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	<title>De subir a la montaña me cansohijo &#8211; De subir a la montaña me canso</title>
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	<description>Responsable de Diseño en el Diario Hoy de Extremadura desde 2012. Escritor de relatos breves donde aplico la máxima de la Escuela Postirónica: &#34;Hablar de unas cosas para decir otras&#34; . Soy consciente de mi ignorancia.</description>
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		<title>La punzada</title>
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		<pubDate>Mon, 27 Jan 2014 20:20:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 30px;"><strong><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/01/Punzada.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone  wp-image-750" title="Punzada" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/01/Punzada.jpg" alt="" width="543" height="790" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/01/Punzada.jpg 482w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/01/Punzada-206x300.jpg 206w" sizes="(max-width: 543px) 100vw, 543px" /></a></strong></p>
<p style="padding-left: 30px;"><strong>PRIMERA PARTE</strong></p>
<p style="padding-left: 30px;">Sintió una leve punzada en el estómago.<br />
Nada serio. Se recuperaría enseguida. Sólo tenía que tomar las pastillas indicadas. Y si las pastillas no estaban en su lugar o se habían agotado, tendría que bajar a la farmacia y soportar el dolor unos minutos. Nada que no pudiera tolerar.<br />
Las pastillas estaban en su lugar. El bote, al menos, pero vacío. Pronunció un sinfín de palabras malsonantes y tomó el abrigo.<br />
La farmacia estaba abierta hasta las ocho y media y eran sólo las siete y cuarto.<br />
En el rellano de la escalera le saludó a su vecino, un homosexual con cara de bruto y que no parecía homosexual, al que no devolvió el saludo.<br />
El ascensor olía a tabaco. ¡Qué cuesta encenderse el cigarrillo en la calle! No era momento de recordar que él mismo se fumaba dos paquetes al día. Hasta que el médico pronunció las palabras. O dejas de fumar o te mueres. Por supuesto, prefirió morirse. Total, ya tenía cincuenta y cuatro años y con la vida que había llevado tampoco era para esperar un milagro de última hora, un giro repentino en el desarrollo de su insípida y fastidiosa existencia, pero vida al fin y al cabo.<br />
Una mañana se había levantado con una tos terrible; la tos le siguió hasta el ministerio donde trabajaba; le acompañó en la comida, que no pudo saborear, con lo que le gustaba el codillo; la tos le atenazó el cuello cuando esperaba el autobús de vuelta a casa; le persiguió durante el primer plato y el postre; frente a la televisión y en el cuarto de baño, mientras leía una novela de Javier Marías&#8230; Nada, la tos seguía ahí. Aquella misma noche llamó al doctor. Como veo que la tos viene conmigo a todas partes, le dijo, y no se decide a joderme la vida, esto es, a matarme, dejo de fumar hoy mismo. Dicho y hecho.<br />
Se dispuso a bajar las escaleras con sumo cuidado para no partirse la crisma pues no había luz en aquel tramo del edificio porque al gerente de la comunidad le había sido imposible encontrar a un voluntario que se subiese a una escalera o, en su defecto, una silla, un taburete, una pila de periódicos para cambiar la bombilla.<br />
Quedaba un último peldaño. Prueba conseguida. Le encantaba que aquel presentador dijera aquellas palabras. Prueba conseguida. Lástima que en la vida de todos lo días, no le dijeran a uno eso. En vez de esto, la portera le saludó con su habitual hay que ver qué tiempo hace. Y él nunca había averiguado, ni ganas habían entrado, de preguntarle por qué decía aquello hiciese buen tiempo o no. Desde luego, no eran su fuerte las relaciones humanas. Por eso trabajaba en casa.<br />
En la calle hacía un frío endemoniado y la farmacia estaba al final de la calle. Quince metros tirando <em>pa&#8217;larg</em>o, como decían en su pueblo. Vestido con su abrigo largo se encaminó hacia allá. A medio camino, alguien le grito merluzo y él alzó la vista pero no vio a nadie. Imaginó que era otra de las gracias del mierda de niño de la del segundo, una mujer a la que su esposo le arreaba siempre que le venían las ganas de vengarse de su mala suerte. Pero a la mala suerte no hay quién le gane.<br />
Tenía tiempo. El dolor no había remitido, pero tampoco aumentaba. Decidió tomarse un cafetito en la tasca del Manteca, Viejo amigo, qué tal te va la vida. Obviamente le importaba un rábano cómo le fuera la vida, pero de algo tenían que hablar, Y que no cuesta dinero decir algo agradable, ¿verdad, Don Alfredo?, si es que.<br />
El local estaba casi vacío. Mejor. Así no tenía que saludar. Que tampoco es que tuviera a quién saludar, pero el gusto de no hacerlo le hizo abandonar por un instante la molestia de la punzada. En el mostrador, unos apetitosos mejillones le sirvieron de estímulo antes del cafetito. ¿Le pongo un bocadillo de fuagrás también?, le gritó el camarero. No, eso sería abusar, hombre. ¡La leche que mamó!, cómo quemaba el <em>condenao</em> cafetito, y eso que había pedido la leche templadita. Entonces recordó que se había dejado la cartera en casa, y lo que pensó a continuación prefirió ahorrárselo al reducido auditorio que lo observaba, claro, porque se había bajado en babuchas, que nada tenía de malo, que salí a la farmacia y nada que <em>pa un momentito</em> que <em>pa qué</em> molestarse, digo yo, pero el chufleo de este barrio fino, ay… Ahora entendía lo de merluzo.<br />
Terminó su café y llamó al Manteca. Se disculpó porque se había dejado el dinero arriba, pero que se lo traía enseguida, que iba a la farmacia y que de todas maneras tenía que subir, Que ningún inconveniente, hombre, que ya nos conocemos, Pues vale, gracias&#8230; Y salió a la calle con el mismísimo frío que helaba el alma y lo que no era alma.<br />
Metió las llaves en la cerradura. ¡Pero qué le pasa a esta cerradura&#8230;! Buena tenía la cabeza él. ¡Que se había bajado las llaves del candado de la hucha! Una hucha que contenía unos pocos durillos mal ahorrados, por tramposo, ahora que había dejado de fumar y que se dedicaba a tomar unas copitas de aguardiente hiciera frío o no. Bueno, nada puede ser peor que esto, se dijo.<br />
