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	<title>De subir a la montaña me cansomujer &#8211; De subir a la montaña me canso</title>
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	<description>Responsable de Diseño en el Diario Hoy de Extremadura desde 2012. Escritor de relatos breves donde aplico la máxima de la Escuela Postirónica: &#34;Hablar de unas cosas para decir otras&#34; . Soy consciente de mi ignorancia.</description>
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		<title>El prejuicio de la sordera</title>
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		<pubDate>Thu, 24 Nov 2016 12:12:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2016/11/sordera.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-1051" title="sordera" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2016/11/sordera.jpg" alt="" width="482" height="677" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2016/11/sordera.jpg 482w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2016/11/sordera-214x300.jpg 214w" sizes="(max-width: 482px) 100vw, 482px" /></a></p>
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<p>La mujer que no acepta que tiene la edad que tiene se desliza por la puerta del centro comercial ataviada con un vestido demasiado corto y ligeramente chabacano que le sienta (francamente) muy regular pero que al guardia jurado con un particularísimo sentido de la responsabilidad le parece digno de una diosa, madurita o no. Y cuando a la mujer que no acepta que tiene la edad que tiene se le queda clavado el tacón en la mullida alfombra que se encuentra nada más abrirse la puerta automática del centro comercial, el guardia jurado con un particularísimo sentido de la responsabilidad deja de fijarse en el grupo de chavales que vienen de pasearse por las tiendas sin haber gastado un céntimo y poca suela de sus zapatillas de marca tan molonas, y se ofrece, cómo no hacerlo (se considera a sí mismo un caballero andante), a sacarle el tacón a la mujer que no acepta que tiene la edad que tiene, pero la mujer que no acepta que tiene la edad que tiene tampoco acepta —era previsible— que un joven y fornido guardia jurado con, probablemente, el graduado escolar y poco más (o ni eso), piense que es una cara bonita y poco más —o sea, que es una patosa—, así que le dice de muy malos modos, obviamente, que se vaya al cuerno, que los zapatos son nuevos y, claro, que estas cosas le pueden pasar a cualquier chica de ciudad, nunca a una de campo, que ésas no sabrían andar ni de coña con una de estas plataformas infernales que los modistos han diseñado, especula, porque quieren ver descalabrase a todas las mujeres del mundo para que sólo haya hombres porque ya se sabe —dice a voz en grito— que todos los hombres son unos maricones. El  guardia jurado con un particularísimo sentido de la responsabilidad oye todo esto como quien oye llover, conste, y le pide permiso a la mujer que no acepta que tiene la edad que tiene para, mediante un ligero tironcillo, separar su pie del zapato y luego, con el pie ya a salvo, sintiendo la mullida alfombra en la planta del pie, extraer el zapato con el tacón o sólo el tacón, lo mismo da, pues bien sabe el guardia jurado con un particularísimo sentido de la responsabilidad que hay unos estupendos pegamentos <em>pegalotodo</em> que no salen caros para el avío que hacen. La mujer que no acepta que tiene la edad que tiene, cuando se percata de que el segurata ha tomado su pie para descalzarlo, levanta el bolso de imitación de Carolina Herrera por encima de su cabeza y le arrea repetidas veces al guardia jurado con un particularísimo sentido de la responsabilidad, que, mientras va perdiendo la conciencia, se percata, a su vez, de que la moza está, efectivamente, bastante apetecible y que, aunque ya tiene una edad, qué duda cabe, una cosa no quita la otra, supone, así que la invitará a salir en cuanto salga del coma, porque para él la diferencia generacional es lo de menos cuando el amor es de verdad.</p>
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		<title>Leche condensada</title>
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		<pubDate>Thu, 15 Sep 2016 18:27:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2016/09/Renglones.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-1032" title="Renglones" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2016/09/Renglones.jpg" alt="" width="624" height="473" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2016/09/Renglones.jpg 624w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2016/09/Renglones-300x227.jpg 300w" sizes="(max-width: 624px) 100vw, 624px" /></a></p>
