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	<title>De subir a la montaña me cansomadre &#8211; De subir a la montaña me canso</title>
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	<description>Responsable de Diseño en el Diario Hoy de Extremadura desde 2012. Escritor de relatos breves donde aplico la máxima de la Escuela Postirónica: &#34;Hablar de unas cosas para decir otras&#34; . Soy consciente de mi ignorancia.</description>
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		<title>La tangente</title>
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		<pubDate>Thu, 28 Jan 2016 10:58:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2015/11/Tangente.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-1009" title="Tangente" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2015/11/Tangente.jpg" alt="" width="468" height="665" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2015/11/Tangente.jpg 468w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2015/11/Tangente-211x300.jpg 211w" sizes="(max-width: 468px) 100vw, 468px" /></a></p>
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<p>Al hombre le dice su doctor de toda la vida que le queda media hora de vida, pero que no se preocupe, que con el precario material quirúrgico del que dispone, puede abrirle el cráneo y sacarle los malos pensamientos que lo llevarán a la tumba si no se da prisa, y no pierde la oportunidad para comentarle que ha sido una suerte encontrar la causa de tanta desazón y de tanto estreñimiento últimamente, cuando el hombre  —lo lee en su historial— es más bien de digestiones fáciles.<br />
El hombre, por no llevarle la contraria al doctor, que asistió a su madre en el nacimiento de su hermana, la pequeña —lo que tal vez explique que esté tarada desde su nacimiento, cuando la familia supuso entonces cierta lentitud en el habla porque era una chica <em>sensible</em> (y no una insensible de mucho cuidado)—, le dice que lo disculpe, que le está dando un infarto ahí mismo y que no sabe si lo superará ahora que otras preocupaciones le invaden la cabeza.<br />
El doctor, blandiendo un bisturí que no ha sido esterilizado desde el año de inauguración del centro de salud, quince años atrás, le practica al hombre una incisión en un lateral de la cabeza, aunque no le parece el procedimiento más adecuado, así que decide practicarle la incisión en el otro lateral, que no sabe si es el izquierdo o el derecho —el entendimiento no le da para más en este preciso momento—, pero que no pierde nada por probar, claro, pues la situación, bien lo sabe Dios, lo requiere y hasta lo justifica, y le abre el melón al hombre sin contemplaciones.<br />
El doctor descubre que no hay ningún mal pensamiento que extraer, que su diagnóstico infalible no lo es en absoluto y que el hombre sí que se le está muriendo <em>ahí mismo</em>, aunque se alarma lo justo, conste, pues no es que el mundo vaya a dejar de girar sin su presencia, la de este hombre, y a la hermana mongola, qué duca cabe, le vendrá de perlas que haya menos familiares directos para cuando toque repartir la herencia, que todo llega.</p>
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		<title>La retranca educativa</title>
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		<pubDate>Fri, 21 Aug 2015 11:18:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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<p>El niño le pregunta a su madre qué es un epitema y la madre le dice que un epitema consiste en el resumen de una obra extensa en el que se exponen las ideas o las nociones fundamentales del tema que trata esta. El niño asiente y se marcha al patio a jugar con sus coches en el parking construido con arena de playa que le hizo el padre con el bulldozer. Cuando se cansa de jugar con los coches, se acerca a la madre, que está poniendo una lavadora, y le pregunta qué es un anatema. La madre, sin dejar de separar la ropa blanca de la de color, le explica que un anatema es la excomunión o exclusión de una persona católica de su comunidad religiosa y, por consiguiente, de la posibilidad de recibir los sacramentos, dictada por la autoridad eclesiástica competente. Luego le recuerda a su hijo que tiene que tomarse la infusión de cardamomo, que son unas hierbas perennes de la familia de las <em>Zingiberaceae</em> —y aquí se detiene para ver la reacción de su hijo, que la mira con los ojos muy abiertos, pero no dice nada—, y pueden alcanzar hasta cuatro metros de altura. Del cardamomo solo se utilizan las semillas. La planta fue empleada por primera vez hacia el año 700 en la India meridional. Se importó a Europa hacia el 1200. Es oriunda de las selvas tropicales de India meridional, Sri Lanka, Malasia y Sumatra, y en la actualidad se cultiva también en Nepal, Tailandia y América Central, siendo Guatemala el mayor productor mundial. Tras esta implacable explicación, la madre, por supuesto, queda exhausta pero satisfecha, y le reconforta, cómo no, que su hijo siga mirándola con sus ojos bien abiertos, aunque el niño está pensando que cuando venga el padre le va a pedir la desbrozadora para quitar la fusca que crece de manera imparable en los límites de la cerca del jardín.<br />
Cuando crezca, al niño, que ya será un adolescente, le explicará su madre que hacer la puñeta significa molestar o hacer daño a una persona con palabras o acciones, si bien tendría que explicarle, antes o después, que la palabra puñeta se refiere a un adorno de bordados y puntillas que se pone en la parte que rodea la muñeca en la manga de una toga. Y también deberá puntualizar ante los tutores del muchacho que su hijo es un puñetero, es decir, que es una personita que molesta y que está cargada de puñetas y manías, de ahí la explicación, dirá. Los tutores del niño, probablemente, sospecharán que en sus sabias palabras hay una intención oculta o disimulada, es decir, que van con retranca, como coloquialmente se refieren a esta forma de expresarse, y sirva de ejemplo esta oración: &#8220;Nada que comentar, por supuesto, sobre la pretendida apuesta que desembocó en el matrimonio con la princesa y menos aún de otros argumentos con retranca con los que la iglesia ha deslegitimado su enlace&#8221;. Y la madre, sospechando que los tiros van por ahí —otra expresión que tendrá que explicarle a su hijo cuando salga a colación—, o sea, que los tutores están dándole vueltas a la retranca, les advertirá que la primera acepción de la palabra retranca es la de correa ancha parecida a un agarre que sujeta la silla de las caballerías.</p>
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		<title>El niño vestido de hombre</title>
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		<pubDate>Mon, 09 Mar 2015 11:00:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2015/02/NiñoFB.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-916" title="NiñoFB" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2015/02/NiñoFB.jpg" alt="" width="454" height="628" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2015/02/NiñoFB.jpg 454w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2015/02/NiñoFB-217x300.jpg 217w" sizes="(max-width: 454px) 100vw, 454px" /></a></p>