Llamó a su vecino, el maricón con cara de bruto, y le dijo quien era él, su vecino, pero el maricón no le abre a nadie si no es para guarrear, piensa, así que le dice al maricón que le va a reventar a su santa madre y, claro, a la madre de un maricón ni mentarla, que así lo habían hecho de bonito a él, y que en cuanto saliese de la ducha abría la puerta y le calzaba unas hostias.<br />
Bajó hasta el segundo y timbró. ¡No, el niño&#8230;! ¡Merluzo!<br />
Bajó hasta el primero y timbró. Nada. ¡Si es que estos siempre están de parranda!<br />
De pronto cayó en la cuenta de que estaba la portera y bajó a llamarla, pero la portera estaba pelando unos cuantos kilos de papas, encerrada en su cuartito, escuchando una selección de coplas la mar de aparentes, y ni el aterrizaje de un <em>harrier</em> la hubiese sacado de su ensimismamiento.<br />
La vecinita del ático… Probaría con ella. No, esa estaría con el novio en la sierra.<br />
Podía llamar a su madre, que madre <em>na más</em> que hay una, digo yo, pero es la quinta vez que me ocurre lo mismo este año, y no, que no iba a recurrir a ella, ¡de ninguna manera! No estaba él para reprimendas. Que ya era todo un hombretón. Y entonces se acordó de la miseria que había pasado de pequeño y, de paso, de la miseria de hoy, de ese instante preciso en el que se hallaba, ¡qué cojones!, vestido como un fantoche, en babuchas de estar en casa, sin dinero&#8230; Había que actuar. Era preciso decidirse antes de que ese bruto mariconazo cumpliese su palabra de darle de hostias.</p>
<p style="padding-left: 30px;"><strong>SEGUNDA PARTE</strong></p>
<p style="padding-left: 30px;">Se encaminó de nuevo al local del Mantecas. Dentro, la misma clientela extraida del museo de cera. Fuera se estaba poniendo nublado. Dentro el mismo olor a fritanga y manteca, que no falte, por supuesto. Fuera empezaba a llover y se abrían algunos paragüas. Oye, que digo yo que si podría telefonear un minuto, es que también me dejé las llaves, ya ves que despiste tengo. Y el Mantecas le miró un poco a tientas con su ojo bueno y le pasó el auricular, Anda trae, te marco yo no vaya a ser que me pierdas también el teléfono.<br />
Don Alfredo <em>El Merluzo</em>, que razón tuvo el <em>jodío</em> niño, ya hablaba con su madre, qué remedio. Unos grititos que parecían afectuosos al otro lado de la línea. Era la señora Pepa, Qué calamidad, vaya hijo, dónde tienes la cabeza, que ya van cinco, y que bien que se las tenía contadas.<br />
Y ahí va Alfredo montado en el taxi. El taxista mira por el retrovisor y observa a un tío cachas que, agitando un paragüas, aunque podría ser un bate de beísbol por la forma de empuñarlo, parece correr detrás del coche. Alfredo le dice que no se preocupe, que no va con ellos, y el taxista le dice que con el frío que hace y las babuchas va a coger usted una pulmonía.<br />
Pare, pare, es aquí.<br />
Le dijo que esperase un momento, que iba a sacar dinero en el cajero, y allí se quedó el taxista, esperando hasta que se cansó, acordándose de la madre del pasajero que se la había jugado y que nada más acercarse a la puerta del banco había echado a correr por una callejuela.<br />
Miró la hora en su reloj. No, no la pudo mirar porque se lo había dejado en la cómoda. Estaba visto que se le olvidaba todo, pero es que cómo iba él a suponer que le iba a pasar de nuevo, y tan pronto.<br />
¡Santo Dios, qué escaleras! No entiendo cómo hace mi madre para subirlas con sus bolsas repletas de garbanzos y tomates y apio, que poco le gustaba a él el apio… Pero basta de recordar y <em>echa pa&#8217;lante</em>, Alfredito, que te cierran la farmacia. Las llaves, sólo eso, tenía que recordarlo muy bien. Se quedaría lo justo para saludar sin que le diera mucho la tabarra y adiós muy buenas, ya te vendré a ver el mes que viene.<br />
La sala de estar le pareció extremadamente grande y la Pepa, su madre, extremadamente minúscula. Cómo se las había apañado la señora para tener a un hijo que, aunque no alto, tampoco se le podía calificar de bajo, era un misterio absoluto. Cuando su hijo entró, la Pepa sonrío con malicia, como diciéndole qué harías tú, <em>desgraciao</em>, sin tu madre. Porque Alfredo Martínez Pernambuco divagaba ese día más de lo habitual. Y es que su vida siempre había sido un continuo divagar para llegar finalmente donde todo empezó. Lo que tenía Alfredo era una especie de amnesia parpadeante que no le permitía saber si iba o venía, lo que le causaba un terrible desasosiego y un insomnio de mierda, todo hay que decirlo.<br />
Basta, basta, que alguien encienda la luz… Los delirios de la madre llegaban precedidos de intervalos de silencio como aquellos en los que su hijo se presentaba en su casa porque había olvidado o perdido algo. Venga, madre, tranquilícese, soy su hijo, Alfredo, el mayor, el que no hace nada bien, condenada vieja, pero esto último no lo dijo, Y cómo te va, hijo, La he llamado hace un momento porque me he dejado las llaves dentro de casa, Pues aquí no están, Sí, madre, le dejé tres juegos de llaves la semana pasada, por si las moscas, Sí, lo sé, y ya me has pedido los tres. ¡Anda, esta vez si que la había hecho buena! ¡Pues sería verdad lo que le decía su madre! Tendría que ir a que le recetaran algo más fuerte para la memoria.<br />
Su madre le aconsejó por enésima vez que se anudase un pañuelito en el dedo. Que nunca falla, Sí, claro, y cuando estoy al otro lado de la puerta me miro el dedo y digo ¡ahí va, las llaves!, y yo fuera y ellas dentro, las llaves, ¡hay que joderse!, y qué queda: un subnormal de tercera generación con un pañuelo atado al dedo gordo&#8230; Había que pensar en otra cosa, rápido. Además, empezaba a molestarle de nuevo el estómago. ¡Otra vez, carajo!<br />
Y ya estaba Alfredo en una camilla camino del hospital. Iban a operarle de urgencia. A quién se le ocurre salir en un día como éste, Alfredo&#8230; Oye, ¿me estás escuchando? Nada, que no oía un pijo. ¡Qué calamidad de hijo!<br />
Se despertó y estaba oscuro. Al principio no sabía si estaba en su casa o en el el cielo o en el purgatorio del saloncito de su madre. Tampco sabía si los pies que asomaban bajo la sábana eran los suyos. Probó a mover los dedos. Recordó a Uma Thurman en la Chochoneta, concentrada el mover ese gigantesco dedo gordo. Nada. Así que se tiró al suelo y se fue arrastrando. No, Alfredo, definitivamente, hoy no es tu día.<br />