<p>La mujer a renglón seguido se desdice de cada mentira que el hombre con falta del calcio le descubre, así que el hombre con falta de calcio decide atacar por otro flanco menos evidente —aunque igual de inútil— y añadir un párrafo más a esta discusión de gato de escayola. Por eso espera pacientemente, cafetera en mano, a que la mujer a reglón seguido le proponga otro acertijo. Es eso, o pasar página.</p>
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		<title>De empotradores, centímetros de menos y féminas que mueven los cocos</title>
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		<pubDate>Wed, 22 Jul 2015 10:03:23 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2015/07/Fémina.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-950" title="Fémina" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2015/07/Fémina.jpg" alt="" width="630" height="440" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2015/07/Fémina.jpg 630w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2015/07/Fémina-300x210.jpg 300w" sizes="(max-width: 630px) 100vw, 630px" /></a></p>
<p>El hombre que baila tangos pero nunca bachata ni salsa se ha dejado seducir (en su imaginación) por la mujer que nunca baila tangos y sí bachata y salsa si el hombre mide más de ciento ochenta y dos centímetros. Y aunque el hombre que baila tangos pero nunca bachata ni salsa mide apenas ciento setenta centímetros, se atreve con la bachata porque de él tira una fuerza superior que le tiene estrujado el paquetón. La mujer que nunca baila tangos y sí bachata y salsa si el hombre mide más de ciento ochenta y dos centímetros observa al torpe retaco —según su simplista y caprichosa forma de catalogar a los hombres que no alcanzan los ciento ochenta y dos centímetros—, acercarse mientras ella no deja de cimbrear la cintura y se le mueven los cocos al compás, y que da gusto verla, oye. El hombre que baila tangos pero nunca bachata ni salsa sí que está bailando algo parecido a la bachata, así que se va aproximando más y más a la carnosa hembra que le tiene cautivado y no se percata, como tampoco lo hará —para la necesaria caramelización de su vanidad— la mujer que nunca baila tangos y sí bachata y salsa si el hombre mide más de ciento ochenta y dos centímetros, de que el hombre que baila bachata, salsa, merengue y lo que le echen y que mide ciento noventa y un centímetros, le ha echado el lazo visual a la mujer que se está dejando cortejar —eso cree el desdichado  hombre que baila tangos pero nunca bachata ni salsa—, que no es otra que la mujer que nunca baila tangos y sí bachata y salsa si el hombre mide más de ciento ochenta y dos centímetros, como es el caso, y que tan pendiente está del ridículo que está montando ese hombre de talla normal, dejémoslo en estándar, otorga, y aspecto aseado, cierto, eso se agradece, que no vislumbra al maromo al que ella le pondría un ático en pleno centro histórico para su deleite exclusivo, y ya está frunciendo el ceño y poniendo carina de asco y, claro, el hombre que baila bachata, salsa, merengue y lo que le echen, pues qué quieren que les diga, que se cree que el &#8216;asquino&#8217; se lo está produciendo él, y se marcha cabizbajo por donde ha venido, aunque su aroma de empotrador —asegurado por las conquistas que puede contar con los dedos de las manos de sus noventa y seis amigos, incluidos los de los pies—, ya lo olfateó la princesa insípida de los morros color salmón y piernas que le llegan hasta el suelo desde la cintura, y es que una cosa no quita la otra.</p>
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		<title>El diluvio</title>
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		<pubDate>Tue, 22 Jul 2014 11:21:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p align="JUSTIFY"><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/06/DiluvioFB.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft  wp-image-815" title="DiluvioFB" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/06/DiluvioFB.jpg" alt="" width="500" height="680" /></a></p>