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<p>El niño había perdido toda esperanza de encontrar el camino de vuelta. Su madre le había advertido, mientras tendía la ropa en el patio, que se perdería. Claro que el niño esto no lo escuchó. Estaba más pendiente de encontrarse a sí mismo que de perderse. Si el niño hubiera tomado aquel estrecho sendero, habría visto las luces y a sus hermanos dándose tortazos antes de cenar. La noche apenas había llegado y el niño ya estaba perdido. Se había desorientado cerca del pozo, que no era más que una mancha negra, más negra, incluso, que la noche. Frío no tenía el niño, pero hambre sí. El niño miró a la luna. Parecía de tela y, si no fuera porque estaba muy alta, la habría tocado con su manita. No quería llorar el niño porque temía que lo oyese algún monstruo, aunque siempre le decía la madre que los monstruos solo existen en los cuentos, pero el niño había visto alguna vez de lo mucho que eran capaces los mayores y algunos niños. Cerca del pozo estaba la casa, recordaba el niño. Tendría que encontrar el camino solo. Pensó si le oiría antes mamá que el monstruo y no quiso arriesgarse. Su madre le había dicho por la mañana que estaba hecho todo un hombrecito.<br />
El niño miró el fondo negro del pozo. Se podía oír el murmullo del agua subterránea.<br />
Sintió que alguien venía.<br />
Si cerraba los ojos estaría más oscuro que la noche, así que el niño los abrió.<br />
Una sombra se acercaba.<br />
―Venga, niño tonto, vamos a casa —dijo el hermano.<br />
El niño se echó a llorar entonces, mientras se alejaba del pozo negro.<br />
―No le digas a mamá que lloré ahora que soy un hombre—dijo el niño.<br />
El hermano no le respondió y el niño recibió agradecido el coscorrón que le daba.</p>
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		<title>El empleado del mes</title>
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		<pubDate>Mon, 05 Jan 2015 18:54:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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<p>He decidido no pisar más la librería Universitas de Badajoz. Les explico. Todo empezó el día que pedí un libro de Zeno creyendo que el título era <em>La conciencia de Svevo</em>, cuando Italo Svevo era su autor. El empleado del mes me miró con ese desprecio con el que miran los que han sido llamados por la senda divina de la sabiduría y se vanaglorian de su saber (si un librero no sabe de libros, ya me dirán) con pose chulesca, y, aunque el hombrecito me buscó el libro, noté que le molestaba, que le jodía tener que tratar con un cliente como yo, que sólo me había limitado a preguntar por un libro (del que tenía una idea muy aproximada de su título original, por cierto), mientras dejaba media docena sobre el mostrador (novelas y cuentos de Vonegut, Gombrowicz, Faulkner, Miguel Ángel Muñoz, entre los que recuerdo) para que mediante una sencilla transacción monetaria el empleado del mes pudiera cobrármelos. No sé si me siguen. Esto ocurrió hace unos meses.</p>
<p>Hace poco fui con mi madre, que buscaba otro libro &#8220;difícil&#8221; y, aunque este señor entendió a la primera a qué autor se refería, se lo hizo deletrear por el gusto de ser desagradable con una señora educadísima, que también iba a hacer buen uso de su tarjeta porque es de las personas que leen libros en papel y los compran. El desprecio del hombrecillo me tocó la fibra sensible adscrita a mis genes paternos (si hubiese sido mi padre les aseguro que esta historia sería muy diferente) y le dije que era un maleducado, un mierda y que le iba a calzar un par de hostias. Obviamente, actué mal y perdí toda credibilidad (ningún argumento es más descalificador que una amenaza física) al pronunciar la palabra &#8220;hostia&#8221;, aunque me consta —y esto no excusa mi comportamiento— que el empleado del mes es así de maleducado con todo el mundo (también tengo mis fuentes), lo que no presupone que se merezca que le diga que lo voy a calzar un par de hostias. Ay, ese mirar despreciativo, como si estuviera amargado de ser librero (una profesión que, al menos idealmente, ya la quisiera desempeñar yo), y si puede reducirte a su tamaño (no sólo a su altura física, tamaño retaco), lo hace. Está claro que no es amable y que le han debido de minar la autoestima desde niño, precisamente porque es pequeñajo, poco cosa. No le estoy pidiendo que me bese o me haga la ola por gastarme los cuartos en su librería (él no es el que manda, claro; lo descubro porque se acerca el jefe para terciar en la discusión), pero se puede ser correcto sin adornos florales. Por supuesto, mi deseo de calzarle un par de hostias no menoscabó mi capacidad para cantarle las cuarenta y decirle a su jefe que con empleados así a mí me había perdido como cliente y, seguramente (estoy completamente convencido), a más de uno. Mira que me extraña que al empleado del mes no le hayan formado una así o peor. Ya les digo que si llega a cruzarse con mi padre, las hostias se las lleva sí o sí o se cae al suelo porque las piernas le flojean. No es que mi padre sea un vikingo de dos metros, pero sus 192 centímetros son un argumento más que suficiente, y depende en qué casos. Repitámoslo: el par de hostias que quise darle invalidó mis explicaciones posteriores. Soy muy consciente de ello, incluso cuando estaba en el mismo ajo, en caliente, pero hay veces que no puedes remediarlo y sigues, a sabiendas de que has perdido la oportunidad de vestirlo de limpio y pedir el libro de reclamaciones, que hubiese sido lo correcto (y más que suficiente). También le espeté que era un mentecato (palabra sublime) y un mentiroso, pues afirmaba haber atendido a mi madre con todo el respeto del mundo (en este punto, mi padre, que lleva muy mal lo de que le mientan cuando sabe perfectamente que le están mintiendo, le hubiese dicho que salieran fuera). Yo, que estaba allí, les puedo asegurar que fue muy antipático y tan despreciativo como les adelanté al principio del relato. Lo que pasa es que el empleado del mes quería quedar bien delante de su jefe que, seguramente, lo tenga calado, y le gustaría que fuese de otra forma (apuesto por ello). Ese levantar la mirada por encima de las gafas de librero que tiene este papafritas, esperando que el estúpido cliente le pida clemencia por haber osado comprar un libro allí, es su marca certificada de capullo integral. Y esta marca es la que me hubiese gustado borrarle de un bofetón. Afortunadamente, no hubo bofetón ni padre en sustitución del hijo (una suerte para el hombrecillo). Además, hubiese sido un poco violento para mis hijos, que iban con su abuela y su padre a buscar unos libros concretos, nada de mirar por mirar y marear al empleado, que puede que cuando salga de la librería —y esto es cosecha propia—, se ponga a releer un libro de amor en el trópico entre un afamado pichabrava y una buenorra sin malas intenciones. Le imagino con sus ojitos muy abiertos, asombrado ante la pormenorizada descripción del acto físico (con esos adjetivos tan de andar por casa que se gastan), mientras pasa las páginas con mano temblorosa ante el esfuerzo que le supone juntar la pe con lo i. Y así.</p>