Cuando recobró la conciencia tuvo que cerrar los ojos de golpe. ¡Quítenme esa luz de la cara, por favor! Llamó a su madre a gritos. Pero su madre no apareció. Este ha debido soplarle al tinto que da gusto, dijo el enfermero bajito. Pues no huele a alcohol, dijo el bedel. Puede que se lo haya inyectado o que haya tomado otras cosas, tú me entiendes, dijo un pediatra en prácticas que era muy gracioso. El enfermero bajito ríe con una risa floja. Alfredo, que les estaba oyendo, trató de agarrar el cuello del insensible que estaba más cerca y erró, todo hay que decirlo, por mi poco. Un golpe en los testículos del bedel lo devolvió al estado de postración en el que se hallaba cuando lo encontraron. Se le habían abierto los puntos.<br />
Era la tercera vez que despertaba. Sabía que había sido un ataque fuerte pero no le preocupaba. Tenía que volver a casa. Recordó que no tenía las llaves. ¿Y dónde estaba su ropa? ¿Qué habían hecho con sus babuchas? Tenía una bata puesta. Se sorprendió con aquel atuendo miserable y ridículo. ¡Pero si puedo verme el culo! Parece que disfrutan con todo esto. ¡Pues se acabó! ¡Yo me largo ahora mismo! Se tocó el vientre; los puntos recientes le escocían. Será la emoción, pensó.<br />
La puerta de la habitación se abrió. Era la enfermera que hacía su ronda. Alfredo, que se había quitado la bata y estaba en pelotas, estaba tratando de salir por la ventana y la enfermera, no se sabe si al verle el culo, gritó que alguien la quería violar y Alfredo, del susto, se cayó. Menos mal que estaba en la planta baja. Los jardineros de la clínica lo sacaron del seto donde había caído. Ahora tendrían que coserle la cabeza del coscorrón que se había dado.<br />
Como no había un solo médico en plantilla que entendiese los balbuceos de Alfredo, decidieron inyectarle un somnífero para que durmiera de un tirón ese día y también el siguiente, por si acaso, que mañana jugaba el Madrid, y no estaban ni para tonterías de desequilibrados ni para cesáreas programadas.<br />
Tres días después de su ingreso, Alfredo pudo salir del hospital por su propio pie. Al bajar la rampa, tropezó con un adoquín que sobresalía ligeramente de la acera y rodó hasta que una señora de 94 años lo frenó muriendo en el acto, la señora, no del golpe, claro, sino del susto.<br />
Unos camilleros que estaban fumándose un pitillo levantaron a Alfredo del suelo y le sacudieron un poco. Alfredo les dio las gracias y apretándose el estómago a la altura de los puntos que se le habían abierto y con el monedero de la vieja escondido en los calzoncillos, se marchó a su casa en transporte público. En el portal se encontró con la portera. Hay que ver hay que ver qué tiempo hace, le dijo al verlo.<br />
Nadie consultado en el edificio sabe con certeza si aquella gélida mañana, Alfredo Martínez Pernambuco acabó con la vida de esta mujer. Sin embargo, algunos vecinos, entre ellos el musculoso sarasa, aseguran que Alfredo logró abrir con una llave (inglesa) la puerta de su casa y entrar. Se le ha visto merodear por el barrio, pero nadie sabe a ciencia cierta si era realmente Alfredo u otro que se le parecía.</p>
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		<title>La fiambrera</title>
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		<pubDate>Wed, 22 Jan 2014 11:08:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 30px;"><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/01/La_fiambrera.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone  wp-image-746" title="La_fiambrera" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/01/La_fiambrera.jpg" alt="" width="617" height="443" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/01/La_fiambrera.jpg 683w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/01/La_fiambrera-300x216.jpg 300w" sizes="(max-width: 617px) 100vw, 617px" /></a></p>
<p style="padding-left: 30px;">El nuevo amigo de mi mujer y que, además, se acuesta con mi sobrina, ha tenido la brillante idea de traer una piña para celebrar el cumpleaños de mi hijo que es alérgico a esa fruta del demonio.<br />
Por supuesto, he tirado la piña a la primera oportunidad que se me ha presentado. No sé qué patraña me inventaré cuando llegue la hora de servir el postre, aunque confío en que se me ocurrirá algo. Como siempre. Lo que no tengo claro es si mi mujer o mi hijo alérgico, que se han dado cuenta de que he tirado la piña por la ventana del baño, me delatarán.<br />
La piña la arrojé cuando el imbécil se dio la vuelta para apreciar una lámina de Klimt que compré en el VIPS que tenemos abajo y cuyos ocres, los del cuadro, conjuntan divinamente con los cojines del sofá y la pequeña lámpara turca que mi hijo alérgico nos trajo tras visitar fugazmente Turquía. Pero esto no viene al caso. Lo que ahora espero es que mi mujer y mi hijo alérgico se hagan los suecos y me permitan que explique, de una vez por todas, lo de la alergía, que sería, por supuesto, lo más lógico, y no inventarse así, de sopetón, una excusa que oculte lo que de verdad ha sucedido con la piña.<br />
Hay que precisar que mi hijo, además de ser alérgico, es educadísimo y atentísimo y, probablemente, por aquello de no quedar mal con el idiota que se tira a mi queridísima y sanísima sobrina, por evitar ser descortés o desilusionar a este patán, ya digo, hasta hubiese probado un pedazo de la piña que ahora está espachurrada en el cemento de la calle. Un poquitín, que estoy lleno y no quiero abusar, diría el chiquillo, y nada más meterse el primer trozo en la boca y masticarlo, le brotarían en la cara unas manchitas blancas que serían el primer aviso de que nos tenemos que ir volando al hospital, que está situado en la otra punta de esta ciudad sucia y desordenada porque nadie se ha preocupado de elaborar un proyecto urbanístico bien definido, a causa, principalmente, de que los que la gobiernan están a lo que están y no están a lo que tendrían que estar.<br />
Así que, habiendo evitado que mi hijo alérgico y siempre tan educado, atentase contra su propia vida, sólo me queda saber si se estarán calladitos y me dejarán hablar a mí, cosa que empiezo a dudar pues mi mujer ya está poniendo esa cara que se le pone cuando quiere decirme ni se te ocurra si no quieres que nuestra convivencia se convierta en un auténtico purgatorio y, para colmo, observo que mi hijo ya se está dirigiendo a su habitación para preparar el petate con sus medicinas y todo el historial clínico que evitará que tengan que adivinar lo que le pasa a mi hijo por si llegamos justitos de tiempo y se nos muere.<br />