<p align="JUSTIFY">El hombre tranquilo permanece sentado sobre el edredón mientras la mujer que quiere salvarse achica el agua que ya está alcanzando, pese sus esfuerzos, la parte baja del somier. El hombre tranquilo le susurra a la mujer que quiere salvarse que no se esfuerce y que se deje llevar. Porque cuando el agua les cubra por completo y sean una sola cosa, dejarán de existir, y disfrutar, gozar es lo único que debe importarles. Pero la mujer que quiere salvarse no quiere oír que va a morir. Por eso, sigue achicando agua, a pesar de que sabe tan bien como el hombre tranquilo que disfrutar, gozar es lo único a lo que aferrarse. El hombre tranquilo se incorpora y toma de la mano a la mujer que quiere salvarse, la desviste sin que ella diga una sola palabra y hacen el amor como si estuvieran a punto de morir y el orgasmo les permite respirar bajo el agua para siempre.</p>
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		<title>Océano moja</title>
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		<pubDate>Tue, 03 Jun 2014 15:20:45 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/06/OcéanoFB.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-800" title="OcéanoFB" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/06/OcéanoFB.jpg" alt="" width="630" height="469" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/06/OcéanoFB.jpg 630w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/06/OcéanoFB-300x223.jpg 300w" sizes="(max-width: 630px) 100vw, 630px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>En memoria de Momo (2000-2014), descanse en paz</em></p>
<p>Océano. Sí, moja. Así lo describió cuando supo que su nombre era el mismo. Océano tenía dos años. Nació en la madrugada del 11 de enero de 2009.<br />
Primero un pie y después el otro. Así, muy bien, despacito, no tenemos ninguna prisa. Sofía tuvo que aprender esto. Y otras muchas cosas más. Porque Océano no fue parte de ella hasta mucho años después, cuando el recuerdo imborrable de Océano le advirtió de su error. Entonces, Sofía pudo atreverse a mirar detenidamente ese recuerdo que era también una mirada y un espejo.</p>
<p>Océano me golpea con sus dedos minúsculos. Me toca la nariz, los párpados, la barba descuidada, atrapa mi índice, se revuelca inquieta en su cunita.<br />
Hace poco descubrió a Tor, nuestro viejo mastín. Tor nunca se acerca demasiado a ella. Sus grandes ojos se posan cansados sobre el edredón de la cuna y allí se queda tumbado toda la tarde, en mitad del pasillo, como un centinela adormecido.</p>
<p>Yo deseo llevarme a Océano a la playa para mostrarle el mar. Sofía me dice que Océano estará mejor en casa. Por esta vez le hago caso. Océano debe tomar su biberón, así que después del baño pasearemos por el jardín. Invento palabras divertidas y la observo en mis brazos. Me asombro de que sea tan pequeña. Las mejillas irreales de mi hija son dos círculos de cartulina.</p>
<p>Océano se ha levantado temprano hoy, así que no voy a dormir más. Levanto la cabeza de la almohada, le toco un pie, le pregunto dónde está mamá y comprendo, al ver la puerta cerrada del baño, que Sofía sigue escuchando su corazón frente al espejo, un corazón que, probablemente, ha dejado de latir para Océano. Puede que no hayas visto el mar aún, le digo, el mar, tal y como lo recuerdo, sin la ayuda de las fotografías.</p>
<p>Me despierto y el corazón me alcanza los zapatos, me estira los cordones, se lustra con mi sonrisa. Porque tiene ahora un alma divertida. Perfumes con rostros de niño caminan hacia el sol inmenso y negro de hojalata. La abrazo y le digo que nada va a estropear esto que tenemos. Sofía no podrá tener más hijos. Océano la secó por dentro.</p>
<p>Océano juega con unas piezas de madera. Los colores la distraen. Esta redonda de color rojo aquí, en este hueco. No, la naranja es un poco más pequeña. Muy bien. Aprendemos juntos. Sofía nos advierte que estamos perdiendo el tiempo. Puede que así sea. No nos importa lo más mínimo, ¿verdad? Océano contesta con sus ojos-confianza mientras Sofía se desviste.</p>
<p>Cortinas de denso humo negro se deslizan como hurones en la niebla de estos días. Sin embargo, nunca fuimos tan felices Océano y yo. Te lo dije entonces y te lo digo ahora. No te oí entrar. No te oí. Nunca he visto a una mujer adentrarse de esa forma en su propio dolor. Un dolor donde la muerte es el principio de otra vida. Sé que un corazón limpio y grande te guarda, aunque eso no basta. Simplemente no basta.</p>
