde trabajas no sientes ningún malestar hasta que haces un paroncito de una hora para un tentempié que adornas con una cañita Cruzcampo al punto glacial, pues estamos en agosto y es innegable que refresca más que un vasito de agua del tiempo. Así que cuando te dispones a salir de este otro bar que regenta Patxi con mano temblorosa debido al alcoholismo en fase no-me-tomo-la-útima-que-da-mala-suerte, sientes un vahido y la sensación olfativa, ilusoria también, de que se te están cayendo los dientes al mismo tiempo que se te queman los pelillos del escroto, así que te sacudes la entrepierna mientras te metes los dedos en la boca y te tocas los dientes y hasta derramas un florero con margaritas de plástico a las que no les pasan el plumero desde el mundial de Naranjito. Los habituales del bar ni se inmutan al presenciar tus gestos simiescos, ni siquiera la guiri pelirrojja metro ochenta y tres que ha hecho una paradita en su excursión &#8220;14 países en 72 horas&#8221; para hincarse un sol y sombra, algo <em>typical spanish</em>, ha dicho, y luego, tras derramarse por el escote tres botellitas de agua mineral que le han salido por un pico -cuando podía haber pedido una de litro, que sale por la mitad-, sin que el alcohólico que progresa adecuadamente hacia su entierro haya dicho esta boca es mía, que la cosa está muy mal, muy mal, y a esta -refiriéndose a la guiri gigante- no la vamos a ver más en nuestra puñetera vida, oído.<br />
Total, que sales de este bar un poco atolondrado pero dispuesto a aprovechar lo que le resta a tu extenuante jornada laboral.<br />
Envasas durante cuarenta y cinco minutos  y picas a la salida.<br />
El menú del día aconseja los chipirones en su tinta y no los pides porque sabes que lo que se aconseja está en proceso de descomposición o pocho. Tampoco te aventuras con el adobo porque eres de Cádiz y el pescaíto en adobo donde hay mar es que no está fresco, Miguelín, como le recordaba su abuelo en los puestos de la plaza de Sanlúcar de Barrameda y, además, el vinagre te da ardores, así que pides un bocadillo de panceta ibérica y una jarra de medio litro de sangría para bajar el miajón. Cuando estás acabando de dar cuenta de la media barra de panceta y vas a pedir una tercera jarra de sangría que entra divinamente, se te nubla la vista por segunda vez en pocas horas y ves a Dios, por lo menos la imagen de Dios que conservas de tus no tan lejanos años de colegial, cuando pintarrajeabas los libros de religión católica y le ponías bigotito a María Magdalena, así que te atreves a hacerle la gran pregunta, que son dos en realidad: de dónde venimos y por qué estamos aquí, a lo que la alucinación en forma del Dios sobre fondo magenta que aparecía en la <a title="Libro de Religión 7 de Santillana" href="http://www.todocoleccion.net/religion-7-egb-ciclo-medio-editorial-santillana-ano-1984~x31198808" target="_blank">portada</a> del libro de Religión de séptimo de EGB de Santillana, te contesta que venimos de trabajar y estamos aquí porque había hambre y sed y ya no.</p>
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		<title>Yo te explico cuál es el problema (intento número diez millones)</title>
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		<pubDate>Sat, 12 Jan 2013 12:22:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Microrrelatos]]></category>
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		<description><![CDATA[En la escuela le enseñaron a no decir mentiras, pero el niño no estaba hecho para la escuela y, además, como iba poco, contaba las mentiras a medias, así que eran también verdades a medias y no se sabía qué era peor. El caso es que del niño no se fiaba nadie. Y esto sin [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 30px;"><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/01/Yo_te_explico.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-537" title="Yo_te_explico" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/01/Yo_te_explico.jpg" alt="" width="620" height="194" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2013/01/Yo_te_explico.jpg 620w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2013/01/Yo_te_explico-300x94.jpg 300w" sizes="(max-width: 620px) 100vw, 620px" /></a></p>
<p style="padding-left: 30px;">En la escuela le enseñaron a no decir mentiras, pero el niño no estaba hecho para la escuela y, además, como iba poco, contaba las mentiras a medias, así que eran también verdades a medias y no se sabía qué era peor. El caso es que del niño no se fiaba nadie. Y esto sin mencionar su falta de entusiamo a la hora de enfrentarse a la vida y su pobre manejo de la oratoria. Contase lo que contase, te enterabas de una cuarta parte de lo que el niño decía, si es que decía algo, y, por tanto, la media verdad o la media mentira originales, según se mirase, se reducían a, cómo decirlo, una motita de blanco en mitad de un lienzo pintado del mismo color.<br />
Ay, pero el mundo sabe premiar a estos talentos tardíos.<br />
Cuando el niño se hizo grande fundó un partido con la ayuda de aportaciones anónimas y desinteresadas. Lo llamo NMT (Nada de Medias Tintas) y los cronistas oficiales de la época alabaron su inestimable labor reconciliadora, mientras los críticos, que eran pocos, desorganizados y de pluma espesa, clamaban ante sus manifiestas muestras de ineptitud e ineficacia y que habían llevado al país a convertirse en el hazmerreír de la comunidad internacional. Pero, claro, desde dentro, metido en harina, todo se veía distinto, y había muchos favores que exigían una pronta devolución compensatoria. El niño aprendió que la gratuidad de los servicios prestados era otra mentira y confió en que nadie más lo descubriera.<br />
Al NMT  lo votaron señores y señoras que habían ido a su misma escuela, la escuela de todos. Y eran muchos, pero no la mayoría. Sin embargo, la mayoría estaba más interesada en escribir las frases más ingeniosas en su <em>timeline</em> de Twitter y hacer unos montajes fotográficos la mar de divertidos que solo servían para pegarse unas risas en el bar, y así les iba.<br />
Y pasaron los años.<br />
Se agotaba la legislatura y era el momento de votar, de cambiar el rumbo de una política infame. Sin embargo, como siempre votaban los mismos, el niño fue reelegido y, por tanto, fueron reelegidos todos a los que había seguir favoreciendo. La acción de votar seguía siendo en opinión de la mayoría una cosa inútil, como de otra época, y así les iba.<br />
Cuando ya viejito el niño murió, se le dedicaron obituarios en los que se enaltecía su capacidad para expresar el sentimiento del pueblo. Yo, desde luego, y visto lo visto, no les quito la razón.</p>
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