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	<title>De subir a la montaña me cansoniña &#8211; De subir a la montaña me canso</title>
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	<description>Responsable de Diseño en el Diario Hoy de Extremadura desde 2012. Escritor de relatos breves donde aplico la máxima de la Escuela Postirónica: &#34;Hablar de unas cosas para decir otras&#34; . Soy consciente de mi ignorancia.</description>
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		<title>El bocadillo de jamón contra el principio de incertidumbre</title>
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		<pubDate>Wed, 24 May 2017 15:21:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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<p>La niña con facultades proféticas contrastadas por diversos especialistas del ramo le propone al niño que nunca sabe qué llevará dentro el bocadillo, si Nocilla o pavo, si salchichón o paté de cabracho, adivinar el contenido del mismo, pero al niño que nunca sabe qué llevará dentro el bocadillo, si Nocilla o pavo, si salchichón o paté de cabracho, le gusta paladear esta incertidumbre que sabe que no es tal porque, a poco que rasgue el papel de plata con el que está envuelto, ya huele a Nocilla o a pavo, a salchichón o a paté de cabracho, aunque en esta ocasión, y lo sabe la niña con facultades proféticas contrastadas por diversos especialistas del ramo, se va a llevar una verdadera sorpresa, no de una posibilidad entre cuatro, sino de una quinta que el niño no contempla ni imagina, pues la madre, estirando como buenamente puede lo que da de sí la paguita de viudedad y, todo hay que decirlo, en un rapto de creatividad culinaria, le ha metido entre pan y pan una loncha de jamón serrano, una única loncha perfectamente veteada, con el equilibrio perfecto de tocino y carne, de las buenas de verdad, o sea, impregnando el centro del mollete tierno que bajó a comprar esa misma mañana, y que el niño que nunca sabe qué llevará dentro el bocadillo, si Nocilla o pavo, si salchichón o paté de cabracho, devora hasta que uno de sexto que corre con el balón pegado a los pies lo arrolla y a hacer puñetas el pan, la loncha de jamón y su último diente de leche, diente que la niña con facultades proféticas contrastadas por diversos especialistas del ramo sabía que iba a caer muy cerca de aquel imbornal pero no dentro, nunca dentro, así que adiós ratoncito Pérez para siempre.</p>
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		<title>Semana Santa</title>
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		<pubDate>Sun, 16 Apr 2017 15:19:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2017/04/semanasanta.jpg"><img loading="lazy" class="aligncenter size-full wp-image-1081" title="semanasanta" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2017/04/semanasanta.jpg" alt="" width="624" height="468" /></a>El niño que no tenía nada que perder le dice a la niña que abunda en razonamientos obtusos, que está perdidamente enamorado de su hermana mayor, a lo que la niña que abunda en razonamientos obtusos le responde que le parece muy bien, pero que su hermana mayor tiene novio formal y que ella, hasta el momento presente, tiene una idea poco aproximada de lo que es el amor, si es que el amor existe, y no es una invención del hombre, igual que lo fue en su momento Dios muy probablemente, a tenor de que nunca hace nada, aunque ella no le ha pedido nada ni a Dios ni a sus padres porque tiene un tito que es rico. Por supuesto, el niño que no tenía nada que perder no tiene juicio a este respecto y, en lugar de decirle esto —que no sabe qué decirle—, se encoge de hombros y, aunque es cierto que no tiene nada que perder, prefiere hacer mutis por si la hermana mayor se arrepiente o se cansa del novio formal, y se va sorteando como puede las vallas que el consistorio ha repartido por toda la ciudad para evitar que entre el público asistente salte algún graciosillo por bulerías —siempre hay alguno, no falla— frente al Cristo Negro y el periódico abra mañana con el titular &#8220;Una avalancha humana provoca un muerto y varios contusionados frente a la catedral&#8221;, a lo que la niña que abunda en razonamientos obtusos hubiese puesto reparos como casi siempre, obvio.</p>
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		<title>Cabezas</title>