<p>Tras una pesadilla de somníferos, Sofía lo supo. Una hija, mi hija, me dijo, necesita una madre, aunque esa madre sea este montón de nervios y escombros. Entonces la abracé aunque no sentí deseos de hacerlo.</p>
<p>Su primera palabra: moja. Parece como si fuera a romperse, ¿verdad? Pero lo curioso es que no lo hace. Me refiero a que no se rompe. Océano se agarra la tripita, camina con los brazos estirados; huele los lapiceros; dice que no que no con la cabecita cuando la aviso para comer; salta divertida sobre los cojines; muerde una esquina del sofá; escarba en la tierra con los dedos; trata de abrir un tarro de mermelada sin éxito; encuentra un juguete extraviado en el éxtasis del juego; comenta con alguien que ni Sofía ni yo vemos una situación embarazosa y ríe, sobre todo ríe&#8230; Esta niña se ríe demasiado, cierto.</p>
<p>Cuando el 3 de agosto el doctor nos dijo que Océano moriría en Navidad, Sofía no quiso volver a casa esa noche, así que la llevé a tomar una copa. No teníamos mucho dinero, así que dejé a Sofía sentada en aquel lugar mientras yo me acercaba al cajero. Sofía, por supuesto, no estaba allí cuando volví. Ya lo había hecho otras veces. Huir era su forma de decirle al mundo desintégrate porque no me gustas.</p>
<p>Océano murió un 14 de diciembre de 2013 y Sofía lo hizo apenas un año después. Los médicos dijeron que su corazón se había debilitado mucho desde entonces. Sin embargo, yo había pensado, incluso entonces, que su nuevo corazón, limpio y grande, soportaría el dolor. Obviamente estaba equivocado.</p>
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		<title>Rascarse el culo</title>
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		<pubDate>Wed, 02 Apr 2014 16:14:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 30px;"><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/03/Rascarse_el_culo.jpg"><img loading="lazy" class="wp-image-767 alignright" title="Rascarse_el_culo" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/03/Rascarse_el_culo.jpg" alt="" width="489" height="690" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/03/Rascarse_el_culo.jpg 491w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/03/Rascarse_el_culo-213x300.jpg 213w" sizes="(max-width: 489px) 100vw, 489px" /></a>En efecto. Sucede en ese momento incómodo en el que te rascas el culo sin saber que detrás de ti hay una mujer observando. La mujer, por supuesto, no es que estuviera pendiente de ti, no es que supiera que te ibas a rascar el culo, no es que le importe demasiado que te rasques el culo o sí que le importa. Pero tú no sabes nada de esto y bajas la vista y te pones serio y te marchas hacia las escaleras para subirlas lo más elegantemente posible y a la velocidad de la luz.<br />
Rascarse el culo tiene estas cosas y a veces suceden otras que nada tienen que ver con el culo o con que te lo rasques. Por ejemplo, que al haber subido tan rápido por las escaleras (sufres de claustrofobia imaginaria en los ascensores), no te has percatado de que la misma mujer que te ha visto rascarte el culo tomaba el ascensor y se dirigía al despacho-salita en el que vas a tener la entrevista para el puesto de supervisor.<br />
Sí, rascarse el culo, así, bajando la guardia, siendo pillado en el acto mismo de rascarse, tendrá consecuencias.<br />
En el despacho-salita le tiendes la mano a la mujer, la misma mano con la que te has rascasdo el culo, no el culo directamente, claro, sino que has rascado la tela del pantalón de pinza porque se te había descolocado el calzoncillo y por eso te rascaste el culo, para quitarte la molestia, y te preguntas, no es la primera vez que te haces la pregunta, que si no aguantas que se descoloque un calzoncillo largo, un bóxer de toda la vida, sueltecito, cómo puede soportar la tira del tanga una mujer o un travesti o un tío raro, que se mete por ahí mismo, sí, y supones que la entrevistadora, por su vestimenta de abogada inmisericorde, por su rictus de maceta de abuela, esta mujer que te ha visto rascarte el culo en directo y que parece -y digo parece- no darle la menor importancia al hecho de haber visto cómo te rascabas el culo, lleva una de estas bragas de hilo dental.<br />
La conversación, sin embargo, es fluida, jovial. El puesto se adapta a tu perfil. Contestas a las preguntas seguro de ti mismo. Tu lenguaje no verbal es impecable. Le caes bien.<br />
Obviamente estás equivocado.<br />
