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	<title>De subir a la montaña me cansoipad &#8211; De subir a la montaña me canso</title>
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	<description>Responsable de Diseño en el Diario Hoy de Extremadura desde 2012. Escritor de relatos breves donde aplico la máxima de la Escuela Postirónica: &#34;Hablar de unas cosas para decir otras&#34; . Soy consciente de mi ignorancia.</description>
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		<title>imagen, Lectura de una</title>
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		<pubDate>Mon, 15 Dec 2014 12:52:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/12/Lavadora.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-879" title="Lavadora" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/12/Lavadora.jpg" alt="" width="624" height="493" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/12/Lavadora.jpg 624w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/12/Lavadora-300x237.jpg 300w" sizes="(max-width: 624px) 100vw, 624px" /></a></p>
<p>Hace tiempo que no escribo. Aunque he estado leyendo a Gombrowicz, a David Foster Wallace y ahora un ensayo sobre <em>True Detective</em>, donde se incluyen relatos de H. P. Lovecraft, Friedrich Nietzsche, Dashiell Hammett y Arthur Schopenhauer, entre otros. Y el asunto no queda ahí. Pendientes están <em>Las palmeras salvajes</em> de Faulkner y <em>El hombre del castillo</em>, obra del autor de la novela que inspiró <em>Blade Runner</em> y que la pereza me impide buscar en Google. También puede que caiga, a modo de desengrasante, algún tebeo, aunque estoy de superhéroes bastante cansado. Miento, tampoco lo estoy tanto tras visionar la macarrada de <em>Los Guardianes de la Galaxia</em>. O sea, que ocupado estoy. Y luego están las tareas de los niños, el gimnasio, comer, relacionarse (poco), dormir, perder el tiempo en Facebook (no siempre), ojear alguna revista, ponerse un disco de este año, capturar el momento (en fotografía, si es posible), echar aceite al coche, madurar, no desesperar, convertir a MPG4 el AVI del video donde éramos mucho más jóvenes, y la ilustradora, Carmen, que me escribe vía email que no le haga &#8216;escrache&#8217;, que me ha mandado una ilustración para otro cuento (siempre estoy pidiendo), pero el cuento al que se refiere ya está publicado con su ilustración correspondiente, así que con la ilustración que me ha enviado, me decido a escribir un relato que cuadre con la imagen (un niño que tira de una sábana/prenda grande que se encuentra en una lavadora —a la que hace referencia el relato anterior, que se puede leer a continuación de éste, y no antes—).</p>
<p>No voy a mentirles (a ti sí, Carmen) y voy a tirar de oficio para que este relato no se desinfle. Como les contaba, hace tiempo que no escribo. Y para ser completamente sincero he enumerado una serie de actividades/razones/compromisos (relacionados con la supervivencia o no) que me parecen más que suficientes para explicar porque me hallo en el dique seco (nota mental: <em>Barton Fink</em>, hermanos Coen, revisión). Por supuesto, tampoco me ha venido la inspiración mientras disfrutaba de unas costillas al horno ni mientras regañaba por decimoquinta vez a mi hijo o cuando, sentado en el inodoro, me dedicaba a terminar un puzzle en el <em>iPad</em>. Se me han ocurrido muchas otras cosas. Emigrar. Salir a comprar tabaco. No volver. Y así. Menos ponerme a escribir, un poco de todo. También se me ha pasado por la cabeza cambiar de trabajo para tener más tiempo. Supongo que más tiempo para buscar otro trabajo, claro. Pero no cuela. Soy tonto lo justo y los milagros no suceden así como así o no suceden en absoluto. Que ahora Carmen me reenvíe una ilustración es de agradecer, pero me coge a la inspiración con la guardia baja, aunque no me amedrento, pues de hecho estoy escribiendo.</p>