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		<pubDate>Mon, 26 Sep 2016 16:11:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2016/09/Cabezas.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-1036" title="Cabezas" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2016/09/Cabezas.jpg" alt="" width="472" height="645" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2016/09/Cabezas.jpg 472w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2016/09/Cabezas-220x300.jpg 220w" sizes="(max-width: 472px) 100vw, 472px" /></a></p>
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<p>El niño con cabeza de niña le pide a su mejor amigo, el niño con cabeza de chorlito, que le corte la cabeza y, claro, el niño con cabeza de chorlito se la corta, que para eso se da mucha maña, anda que no. Ahora el niño con cabeza de niña no tiene cabeza; bueno, si que la tiene, pero no la lleva puesta sobre los hombros, sino bajo el sobaco, así que parece que se está paseando con la cabeza de una muñeca rubia, una cosa macabra, se mire por donde se mire. Los niños en el colegio le dicen marica, supone, y supone bien, porque lleva su jeta de niña bajo el brazo, y él, qué duda cabe, no puede cagarse a gusto en las familias de estos niñatos de mierda, más que nada porque donde antes estaba la boca no hay nada y ningún insulto puede salir de ella. El niño que antes tenía una cabeza de niña por cabeza trata de ajustarse la cabeza de nuevo para poder ciscarse en los muertos de los niños y también porque entiende que es la única forma de engullir bocado, pues hambre tiene desde hace rato. Tras fracasar muchas veces intentando sujetar la cabeza al cuello cercenado, ha decidido echarse la sopa, como quien dice, por la espalda, que algo caerá dentro, y los tropezones de pollo y pan frito serán bienvenidos. Su amigo, el niño con cabeza de chorlito, no ha vuelto a tener noticias de su amigo, el niño con cabeza de niña, pero tampoco es que lo eche mucho de menos, la verdad, aunque se cruza con un niño sin cabeza que, bajo el sobaco, atesora una cabeza de niña rubia preciosa que al niño con cabeza de chorlito le gustaría chutar por los aires y gritar gol y gol y gol.</p>
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		<title>Juegos reunidos</title>
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		<pubDate>Wed, 23 Sep 2015 09:23:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2015/09/dibujino2.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-990" title="dibujino2" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2015/09/dibujino2.jpg" alt="" width="427" height="630" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2015/09/dibujino2.jpg 427w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2015/09/dibujino2-203x300.jpg 203w" sizes="(max-width: 427px) 100vw, 427px" /></a></p>
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<p>La niña que era más mala que un dolor se subió al tejado para otear el horizonte de tejas, camisones, bragas-faja y gatos hambrientos y, sobre todo, para poder echarle un vistazo al niño que era más tonto que Abundio, que, al parecer, vendió una oreja porque la tenía repetida.<br />
La niña que era más mala que un dolor no acostumbraba a subir tan alto, pero se aburría de estar en el cuarto callada y esperando que se hiciese de noche para poder chinchar al padre, que llegaba agotado del trabajo y tenía el tiempo justo para cenar e irse a la cama tras un irregular cepillado de dientes. Así que mientras la madre le ponía la cena —más bien fría porque no acertaba con el tiempo de calentado en el microondas—, la niña que era más mala que un dolor le sometía a todo tipo de rayuelas físicas y mentales, que iban desde el abrazo-que-impide-ver-El-intermedio o el achuchón-que-machaca-las-cervicales-que-el-crossfit-ya-machacó a las preguntas y/o peticiones inquietantes del tipo ¿las nubes comparten casa? o ¿cuándo me vas a comprar el iPhone 6 con pantalla retinta extrafina de jamon york?<br />