La mujer, antes de dar por concluida la entrevista, y en el mismo momento en el que le alargas la mano para estrechársela, esta vez  la mano buena, la mano con la que no te rascaste el culo y con la que sueles desahogarte en privado, te dice que la próxima vez evites rascarte el culo, que mires si hay alguien detrás, que no hay problema en tirarse un pedete de esos chiquitos que ella misma se permite, pero siempre vigilando, siempre alerta, porque nunca sabes quién puede estar acechando, pero rascarse el culo, eso no, y sonríe la mujer y sonríes tú y cierras la puerta y te despides del trabajo de supervisor y, mientras caminas, el calzoncillo se te va subiendo y te hace presión en la entrepierna y te rascas el culo tranquilamente porque ya sabes que de supervisor poco futuro tienes.</p>
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		<title>Los cuentos invisibles</title>
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		<pubDate>Thu, 27 Feb 2014 16:08:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 30px;"><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/02/los-cuentos-invisibles.jpg"><img loading="lazy" class="wp-image-752 alignright" title="los cuentos invisibles" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/02/los-cuentos-invisibles.jpg" alt="" width="376" height="504" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/02/los-cuentos-invisibles.jpg 502w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/02/los-cuentos-invisibles-224x300.jpg 224w" sizes="(max-width: 376px) 100vw, 376px" /></a>Mi tío Paco, que nunca fue un hombre de muchas palabras, desapareció literalmente aquella tarde en que se estaba tan bien al solecito.<br />
A mi tío Paco se le podía encontrar todas las tardes escribiendo en el café. Lo hacía en una libretita donde anotaba frases, pensamientos, esbozos que luego convertía en cuentos o, incluso, los cuentos mismos, pues algunos eran mínimos. Supongo que escribió menos cuentos de los que le hubiera gustado. Mi preferido, que nunca vio la luz porque ninguna editorial se lo publicó —ni este cuento ni ninguno—, sigue siendo aquel que escribió después de que su mujer le regañase por haber pisado el suelo mojado que ella acababa de fregar.<br />
Mi tío quería ser Saul Bellow, pero comprendió sin atisbo de amargura, que nunca lo conseguiría. Bellow era imposible; Carver, tal vez; Vila-Matas, a veces.<br />
Recuerdo vivamente la impresión que me causó. En el relato había un jinete (un soldado, creo recordar) que se pierde en la nieve y descubre con asombro que no siente frío, pero el caballo sí, por lo que tiene que abandonarlo y caminar solo hasta descubrir, al final del cuento, cuando llega por fin a una casa que conoce bien —porque en el ático de aquella casa la besó por primera vez y por la ventana de una de las habitaciones de la parte de atrás tuvo que escapar cuando llegaron los otros y se la arrebataron para siempre—, que se le había helado el corazón. También me acuerdo de la historia de un niño que cierra los ojos, no sé a cuento de qué, y cuando los abre sus padres se han ido y a su lado hay una maleta y ninguna nota, y el niño coge la maleta y se va a a descubrir el mundo, y descubre que es adoptado y extraterrestre. Historias muy locas, descabelladas, algunas totalmente inverosímiles, y un largo etcétera de historias sensibles y para nada ñoñas.<br />
Mi tío Paco escribía en su libretita, sentado en una cafetería a pocos metros de su casa porque en su casa no podía escribir. Siempre estorbaba. Y si no estorbaba, no estaba, es decir, no estaba estorbando, y, entonces, era incluso peor, así que se ahorraba la bronca, la discusión, aunque, en realidad, no se ahorraba nada, porque la bronca, la discusión siempre acababa llegando. Supongo que mi tío pensaba que mejor después que antes; después de escribir, se entiende, después de haber hecho los deberes que él mismo se imponía, un ejercicio que le mantenía ocupada la cabeza y lo instalaba en la certeza de que una única realidad contenía otras muchas.<br />
Por no estorbar, estuviese o no estorbando, mi tío Paco decidió aquella tarde en que se estaba tan bien al solecito que se iba. No hubo ningún humo blanco como de mago, ni ninguna explosión pirotécnica, ni ningún otro truco, pero el caso es mi tío Paco desapareció. Su mujer dijo que no le iba a perdonar a su marido aquel desplante. Que cómo se le ocurría desaparecer así, ahora que estábamos tan bien. Y yo, mientras la mujer hablaba y hablaba y se despachaba a gusto, solo podía imaginar las pisadas invisibles de mi tí Paco alejándose, de puntillas y sin rencor, de aquella existencia inmerecida, dirigiéndose al café donde seguiría escribiendo relatos para él mismo y que nunca verían la luz, blanco sobre blanco, invisibles ambos, por fin.</p>