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		<title>Lobezno nunca sonríe</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Oct 2014 11:00:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/09/IvánFB.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-863" title="IvánFB" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/09/IvánFB.jpg" alt="" width="397" height="779" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/09/IvánFB.jpg 397w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/09/IvánFB-153x300.jpg 153w" sizes="(max-width: 397px) 100vw, 397px" /></a></p>
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<p><em>Esta narración no es un microrrelato, como verá el lector, sino la suma de varios episodios encadenados, cuya suma es igual a un relato breve. Fue escrito hace 15 años y lo recupero con algún fragmento podado y ligeras variaciones, pero su esencia se mantiene intacta. Dice lo que decía hace 15 años, aunque yo hace 15 años no tuviera ni la menor idea de que iba a ser este que soy. Mi afición por lo cómics de superhéroes ha decaído en los últimos años. </em></p>
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<p><strong>Él (I).</strong></p>
<p>La<em> Patrulla X</em> ha muerto.<br />
Iván está destrozado por esta noticia. No sabe que desde que Jim Lee se retiró de la serie otros dibujantes han hecho todo lo posible por alcanzar su estela. Pero nada. El tipo es insuperable.<br />
Iván camina entre la gente y se pregunta cómo pueden estar tan tranquilos. Joder, se trata de la noticia del siglo. Debe existir una conspiración. El asunto se complica si tenemos en cuenta que Mariposa Mental se ha quedado plantada en el altar. Lobezno fumaba uno de esos purazos de Madripur y se reía todo el tiempo. ¡Calla, enano! Júbilo no puede soportar esa risa brutal.<br />
Iván se cansa de andar sin una dirección a la cual ir. Prefiere volver a casa, sumergirse en los<em> Classic X-Men</em>. La saga de <em>Fénix Oscura</em> es su preferida, pierde el seso, no lo comenta con nadie.<br />
La chica le ha seguido todo el tiempo. Por supuesto, Iván lo ha sabido desde el principio. Le recuerda a una diminuta Tormenta.<br />
Se pone a llover. Debe ser obra de la pequeña diosa mutante.<br />
Olvidaste sacar el perro. Que se aguante, con calma, queda un buen porrón hasta casa. Iván no deberías haber salido con un día así. ¿Qué día, qué dices? Sí, claro, tú lo sabías, madre.<br />
El perro estará meneando el rabo, histérico, la vejiga a reventar.<br />
Iván come despacio la cena, sabe que la chica estará esperándole fuera, que no se moverá. Verás, verás.<br />
El profesor Xavier ha metido a Mancha Solar dentro de la Sala de Peligro. Deja el cómic y termínate la ensalada. ¿Por qué le habrá puesto vinagre si sabe que no me gusta con el atún?<br />
Mancha Solar lo está pasando mal de narices. Qué importa cuando los Centinelas son hologramas. ¡Y dale con no terminar las historias! Tendrás que esperar hasta el mes que viene.<br />
Te quedas sin natillas. Sabe que es lo único que siempre me gusta. No digo nada, que se desahogue, sin más, vaciando o llenando el plato de papá.<br />
Iván no se olvida de la chica.<br />
Fuera hace un rato que unos ojos grises contemplan la posibilidad de que la luz de arriba se encienda.<br />
La puerta del cuarto se abre: desorden de colegial para dieciséis años, los de él.</p>
<p><strong>Ella (I).</strong></p>
<p>Pufo es sinónimo de estafa.<br />
Carmen ha encontrado su palabra del día. Hay gente que ofrece una bicicleta hecha con alambres, una pulsera de gomas elásticas, una sonrisa. Carmen sólo palabras.<br />
Tienes una casa repleta de diccionarios de todos los tamaños. Falta el Espasa Calpe. Lo sé, hasta ahí llego, forofa de poemas, calculadora de caligramas.<br />
Carmen cambia escritor por arquitecto, palabra por ladrillo.<br />
El chico sabe que se han fijado en él, por su cara de cansado, andando entre la multitud.<br />
A Carmen le gusta que llueva y saltar sobre los charcos con sus zapatillas de color crema.<br />
Mamá estará sentada, los pies en una palangana con sal, separando las piedrecitas de las lentejas. Carmen no viene hoy porque quedó. Allá no hay nada malo, ¿verdad? La voz invisible del hombre es muy breve.<br />
En la calle pasan unos niños en bicicleta. Le recuerdan a ella. Cuando un día tras otro era un día tras otro.<br />
Carmen estrecha su cuerpo pequeño en el abrigo empapado, se muerde las uñas mordidas, esperando que el chico suba las escaleras y se encierre en su habitación.</p>
<p><strong>Él (II).</strong></p>
<p>Hay cosas que Iván no sabe. No sabe, por ejemplo, que Lee dibujará y guionizará un personaje oscuro y obsesionado llamado <em>Deathblow</em>, que recoge claras influencias de la todopoderosa <em>Sin City</em> de Frank Miller; doce episodios que harán las delicias de sus seguidores: coreografías estilizadas, rostros dibujados con detalle, músculos exagerados aunque proporcionados.<br />
Mamá estará bien cuando Iván se vaya. No sabe, tampoco él, que alguien lo arrebatará para siempre.<br />
¿Para qué crear personajes si el escritor es ya uno?, se pregunta Iván.<br />
Sí, apagaré el equipo de música, se dormirá, me dormiré. Siempre el mismo sueño, viene bajando por el sendero, entre las ramas olor a ángeles.<br />
Despierto cuando Arcángel vacía sus alas metálicas sobre la piel de un mutante negro que se rasga como el papel.<br />
Miro por la ventana: la veo, me ve, así demuestra algo. No para mí. Por mucho que se moje.</p>
<p><strong>Ella (II).</strong></p>
<p>Puede que me canse, cansada me siento, la nube ha dejado de empaparme, ¿por qué llorar?, rodeada de agua salada.<br />
Cuando Carmen tenía seis años un anciano se le acercó en el patio del colegio y le regaló un poemario de Neruda. Carmen comenzó a leerlo en la clase de gimnasia; se sentó sobre el potro de ejercicios y nadie saltó aquella tarde.<br />
“Es tan corto el amor, y tan largo el olvido”, escribe el poeta. No lo entendería. O tal vez sí. Carmen siempre fue precoz, dentro de sus vísceras se hallaba el mapa de todos los sentimientos, el atlas de todas las percepciones.<br />
Había llegado el momento, llamaría a la puerta y le abriría una mujer cansada, bien lo sabía ella; tras el recibidor, difuminado por los cristales ahumados, el reflejo del padre como una nube minúscula.<br />
Sí, está dormido, puede que despertándole&#8230;<br />
Tengo la sensación de que soñé antes esto, los rostros me observan desconcertados, oyendo sus voces parece que soy alguna clase de enemigo.<br />
La puerta de arriba ha sido abierta, calzado de niño en pies de hombre van calmados al ruido.</p>
<p><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/09/CarmenFB.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-864" title="CarmenFB" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/09/CarmenFB.jpg" alt="" width="397" height="764" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/09/CarmenFB.jpg 397w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/09/CarmenFB-156x300.jpg 156w" sizes="(max-width: 397px) 100vw, 397px" /></a></p>
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<p><strong>Ella y él (I).</strong></p>
<p>Yo seré tu calambur, le dice él. Tú serás el astrolabio de mis emociones y te columpiarás dentro de mí, le dice ella.<br />