Cómo descansar con este incesante acoso y derribo de esta niña-gota-malaya, siempre armada hasta los dientes con preguntas más bien extrañas, irresolubles, antipáticas y que preocupaban sobremanera al padre y no le dejaban dormir a pierna suelta, que es lo que le hubiese calmado la ansiedad y permitido un despertar de buen humor a la mañana siguiente, y no ese despertar aciago que le presionaba las sienes como si quisieran modelar un botijo en su jeta, y, sobre todo, ese sabor a manteca colorá que le repetía en el cercanías de camino al curro, donde su amable jefe, que llevaba una vida de satisfecho y acaudalado calzonazos, con sobremesas excelentes en compañía de unos hijos cariñosos y buenos estudiantes y una esposa con cabeza para los números y curvas rápidas, donde esprintaban los ojos de los albañiles que estaban ampliando el baño del ático, el del servicio, que había sido un cuchitril hasta entonces, y aprovecharon para tirar un tabique para que desde la cocina se viese el salón —con la excusa de que iba a entrar más luz y parecería que sus 120 metros cuadrados eran en realidad 122—, un capricho de última hora que se le había ocurrido a la maciza esposa, que por nada del mundo quería perderse los cuchicheos de su familia política, mientras se metían entre pecho y espalda deliciosas gambas serbias y los sobrinos presumían de bíceps, mientras la suegra <em>metomentodo</em> y el de la moto, que allí había barra libre, despellejaban a quien cruzase el umbral del salón, un juego clásico que los tenía entretenidos hasta que alguien encontraba el mando de la televisión extraplana de 112 pulgadas dentro de un jarrón u oculto, a conciencia, en un cajón debajo de unas revistas de música clásica y labores del hogar que ocultaban una caja de excelentes habanos, en cuyo interior estaba el susodicho, y que el acaudalado calzonazos abonó en tres cómodos plazos de 3.557 euros para que la familia, los amigos, este y aquel, se sintiesen como en casa, aunque bien sabía el calzonazos que no había nadie que estuviera mejor en su casa que en la suya, o sea, y por eso estaban en su salón todo el puñetero día, toqueteando el mando de la Jumbo-televisión, en busca de alguna mamarrachada para borregos diseñada por hombres y mujeres muy capaces que hacían lo que hacían porque tenían que comer y pagar la guardería del niño, con lo que le gustaban las películas de vaqueros, con sus hombres altos y decididos que no le temían a nada o que ocultaban la mar de bien que estaban cagaditos de miedo, como el esbelto profesor de tai chi que venía los lunes y miércoles y que no se cansaba de repetirle que su esposa era una alumna aventajada y que se sacudía el sudor con más sudor en el cuarto de las fregonas —omitiendo esta parte, obviamente, que solo les concernía a ellos—, frota que te frota, con violencia incluso, viólame, le gritaba él, calla la puta boca, le aconsejaba ella, y en ese intercambio de roles estaban los dos cuando el hijo del jardinero, al que la niña que era más mala que un dolor llamaba el niño que era más tonto que Abundio, los pilló centrifugando ese deseo irrefrenable que los llevaba cada lunes y miércoles —y casi siempre que el satisfecho marido calzonazos estaba fuera—, al delirio amatorio, con el cuerpo del profesor de tai chi en una contorsión imposible que le permitía sacudirle en el culo a la escultural esposa mientras le lamía los pies, una cosa muy asquerosa, le contaba el niño que era más tonto que Abundio a su madre, que le advirtió que no abriese la boca, que la señora era muy limpia y muy católica y que por nada del mundo se iba a poner a retozar como una cerda, oye, y el niño, que empezaba a no ser tan tonto, le replicó que parecían entenderse muy bien a pesar de los gritos, así que la madre zanjó la cuestión con una torta de las de vuelve-y-te-doy-otra-que-tengo-un-arsenal y, tal vez por esta razón, allí estaba la niña que era más mala que un dolor —y a la que no había forma humana de describirla como la-niña-que-tenía-unos-prontos-muy-malos-pero-era-buena o la-niña-problemática-pero-con-un-corazón-que-se-le-iba-a-salir-del-pecho—, y que algo se olía, observando al niño que parecía tonto pero no lo era tanto, aunque estaba a punto de estamparse la frente contra el tendedero, que temblaría lo justo, bien lo sabía la niña, porque estaba el poste bien sujeto al suelo, mientras se desprendía de una cuerda un calzoncillo del señor de la casa, que era el que lo pagaba todo a fin de cuentas.</p>
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		<title>imagen, Lectura de una</title>
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		<description><![CDATA[Hace tiempo que no escribo. Aunque he estado leyendo a Gombrowicz, a David Foster Wallace y ahora un ensayo sobre True Detective, donde se incluyen relatos de H. P. Lovecraft, Friedrich Nietzsche, Dashiell Hammett y Arthur Schopenhauer, entre otros. Y el asunto no queda ahí. Pendientes están Las palmeras salvajes de Faulkner y El hombre [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/12/Lavadora.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-879" title="Lavadora" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/12/Lavadora.jpg" alt="" width="624" height="493" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/12/Lavadora.jpg 624w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/12/Lavadora-300x237.jpg 300w" sizes="(max-width: 624px) 100vw, 624px" /></a></p>