<p>Leo un tuit sobre el plátano de Monago y no lo marco como favorito porque estoy de política (o como se diga) hasta la coronilla (hasta los cojones, hablando cristalino). Pujol desaparecido, la infanta diciendo buenos días con cara de campurriana (sí, como la galleta) a la prensa, en el <em>Rockdelux</em> escriben un especial sobre series televisivas más bien flojucho, la niña se va a quedar sin Reyes porque no sabe comportarse y la hemos tenido que borrar de inglés porque ni comía ni dejaba comer (<em>El perro del hortelano</em> —sic—), el Madrid campeón de Liga (supongo), la jeta de Cospedal, el brazo hidráulico del mazas del gimnasio (envidia, dieta protéica, nada de hidratos despues de las siete), <em>Blue Ruin</em>, sorpresa cinéfila del año (hasta que la destrone otra sorpresa), maquetar la guía gastronómica, que pase el visto bueno, que no lo pase, que sí que no, una manguera para apagar el fuego, decidirse a correr como un <em>runner</em> o correr cuando apetezca (pocas, pocas), acordarse de terminar el cuento con las ocurrencias de mi hijo, qué rico cuando quiere, para que Carmen pueda dibujar (más dibujos) y poner la lavadora, por supuesto, poner la lavadora para que el niño tenga su cuento mientras oigo crecer a Boris Vian en el centro de mi corazón, un verdadero árbol como en <em>La espuma de los días,</em> y seguir viviendo en la contradicción, en la falta, en algún lugar entre la indecisión y la pereza, en este mundo en escala de grises o azules lavados que me propone la encantadora Carmen, ya ves.</p>
<p>El caso es que no sé por qué este niño que ha pintado Carmen está empeñado en sacar toda la ropa de la lavadora. Me pongo en el lugar de la madre o del padre e imagino la bronca que le va caer. Aunque lo mismo está haciéndolo porque quiere ayudar a la madre o al padre o se lo ha pedido alguno de sus progenitores o su abuela, que está de visita, al ver que el niño quiere echar una mano y no ser un estorbo (lo que es sin necesidad de hacer nada especial) y, como el suelo estaba recién barrido, no teme (quien sea, lo mismo da) que la ropa se ensucie al ser arrastrada por el chiquillo. Sea como fuere, el niño, básicamente, la está liando y a saber qué intención oculta, si es que oculta algo, que puede ser una tontada o un estropicio de los grandes. Nunca lo sabremos.</p>
<p>En cualquier caso, el niño se lo está pasando pipa arrastrando la sábana. Y como va a seguir arrastrándola por siempre jamás porque el dibujo es estático y no forma parte de <em>storyboard</em> alguno, se va a quedar toda la vida pasándoselo bien y yo envidiándole, por supuesto. Aunque también pudiera estar cabreado (esas líneas más oscuras en la barbilla del niño, Carmen) y está liándola con la manta o la sábana o el edredón porque se le perdió un juguete y teme que su madre o su padre se lo hayan lavado. Desde luego, lo que el niño del dibujo no sabe (o sí, pero esto tampoco hay forma de comprobarlo) es que la manta o la sábana o el edredón jamás van a salir por completo del tambor de la lavadora y no va a haber forma de comprobar si su <em>Transformer</em> o su <em>Spiderman</em> de tela se han ahogado.</p>
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		<title>Haciendo la compra, consecuencias</title>
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		<pubDate>Mon, 12 May 2014 15:43:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/05/Compra.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-782" title="Compra" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/05/Compra.jpg" alt="" width="433" height="648" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/05/Compra.jpg 433w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/05/Compra-200x300.jpg 200w" sizes="(max-width: 433px) 100vw, 433px" /></a></p>
<p>La dejo pasar más que nada porque quiero verle el culo.<br />
La señora que va detrás de ella, con el pan bajo el sobaco, me mira mal porque le hubiera gustado saltarse el turno, pero con esa cara de acelga lo único que hubiera podido pasar es que le dijera muy serio que yo también llevaba prisa —esa habría sido la excusa de la señora si llega cinco segundos antes, como si los demás anduviésemos sobrados de tiempo—, aunque habría hecho todo lo posible por meter el desodorante, los yogures y la comida para la gata en la bolsa con la mejor de mis sonrisas y una parsimoniosa lentitud, con el único objetivo de añadirle una arruga más de desprecio a su cara de acelga.<br />