¿A qué viniste?, pregunta él. Vine a por ti, siempre que me dejes, le contesta ella.<br />
Ambos se recuerdan en un sueño recíproco, bajo los focos de un teatro, las decisiones del público los envuelven como el vilano a la semilla y ambos son transportados a paraísos distintos.<br />
Yo ya no quiero irme. Nunca me quise marchar, se apresura Iván.<br />
Al principio Iván era tan tímido que siempre escondía sus ojos bajo unas débiles gafas de sol. Carmen, sin embargo, no tuvo tiempo de reconocerse en su timidez: Carmen, antes el Kafka real, contemplaba su mundo irracional y trataba de descifrarlo mediante un lenguaje coherente y nítido. Por eso, nada la cogía de sorpresa. Las palabras de los otros&#8230; Cualquiera que fuese la combinación elegida, ella la conocía. Hasta que coincidió con Iván.<br />
Iván era distinto. Le gustaba bailar la guaracha, poco tiempo, nomás para que te rías. Entonces, ella, la Carmen del pasado, alegraba el rostro.<br />
Siempre me decías&#8230; ¿qué me decías? Sí, era algo así como&#8230; Carmen no recuerda. Ni siquiera lo exacto. Tantas palabras, reina de los libros, y no recuerdas, se lamenta Iván.</p>
<p><strong>Él (III).</strong></p>
<p>Sí, una edad difícil: la de Iván.<br />
Iván está en el patio con otros chicos de su misma edad. No les presta atención. Lee le distrae.<br />
Mira, es la chica de quien te hablé. Iván tarda un poco en percibir que se dirigen a él. ¿Qué? Otro chico se lo repite. ¿Quién?<br />
Los ojos de Iván, redondos y grandes, auscultan a la chica con precisión. Desde la distancia parece una ninfa, al menos como él imagina que es una ninfa. Le tocan el hombro. Sólo le faltan las alas, ¿verdad? Desde dentro oyen un sí, ya lo creo.<br />
Iván se acerca a ella y le confiesa que jamás había visto a una ninfa fuera de los bosques.<br />
La chica sonríe. Su nombre es Carmen.</p>
<p><strong>Ella (III).</strong></p>
<p>Otro colegio. Te gustará, confía en ello. Carmen sabe que no es verdad.<br />
Camino en círculos. El patio está atestado de gente que me observa.<br />
Lo escribió Ernesto Sábato y lo habrán escrito otros tantos literatos: “Siento vergüenza porque me observan y eso prueba no sólo mi propia existencia sino la existencia de otros seres como yo”.<br />
El grupo de chicos que hay al final de la pista de baloncesto se ha fijado en ella. Cuando el chico delgado con cara de enfermo se acerca a Carmen, ella agarra su carpeta con fuerza aplastando sus senos pequeños.<br />
Esos ojos inmensos que la observan recortan a Carmen del fondo. Ahora ella es un recortable tridimensional que se mueve a cámara lenta.<br />
Me llamo Carmen.</p>
<p><strong>Ella y él (II).</strong></p>
<p>Sólo lo semejante conoce a lo semejante.<br />
He estado observándote. ¿Ves a ese chico de allí? Sí. Se ha fijado en ti. Y yo le doy las gracias por hallarte, le informa él.<br />
Ahora que la ha encontrado sabe que no podrá separarse de ella. Porque no hay otra manera de alcanzar la eternidad que ahondando en el instante.<br />
Me gustan las canciones que hablan de sirenas, le dice ella.<br />
Un tipo de la mitología casi la palma si no lo hubieran  atado al mástil de su barco. Por lo de sus cantos, los de las sirenas, le explica él.<br />
El tipo se llamaba Ulises, sonríe Carmen.</p>
<p><strong>Ella (IV).</strong></p>
<p>Ataraxia: estado de ánimo imperturbable. Se trata de la segunda palabra del día. Hoy toca aprender palabras por partida doble. Carmen estuvo toda su vida acosada por esa palabra que ahora conoce; nada se escapa para siempre, sólo se zafa aquello que puede volver al lugar del que partió: así es Iván.<br />
Carmen podría ensayar otros destinos, distintos de los que ella sabía únicos posibles, al igual que el escritor capaz de regresar victorioso o no de la locura, pero que finalmente regresa.</p>
<p><strong>Ella y él (III).</strong></p>
<p>Iván espera paciente hace un rato. No tiene de qué preocuparse. <em>El Vigilante de las Estrellas</em> de Moebius acompaña su espera.<br />
Por ahí llega. Está preciosa. Y sólo me quiere a mí.<br />
A Carmen le agrada que él se fije en ella de la forma en que lo hace. Al mirarme me demuestras que me amas, susurra para sí Carmen.<br />
Iván no necesitará tocarla esta vez.</p>
<p><strong>Ella (V).</strong></p>
<p>Siente la mano de él en su hombro. Le molesta esa mano, pero ella sabe que es lo que ha deseado, desde que lo seguía a pocos metros.<br />
Ha dejado de llover y sus zapatos están mojados.<br />
Chapoteé demasiado, piensa.<br />
Carmen conoce el aliento sobre su nuca.</p>
<p><strong>Ella y él (IV).</strong></p>
<p>Mientras la besa, una silueta de luz enciende apresurada un armario del recuerdo: “La metáfora es el único modo que tiene el hombre de expresar el mundo subjetivo, pero a los hombres concretos no les sirve este lenguaje”.<br />
Ha leído esto en alguna parte. Sábato, tal vez, el escritor favorito de ella.<br />
Iván mueve los labios por última vez, su figura se desliza sin preocuparse de la sombra que aplasta.<br />
Te quiero desde donde puedo abrazarte, exhala.<br />
Un cómic se desliza por el abrigo de él. En la portada, Lobezno se ríe o, más bien, se lamenta, está cabreado, no sabe&#8230;<br />
Lo cierto es que Carmen nunca entendió mucho de esto.</p>
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		<title>El duelo infinito</title>
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		<pubDate>Fri, 23 May 2014 10:20:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/05/DueloFB.jpg"><img loading="lazy" class="size-full wp-image-794 alignnone" title="DueloFB" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/05/DueloFB.jpg" alt="" width="425" height="664" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/05/DueloFB.jpg 425w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/05/DueloFB-192x300.jpg 192w" sizes="(max-width: 425px) 100vw, 425px" /></a></p>
<p>Se levantó temprano como tenía por costumbre, aunque no tenía que madrugar para trabajar. Después de desayunar, se montó en la bici e hizo 7,2 kilómetros mientras escuchaba el último LP de Spain que había recibido la semana anterior. Con el lío que se había montado, no había tenido tiempo ni de sacar el disco de su funda. Se bajó de la bici y se duchó. Ni la figura de Supermán sin piernas sobre la pila del lavabo ni el gel exfoliante para pieles delicadas que asomaba del neceser, le distrajeron de su propósito de aprovechar la mañana. Sin embargo, le asaltaron algunas dudas. ¿Se iba directo al centro y consultaba la lista de libros que desde hacía meses llevaba en la cartera? ¿Se quedaba en casa y escuchaba vinilos, mientras escribía un poco sobre sus emociones? ¿Se iba a tomar una caña y compraba el periódico que sabía perfectamente que no leería? Podía masturbarse y llorar, pero la idea, aunque tentadora, la desechó. Al final, se echó en la cama hasta que el libro que estaba leyendo de Samuel Beckett lo anestesió y se durmió. Despertó tarde y con apetito, así que pidió japonés y se bebió una botella de vino blanco que había guardado para las grandes celebraciones. No tenía nada que celebrar, cierto, sino todo lo contrario, pero el vino era excelente y aquella ocasión eran tan buena o tan mala como cualquier otra. Durmió de un tirón y se despertó con una leve resaca que la ducha fría eliminó por completo. Era lunes por la mañana y trabajó en la portada del disco hasta la hora de almorzar. Envió dos muestras al cliente y se sentó a esperar. Almorzó y vio una película de gladiadores que le pareció entretenida, a pesar del final previsible del héroe y su familia. Por la tarde, poco antes de ponerse a merendar, se acordó de que tenía que regar las plantas porque, al cruzar el patio para rescatar una caja de vinilos que se había traído de casa de sus padres hacía años, se fijo en que algunas plantas tenían las hojas amarillas. Estuvo escuchando aquellos vinilos hasta casi las tres de la madrugada. Le entró sueño con ‘Fragment Two’, preciosa canción de These New Puritans, y se acostó allí mismo donde estaba, en el sofá.<br />