<p>Hace tiempo que no escribo. Aunque he estado leyendo a Gombrowicz, a David Foster Wallace y ahora un ensayo sobre <em>True Detective</em>, donde se incluyen relatos de H. P. Lovecraft, Friedrich Nietzsche, Dashiell Hammett y Arthur Schopenhauer, entre otros. Y el asunto no queda ahí. Pendientes están <em>Las palmeras salvajes</em> de Faulkner y <em>El hombre del castillo</em>, obra del autor de la novela que inspiró <em>Blade Runner</em> y que la pereza me impide buscar en Google. También puede que caiga, a modo de desengrasante, algún tebeo, aunque estoy de superhéroes bastante cansado. Miento, tampoco lo estoy tanto tras visionar la macarrada de <em>Los Guardianes de la Galaxia</em>. O sea, que ocupado estoy. Y luego están las tareas de los niños, el gimnasio, comer, relacionarse (poco), dormir, perder el tiempo en Facebook (no siempre), ojear alguna revista, ponerse un disco de este año, capturar el momento (en fotografía, si es posible), echar aceite al coche, madurar, no desesperar, convertir a MPG4 el AVI del video donde éramos mucho más jóvenes, y la ilustradora, Carmen, que me escribe vía email que no le haga &#8216;escrache&#8217;, que me ha mandado una ilustración para otro cuento (siempre estoy pidiendo), pero el cuento al que se refiere ya está publicado con su ilustración correspondiente, así que con la ilustración que me ha enviado, me decido a escribir un relato que cuadre con la imagen (un niño que tira de una sábana/prenda grande que se encuentra en una lavadora —a la que hace referencia el relato anterior, que se puede leer a continuación de éste, y no antes—).</p>
<p>No voy a mentirles (a ti sí, Carmen) y voy a tirar de oficio para que este relato no se desinfle. Como les contaba, hace tiempo que no escribo. Y para ser completamente sincero he enumerado una serie de actividades/razones/compromisos (relacionados con la supervivencia o no) que me parecen más que suficientes para explicar porque me hallo en el dique seco (nota mental: <em>Barton Fink</em>, hermanos Coen, revisión). Por supuesto, tampoco me ha venido la inspiración mientras disfrutaba de unas costillas al horno ni mientras regañaba por decimoquinta vez a mi hijo o cuando, sentado en el inodoro, me dedicaba a terminar un puzzle en el <em>iPad</em>. Se me han ocurrido muchas otras cosas. Emigrar. Salir a comprar tabaco. No volver. Y así. Menos ponerme a escribir, un poco de todo. También se me ha pasado por la cabeza cambiar de trabajo para tener más tiempo. Supongo que más tiempo para buscar otro trabajo, claro. Pero no cuela. Soy tonto lo justo y los milagros no suceden así como así o no suceden en absoluto. Que ahora Carmen me reenvíe una ilustración es de agradecer, pero me coge a la inspiración con la guardia baja, aunque no me amedrento, pues de hecho estoy escribiendo.</p>
<p>Leo un tuit sobre el plátano de Monago y no lo marco como favorito porque estoy de política (o como se diga) hasta la coronilla (hasta los cojones, hablando cristalino). Pujol desaparecido, la infanta diciendo buenos días con cara de campurriana (sí, como la galleta) a la prensa, en el <em>Rockdelux</em> escriben un especial sobre series televisivas más bien flojucho, la niña se va a quedar sin Reyes porque no sabe comportarse y la hemos tenido que borrar de inglés porque ni comía ni dejaba comer (<em>El perro del hortelano</em> —sic—), el Madrid campeón de Liga (supongo), la jeta de Cospedal, el brazo hidráulico del mazas del gimnasio (envidia, dieta protéica, nada de hidratos despues de las siete), <em>Blue Ruin</em>, sorpresa cinéfila del año (hasta que la destrone otra sorpresa), maquetar la guía gastronómica, que pase el visto bueno, que no lo pase, que sí que no, una manguera para apagar el fuego, decidirse a correr como un <em>runner</em> o correr cuando apetezca (pocas, pocas), acordarse de terminar el cuento con las ocurrencias de mi hijo, qué rico cuando quiere, para que Carmen pueda dibujar (más dibujos) y poner la lavadora, por supuesto, poner la lavadora para que el niño tenga su cuento mientras oigo crecer a Boris Vian en el centro de mi corazón, un verdadero árbol como en <em>La espuma de los días,</em> y seguir viviendo en la contradicción, en la falta, en algún lugar entre la indecisión y la pereza, en este mundo en escala de grises o azules lavados que me propone la encantadora Carmen, ya ves.</p>