De modo que ya estoy corriendo escaleras abajo, saltándome los escalones de tres en tres y hasta de cuatro en cuatro, en un exceso atlético impropio de mi edad y de mi condición física, bajando, ya digo, los ocho pisos de este bloque inmaculado en el que el ascensor nunca está disponible porque algún vecino se deja la puerta abierta o se demora con las bolsas de la compra. Quién me mandaría a mí, me pregunto, mientras cruzo el rellano del tercer piso, empeñarme en comprar un ático para evitar molestos vecinos arriba y qué vistas y qué calor cuando pega fuerte en verano y, como colofón, a los pocos meses nos construyen un bloque mastodóntico color ciruela de once pisos justo enfrente, con lo que la maravillosa visibilidad que teníamos de la sierra se desvanece por la fuerza del ladrillo y del hormigón y tenemos que alegrarnos porque, al menos, podemos disfrutar de la vista de cuatro arbolitos que se van a quebrar en cuanto corra algo de viento y parte de un sendero que se pierde al llegar a un banco pintarrajeado con grafitis inintelegibles de una tal Laura a la que aman mucho, aunque no sabría decir si un solo individuo o varios.<br />
Por fin estoy en la calle. Echo un vistazo a mi alrededor y visualizo lo que queda de la piña. Concienzudamente voy recogiendo los trozos más grandes de la piña espachurrada y metiéndolos en el bolsillo del abrigo mientras voy mentalizándome para subir cuanto antes los ocho pisos y voy aprovechando para avisar a la ambulancia por el móvil de la empresa, para que nuestro invitado pueda contarle a mi querida sobrina que mi hijo alérgico y su madre han sido unos maravillosos anfitriones.</p>
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		<title>La terrorista frígida</title>
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		<pubDate>Tue, 14 Jan 2014 13:02:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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<p style="padding-left: 30px;">La raíz del problema nunca ha sido -como nos dijeron en su día los expertos-, la falta de interés sexual de la terrorista, sino el vacío informativo que se instauró en todos los medios de comunicación de la zona. Qué duda cabe de que, aunque la terrorista hubiese perdido el apetito sexual, aquel factor no la imposibilitaba para poner bombas o secuestrar al empresario de turno. De hecho, argumentaron los últimos expertos consultados, puede que precisamente esa falta de interés sexual, esa represión inconsciente de sus más íntimas y despreciables bajezas, la haga, incluso, más peligrosa, pues tiene que descargar todo ese torrente de energía que no ha gastado en acciones violentas, acciones que casi siempre están diseñadas para provocar heridos, mutilados, muertos y, sobre todo, muchísimo dolor a las familias.<br />
La terrorista, ajena a estas disquisiciones sobre si se le han ido las ganas de follar o no, sigue preparando el secuestro que, sospecha, la encumbrará en algún puesto clave de la organización que ella misma dirige. La terrorista planea secuestrar al hijo sarasa de un comerciante de bobinas de hilo que ha hecho fortuna en el extranjero evadiendo sanciones administrativas de las molestas burocracias, lo que le ha permitido contratar mano de obra a coste cero y conocer gente muy bien situada a la que hacer favores que serán debidamente correspondidos, obviamente, cuando sea necesario. Hasta aquí, lo normal. Y no habría nada que objetar, de hecho, si algunos chanchullos y chapuzas no los hubiera aireado cierta prensa más interesada en el bien común que en el propio y que no supo -o no pudo, apuntan fuentes confidenciales- poner el cazo en su día, y ahora se dedica a criticar hasta la apertura de hospitales y obras de calado social que sirven, qué duda cabe, para enjuagar la mala imagen que las empresas del comerciante transmiten a ciertos ciudadanos desorganizados que, aunque tienen toda la razón, carecen de la necesaria voz. Así que la terrorista <em>malfollá</em>, que es como se la conoce coloquialmente en el comité de expertos que estudian su caso y también el de un monitor de pilates con tendencia a la depresión, especialmente cuando ciertos atletas fingen que la práctica de <em>spinning</em> es infinitamente mejor para fortalecer el músculo cardíaco que el <em>ciclo indoor,</em> se enfrenta a la disyuntiva de si pedir, por un lado, una cantidad razonablemente elevada que le permita retirarse a medio plazo, teniendo en cuenta que no se va a dedicar toda la vida a ser una terrorista -esto lo tiene claro desde el primer día que se metió en harina-, o bien pedir, por otro lado, un rescate desorbitado con el que poder regatear e ir bajando la cantidad poco a poco, en sucesivas llamadas que pondrían al empresario y a su familia histéricos y, finalmente, cobrar el rescate pactado, que le sería entregado en una mochila cochambrosa en algún paraje siniestro y oscuro, sin cumplir, por supuesto, la otra parte del trato, que consistiría en la liberación del hijo sarasa, que no tiene culpa de tener el padre que tiene, pero bien que se ha aprovechado, sano y salvo, acción que la terrorista no llevaría a cabo, a menos que tuviese poderes sobrenaturales, pues le habría descerrejado un tiro en la cabeza en cuanto se hubiese subido al coche y luego lo habría dejado en alguna zanja cubierta con hormigón sobre la que el constructor de turno, una vez solventados los problemas con el consistorio mediante cheque al portador o, en su defecto -y preferiblemente-, sobres más o menos abultados dependiendo del escalafón al que se dirigiese, levantaría un complejo de apartamentos de ínfima calidad para pobres con vistas a patios interiores.<br />
En cualquier caso, la terrorista, que, como ya hemos adelantado, no sabe nada de este comité que estudia la posibilidad de que tenga algún desorden hormonal o menopausia precoz que la imposibilita para sentir deseos sexuales o que, al menos, le niega la posibilidad de darse lo que cuidadosamente han denominado &#8220;un respiro&#8221; ante tanto exceso de realidad, desinformación y mala idea, ha decidido, conforme avanzaba en la logística del secuestro, que se va a pegar un volteo por el bar de moda para tomar un poco el aire y que se le quite este dolor de cabeza tan horrible que se le ha levantado de haber estado mirando planos y rutas de escape alternativas y ha decidido, en un arranque de improvisación nada frecuente en ella, que si le gusta algún hombre lo mismo hasta se lo tira, futurible que, de llevarse a cabo, supondría la inmediata disolución del comité de expertos que estudian su caso y el del monitor de pilates con tendencia a la depresión porque los fondos asignados les serían inmediatamente retirados si saliera a la luz que la terrorista frígida obviamente no lo es, como sustentarían inequívocamente las pruebas que tendrían si tuviesen la más remota idea de dónde está la terrorista de los cojones y cuál será su siguiente movimiento, exceptuando el más que probable revolcón que se va a dar la militante de la célula terrorista de un solo miembro y que, sin ser ni guapa ni simpática ni falta que le hace, tiene sobrados recursos para ligarse a un tío.</p>