La chica, en efecto, tiene un culazo. Las mallas favorecen su maciza figura y yo sé que todo es para el novio, lo que se ve y lo que no, y ahí se acaban mis ilusiones, pero me contento, qué duda cabe, contemplando su culo haciendo como que estoy pendiente de los niños, que están subidos a un carro, ensimismados pegando un chicle en una de las cerraduras de la consigna y que, por suerte, no es la nuestra, así que podré sacar la mochila con los deberes que, con Dios y ayuda y un pescozón a tiempo, tendré que supervisar si no quiero que se saquen los ojos, después de digerir un almuerzo que, intuyo, no será de mi agrado, aunque me regañe la terapeuta, por lo del pescozón no por quejarme del almuerzo —que lo haré—, y me advierta que toda esa violencia que no retengo para los pescozones, se debe a mi falta de autoestima, que responde, a su vez, a un trauma simbólico que ha posibilitado que emerja el ello o el aquello, lo mismo da. Y todo por haber sido criado sin un padre.<br />
Visto que los niños pasan de mí y que mi autoridad es cero, les digo a la salida del supermercado, mientras observo como se aleja el culazo, que se quedan sin tele, pero ellos, obviamente, siguen a lo suyo con el chicle y los dedos pringosos, y sospecho que la saliva de los niños no es la primera saliva que toca ese chicle —nota mental: mejor no lo pienses, déjalo estar—, así que, preocupado —no demasiado, pero preocupado— por las posibles infecciones no erradicadas en este primer mundo, subo un nivel y les digo, Pues no coméis, Pues me da igual, dice el niño, Tenemos el <em>ipad</em>, dice la niña, Ni <em>ipad</em> ni tele ni deuvedé ni pollas. Esto último se me escapa y, aunque podría haber dicho algo mucho peor, intuyo que les hubiese resbalado igual. Claro que a ver cómo le explico a la madre de las criaturas que hoy no comen. Cómo que no comen, me dirá, No les va pasar nada, ningún niño se muere de hambre en el primer mundo, ¿No puedes castigarlos sin tele como hacen todos los padres?, Ya lo hice, no dio resultado, Es por tu falta de autoridad, no te impones, anda, trae las bolsas que te vas a descoyuntar los dedos. Algo muy similar a esta conversación, por supuesto, la tenemos nada más abrir la puerta de casa —sin que me dé tiempo a soltar las bolsas y descansar los dedos— porque el niño dice que Papá no quiere que comamos, Qué, Nada, nada, que les he dicho que o se comportan o no comen, y no se comportan. Obviamente, como he sido un hijo que se ha criado sin un padre, no tengo manera de saber cómo lidiar con mi falta de autoridad, así que el problema de base —que hacen caso omiso a mis advertencias, que no tienen educación aunque se les brindan todas las facilidades del primer mundo, en una familia donde ambos progenitores trabajan y se les paga por su trabajo de forma razonable para que la diferencia entre el debe y el haber no sea insalvable si, llegado el caso, a alguno de los dos les estalla el corazón o se quema el motor del frigorífico—,  se transforma, en un visto y no visto, pero sin magia-potagia de por medio, en un echarse en cara hechos pasados no perdonados y no olvidados que poco o nada tienen que ver con el problema original —los niños, en su conjunto o, incluso, uno a uno, por separado, lo mismo da—, tal vez pagando justos por pecadores, para redimirnos de ese pecado original donde hay una manzana, dos imbéciles y una serpiente enroscada a un árbol, mientras los niños, ajenos a los gritos que proferimos, se preparan concienzudamente para decir que no en cuanto les digamos que tienen que lavarse las manos para comer.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Freud nunca durmió solo</title>
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		<pubDate>Fri, 14 Jun 2013 16:02:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 30px;"><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/06/a-pierna-suelta.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-582" title="a pierna suelta" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/06/a-pierna-suelta.jpg" alt="" width="620" height="365" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2013/06/a-pierna-suelta.jpg 620w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2013/06/a-pierna-suelta-300x177.jpg 300w" sizes="(max-width: 620px) 100vw, 620px" /></a></p>