<p>El caso es que no sé por qué este niño que ha pintado Carmen está empeñado en sacar toda la ropa de la lavadora. Me pongo en el lugar de la madre o del padre e imagino la bronca que le va caer. Aunque lo mismo está haciéndolo porque quiere ayudar a la madre o al padre o se lo ha pedido alguno de sus progenitores o su abuela, que está de visita, al ver que el niño quiere echar una mano y no ser un estorbo (lo que es sin necesidad de hacer nada especial) y, como el suelo estaba recién barrido, no teme (quien sea, lo mismo da) que la ropa se ensucie al ser arrastrada por el chiquillo. Sea como fuere, el niño, básicamente, la está liando y a saber qué intención oculta, si es que oculta algo, que puede ser una tontada o un estropicio de los grandes. Nunca lo sabremos.</p>
<p>En cualquier caso, el niño se lo está pasando pipa arrastrando la sábana. Y como va a seguir arrastrándola por siempre jamás porque el dibujo es estático y no forma parte de <em>storyboard</em> alguno, se va a quedar toda la vida pasándoselo bien y yo envidiándole, por supuesto. Aunque también pudiera estar cabreado (esas líneas más oscuras en la barbilla del niño, Carmen) y está liándola con la manta o la sábana o el edredón porque se le perdió un juguete y teme que su madre o su padre se lo hayan lavado. Desde luego, lo que el niño del dibujo no sabe (o sí, pero esto tampoco hay forma de comprobarlo) es que la manta o la sábana o el edredón jamás van a salir por completo del tambor de la lavadora y no va a haber forma de comprobar si su <em>Transformer</em> o su <em>Spiderman</em> de tela se han ahogado.</p>
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		<title>Océano moja</title>
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		<pubDate>Tue, 03 Jun 2014 15:20:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/06/OcéanoFB.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-800" title="OcéanoFB" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/06/OcéanoFB.jpg" alt="" width="630" height="469" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/06/OcéanoFB.jpg 630w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/06/OcéanoFB-300x223.jpg 300w" sizes="(max-width: 630px) 100vw, 630px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>En memoria de Momo (2000-2014), descanse en paz</em></p>
<p>Océano. Sí, moja. Así lo describió cuando supo que su nombre era el mismo. Océano tenía dos años. Nació en la madrugada del 11 de enero de 2009.<br />
Primero un pie y después el otro. Así, muy bien, despacito, no tenemos ninguna prisa. Sofía tuvo que aprender esto. Y otras muchas cosas más. Porque Océano no fue parte de ella hasta mucho años después, cuando el recuerdo imborrable de Océano le advirtió de su error. Entonces, Sofía pudo atreverse a mirar detenidamente ese recuerdo que era también una mirada y un espejo.</p>
<p>Océano me golpea con sus dedos minúsculos. Me toca la nariz, los párpados, la barba descuidada, atrapa mi índice, se revuelca inquieta en su cunita.<br />
Hace poco descubrió a Tor, nuestro viejo mastín. Tor nunca se acerca demasiado a ella. Sus grandes ojos se posan cansados sobre el edredón de la cuna y allí se queda tumbado toda la tarde, en mitad del pasillo, como un centinela adormecido.</p>
<p>Yo deseo llevarme a Océano a la playa para mostrarle el mar. Sofía me dice que Océano estará mejor en casa. Por esta vez le hago caso. Océano debe tomar su biberón, así que después del baño pasearemos por el jardín. Invento palabras divertidas y la observo en mis brazos. Me asombro de que sea tan pequeña. Las mejillas irreales de mi hija son dos círculos de cartulina.</p>
<p>Océano se ha levantado temprano hoy, así que no voy a dormir más. Levanto la cabeza de la almohada, le toco un pie, le pregunto dónde está mamá y comprendo, al ver la puerta cerrada del baño, que Sofía sigue escuchando su corazón frente al espejo, un corazón que, probablemente, ha dejado de latir para Océano. Puede que no hayas visto el mar aún, le digo, el mar, tal y como lo recuerdo, sin la ayuda de las fotografías.</p>
<p>Me despierto y el corazón me alcanza los zapatos, me estira los cordones, se lustra con mi sonrisa. Porque tiene ahora un alma divertida. Perfumes con rostros de niño caminan hacia el sol inmenso y negro de hojalata. La abrazo y le digo que nada va a estropear esto que tenemos. Sofía no podrá tener más hijos. Océano la secó por dentro.</p>