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		<title>El hijo de su madre</title>
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		<pubDate>Fri, 29 Nov 2013 18:36:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 30px;"><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/11/Hijo_de_su_madre.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone  wp-image-722" title="Hijo_de_su_madre" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/11/Hijo_de_su_madre.jpg" alt="" width="617" height="299" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2013/11/Hijo_de_su_madre.jpg 850w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2013/11/Hijo_de_su_madre-300x146.jpg 300w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2013/11/Hijo_de_su_madre-768x373.jpg 768w" sizes="(max-width: 617px) 100vw, 617px" /></a></p>
<p style="padding-left: 30px;">Yo de pequeño era muy malo. Me lo decía todo el mundo. Mis abuelos, mis amigos, mi hermana, mi tío Jacinto, la quiosquera, el dueño del taller de neumáticos, la profesora de piano, el churrero. Hasta mi madre me lo decía: &#8220;Niño, eres muy malo&#8221;. No malo a secas. Muy malo. Y a mis cuarenta-y-muchos mi madre me lo sigue diciendo: &#8220;Eras y eres muy malo&#8221;. Y lo cierto es que no lo comprendo. Aparte de alguna travesura fruto del desconocimiento, achacable a mi corta edad entonces o a la curiosidad que todo zagal sano muestra, no he hecho nada malo en toda mi vida. Lo juro.<br />
Saqué buenas notas en primaria y en bachillerato. Salvé a una ancianita antipatiquísima de ser devorada por un doberman y el doberman me mordió a mí y con esta mano aún puedo escribir si me concentro y no llueve.  En la universidad aprobé Derecho en cinco años, aunque la manía que me pilló el de Derecho mercantil a cuenta de que hice un comentario (que nunca hice) sobre su incipiente alopecia, estuvo a punto de costarme un disgusto. Me coloqué pronto y bien en un bufete pequeño aunque con proyección nacional y dediqué incontables horas a leer cuentos a los gemelos antes de dormir, pues mi mujer, con ese seseo tan molesto, a qué negarlo, se opuso desde bien temprano a que sus criaturas se riesen de ella, y por eso sólo habla lo imprescindible. Así que cuando tiene ganas de eso me dice ven y yo voy, aunque ese seseo tan molesto no se le va y esto hace que la mayoría de las veces pierda la concentración y mi mujer encienda la lamparita de la mesilla y se ponga a leer mientras yo me desahogo como puedo, rápido y mal, encerrado en el baño. Además, soy un ciudadano que separa la basura según su procedencia y la deposito en los contenedores a partir de las nueve de la noche. No fumo ni bebo; aso costillas y salchichas en la barbacoa los fines de semana, si el tiempo lo permite; hago cinco comidas al día, nada de hidratos a partir de las seis de la tarde; compro <em>El País</em> aunque ya no es lo que era, cierto; mis siestas jamás exceden los veinte minutos; acompaño a los gemelos al parque, a sus actividades extra escolares, a sus clases de fútbol, de baile, de taekwondo; no alterno con mujeres de dudosa condición; no juego al bingo; no trasnocho; pago todas mis facturas sin pasarme de fecha y la hipoteca me vence en mayo del año que viene; nunca he probado sustancias alucinógenas ni he comprado en un mercadillo; soy creyente aunque no voy a misa; devuelvo siempre las llamadas que recibo; recito de memoria los 20 poemas de amor y una canción desesperada de Neruda; no necesito la calculadora para sumar y restar; recojo la ropa de suelo del cuarto de baño y la meto en la cesta de la ropa sucia después de ducharme; mi peluquero es heterosexual y no le discrimino por ello; siento especial predilección por las galletas de naranja bañadas en chocolate, qué le vamos a hacer; no convierto el agua en vino pero sé escanciar divinamente la sidra para regocijo de mis parientes y mi madre, a pesar de todo, me sigue diciendo que soy muy malo.<br />
&#8220;Eres muy malo&#8221;, me dice mi madre, nada más entregarle el paquete que acabo de recoger en Correos y que me ha salido por un ojo de la cara porque tuve que dejar el coche en doble fila un momento y el guardia de tráfico tuvo que fijarse precisamente en mi coche y no en el de la señora que se cruzó para entrar en la frutería, que yo sólo vengo a por un kilo de mandarinas y me voy, o en el del adolescente del BMW que se puso a charlar con sus amiguetes ocupando un espacio en el que bien podría haber aparcado yo sin estorbar, que es un momento, no cuesta nada, tranqui tronco, que no hay prisa, me suelta, y como soy de natural pacífico me la envainé y por eso dejé el coche en doble fila y me cascaron la multa, y mi madre abre el paquete y me dice que qué es esto que me traes, y yo le digo que no tengo ni idea, que venía a su nombre. Yo esto no lo he pedido. Pues habrá sido un error, mamá. Yo no he pedido nada. Bueno, pues déjame que lo devuelva. Quita, quita, que eres muy malo. Esto viene a mi nombre y me lo quedo, aunque no me gusta nada en este color. No combina con casi nada. Mi madre se lleva relatando toda la tarde hasta que se cansa y me pregunta si tengo hambre. Le digo que no y que me gustaría irme a casa. No me voy sin antes prometerle que buscaré unos zapatos que conjunten con el bolso.<br />
Al llegar a casa, encuentro a mi mujer sentada sobre la maleta de los viajes largos. Me anuncia que se va con un comerciante de sellos surafricano que la tiene cautivada. Por eso la maleta. Espero un taxi, me dice. Cómo que te vas, le pregunto. Me voy con otro hombre, me explica. Le digo que me parece bien, pero que la maleta se la va a llevar su puta madre. Me sorprende mi reacción y a mi mujer, por cierto, parece ocurrirle lo mismo. Se me acerca. Qué te pasa, querido, me pregunta. Hasta los cojones estoy. Mi mujer, agarrándome de ahí, me dice que ya no se va, y que tiene ganas de eso. Pero calladita, perra, le suelto. Mi madre tenía razón: soy malo. Santa medicina, oye.</p>
