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	<title>De subir a la montaña me cansoniño &#8211; De subir a la montaña me canso</title>
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	<description>Responsable de Diseño en el Diario Hoy de Extremadura desde 2012. Escritor de relatos breves donde aplico la máxima de la Escuela Postirónica: &#34;Hablar de unas cosas para decir otras&#34; . Soy consciente de mi ignorancia.</description>
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		<title>El bocadillo de jamón contra el principio de incertidumbre</title>
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		<pubDate>Wed, 24 May 2017 15:21:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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<p>La niña con facultades proféticas contrastadas por diversos especialistas del ramo le propone al niño que nunca sabe qué llevará dentro el bocadillo, si Nocilla o pavo, si salchichón o paté de cabracho, adivinar el contenido del mismo, pero al niño que nunca sabe qué llevará dentro el bocadillo, si Nocilla o pavo, si salchichón o paté de cabracho, le gusta paladear esta incertidumbre que sabe que no es tal porque, a poco que rasgue el papel de plata con el que está envuelto, ya huele a Nocilla o a pavo, a salchichón o a paté de cabracho, aunque en esta ocasión, y lo sabe la niña con facultades proféticas contrastadas por diversos especialistas del ramo, se va a llevar una verdadera sorpresa, no de una posibilidad entre cuatro, sino de una quinta que el niño no contempla ni imagina, pues la madre, estirando como buenamente puede lo que da de sí la paguita de viudedad y, todo hay que decirlo, en un rapto de creatividad culinaria, le ha metido entre pan y pan una loncha de jamón serrano, una única loncha perfectamente veteada, con el equilibrio perfecto de tocino y carne, de las buenas de verdad, o sea, impregnando el centro del mollete tierno que bajó a comprar esa misma mañana, y que el niño que nunca sabe qué llevará dentro el bocadillo, si Nocilla o pavo, si salchichón o paté de cabracho, devora hasta que uno de sexto que corre con el balón pegado a los pies lo arrolla y a hacer puñetas el pan, la loncha de jamón y su último diente de leche, diente que la niña con facultades proféticas contrastadas por diversos especialistas del ramo sabía que iba a caer muy cerca de aquel imbornal pero no dentro, nunca dentro, así que adiós ratoncito Pérez para siempre.</p>
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		<title>Semana Santa</title>
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		<pubDate>Sun, 16 Apr 2017 15:19:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2017/04/semanasanta.jpg"><img loading="lazy" class="aligncenter size-full wp-image-1081" title="semanasanta" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2017/04/semanasanta.jpg" alt="" width="624" height="468" /></a>El niño que no tenía nada que perder le dice a la niña que abunda en razonamientos obtusos, que está perdidamente enamorado de su hermana mayor, a lo que la niña que abunda en razonamientos obtusos le responde que le parece muy bien, pero que su hermana mayor tiene novio formal y que ella, hasta el momento presente, tiene una idea poco aproximada de lo que es el amor, si es que el amor existe, y no es una invención del hombre, igual que lo fue en su momento Dios muy probablemente, a tenor de que nunca hace nada, aunque ella no le ha pedido nada ni a Dios ni a sus padres porque tiene un tito que es rico. Por supuesto, el niño que no tenía nada que perder no tiene juicio a este respecto y, en lugar de decirle esto —que no sabe qué decirle—, se encoge de hombros y, aunque es cierto que no tiene nada que perder, prefiere hacer mutis por si la hermana mayor se arrepiente o se cansa del novio formal, y se va sorteando como puede las vallas que el consistorio ha repartido por toda la ciudad para evitar que entre el público asistente salte algún graciosillo por bulerías —siempre hay alguno, no falla— frente al Cristo Negro y el periódico abra mañana con el titular &#8220;Una avalancha humana provoca un muerto y varios contusionados frente a la catedral&#8221;, a lo que la niña que abunda en razonamientos obtusos hubiese puesto reparos como casi siempre, obvio.</p>
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		<title>El niño de los finales atroces</title>
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		<pubDate>Mon, 30 Jan 2017 18:29:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2017/01/atroz.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-1059" title="atroz" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2017/01/atroz.jpg" alt="" width="482" height="686" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2017/01/atroz.jpg 482w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2017/01/atroz-211x300.jpg 211w" sizes="(max-width: 482px) 100vw, 482px" /></a></p>