<p>Océano juega con unas piezas de madera. Los colores la distraen. Esta redonda de color rojo aquí, en este hueco. No, la naranja es un poco más pequeña. Muy bien. Aprendemos juntos. Sofía nos advierte que estamos perdiendo el tiempo. Puede que así sea. No nos importa lo más mínimo, ¿verdad? Océano contesta con sus ojos-confianza mientras Sofía se desviste.</p>
<p>Cortinas de denso humo negro se deslizan como hurones en la niebla de estos días. Sin embargo, nunca fuimos tan felices Océano y yo. Te lo dije entonces y te lo digo ahora. No te oí entrar. No te oí. Nunca he visto a una mujer adentrarse de esa forma en su propio dolor. Un dolor donde la muerte es el principio de otra vida. Sé que un corazón limpio y grande te guarda, aunque eso no basta. Simplemente no basta.</p>
<p>Tras una pesadilla de somníferos, Sofía lo supo. Una hija, mi hija, me dijo, necesita una madre, aunque esa madre sea este montón de nervios y escombros. Entonces la abracé aunque no sentí deseos de hacerlo.</p>
<p>Su primera palabra: moja. Parece como si fuera a romperse, ¿verdad? Pero lo curioso es que no lo hace. Me refiero a que no se rompe. Océano se agarra la tripita, camina con los brazos estirados; huele los lapiceros; dice que no que no con la cabecita cuando la aviso para comer; salta divertida sobre los cojines; muerde una esquina del sofá; escarba en la tierra con los dedos; trata de abrir un tarro de mermelada sin éxito; encuentra un juguete extraviado en el éxtasis del juego; comenta con alguien que ni Sofía ni yo vemos una situación embarazosa y ríe, sobre todo ríe&#8230; Esta niña se ríe demasiado, cierto.</p>
<p>Cuando el 3 de agosto el doctor nos dijo que Océano moriría en Navidad, Sofía no quiso volver a casa esa noche, así que la llevé a tomar una copa. No teníamos mucho dinero, así que dejé a Sofía sentada en aquel lugar mientras yo me acercaba al cajero. Sofía, por supuesto, no estaba allí cuando volví. Ya lo había hecho otras veces. Huir era su forma de decirle al mundo desintégrate porque no me gustas.</p>
<p>Océano murió un 14 de diciembre de 2013 y Sofía lo hizo apenas un año después. Los médicos dijeron que su corazón se había debilitado mucho desde entonces. Sin embargo, yo había pensado, incluso entonces, que su nuevo corazón, limpio y grande, soportaría el dolor. Obviamente estaba equivocado.</p>
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		<title>Haciendo la compra, consecuencias</title>
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		<pubDate>Mon, 12 May 2014 15:43:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/05/Compra.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-782" title="Compra" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/05/Compra.jpg" alt="" width="433" height="648" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/05/Compra.jpg 433w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/05/Compra-200x300.jpg 200w" sizes="(max-width: 433px) 100vw, 433px" /></a></p>
<p>La dejo pasar más que nada porque quiero verle el culo.<br />
La señora que va detrás de ella, con el pan bajo el sobaco, me mira mal porque le hubiera gustado saltarse el turno, pero con esa cara de acelga lo único que hubiera podido pasar es que le dijera muy serio que yo también llevaba prisa —esa habría sido la excusa de la señora si llega cinco segundos antes, como si los demás anduviésemos sobrados de tiempo—, aunque habría hecho todo lo posible por meter el desodorante, los yogures y la comida para la gata en la bolsa con la mejor de mis sonrisas y una parsimoniosa lentitud, con el único objetivo de añadirle una arruga más de desprecio a su cara de acelga.<br />
La chica, en efecto, tiene un culazo. Las mallas favorecen su maciza figura y yo sé que todo es para el novio, lo que se ve y lo que no, y ahí se acaban mis ilusiones, pero me contento, qué duda cabe, contemplando su culo haciendo como que estoy pendiente de los niños, que están subidos a un carro, ensimismados pegando un chicle en una de las cerraduras de la consigna y que, por suerte, no es la nuestra, así que podré sacar la mochila con los deberes que, con Dios y ayuda y un pescozón a tiempo, tendré que supervisar si no quiero que se saquen los ojos, después de digerir un almuerzo que, intuyo, no será de mi agrado, aunque me regañe la terapeuta, por lo del pescozón no por quejarme del almuerzo —que lo haré—, y me advierta que toda esa violencia que no retengo para los pescozones, se debe a mi falta de autoestima, que responde, a su vez, a un trauma simbólico que ha posibilitado que emerja el ello o el aquello, lo mismo da. Y todo por haber sido criado sin un padre.<br />