Lo intentó, lo intentó de verdad, pero la pena no llegaba.<br />
Pensó que la pena llegaría en cualquier momento, pero estaba equivocado. Recibió un email con la propuesta aceptada del cliente, aunque  solicitaba algunas modificaciones que, como bien sabía él, desvirtuaban el sentido del original. Obviamente, como estaba esperando que le llegara la pena, hizo los cambios sin pedir explicaciones, sin importarle que su diseño ya no fuera su diseño.<br />
Los días siguientes la pena no llegó. Rememoró el momento en que debió sentirla, el momento exacto y, a pesar de la exactitud de su recuerdo, la pena no llegó. Tal vez, pensó, la pena llegó, y es esto.<br />
Qué equivocado estaba.<br />
La pena llegó, sí. Estaba sentado en el sofá, respondiendo a un email del cliente en el que le pedía que retomase el diseño original. Pero esta vez, angustiado por si la pena llegaba, él no había guardado una copia del original. Y en ese momento, la pena llegó. Rememoró el momento exacto, el color de los objetos, la sombra de aquello que no había visto venir y que era grande y se acercaba y nada podía hacerse ya. Entonces, su familia volvió a él. Recordó al niño, tan inocente, su manita tocando los dedos alargados de la madre. Recordó, sí, y la pena se lo llevó todo. Y no hubo cambios y no hubo vuelta atrás.</p>
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		<title>La punzada</title>
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		<pubDate>Mon, 27 Jan 2014 20:20:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 30px;"><strong><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/01/Punzada.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone  wp-image-750" title="Punzada" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/01/Punzada.jpg" alt="" width="543" height="790" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/01/Punzada.jpg 482w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/01/Punzada-206x300.jpg 206w" sizes="(max-width: 543px) 100vw, 543px" /></a></strong></p>
<p style="padding-left: 30px;"><strong>PRIMERA PARTE</strong></p>
<p style="padding-left: 30px;">Sintió una leve punzada en el estómago.<br />
Nada serio. Se recuperaría enseguida. Sólo tenía que tomar las pastillas indicadas. Y si las pastillas no estaban en su lugar o se habían agotado, tendría que bajar a la farmacia y soportar el dolor unos minutos. Nada que no pudiera tolerar.<br />
Las pastillas estaban en su lugar. El bote, al menos, pero vacío. Pronunció un sinfín de palabras malsonantes y tomó el abrigo.<br />
La farmacia estaba abierta hasta las ocho y media y eran sólo las siete y cuarto.<br />
En el rellano de la escalera le saludó a su vecino, un homosexual con cara de bruto y que no parecía homosexual, al que no devolvió el saludo.<br />
El ascensor olía a tabaco. ¡Qué cuesta encenderse el cigarrillo en la calle! No era momento de recordar que él mismo se fumaba dos paquetes al día. Hasta que el médico pronunció las palabras. O dejas de fumar o te mueres. Por supuesto, prefirió morirse. Total, ya tenía cincuenta y cuatro años y con la vida que había llevado tampoco era para esperar un milagro de última hora, un giro repentino en el desarrollo de su insípida y fastidiosa existencia, pero vida al fin y al cabo.<br />
Una mañana se había levantado con una tos terrible; la tos le siguió hasta el ministerio donde trabajaba; le acompañó en la comida, que no pudo saborear, con lo que le gustaba el codillo; la tos le atenazó el cuello cuando esperaba el autobús de vuelta a casa; le persiguió durante el primer plato y el postre; frente a la televisión y en el cuarto de baño, mientras leía una novela de Javier Marías&#8230; Nada, la tos seguía ahí. Aquella misma noche llamó al doctor. Como veo que la tos viene conmigo a todas partes, le dijo, y no se decide a joderme la vida, esto es, a matarme, dejo de fumar hoy mismo. Dicho y hecho.<br />
Se dispuso a bajar las escaleras con sumo cuidado para no partirse la crisma pues no había luz en aquel tramo del edificio porque al gerente de la comunidad le había sido imposible encontrar a un voluntario que se subiese a una escalera o, en su defecto, una silla, un taburete, una pila de periódicos para cambiar la bombilla.<br />
Quedaba un último peldaño. Prueba conseguida. Le encantaba que aquel presentador dijera aquellas palabras. Prueba conseguida. Lástima que en la vida de todos lo días, no le dijeran a uno eso. En vez de esto, la portera le saludó con su habitual hay que ver qué tiempo hace. Y él nunca había averiguado, ni ganas habían entrado, de preguntarle por qué decía aquello hiciese buen tiempo o no. Desde luego, no eran su fuerte las relaciones humanas. Por eso trabajaba en casa.<br />
En la calle hacía un frío endemoniado y la farmacia estaba al final de la calle. Quince metros tirando <em>pa&#8217;larg</em>o, como decían en su pueblo. Vestido con su abrigo largo se encaminó hacia allá. A medio camino, alguien le grito merluzo y él alzó la vista pero no vio a nadie. Imaginó que era otra de las gracias del mierda de niño de la del segundo, una mujer a la que su esposo le arreaba siempre que le venían las ganas de vengarse de su mala suerte. Pero a la mala suerte no hay quién le gane.<br />
Tenía tiempo. El dolor no había remitido, pero tampoco aumentaba. Decidió tomarse un cafetito en la tasca del Manteca, Viejo amigo, qué tal te va la vida. Obviamente le importaba un rábano cómo le fuera la vida, pero de algo tenían que hablar, Y que no cuesta dinero decir algo agradable, ¿verdad, Don Alfredo?, si es que.<br />
El local estaba casi vacío. Mejor. Así no tenía que saludar. Que tampoco es que tuviera a quién saludar, pero el gusto de no hacerlo le hizo abandonar por un instante la molestia de la punzada. En el mostrador, unos apetitosos mejillones le sirvieron de estímulo antes del cafetito. ¿Le pongo un bocadillo de fuagrás también?, le gritó el camarero. No, eso sería abusar, hombre. ¡La leche que mamó!, cómo quemaba el <em>condenao</em> cafetito, y eso que había pedido la leche templadita. Entonces recordó que se había dejado la cartera en casa, y lo que pensó a continuación prefirió ahorrárselo al reducido auditorio que lo observaba, claro, porque se había bajado en babuchas, que nada tenía de malo, que salí a la farmacia y nada que <em>pa un momentito</em> que <em>pa qué</em> molestarse, digo yo, pero el chufleo de este barrio fino, ay… Ahora entendía lo de merluzo.<br />