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		<title>El rescate</title>
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		<pubDate>Fri, 04 Oct 2013 19:25:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 30px;"><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/10/rescate.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft  wp-image-666" title="rescate" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/10/rescate.jpg" alt="" width="616" height="852" /></a></p>
<p style="padding-left: 30px;">Cuando pagaron el rescate esperaban que les devolviesen a su hijo sano y salvo, pero en lugar del hijo lo que les devolvieron fue una abuela con tendencias maníaco-depresivas que los tenía fritos, sobre todo cuando le daba por saltar en mitad de la noche sobre el colchón de uno cincuenta que compartían. A pesar de que lo que han pagado por el rescate no les ha devuelto a su hijo, han decidido darle una oportunidad a la vieja, que sale puntualmente de casa a las 7.35 para sentarse y quedarse dormida inmediatamente en la parada del autobús, mientras los demás niños se suben en dirección al colegio de la zona. El autobús de ruta de la escuela deja a Simón, que ahora también es hermano de la abuela, en la parada a las 14.10, y la abuela, hecha un ovillo, sigue ahí, así que Simón tiene que despertarla y, aunque de la parada a la casa hay apenas quince metros, la vieja se toma sus buenos cinco minutos para incorporarse y ponerse en marcha.<br />
La abuela, con los años, se hizo mucho más vieja, y en su graduación la aplaudieron a rabiar sus padres hasta que le vino un hipo raro y la diño. Los padres, que se han vuelto ahorradores compulsivos desde que tuvieron que aflojar para lo del rescate, han decidido pedirle a los secuestradores que les devuelvan el importe de dicho rescate más los intereses, pues la vieja ha tenido una vida tan breve que, “las semillas educativas que se le han inoculado”, se puede leer en la poética nota que han enviado, “no han madurado en frutos reales que podamos disfrutar como sufridos padres que somos”. O sea, que si estos padres invirtieron tiempo y dinero, aunque fuese en una vieja inútil, es porque querían que su esfuerzo y, sobre todo, el dinero empleado, se multiplicase y el niño, bueno, la vieja, tenía que haber destacado, con no más de 25 años, esa era la idea inicial, en algo que les permitiese ganar montones de billetes con los que adquirir una de esas mansiones con criados que poseen los que salen en las revistas de famosos. Los secuestradores, por su parte, se han mostrado reticentes porque le han cogido cariño al adolescente que duerme la mona en el sofá-nido que le regalaron por aprobar Educación Física, aunque suspendiera todas las demás asignaturas, más que nada porque no podían seguir ocultándolo en el armario.</p>
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		<title>Las edades de Umberto</title>
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		<pubDate>Fri, 20 Sep 2013 09:25:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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		<description><![CDATA[&#8220;&#8230; Y esta empanada cerebral es lo que llamamos edad del pavo o en su acepción más contemporánea la edad del agilipollamiento, que es más o menos permanente, y varía en según que casos. Hay casos que se dan a edades más avanzadas, pero son casos aislados, excepcionales, como el de Umberto&#8230;&#8221; [cita extraída de [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 30px;"><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/09/umberto.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft  wp-image-655" title="umberto" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/09/umberto.jpg" alt="" width="623" height="841" /></a></p>
<p style="padding-left: 30px;">&#8220;&#8230; Y esta empanada cerebral es lo que llamamos<em> edad del pavo</em> o en su acepción más contemporánea la <em>edad del agilipollamiento</em>, que es más o menos permanente, y varía en según que casos. Hay casos que se dan a edades más avanzadas, pero son casos aislados, excepcionales, como el de Umberto&#8230;&#8221; [cita extraída de la ponencia &#8220;Encuentros en la tercera fase con adolescentes&#8221; del profesor Hugh Chesterton]</p>
<p style="padding-left: 30px;">A Umberto, que para todo era especial, esta edad le llegó de bien mayor, cuando ya tenía hijos casados y ningún nieto porque sus hijos eligieron a mujeres que se negaron en rotundo a compatibilizar trabajo y cuidado de los hijos, instaladas en la certeza de que trabajo e hijos constituían universos irreconciliables. O una cosa o la otra, decían, y como los hijos de Umberto eran de naturaleza horchatica, es decir, que la sangre les llegaba lo justo, pues no se opusieron con argumentos sacados de foros ni de revistas masculinas donde también podían averiguar en un test de 5 preguntas realizadas ad hoc la compatibilidad con su pareja o cómo no darse a la bebida cuando ellas se lo llevan todo o cómo hacer dulce de leche o dónde emigrar si el tema se pone serio. Además, Umberto tampoco quiso interferir porque sabía -por experiencias previas que ahora no vienen al caso- que saldría escaldado, pues en los asuntos de pareja que cada cual se las avíe como considere oportuno.<br />
Umberto, tal vez por la carencia de nietos, decidió volverse él mismo nieto en la etapa adolescente o insoportable, y no porque le hubiese venido el alzhéimer de pronto, pues estaba sano y la cabeza la tenía perfectamente regulada, sino porque estaba aburrido de ser adulto. Así que le dio por gastarse la generosa pensión en portátiles, tabletas, móviles, bocadillos de salchichón, consolas y descargas de canciones en mp3 de artistas que hacían las delicias de la alocada chiquillería con acné y un detonador bajo el calzoncillo, aunque le costaba habituarse a las series de adolescentes guapetones que vivían el día a día con la seguridad del éxito asegurado, del futuro resuelto por sus personalidades tan epatantes, originales y únicas por el simple acto de la repetición de patrones que, probablemente, caducarían en la temporada otoño-invierno.<br />