Visto que los niños pasan de mí y que mi autoridad es cero, les digo a la salida del supermercado, mientras observo como se aleja el culazo, que se quedan sin tele, pero ellos, obviamente, siguen a lo suyo con el chicle y los dedos pringosos, y sospecho que la saliva de los niños no es la primera saliva que toca ese chicle —nota mental: mejor no lo pienses, déjalo estar—, así que, preocupado —no demasiado, pero preocupado— por las posibles infecciones no erradicadas en este primer mundo, subo un nivel y les digo, Pues no coméis, Pues me da igual, dice el niño, Tenemos el <em>ipad</em>, dice la niña, Ni <em>ipad</em> ni tele ni deuvedé ni pollas. Esto último se me escapa y, aunque podría haber dicho algo mucho peor, intuyo que les hubiese resbalado igual. Claro que a ver cómo le explico a la madre de las criaturas que hoy no comen. Cómo que no comen, me dirá, No les va pasar nada, ningún niño se muere de hambre en el primer mundo, ¿No puedes castigarlos sin tele como hacen todos los padres?, Ya lo hice, no dio resultado, Es por tu falta de autoridad, no te impones, anda, trae las bolsas que te vas a descoyuntar los dedos. Algo muy similar a esta conversación, por supuesto, la tenemos nada más abrir la puerta de casa —sin que me dé tiempo a soltar las bolsas y descansar los dedos— porque el niño dice que Papá no quiere que comamos, Qué, Nada, nada, que les he dicho que o se comportan o no comen, y no se comportan. Obviamente, como he sido un hijo que se ha criado sin un padre, no tengo manera de saber cómo lidiar con mi falta de autoridad, así que el problema de base —que hacen caso omiso a mis advertencias, que no tienen educación aunque se les brindan todas las facilidades del primer mundo, en una familia donde ambos progenitores trabajan y se les paga por su trabajo de forma razonable para que la diferencia entre el debe y el haber no sea insalvable si, llegado el caso, a alguno de los dos les estalla el corazón o se quema el motor del frigorífico—,  se transforma, en un visto y no visto, pero sin magia-potagia de por medio, en un echarse en cara hechos pasados no perdonados y no olvidados que poco o nada tienen que ver con el problema original —los niños, en su conjunto o, incluso, uno a uno, por separado, lo mismo da—, tal vez pagando justos por pecadores, para redimirnos de ese pecado original donde hay una manzana, dos imbéciles y una serpiente enroscada a un árbol, mientras los niños, ajenos a los gritos que proferimos, se preparan concienzudamente para decir que no en cuanto les digamos que tienen que lavarse las manos para comer.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Tal para cual</title>
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		<pubDate>Thu, 13 Dec 2012 12:00:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 30px;"><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2012/12/Talparacual.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-524" title="Talparacual" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2012/12/Talparacual.jpg" alt="" width="620" height="474" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2012/12/Talparacual.jpg 620w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2012/12/Talparacual-300x229.jpg 300w" sizes="(max-width: 620px) 100vw, 620px" /></a></p>
<p style="padding-left: 30px;">El niño con cara de viejo resabiado se encapricha de la niña con cara de saber latín, niña que, conforme avanza en su desarrollo físico e intelectual, se convierte en la perfecta compañía para el niño con cara de hacerte la puñeta a la mínima que te descuides, a pesar de que a este niño la que le gusta es la niña con cara de haberse caído de un guindo, a la que, para su desgracia, tiene embelesada el niño con cara de a mí no me hables.</p>
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		<title>Los protegidos</title>
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		<pubDate>Mon, 21 May 2012 20:26:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 30px;"><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2012/05/Los-protegidos.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-246" title="Los protegidos" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2012/05/Los-protegidos.jpg" alt="" width="620" height="194" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2012/05/Los-protegidos.jpg 620w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2012/05/Los-protegidos-300x94.jpg 300w" sizes="(max-width: 620px) 100vw, 620px" /></a></p>