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		<title>La fiambrera</title>
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		<pubDate>Wed, 22 Jan 2014 11:08:25 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 30px;"><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/01/La_fiambrera.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone  wp-image-746" title="La_fiambrera" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/01/La_fiambrera.jpg" alt="" width="617" height="443" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/01/La_fiambrera.jpg 683w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/01/La_fiambrera-300x216.jpg 300w" sizes="(max-width: 617px) 100vw, 617px" /></a></p>
<p style="padding-left: 30px;">El nuevo amigo de mi mujer y que, además, se acuesta con mi sobrina, ha tenido la brillante idea de traer una piña para celebrar el cumpleaños de mi hijo que es alérgico a esa fruta del demonio.<br />
Por supuesto, he tirado la piña a la primera oportunidad que se me ha presentado. No sé qué patraña me inventaré cuando llegue la hora de servir el postre, aunque confío en que se me ocurrirá algo. Como siempre. Lo que no tengo claro es si mi mujer o mi hijo alérgico, que se han dado cuenta de que he tirado la piña por la ventana del baño, me delatarán.<br />
La piña la arrojé cuando el imbécil se dio la vuelta para apreciar una lámina de Klimt que compré en el VIPS que tenemos abajo y cuyos ocres, los del cuadro, conjuntan divinamente con los cojines del sofá y la pequeña lámpara turca que mi hijo alérgico nos trajo tras visitar fugazmente Turquía. Pero esto no viene al caso. Lo que ahora espero es que mi mujer y mi hijo alérgico se hagan los suecos y me permitan que explique, de una vez por todas, lo de la alergía, que sería, por supuesto, lo más lógico, y no inventarse así, de sopetón, una excusa que oculte lo que de verdad ha sucedido con la piña.<br />
Hay que precisar que mi hijo, además de ser alérgico, es educadísimo y atentísimo y, probablemente, por aquello de no quedar mal con el idiota que se tira a mi queridísima y sanísima sobrina, por evitar ser descortés o desilusionar a este patán, ya digo, hasta hubiese probado un pedazo de la piña que ahora está espachurrada en el cemento de la calle. Un poquitín, que estoy lleno y no quiero abusar, diría el chiquillo, y nada más meterse el primer trozo en la boca y masticarlo, le brotarían en la cara unas manchitas blancas que serían el primer aviso de que nos tenemos que ir volando al hospital, que está situado en la otra punta de esta ciudad sucia y desordenada porque nadie se ha preocupado de elaborar un proyecto urbanístico bien definido, a causa, principalmente, de que los que la gobiernan están a lo que están y no están a lo que tendrían que estar.<br />
Así que, habiendo evitado que mi hijo alérgico y siempre tan educado, atentase contra su propia vida, sólo me queda saber si se estarán calladitos y me dejarán hablar a mí, cosa que empiezo a dudar pues mi mujer ya está poniendo esa cara que se le pone cuando quiere decirme ni se te ocurra si no quieres que nuestra convivencia se convierta en un auténtico purgatorio y, para colmo, observo que mi hijo ya se está dirigiendo a su habitación para preparar el petate con sus medicinas y todo el historial clínico que evitará que tengan que adivinar lo que le pasa a mi hijo por si llegamos justitos de tiempo y se nos muere.<br />
De modo que ya estoy corriendo escaleras abajo, saltándome los escalones de tres en tres y hasta de cuatro en cuatro, en un exceso atlético impropio de mi edad y de mi condición física, bajando, ya digo, los ocho pisos de este bloque inmaculado en el que el ascensor nunca está disponible porque algún vecino se deja la puerta abierta o se demora con las bolsas de la compra. Quién me mandaría a mí, me pregunto, mientras cruzo el rellano del tercer piso, empeñarme en comprar un ático para evitar molestos vecinos arriba y qué vistas y qué calor cuando pega fuerte en verano y, como colofón, a los pocos meses nos construyen un bloque mastodóntico color ciruela de once pisos justo enfrente, con lo que la maravillosa visibilidad que teníamos de la sierra se desvanece por la fuerza del ladrillo y del hormigón y tenemos que alegrarnos porque, al menos, podemos disfrutar de la vista de cuatro arbolitos que se van a quebrar en cuanto corra algo de viento y parte de un sendero que se pierde al llegar a un banco pintarrajeado con grafitis inintelegibles de una tal Laura a la que aman mucho, aunque no sabría decir si un solo individuo o varios.<br />