Umberto hasta se puso un piercing en un pezón del que sabía que se arrepentiría, pero su madre había muerto 20 años atrás y con ella la máxima autoridad sobre moda al respecto. Los conocimientos que poseía Umberto sobre la situación económica mundial y sus habilidades retóricas de sus tiempos de profesor de Filosofía fueron sustituidas por ropas de marca y las paletas delanteras separadas. Umberto hizo todas estas cosas y, aunque sabía que estaba fuera de lugar y que resultaba absolutamente ridículo -era consciente de lo desubicado que estaba-, le importaba un comino lo que pensaran de él. Por primera vez en muchos años, era feliz. Sus hijos creyeron que había enloquecido y sus nueras ya estaban tramitando el papeleo para encerrarlo de por vida en un asilo de los económicos, que tampoco el viejo lo iba a notar ahora que se le había ido la cabeza, pero Umberto no tenía ni tiempo ni ganas, como buen adolescente de nuevo cuño que era, de ver la red que le estaban tejiendo. Umberto lo que quería de verdad era pasarse de una vez el nivel 153 del Candy Crush Saga.</p>
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		<title>Freud nunca durmió solo</title>
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		<pubDate>Fri, 14 Jun 2013 16:02:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El psicólogo reprende a la madre por haber perdido los estribos. La madre arguye que el hijo, aunque es suyo, eso nadie se lo discute, es una mala influencia para el padre, al que le ha dado por jugar con los playmobil nada más llegar del trabajo y al que hay que pedirle, rogarle que [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 30px;"><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/06/a-pierna-suelta.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-582" title="a pierna suelta" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/06/a-pierna-suelta.jpg" alt="" width="620" height="365" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2013/06/a-pierna-suelta.jpg 620w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2013/06/a-pierna-suelta-300x177.jpg 300w" sizes="(max-width: 620px) 100vw, 620px" /></a></p>
<p style="padding-left: 30px;">El psicólogo reprende a la madre por haber perdido los estribos. La madre arguye que el hijo, aunque es suyo, eso nadie se lo discute, es una mala influencia para el padre, al que le ha dado por jugar con los playmobil nada más llegar del trabajo y al que hay que pedirle, rogarle que deje de jugar y se siente en la mesa para almorzar. Con reticencias, la cabeza hacia un lado, la lengua colgando del labio inferior, en un gesto que ella reconoce en su hijo y que significa que te den, el padre se sienta en la mesa y ella le pregunta si se ha lavado las manos, cosa que no ha hecho, por supuesto, y entonces se arma un follón para persuadirle de que si no se lava las manos no come. Obviando el hecho de que el menú diario se ha empobrecido cualitativamente, pues solo se puede servir arroz con tomate, huevos fritos, salchichas, filetes de pollo finísimos empanados, algún gallito ocasional sin espinas y, por supuesto, papas fritas, hay que cortarle al padre los filetes en piezas pequeñas para que no se atragante y recordarle continuamente que tiene que beber agua para que el bolo baje. Cuando llega el postre, como estamos en verano, helado; y si no hay helado, nada. La fruta ni probarla, a pesar de que ella se esmera en la presentación de unas coloridas fuentes con trozos de mango en forma de escudos del Capitán América, cerezas deshuesadas, fresones, moras, melón en cuadritos, plátanos en tiras y alguna fruta de temporada (leyó en un blog de autor que a los niños les entra la comida con colores vivos por los ojos, lo que no significa que les entre necesariamente por la boca). Cuando acaba la comida, el padre se encierra en el baño y caga. Luego sale en calzoncillos con alguna revista de videojuegos en la mano o el <em>ipad</em> o el <em>Cinemanía</em> o todo junto, se pone el traje que ha dejado hecho un gurruño sobre la cama del dormitorio y ella le coloca bien el nudo de la corbata antes de que salga por la puerta. Así que, con la esperanza de que el padre cuando vuelva del trabajo a las once de la noche, se comporte como lo que era, un buen padre celoso de su intimidad, ella le prepara todas las noches una cena exquisita con variedades de <em>sushi</em>, pollo al estilo hindú y pinchos variados que aprendió en un curso online de cocina mediterránea, delicias culinarias que el padre siempre rechaza porque prefiere beber del cartón de leche mientras se apoya en el frigorífico con la puerta abierta, para que le dé el frequito en los genitales, y tomarse un bocadillo de salami antes de irse a la cama.<br />
Hasta aquí, pase.<br />
El problema es que todas las noches desde que al marido le dio por jugar con los playmobil imitando a su hijo, y una cosa llevó a la otra, la despierta el padre porque ha mojado las sábanas o bien está llorando desconsoladamente porque hay un monstruo debajo de su cama. Entonces ella se agacha y mira debajo de la cama y, aparte de pelusas, extremidades de muñecos arrancadas y un cochecito verde, no ve monstruos que valgan, y así se lo dice al padre. Luego, se encaja al estilo <em>Tetris</em> con el padre en la cama de ochenta y le hace caricias en la barba hasta que se duerme. Ella vuelve a la cama de uno cincuenta cuando por fin se ha dormido el padre y estira las piernas en la cama y descubre lo bien que se está en la cama, toda la cama para mí, por eso la reprende el psicólogo. Que quiera toda la cama para ella significa que ha tenido una infancia desdichada y que se está vengando así del padre, de su progenitor, el abuelo de su hijo, que, a diferencia de los que cree el psicólogo, era encantador y un señor como Dios manda, con ideas conservadoras, sí, pero no se le hubiera ocurrido jugar con los juguetes de ella o de alguno de sus hermanos. El psicólogo le dice que ella es muy egoísta y que algo tiene que cambiar si quiere que la situación mejore, poner un poco de su parte, le dice, que tampoco cuesta tanto, y olvidarse del pasado, pasar página, cerrar un capítulo, y ella baja la cabeza y asiente mientras se arranca con la uña una postillita que tiene en la rodilla.</p>
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		<title>Flores marchitándose</title>