<p style="padding-left: 30px;">Se van a ir pronto a casa porque nadie entra en la juguetería desde hace horas. Cerrarán con llave la puerta blindada de la tienda y voltearán el cartel de Abierto para que muestre Cerrado y se dirán adiós. Es posible que él carraspee y hasta que ella se muestre preocupada, pero no abrirá la boca. De lo que ninguno se dará cuenta, ni siquiera en el recuento previo de lo que dio la jornada de sí, antes de apagar la luz de la mesilla e irse a dormir, será de que se han dejado a la niña.<br />
La niña se había detenido a contemplar un juguete y ahora es la dueña del castillo. Eso piensa. Hasta que se apagan las luces y el castillo de princesa ya no es un lugar acogedor. Qué almenas tan puntiagudas. Y qué decir del trenecito y su cuerda que asemeja una serpiente.<br />
Encuentran a la niña acurrucada debajo del mostrador. Apenas abre los ojos cuando los ve entrar. Ha dormido asustada pero no tanto. El escudo de He-Man, al fin y al cabo, el que lleva bien agarrado, sea de noche o de día, sigue siendo un escudo.<br />
Ella le regala una muñeca que, al pulsar un mecanismo a la altura del estómago, recita que te quiere, mientras él carraspea a su lado sin atreverse a tocar la cabecita de la niña.</p>
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		<title>La viga en el ojo propio</title>
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		<pubDate>Mon, 06 Feb 2012 19:21:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Microrrelatos]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 30px;"><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2012/02/ojo-propio.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-55" title="ojo propio" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2012/02/ojo-propio.jpg" alt="" width="620" height="194" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2012/02/ojo-propio.jpg 620w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2012/02/ojo-propio-300x94.jpg 300w" sizes="(max-width: 620px) 100vw, 620px" /></a></p>
<p style="padding-left: 30px;">A mí me parece que esta niña me ha mirado raro. Es una niña cabezona. Y no me refiero a que sea difícil que dé su brazo a torcer, que a lo mejor también. ¡Es que vaya cabezón que tiene la niña! Como tengo que meterme con mamá en el centro comercial la pierdo de vista justo cuando la niña se va a dar un trompazo con la columna del aparcamiento.<br />
Mamá me pone esto y aquello sobre la ropa, habla sola de lo precioso que voy a estar y de lo mucho que le va a gustar a tu padre lo que nos vamos a ahorrar. Por supuesto, no me consulta. No lo necesita. Paga. Los zapatos mejor otro día, dice mamá, que llevamos prisa, y ya sabes que es más difícil encontrar tu número, y hay que mirar más. Así que estoy siendo arrastrado de nuevo hacia el aparcamiento, con mis camisitas y mis pantaloncitos rebajados en bolsas de plástico que tardarán doscientos años terrestres en biodegradarse o degradarse sin bio, que parece que es más lento.<br />
Mamá echa monedas en el parquímetro y, como me suelta de la mano para alcanzar el monedero en su bolso-trampa, me alejo un poco de su aura protectora y un carrito-hoja-de-lechuga-pegada, empujado por una gorda idiota (lo de gorda es evidente, por visible) aprovecha para aplastarme el pie y ganar por la mínima a una pareja de modernos que parecen sacados de un anuncio buenrollista de móviles.<br />
Cojeando, arrastrado por el aparentemente debilucho brazo de mamá, que no se detiene ante nada, sondada por vía intravenosa al ritmo frenético de la crisis diaria, llegamos a nuestra plaza de garaje.<br />
La niña cabezona está desplomada en el suelo con un chichón gigante en la frente y la mamá de la niña o la tía o quien sea que esté al cargo, habla descojonada por el teléfono móvil. A su lado, un maromo de gym abofetea a un calvito que se empeña en ajustarse el cuello de la camisa cada vez que le llueve otra.<br />
Lo cierto es que la cabezona, al estar inconsciente o muerta, se está perdiendo una buena. ¡Claro que el trompazo se lo merece! Por mirar raro a niños que, como yo, tenemos los pies grandes.</p>
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