Por fin estoy en la calle. Echo un vistazo a mi alrededor y visualizo lo que queda de la piña. Concienzudamente voy recogiendo los trozos más grandes de la piña espachurrada y metiéndolos en el bolsillo del abrigo mientras voy mentalizándome para subir cuanto antes los ocho pisos y voy aprovechando para avisar a la ambulancia por el móvil de la empresa, para que nuestro invitado pueda contarle a mi querida sobrina que mi hijo alérgico y su madre han sido unos maravillosos anfitriones.</p>
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		<title>El cazador</title>
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		<pubDate>Wed, 08 Jan 2014 11:52:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Le ofreces otra copa de vino porque dentro de unos minutos le estarás diciendo adiós y te subirás a un taxi y en el aeropuerto comprarás un detalle, algo no necesariamente caro, y al llegar a casa le dirás a tu mujer que la convención fue aburrida pero que el hotel merecía sus cuatro estrellas, [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 30px;"><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/11/Cazador.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone  wp-image-736" title="Cazador" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/11/Cazador.jpg" alt="" width="620" height="842" /></a></p>
<p style="padding-left: 30px;">Le ofreces otra copa de vino porque dentro de unos minutos le estarás diciendo adiós y te subirás a un taxi y en el aeropuerto comprarás un detalle, algo no necesariamente caro, y al llegar a casa le dirás a tu mujer que la convención fue aburrida pero que el hotel merecía sus cuatro estrellas, y ella te dirá que los niños duermen, ven, cuéntame, y te ofrecerá una copa de vino mientras yo me acabo la botella que compraste en la tienda de abajo, un <em>petite syrah</em>, un vino oscuro e intenso, ideal para acompañarlo con carnes de caza.</p>
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		<title>El hijo de su madre</title>
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		<pubDate>Fri, 29 Nov 2013 18:36:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Yo de pequeño era muy malo. Me lo decía todo el mundo. Mis abuelos, mis amigos, mi hermana, mi tío Jacinto, la quiosquera, el dueño del taller de neumáticos, la profesora de piano, el churrero. Hasta mi madre me lo decía: &#8220;Niño, eres muy malo&#8221;. No malo a secas. Muy malo. Y a mis cuarenta-y-muchos [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 30px;"><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/11/Hijo_de_su_madre.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone  wp-image-722" title="Hijo_de_su_madre" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/11/Hijo_de_su_madre.jpg" alt="" width="617" height="299" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2013/11/Hijo_de_su_madre.jpg 850w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2013/11/Hijo_de_su_madre-300x146.jpg 300w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2013/11/Hijo_de_su_madre-768x373.jpg 768w" sizes="(max-width: 617px) 100vw, 617px" /></a></p>
<p style="padding-left: 30px;">Yo de pequeño era muy malo. Me lo decía todo el mundo. Mis abuelos, mis amigos, mi hermana, mi tío Jacinto, la quiosquera, el dueño del taller de neumáticos, la profesora de piano, el churrero. Hasta mi madre me lo decía: &#8220;Niño, eres muy malo&#8221;. No malo a secas. Muy malo. Y a mis cuarenta-y-muchos mi madre me lo sigue diciendo: &#8220;Eras y eres muy malo&#8221;. Y lo cierto es que no lo comprendo. Aparte de alguna travesura fruto del desconocimiento, achacable a mi corta edad entonces o a la curiosidad que todo zagal sano muestra, no he hecho nada malo en toda mi vida. Lo juro.<br />