<p style="padding-left: 30px;">El psicólogo reprende a la madre por haber perdido los estribos. La madre arguye que el hijo, aunque es suyo, eso nadie se lo discute, es una mala influencia para el padre, al que le ha dado por jugar con los playmobil nada más llegar del trabajo y al que hay que pedirle, rogarle que deje de jugar y se siente en la mesa para almorzar. Con reticencias, la cabeza hacia un lado, la lengua colgando del labio inferior, en un gesto que ella reconoce en su hijo y que significa que te den, el padre se sienta en la mesa y ella le pregunta si se ha lavado las manos, cosa que no ha hecho, por supuesto, y entonces se arma un follón para persuadirle de que si no se lava las manos no come. Obviando el hecho de que el menú diario se ha empobrecido cualitativamente, pues solo se puede servir arroz con tomate, huevos fritos, salchichas, filetes de pollo finísimos empanados, algún gallito ocasional sin espinas y, por supuesto, papas fritas, hay que cortarle al padre los filetes en piezas pequeñas para que no se atragante y recordarle continuamente que tiene que beber agua para que el bolo baje. Cuando llega el postre, como estamos en verano, helado; y si no hay helado, nada. La fruta ni probarla, a pesar de que ella se esmera en la presentación de unas coloridas fuentes con trozos de mango en forma de escudos del Capitán América, cerezas deshuesadas, fresones, moras, melón en cuadritos, plátanos en tiras y alguna fruta de temporada (leyó en un blog de autor que a los niños les entra la comida con colores vivos por los ojos, lo que no significa que les entre necesariamente por la boca). Cuando acaba la comida, el padre se encierra en el baño y caga. Luego sale en calzoncillos con alguna revista de videojuegos en la mano o el <em>ipad</em> o el <em>Cinemanía</em> o todo junto, se pone el traje que ha dejado hecho un gurruño sobre la cama del dormitorio y ella le coloca bien el nudo de la corbata antes de que salga por la puerta. Así que, con la esperanza de que el padre cuando vuelva del trabajo a las once de la noche, se comporte como lo que era, un buen padre celoso de su intimidad, ella le prepara todas las noches una cena exquisita con variedades de <em>sushi</em>, pollo al estilo hindú y pinchos variados que aprendió en un curso online de cocina mediterránea, delicias culinarias que el padre siempre rechaza porque prefiere beber del cartón de leche mientras se apoya en el frigorífico con la puerta abierta, para que le dé el frequito en los genitales, y tomarse un bocadillo de salami antes de irse a la cama.<br />
Hasta aquí, pase.<br />
El problema es que todas las noches desde que al marido le dio por jugar con los playmobil imitando a su hijo, y una cosa llevó a la otra, la despierta el padre porque ha mojado las sábanas o bien está llorando desconsoladamente porque hay un monstruo debajo de su cama. Entonces ella se agacha y mira debajo de la cama y, aparte de pelusas, extremidades de muñecos arrancadas y un cochecito verde, no ve monstruos que valgan, y así se lo dice al padre. Luego, se encaja al estilo <em>Tetris</em> con el padre en la cama de ochenta y le hace caricias en la barba hasta que se duerme. Ella vuelve a la cama de uno cincuenta cuando por fin se ha dormido el padre y estira las piernas en la cama y descubre lo bien que se está en la cama, toda la cama para mí, por eso la reprende el psicólogo. Que quiera toda la cama para ella significa que ha tenido una infancia desdichada y que se está vengando así del padre, de su progenitor, el abuelo de su hijo, que, a diferencia de los que cree el psicólogo, era encantador y un señor como Dios manda, con ideas conservadoras, sí, pero no se le hubiera ocurrido jugar con los juguetes de ella o de alguno de sus hermanos. El psicólogo le dice que ella es muy egoísta y que algo tiene que cambiar si quiere que la situación mejore, poner un poco de su parte, le dice, que tampoco cuesta tanto, y olvidarse del pasado, pasar página, cerrar un capítulo, y ella baja la cabeza y asiente mientras se arranca con la uña una postillita que tiene en la rodilla.</p>
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		<title>Nunca llueve al gusto de todos</title>