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<p><em>Respecto a la primera pregunta le diré, más que nada para que me deje en paz, que no hay nada comparable para el ego de un hombre como lo de verse recompensado por el más alto nivel, aún sabiendo que lo máximo que ha hecho la más alta autoridad es mandar a unos pobres infelices a una muerte segura, porque me juego el pescuezo a que eso lo sabían, tan tontos no son, que los enviaban a una muerte segura, claro, muertes que se hubieran evitado si el alto comisionado se hubiera encargado del asunto, pero no fue el caso ese día, qué mala pata, así que, como están las cosas, nadie querrá recordar el final horrible que tuvieron aquellos hombres ni, por supuesto, la incompetencia de generales, coroneles y demás autoridades que jamás han pisado un campo de batalla y que por ésta y otras razones, que vendría de perlas enumerar, conste, serán bien recompensados por las instancias militares y civiles pertinentes.</em></p>
<p>Tras escribir el final de su novela, el niño de los finales atroces dejó pulsada la tecla correspondiente al punto y la pantalla se lleno de muchos puntos. Tres eran puntos suspensivos, pero tantos puntos, cómo llamarlos. El niño de los finales atroces se reconoció incapaz de solucionar lo de tantos puntos. Eran como soldaditos dispuestos a acabar con todas las páginas que el procesador de textos pudiera generar. Aquellos puntos irían minando el campo de batalla con hordas de cadáveres y avanzarían, imaginó el niño de los finales atroces, hasta formar un montículo de tinta donde el vacío textual sepultaría hasta la última expresión.</p>
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		<title>Cabezas</title>
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		<pubDate>Mon, 26 Sep 2016 16:11:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2016/09/Cabezas.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-1036" title="Cabezas" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2016/09/Cabezas.jpg" alt="" width="472" height="645" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2016/09/Cabezas.jpg 472w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2016/09/Cabezas-220x300.jpg 220w" sizes="(max-width: 472px) 100vw, 472px" /></a></p>
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<p>El niño con cabeza de niña le pide a su mejor amigo, el niño con cabeza de chorlito, que le corte la cabeza y, claro, el niño con cabeza de chorlito se la corta, que para eso se da mucha maña, anda que no. Ahora el niño con cabeza de niña no tiene cabeza; bueno, si que la tiene, pero no la lleva puesta sobre los hombros, sino bajo el sobaco, así que parece que se está paseando con la cabeza de una muñeca rubia, una cosa macabra, se mire por donde se mire. Los niños en el colegio le dicen marica, supone, y supone bien, porque lleva su jeta de niña bajo el brazo, y él, qué duda cabe, no puede cagarse a gusto en las familias de estos niñatos de mierda, más que nada porque donde antes estaba la boca no hay nada y ningún insulto puede salir de ella. El niño que antes tenía una cabeza de niña por cabeza trata de ajustarse la cabeza de nuevo para poder ciscarse en los muertos de los niños y también porque entiende que es la única forma de engullir bocado, pues hambre tiene desde hace rato. Tras fracasar muchas veces intentando sujetar la cabeza al cuello cercenado, ha decidido echarse la sopa, como quien dice, por la espalda, que algo caerá dentro, y los tropezones de pollo y pan frito serán bienvenidos. Su amigo, el niño con cabeza de chorlito, no ha vuelto a tener noticias de su amigo, el niño con cabeza de niña, pero tampoco es que lo eche mucho de menos, la verdad, aunque se cruza con un niño sin cabeza que, bajo el sobaco, atesora una cabeza de niña rubia preciosa que al niño con cabeza de chorlito le gustaría chutar por los aires y gritar gol y gol y gol.</p>
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		<title>Juventud sin Dios</title>
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		<pubDate>Mon, 28 Mar 2016 17:00:32 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[El hombre monta en la bicicleta y se pega un trompazo de manual nada más salir de su jardín. Unos niños que han observado toda la secuencia —y que lo vieron venir, todo hay que decirlo—, se empiezan a descojonar mientras el hombre se convulsiona en el suelo. Como las convulsiones van a menos conforme [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2016/03/JuventudFB.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-1024" title="JuventudFB" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2016/03/JuventudFB.jpg" alt="" width="680" height="466" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2016/03/JuventudFB.jpg 680w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2016/03/JuventudFB-300x206.jpg 300w" sizes="(max-width: 680px) 100vw, 680px" /></a></p>
<p>El hombre monta en la bicicleta y se pega un trompazo de manual nada más salir de su jardín.<br />
Unos niños que han observado toda la secuencia —y que lo vieron venir, todo hay que decirlo—, se empiezan a descojonar mientras el hombre se convulsiona en el suelo.<br />
Como las convulsiones van a menos conforme se suceden los segundos, los niños se van desentendiendo del hombre y se ponen a jugar con el balón, que es lo que les apetece y las novedades duran lo que duran.<br />
El hombre no lo sabe, pero le quedan 36 segundos para morirse.<br />
Hubiese bastado un bolígrafo en la tráquea, un estudiante de medicina, una enfermera del montón, un aprendiz de churrero, un oficial de primera.<br />
El duro balón de reglamento lanzado hacia una escuadra imaginaria le da en la cocorota al hombre, que no dice nada porque han pasado ya los 36 segundos.<br />