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		<pubDate>Thu, 09 Aug 2012 19:14:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 30px;"><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2012/08/Flores-marchitas.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-342" title="Flores marchitas" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2012/08/Flores-marchitas.jpg" alt="" width="620" height="194" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2012/08/Flores-marchitas.jpg 620w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2012/08/Flores-marchitas-300x94.jpg 300w" sizes="(max-width: 620px) 100vw, 620px" /></a></p>
<p style="padding-left: 30px;">La marca era de nacimiento. La botella de medio litro era de fanta naranja. Curro era quien tenía la marca de nacimiento, una islita marrón oscuro en la lechosa pantorrilla de la pierna derecha. Curro era también quien había comprado la fanta naranja de medio litro que se había escapado de su mano debido al manotazo (no intencionado) que le había dado el burro de su hijo, que vestía una camiseta morada con unas visibles letras blancas donde se podía leer <em>Si quieres dejar la bebida, déjala en mi casa</em>. Aquella frase se le había ocurrido una mañana de resaca a su compañero de piso, al de su hijo, que estaba leyendo el fanzine <em>Cave Canem</em>, algo así como “Cuidado con el perro”, en cuya portada Heidi se practicaba un masaje en cierta zona íntima. Y, por supuesto, fue Curro quien advirtió signos de mal humor en su mujer cuando esta le recordó que no había traído nada para ella. Le dijo que tenía pensado compartir la fanta. Aunque lo cierto es que tampoco quedaba ya nada para él.</p>
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		<title>Se acabó la Fanta y la fantasía</title>
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		<pubDate>Fri, 01 Jun 2012 19:11:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 30px;"><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2012/06/Se-acabo-la-Fanta.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-263" title="Se acabo la Fanta" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2012/06/Se-acabo-la-Fanta.jpg" alt="" width="620" height="503" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2012/06/Se-acabo-la-Fanta.jpg 620w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2012/06/Se-acabo-la-Fanta-300x243.jpg 300w" sizes="(max-width: 620px) 100vw, 620px" /></a></p>
<p style="padding-left: 30px;">A la de una a la de dos y a la de tr&#8230; fue lo último que escuchó Bernardino antes de perder el conocimiento tras resbalar con un patito de goma manco del ala que su hijo había dispuesto estratégicamente para repeler el ataque de un pez gamba de colores indeterminados que su hermana le iba a lanzar en cuanto se descuidase el padre que sostenía en aquel momento, antes de caer fulminado, la piñata, tres vasos con Fanta y panchitos adheridos, el regalo del mayor y unas sandalias para su mujer que se había quejado del calor reinante en la sala tras disputarse con su hermana las miradas de profundo desprecio del geiperman de carne y hueso en que se había transformado de segundo a tercero de BUP el sobrino de su marido, Angelito. Hasta aquí, lo normal.<br />
Bernardino volvió en sí pocos segundos después tras arrojarle el geiperman Angelito una jarra de agua, jarra incluida, a la cara de pánfilo que se le había quedado blanco como un mantel hecho a mano por la hermanas Carmelitas en el Monasterio de Santa Terencia, monja que pasó a ser santa y luego a mejor vida. O sea, que Bernardino volvió en sí más por el impacto de la jarra que por el líquido que esta contenía, y pronunció esta misteriosa oración intrincada, algo inusual en él, que era más de respuestas cortas: &#8220;Habiendo llegado hasta aquí por la fuerza de los hechos, me gustaría comunicarle a mi familia, aprovechando el nutrido grupo que se congrega hoy en la que es, por ahora mi casa, pues dudo que pueda seguir pagándola ahora que he descubierto hace apenas unos minutos, vía sms, que mi contribución al fortalecimiento de un sistema capitalista reacio a cualquier tipo de cambio que suponga un menoscabo en las indemnizaciones millonarias que recibirán tipos con una formación impecable y una administración imperdonable al frente de entidades bancarias, ha llegado a su fin&#8221;.<br />
La cuñada fue la primera que habló, y aunque era natural de Pontevedra, donde había vivido 43 de sus 44 años, su impecable acento castizo con deje de Moratalaz pasaba inadvertido, al contrario que los dos conos de helado XL que se había implantado el verano anterior para mantener viva la llama de la pasión entre su marido y ella, que no sentía placer alguno al practicar un coito matinal insípido los martes y los jueves, pero temía desilusionar a su marido, por lo que decía ay y uy y así así con mecánica disposición, que al marido, puesto a ello, le pasaba inadvertido, y disfrutaba un poquito imaginando las caricias y perversiones que le haría el sábado por la mañana, tras el partido de paddel, la sensual Verónica, previo paso por caja en alguna tienda de lo que el denominaba, no sin cierta guasa, paseo por la calle de los abalorios y los trapitos caros.<br />
Y lo que dijo la cuñada fue lo siguiente:  &#8220;Estoy totalmente convencida de que estaremos mejor fuera, pues se ha quedado una tarde estupenda, ¿verdad?&#8221; Los familiares de Bernardino y la mayoría de los conocidos de su mujer, que eran hombres de procedencia social diversa, similar altura física y conversación insustancial, marcharon al jardín en fila india y en riguroso orden atendiendo a su segundo apellido, pues había muchos López y García de primero, lo que complicaba la operación, y pudieron constatar que se había quedado una tarde estupenda para marcharse al centro comercial y adquirir, previo intercambio monetario vía tarjeta de crédito o efectivo en billetes de 20 y 50, libros de autoayuda que les entusiasmaría ojear in situ, libros que olvidarían sin arrepentimiento alguno en cualquier estante del salón o en la mesilla de noche, debajo de un periódico dominical en el que un joven y prometedor columnista advertía, con una prosa elegante y certera, que los excesos derrochadores a los que nos estábamos todos acostumbrando, él incluido, tendrían una consecuencia devastadora a medio plazo para la economía, empezando por él mismo, que al final de esa semana tendría que marcharse a buscar un nuevo trabajo o quedarse en el que estaba y hacerlo gratis hasta que escampase la crisis, y que, según sus cálculos, le cogería con 55 años recién cumplidos y la previsión de una crisis mucho peor que la anterior a la vuelta de la esquina.</p>
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