Terminó su café y llamó al Manteca. Se disculpó porque se había dejado el dinero arriba, pero que se lo traía enseguida, que iba a la farmacia y que de todas maneras tenía que subir, Que ningún inconveniente, hombre, que ya nos conocemos, Pues vale, gracias&#8230; Y salió a la calle con el mismísimo frío que helaba el alma y lo que no era alma.<br />
Metió las llaves en la cerradura. ¡Pero qué le pasa a esta cerradura&#8230;! Buena tenía la cabeza él. ¡Que se había bajado las llaves del candado de la hucha! Una hucha que contenía unos pocos durillos mal ahorrados, por tramposo, ahora que había dejado de fumar y que se dedicaba a tomar unas copitas de aguardiente hiciera frío o no. Bueno, nada puede ser peor que esto, se dijo.<br />
Llamó a su vecino, el maricón con cara de bruto, y le dijo quien era él, su vecino, pero el maricón no le abre a nadie si no es para guarrear, piensa, así que le dice al maricón que le va a reventar a su santa madre y, claro, a la madre de un maricón ni mentarla, que así lo habían hecho de bonito a él, y que en cuanto saliese de la ducha abría la puerta y le calzaba unas hostias.<br />
Bajó hasta el segundo y timbró. ¡No, el niño&#8230;! ¡Merluzo!<br />
Bajó hasta el primero y timbró. Nada. ¡Si es que estos siempre están de parranda!<br />
De pronto cayó en la cuenta de que estaba la portera y bajó a llamarla, pero la portera estaba pelando unos cuantos kilos de papas, encerrada en su cuartito, escuchando una selección de coplas la mar de aparentes, y ni el aterrizaje de un <em>harrier</em> la hubiese sacado de su ensimismamiento.<br />
La vecinita del ático… Probaría con ella. No, esa estaría con el novio en la sierra.<br />
Podía llamar a su madre, que madre <em>na más</em> que hay una, digo yo, pero es la quinta vez que me ocurre lo mismo este año, y no, que no iba a recurrir a ella, ¡de ninguna manera! No estaba él para reprimendas. Que ya era todo un hombretón. Y entonces se acordó de la miseria que había pasado de pequeño y, de paso, de la miseria de hoy, de ese instante preciso en el que se hallaba, ¡qué cojones!, vestido como un fantoche, en babuchas de estar en casa, sin dinero&#8230; Había que actuar. Era preciso decidirse antes de que ese bruto mariconazo cumpliese su palabra de darle de hostias.</p>
<p style="padding-left: 30px;"><strong>SEGUNDA PARTE</strong></p>
<p style="padding-left: 30px;">Se encaminó de nuevo al local del Mantecas. Dentro, la misma clientela extraida del museo de cera. Fuera se estaba poniendo nublado. Dentro el mismo olor a fritanga y manteca, que no falte, por supuesto. Fuera empezaba a llover y se abrían algunos paragüas. Oye, que digo yo que si podría telefonear un minuto, es que también me dejé las llaves, ya ves que despiste tengo. Y el Mantecas le miró un poco a tientas con su ojo bueno y le pasó el auricular, Anda trae, te marco yo no vaya a ser que me pierdas también el teléfono.<br />
Don Alfredo <em>El Merluzo</em>, que razón tuvo el <em>jodío</em> niño, ya hablaba con su madre, qué remedio. Unos grititos que parecían afectuosos al otro lado de la línea. Era la señora Pepa, Qué calamidad, vaya hijo, dónde tienes la cabeza, que ya van cinco, y que bien que se las tenía contadas.<br />
Y ahí va Alfredo montado en el taxi. El taxista mira por el retrovisor y observa a un tío cachas que, agitando un paragüas, aunque podría ser un bate de beísbol por la forma de empuñarlo, parece correr detrás del coche. Alfredo le dice que no se preocupe, que no va con ellos, y el taxista le dice que con el frío que hace y las babuchas va a coger usted una pulmonía.<br />
Pare, pare, es aquí.<br />
Le dijo que esperase un momento, que iba a sacar dinero en el cajero, y allí se quedó el taxista, esperando hasta que se cansó, acordándose de la madre del pasajero que se la había jugado y que nada más acercarse a la puerta del banco había echado a correr por una callejuela.<br />
Miró la hora en su reloj. No, no la pudo mirar porque se lo había dejado en la cómoda. Estaba visto que se le olvidaba todo, pero es que cómo iba él a suponer que le iba a pasar de nuevo, y tan pronto.<br />
¡Santo Dios, qué escaleras! No entiendo cómo hace mi madre para subirlas con sus bolsas repletas de garbanzos y tomates y apio, que poco le gustaba a él el apio… Pero basta de recordar y <em>echa pa&#8217;lante</em>, Alfredito, que te cierran la farmacia. Las llaves, sólo eso, tenía que recordarlo muy bien. Se quedaría lo justo para saludar sin que le diera mucho la tabarra y adiós muy buenas, ya te vendré a ver el mes que viene.<br />
La sala de estar le pareció extremadamente grande y la Pepa, su madre, extremadamente minúscula. Cómo se las había apañado la señora para tener a un hijo que, aunque no alto, tampoco se le podía calificar de bajo, era un misterio absoluto. Cuando su hijo entró, la Pepa sonrío con malicia, como diciéndole qué harías tú, <em>desgraciao</em>, sin tu madre. Porque Alfredo Martínez Pernambuco divagaba ese día más de lo habitual. Y es que su vida siempre había sido un continuo divagar para llegar finalmente donde todo empezó. Lo que tenía Alfredo era una especie de amnesia parpadeante que no le permitía saber si iba o venía, lo que le causaba un terrible desasosiego y un insomnio de mierda, todo hay que decirlo.<br />
Basta, basta, que alguien encienda la luz… Los delirios de la madre llegaban precedidos de intervalos de silencio como aquellos en los que su hijo se presentaba en su casa porque había olvidado o perdido algo. Venga, madre, tranquilícese, soy su hijo, Alfredo, el mayor, el que no hace nada bien, condenada vieja, pero esto último no lo dijo, Y cómo te va, hijo, La he llamado hace un momento porque me he dejado las llaves dentro de casa, Pues aquí no están, Sí, madre, le dejé tres juegos de llaves la semana pasada, por si las moscas, Sí, lo sé, y ya me has pedido los tres. ¡Anda, esta vez si que la había hecho buena! ¡Pues sería verdad lo que le decía su madre! Tendría que ir a que le recetaran algo más fuerte para la memoria.<br />
Su madre le aconsejó por enésima vez que se anudase un pañuelito en el dedo. Que nunca falla, Sí, claro, y cuando estoy al otro lado de la puerta me miro el dedo y digo ¡ahí va, las llaves!, y yo fuera y ellas dentro, las llaves, ¡hay que joderse!, y qué queda: un subnormal de tercera generación con un pañuelo atado al dedo gordo&#8230; Había que pensar en otra cosa, rápido. Además, empezaba a molestarle de nuevo el estómago. ¡Otra vez, carajo!<br />
Y ya estaba Alfredo en una camilla camino del hospital. Iban a operarle de urgencia. A quién se le ocurre salir en un día como éste, Alfredo&#8230; Oye, ¿me estás escuchando? Nada, que no oía un pijo. ¡Qué calamidad de hijo!<br />
Se despertó y estaba oscuro. Al principio no sabía si estaba en su casa o en el el cielo o en el purgatorio del saloncito de su madre. Tampco sabía si los pies que asomaban bajo la sábana eran los suyos. Probó a mover los dedos. Recordó a Uma Thurman en la Chochoneta, concentrada el mover ese gigantesco dedo gordo. Nada. Así que se tiró al suelo y se fue arrastrando. No, Alfredo, definitivamente, hoy no es tu día.<br />