Saqué buenas notas en primaria y en bachillerato. Salvé a una ancianita antipatiquísima de ser devorada por un doberman y el doberman me mordió a mí y con esta mano aún puedo escribir si me concentro y no llueve.  En la universidad aprobé Derecho en cinco años, aunque la manía que me pilló el de Derecho mercantil a cuenta de que hice un comentario (que nunca hice) sobre su incipiente alopecia, estuvo a punto de costarme un disgusto. Me coloqué pronto y bien en un bufete pequeño aunque con proyección nacional y dediqué incontables horas a leer cuentos a los gemelos antes de dormir, pues mi mujer, con ese seseo tan molesto, a qué negarlo, se opuso desde bien temprano a que sus criaturas se riesen de ella, y por eso sólo habla lo imprescindible. Así que cuando tiene ganas de eso me dice ven y yo voy, aunque ese seseo tan molesto no se le va y esto hace que la mayoría de las veces pierda la concentración y mi mujer encienda la lamparita de la mesilla y se ponga a leer mientras yo me desahogo como puedo, rápido y mal, encerrado en el baño. Además, soy un ciudadano que separa la basura según su procedencia y la deposito en los contenedores a partir de las nueve de la noche. No fumo ni bebo; aso costillas y salchichas en la barbacoa los fines de semana, si el tiempo lo permite; hago cinco comidas al día, nada de hidratos a partir de las seis de la tarde; compro <em>El País</em> aunque ya no es lo que era, cierto; mis siestas jamás exceden los veinte minutos; acompaño a los gemelos al parque, a sus actividades extra escolares, a sus clases de fútbol, de baile, de taekwondo; no alterno con mujeres de dudosa condición; no juego al bingo; no trasnocho; pago todas mis facturas sin pasarme de fecha y la hipoteca me vence en mayo del año que viene; nunca he probado sustancias alucinógenas ni he comprado en un mercadillo; soy creyente aunque no voy a misa; devuelvo siempre las llamadas que recibo; recito de memoria los 20 poemas de amor y una canción desesperada de Neruda; no necesito la calculadora para sumar y restar; recojo la ropa de suelo del cuarto de baño y la meto en la cesta de la ropa sucia después de ducharme; mi peluquero es heterosexual y no le discrimino por ello; siento especial predilección por las galletas de naranja bañadas en chocolate, qué le vamos a hacer; no convierto el agua en vino pero sé escanciar divinamente la sidra para regocijo de mis parientes y mi madre, a pesar de todo, me sigue diciendo que soy muy malo.<br />
&#8220;Eres muy malo&#8221;, me dice mi madre, nada más entregarle el paquete que acabo de recoger en Correos y que me ha salido por un ojo de la cara porque tuve que dejar el coche en doble fila un momento y el guardia de tráfico tuvo que fijarse precisamente en mi coche y no en el de la señora que se cruzó para entrar en la frutería, que yo sólo vengo a por un kilo de mandarinas y me voy, o en el del adolescente del BMW que se puso a charlar con sus amiguetes ocupando un espacio en el que bien podría haber aparcado yo sin estorbar, que es un momento, no cuesta nada, tranqui tronco, que no hay prisa, me suelta, y como soy de natural pacífico me la envainé y por eso dejé el coche en doble fila y me cascaron la multa, y mi madre abre el paquete y me dice que qué es esto que me traes, y yo le digo que no tengo ni idea, que venía a su nombre. Yo esto no lo he pedido. Pues habrá sido un error, mamá. Yo no he pedido nada. Bueno, pues déjame que lo devuelva. Quita, quita, que eres muy malo. Esto viene a mi nombre y me lo quedo, aunque no me gusta nada en este color. No combina con casi nada. Mi madre se lleva relatando toda la tarde hasta que se cansa y me pregunta si tengo hambre. Le digo que no y que me gustaría irme a casa. No me voy sin antes prometerle que buscaré unos zapatos que conjunten con el bolso.<br />
Al llegar a casa, encuentro a mi mujer sentada sobre la maleta de los viajes largos. Me anuncia que se va con un comerciante de sellos surafricano que la tiene cautivada. Por eso la maleta. Espero un taxi, me dice. Cómo que te vas, le pregunto. Me voy con otro hombre, me explica. Le digo que me parece bien, pero que la maleta se la va a llevar su puta madre. Me sorprende mi reacción y a mi mujer, por cierto, parece ocurrirle lo mismo. Se me acerca. Qué te pasa, querido, me pregunta. Hasta los cojones estoy. Mi mujer, agarrándome de ahí, me dice que ya no se va, y que tiene ganas de eso. Pero calladita, perra, le suelto. Mi madre tenía razón: soy malo. Santa medicina, oye.</p>
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