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		<pubDate>Mon, 28 May 2012 19:57:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Le doy al niño el ipad para que se espabile, o sea para que se ipadice desde sus más tierna infancia. Y claro, empieza por bloquearme la cuenta de gmail y lastimarme los oídos con &#8220;Ai Se Eu Te Pego&#8221;, de Michel Telo, y la vista con un video de dos bebés que cantan mientras [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 30px;"><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2012/05/Nunca-llueve-al-gusto-de-todos.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-249" title="Nunca llueve al gusto de todos" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2012/05/Nunca-llueve-al-gusto-de-todos.jpg" alt="" width="620" height="388" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2012/05/Nunca-llueve-al-gusto-de-todos.jpg 620w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2012/05/Nunca-llueve-al-gusto-de-todos-300x188.jpg 300w" sizes="(max-width: 620px) 100vw, 620px" /></a></p>
<p style="padding-left: 30px;">Le doy al niño el ipad para que se espabile, o sea para que se ipadice desde sus más tierna infancia. Y claro, empieza por bloquearme la cuenta de gmail y lastimarme los oídos con &#8220;Ai Se Eu Te Pego&#8221;, de Michel Telo, y la vista con un video de dos bebés que cantan mientras se tiran pedos, un exitazo en youtube [<a title="Bebes en la bañera" href="http://www.youtube.com/watch?v=O_PpTIwZJx8" target="_blank">ver</a>]. Luego le descargo unas apps gratuitas con juegos educativos y el niño empieza con puzzles de cuatro piezas y acaba haciendo castillos victorianos en 3D en riguroso HD mejorado. Pocos meses después, cuando el niño ya no se hace caca en el pañal, empieza a leer los diarios online de Bogotá y México D. F., vaya usted a saber por qué, y se aficiona a ciertas páginas sobre el cultivo de lechugas, tomates y una amplia gama de verduras, frutas exóticas y hongos cultivados de forma natural en macetas ubicadas en patios orientados al suroeste. Con la caída del primer diente y la abolición del ratoncito Pérez por consenso familiar, el niño pide su propio ordenador y se encienden las primeras alarmas. Lo que el niño pide es una antigualla, sí, algo que no se lleva y difícil de encontrar. Ahora lo más son los implantes de micropantallas en la retina que se controlan con el pensamiento -las más avanzadas y caras-, o con la voz -las más económicas-, pero que dan muchos problemas cuando el programa de reconocimiento de voz  se enfrenta con un puberto en la edad del pavo. Así que el niño, ipadizado con la versión X.4.2 -y más idiotizado que nunca también- se empeña -y dile que no, que tendrás que vértelas con la orientadora psicopedagógica- en tatuarse un logotipo de Apple de 1993 en color aguacate que no desentona en absoluto, justo es reconocerlo, con cualquiera de las sudaderas y camisetas de Padre de Familia -una versión más bestia, si cabe, de Padre de familia original-, en la que Peter Griffin ha sido sustituido por un esbelto viejuno con tendencias vigoréxicas que bebe cerveza macrobiótica con su amigo Picolo, que sustituye al salido de Quagmire, que ahora brilla en la oscuridad como un gusiluz, y ha descubierto su homosexualidad con tanto roce y tanto ir y venir de las bolas mágicas que nada tienen de chinas, pues, como todo el mundo sabe a estas alturas, se fabrican en Noruega, actualmente última potencia mundial con permiso de Madagascar, que ha subido en el último trimestre su valoración gracias a los viajes suicidas de Paasilinna que prometen los catálogos de las numerosas agencias de viajes que incluyen infografías personalizadas de tierras donde aún no se embotella el agua para la ducha, que está estrictamente prohibida en algunos países por prescripción facultativa de Ororo, diosa de la lluvia -una diosa de verdad, nada de metáforas bíblicas- que apareció un martes de carnaval en un descampado de Michigan, y que, como primera muestra de su poder, fulminó con un trueno que envidiría el propio Thor -un dios nórdico de ficción- un establecimiento de intercambio de sexo por compasión y dinero -aún quedaba alguno en aquella época-, y que decidió retirarse del mapa un jueves de frío intenso en Argelia porque, como dice el refrán, nunca llueve al gusto de todos, y estaba hasta la coronilla de tanto mentecato tecnologilipollado.</p>
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