Cuando recobró la conciencia tuvo que cerrar los ojos de golpe. ¡Quítenme esa luz de la cara, por favor! Llamó a su madre a gritos. Pero su madre no apareció. Este ha debido soplarle al tinto que da gusto, dijo el enfermero bajito. Pues no huele a alcohol, dijo el bedel. Puede que se lo haya inyectado o que haya tomado otras cosas, tú me entiendes, dijo un pediatra en prácticas que era muy gracioso. El enfermero bajito ríe con una risa floja. Alfredo, que les estaba oyendo, trató de agarrar el cuello del insensible que estaba más cerca y erró, todo hay que decirlo, por mi poco. Un golpe en los testículos del bedel lo devolvió al estado de postración en el que se hallaba cuando lo encontraron. Se le habían abierto los puntos.<br />
Era la tercera vez que despertaba. Sabía que había sido un ataque fuerte pero no le preocupaba. Tenía que volver a casa. Recordó que no tenía las llaves. ¿Y dónde estaba su ropa? ¿Qué habían hecho con sus babuchas? Tenía una bata puesta. Se sorprendió con aquel atuendo miserable y ridículo. ¡Pero si puedo verme el culo! Parece que disfrutan con todo esto. ¡Pues se acabó! ¡Yo me largo ahora mismo! Se tocó el vientre; los puntos recientes le escocían. Será la emoción, pensó.<br />
La puerta de la habitación se abrió. Era la enfermera que hacía su ronda. Alfredo, que se había quitado la bata y estaba en pelotas, estaba tratando de salir por la ventana y la enfermera, no se sabe si al verle el culo, gritó que alguien la quería violar y Alfredo, del susto, se cayó. Menos mal que estaba en la planta baja. Los jardineros de la clínica lo sacaron del seto donde había caído. Ahora tendrían que coserle la cabeza del coscorrón que se había dado.<br />
Como no había un solo médico en plantilla que entendiese los balbuceos de Alfredo, decidieron inyectarle un somnífero para que durmiera de un tirón ese día y también el siguiente, por si acaso, que mañana jugaba el Madrid, y no estaban ni para tonterías de desequilibrados ni para cesáreas programadas.<br />
Tres días después de su ingreso, Alfredo pudo salir del hospital por su propio pie. Al bajar la rampa, tropezó con un adoquín que sobresalía ligeramente de la acera y rodó hasta que una señora de 94 años lo frenó muriendo en el acto, la señora, no del golpe, claro, sino del susto.<br />
Unos camilleros que estaban fumándose un pitillo levantaron a Alfredo del suelo y le sacudieron un poco. Alfredo les dio las gracias y apretándose el estómago a la altura de los puntos que se le habían abierto y con el monedero de la vieja escondido en los calzoncillos, se marchó a su casa en transporte público. En el portal se encontró con la portera. Hay que ver hay que ver qué tiempo hace, le dijo al verlo.<br />
Nadie consultado en el edificio sabe con certeza si aquella gélida mañana, Alfredo Martínez Pernambuco acabó con la vida de esta mujer. Sin embargo, algunos vecinos, entre ellos el musculoso sarasa, aseguran que Alfredo logró abrir con una llave (inglesa) la puerta de su casa y entrar. Se le ha visto merodear por el barrio, pero nadie sabe a ciencia cierta si era realmente Alfredo u otro que se le parecía.</p>
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		<title>El reverendo asqueado de la religión conoce a la prostituta cansada de leer novelas románticas</title>
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		<pubDate>Thu, 05 Dec 2013 12:59:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 30px;"><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/12/puta.jpg"><img loading="lazy" class="wp-image-724 alignleft" title="puta" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/12/puta.jpg" alt="" width="326" height="585" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2013/12/puta.jpg 425w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2013/12/puta-167x300.jpg 167w" sizes="(max-width: 326px) 100vw, 326px" /></a></p>
<p style="padding-left: 30px;">El reverendo asqueado de la religión conoce a la prostituta cansada de leer novelas románticas en el ultramarinos de la esquina. El reverendo asqueado de la religión encuentra encantadora la forma en que la prostituta cansada de leer novelas románticas apoya su tripita en el congelador para rebuscar entre las tarrinas de helado una que sea de vainilla y chocolate. Tras el diálogo insulso que mantienen acerca de lo calurosa que se ha puesto la tarde, el reverendo asqueado de la religión la invita a tomar una copa.<br />
La prostituta cansada de leer novelas románticas está pidiendo ya su cuarta cerveza y le advierte al reverendo asqueado de la religión que ella no es una chica fácil. También le cuenta lo mucho que ha llegado a odiar las novelas románticas. El reverendo asqueado de la religión le dice que él solo ha leído la Biblia y algunos libros de teología, pero que está pensando seriamente en leer una <em>novela de sentimientos</em>. De niño, reconoce el reverendo asqueado de la religión,  sí que leyó algún tebeo, alguna novelita de Zane Grey que su abuelo se dejaba a veces en una banqueta del cuarto de baño, pero ya no se acuerda bien.<br />
Cuando salen del bar, la prostituta cansada de leer novelas románticas va un poco piripi y se apoya en el hombro del reverendo asqueado de la religión más que nada para no pegarse un trompazo. El reverendo asqueado de la religión le informa de que él no conduce ni tiene coche, pero vive muy cerca de allí y ella puede quedarse en la habitación de su madre, que en paz descanse. La prostituta cansada de leer novelas románticas balbucea algo que puede ser un &#8220;vale&#8221; pero que no es un sí ni un no, aunque al reverendo asqueado de la religión lo mismo le da a estas alturas de la noche.<br />
Como el reverendo asqueado de la religión vive en un bajo no tiene que preocuparse de cómo meterla en el ascensor o de cómo subirla por la estrecha escalera.<br />
La prostituta cansada de leer novelas románticas cae como un saco sobre la alfombra del salón y ahí se queda, con una pierna doblada de mala manera sobre la otra. El reverendo asqueado de la religión, que también se ha tomado alguna copa por no resultar antipático, se va a su cuarto y se sienta en la cama de unochenta. En la mesilla está la Biblia. Se incorpora y arroja el libro a la papelera. Aunque ha renegado de la religión, espera que todo salga bien. Se duerme vestido.<br />
La prostituta cansada de leer novelas románticas abre un ojo y observa el decorado que hay delante de ella. Una mesa camilla, un cuadro con un gondolero, un sillón orejero. Se va acordando del curita y de que perdió la cuenta de los gintonics cuando se le puso a hablar de su renuncia a la fe, qué tío más plasta. Descubre que el bolso está intacto y que se ha roto las medias. Se incorpora y siente la boca estropajosa y un dolor agudo en el vientre. Lo que viene, le sube deprisa. Vomita. Como tiene ya práctica en estos lares, consigue que el mejunje caiga dentro de un cuenco-florero que hay sobre una mesita baja con revistas de la Editorial Católica, folletos de campamentos urbanos y algún número atrasado de <em>Pronto</em>.<br />
El reverendo asqueado de la religión, que ha visto toda la escena porque no ha pegado ojo en toda la noche con tanta tentación subiéndole y bajándole las ganas, le dice a la prostituta cansada de leer novelas románticas que no se preocupe, que es natural teniendo en cuenta todo lo que se bebió. La prostituta cansada de leer novelas románticas le pide un vaso de agua y una tortilla de paracetamoles y el reverendo asqueado de la religión le dice que de eso no tiene pero que le puede dar una aspirina.<br />
En el vestíbulo, la prostituta cansada de leer novelas románticas le besa la mano al reverendo asqueado de la religión y se marcha en un taxi. Al cerrar la puerta, se acuerda de que tiene que limpiar a conciencia el cuenco de las palomitas donde potó la muy cerda. Esta expresión, que no pronuncia en voz alta, le atemoriza unos instantes, pero se recupera enseguida. En la tele echan una de romanos y a Jesuscristo lo van a crucificar en breve. El reverendo asqueado de la religión sonríe para sí mientras frota el cuenco a conciencia, y hasta suelta una carcajada.</p>
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		<title>Las edades de Umberto</title>
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		<pubDate>Fri, 20 Sep 2013 09:25:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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		<description><![CDATA[&#8220;&#8230; Y esta empanada cerebral es lo que llamamos edad del pavo o en su acepción más contemporánea la edad del agilipollamiento, que es más o menos permanente, y varía en según que casos. Hay casos que se dan a edades más avanzadas, pero son casos aislados, excepcionales, como el de Umberto&#8230;&#8221; [cita extraída de [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 30px;"><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/09/umberto.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft  wp-image-655" title="umberto" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/09/umberto.jpg" alt="" width="623" height="841" /></a></p>
<p style="padding-left: 30px;">&#8220;&#8230; Y esta empanada cerebral es lo que llamamos<em> edad del pavo</em> o en su acepción más contemporánea la <em>edad del agilipollamiento</em>, que es más o menos permanente, y varía en según que casos. Hay casos que se dan a edades más avanzadas, pero son casos aislados, excepcionales, como el de Umberto&#8230;&#8221; [cita extraída de la ponencia &#8220;Encuentros en la tercera fase con adolescentes&#8221; del profesor Hugh Chesterton]</p>
<p style="padding-left: 30px;">A Umberto, que para todo era especial, esta edad le llegó de bien mayor, cuando ya tenía hijos casados y ningún nieto porque sus hijos eligieron a mujeres que se negaron en rotundo a compatibilizar trabajo y cuidado de los hijos, instaladas en la certeza de que trabajo e hijos constituían universos irreconciliables. O una cosa o la otra, decían, y como los hijos de Umberto eran de naturaleza horchatica, es decir, que la sangre les llegaba lo justo, pues no se opusieron con argumentos sacados de foros ni de revistas masculinas donde también podían averiguar en un test de 5 preguntas realizadas ad hoc la compatibilidad con su pareja o cómo no darse a la bebida cuando ellas se lo llevan todo o cómo hacer dulce de leche o dónde emigrar si el tema se pone serio. Además, Umberto tampoco quiso interferir porque sabía -por experiencias previas que ahora no vienen al caso- que saldría escaldado, pues en los asuntos de pareja que cada cual se las avíe como considere oportuno.<br />
Umberto, tal vez por la carencia de nietos, decidió volverse él mismo nieto en la etapa adolescente o insoportable, y no porque le hubiese venido el alzhéimer de pronto, pues estaba sano y la cabeza la tenía perfectamente regulada, sino porque estaba aburrido de ser adulto. Así que le dio por gastarse la generosa pensión en portátiles, tabletas, móviles, bocadillos de salchichón, consolas y descargas de canciones en mp3 de artistas que hacían las delicias de la alocada chiquillería con acné y un detonador bajo el calzoncillo, aunque le costaba habituarse a las series de adolescentes guapetones que vivían el día a día con la seguridad del éxito asegurado, del futuro resuelto por sus personalidades tan epatantes, originales y únicas por el simple acto de la repetición de patrones que, probablemente, caducarían en la temporada otoño-invierno.<br />
Umberto hasta se puso un piercing en un pezón del que sabía que se arrepentiría, pero su madre había muerto 20 años atrás y con ella la máxima autoridad sobre moda al respecto. Los conocimientos que poseía Umberto sobre la situación económica mundial y sus habilidades retóricas de sus tiempos de profesor de Filosofía fueron sustituidas por ropas de marca y las paletas delanteras separadas. Umberto hizo todas estas cosas y, aunque sabía que estaba fuera de lugar y que resultaba absolutamente ridículo -era consciente de lo desubicado que estaba-, le importaba un comino lo que pensaran de él. Por primera vez en muchos años, era feliz. Sus hijos creyeron que había enloquecido y sus nueras ya estaban tramitando el papeleo para encerrarlo de por vida en un asilo de los económicos, que tampoco el viejo lo iba a notar ahora que se le había ido la cabeza, pero Umberto no tenía ni tiempo ni ganas, como buen adolescente de nuevo cuño que era, de ver la red que le estaban tejiendo. Umberto lo que quería de verdad era pasarse de una vez el nivel 153 del Candy Crush Saga.</p>
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		<title>Elmer Pat Kitty Clark Winston Liz</title>
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		<pubDate>Fri, 30 Aug 2013 10:15:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La fecundación in vitro dio como resultado una chiquillería excesiva se mirase por donde se mirase. Cuando Elmer no estaba encima de Pat era Kitty la que estaba sobre Clark y no había forma de que Winston y Liz se quedasen dentro del perímetro de seguridad. Aunque eso no era todo. O no era lo [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 30px;"><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/08/tazass.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft  wp-image-634" title="tazass" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/08/tazass.jpg" alt="" width="601" height="988" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2013/08/tazass.jpg 567w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2013/08/tazass-183x300.jpg 183w" sizes="(max-width: 601px) 100vw, 601px" /></a></p>
<p style="padding-left: 30px;">La fecundación in vitro dio como resultado una chiquillería excesiva se mirase por donde se mirase. Cuando Elmer no estaba encima de Pat era Kitty la que estaba sobre Clark y no había forma de que Winston y Liz se quedasen dentro del perímetro de seguridad. Aunque eso no era todo. O no era lo más importante. Eran muchos, sí. Eran ruidosos. Y unos cafres.<br />
La mamá pronto desarrolló una dependencia estrechísima con psicólogos de todo el mundo vía chat, email y hasta postales desde el trópico. El padre, por su parte, hizo turnos dobles y triples y hasta se atrevió con el cuádruple salto con tirabuzones en su trabajo de escapista.<br />
Aunque ninguno de los progenitores se ha desentendido, a día de hoy, de Elmer Pat Kitty Clark Winston Liz, han descubierto que chillar, chillar mucho, aunque no evita que esta chiquillería la líe parda, los deja mansos.</p>
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