Uno de los niños —el más flaco, un zagal eléctrico de tez cenicienta— le advierte a otro niño —más entrado en carnes, con los codos rebosantes de arañazos— que darle al vecino no otorga puntos extras.<br />
Por si acaso, el niño seboso le da otro balonazo en el melón al hombre y suena toc.<br />
Un niño despistado aulla gol.</p>
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		<title>El ansia</title>
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		<pubDate>Fri, 28 Aug 2015 10:27:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Canturreando como un minion, el niño se percató de que no había merendado a su hora y tuvo la ocurrencia de pedírselo a su hermana, que tampoco había merendado pero que estaba a plan y lo mismo le daba. La hermana le dijo que las cosas de comer estaban en la cocina y el niño [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2015/08/Cereales.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-973" title="Cereales" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2015/08/Cereales.jpg" alt="" width="567" height="399" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2015/08/Cereales.jpg 567w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2015/08/Cereales-300x211.jpg 300w" sizes="(max-width: 567px) 100vw, 567px" /></a>Canturreando como un minion, el niño se percató de que no había merendado a su hora y tuvo la ocurrencia de pedírselo a su hermana, que tampoco había merendado pero que estaba a plan y lo mismo le daba.<br />
La hermana le dijo que las cosas de comer estaban en la cocina y el niño le dijo que no llegaba a las alacenas, que colaborase, que lo iban a castigar por no merendar, pero la hermana, que no tenía compasión cuando se trataba del trasto de su hermano, le gritó que no y que no, que te ayude otra, así que el niño se subió a la encimera, se colgó del tirador de la puerta, tiró de ella y a tomar por saco las cajas de cereales, las galletas, una mariposa atolondrada que salió de la bolsa de avena del padre. Luego el niño se puso de rodillas en el suelo y fue metiendo los <em>corn flakes</em> uno a uno en la caja. Cuando terminó, se sentó en el suelo y se fue zampando las galletas que no se habían salvado, que eran la mayoría y, obviamente, se atoró con tanta masa, y le pidió a la hermana un vaso de agua, por favor, pero la hermana estaba un dos un dos en su habitación con los videos de zumba o algo peor y pasó lo que tenía que pasar.</p>
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		<title>La retranca educativa</title>
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		<pubDate>Fri, 21 Aug 2015 11:18:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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<p>El niño le pregunta a su madre qué es un epitema y la madre le dice que un epitema consiste en el resumen de una obra extensa en el que se exponen las ideas o las nociones fundamentales del tema que trata esta. El niño asiente y se marcha al patio a jugar con sus coches en el parking construido con arena de playa que le hizo el padre con el bulldozer. Cuando se cansa de jugar con los coches, se acerca a la madre, que está poniendo una lavadora, y le pregunta qué es un anatema. La madre, sin dejar de separar la ropa blanca de la de color, le explica que un anatema es la excomunión o exclusión de una persona católica de su comunidad religiosa y, por consiguiente, de la posibilidad de recibir los sacramentos, dictada por la autoridad eclesiástica competente. Luego le recuerda a su hijo que tiene que tomarse la infusión de cardamomo, que son unas hierbas perennes de la familia de las <em>Zingiberaceae</em> —y aquí se detiene para ver la reacción de su hijo, que la mira con los ojos muy abiertos, pero no dice nada—, y pueden alcanzar hasta cuatro metros de altura. Del cardamomo solo se utilizan las semillas. La planta fue empleada por primera vez hacia el año 700 en la India meridional. Se importó a Europa hacia el 1200. Es oriunda de las selvas tropicales de India meridional, Sri Lanka, Malasia y Sumatra, y en la actualidad se cultiva también en Nepal, Tailandia y América Central, siendo Guatemala el mayor productor mundial. Tras esta implacable explicación, la madre, por supuesto, queda exhausta pero satisfecha, y le reconforta, cómo no, que su hijo siga mirándola con sus ojos bien abiertos, aunque el niño está pensando que cuando venga el padre le va a pedir la desbrozadora para quitar la fusca que crece de manera imparable en los límites de la cerca del jardín.<br />
Cuando crezca, al niño, que ya será un adolescente, le explicará su madre que hacer la puñeta significa molestar o hacer daño a una persona con palabras o acciones, si bien tendría que explicarle, antes o después, que la palabra puñeta se refiere a un adorno de bordados y puntillas que se pone en la parte que rodea la muñeca en la manga de una toga. Y también deberá puntualizar ante los tutores del muchacho que su hijo es un puñetero, es decir, que es una personita que molesta y que está cargada de puñetas y manías, de ahí la explicación, dirá. Los tutores del niño, probablemente, sospecharán que en sus sabias palabras hay una intención oculta o disimulada, es decir, que van con retranca, como coloquialmente se refieren a esta forma de expresarse, y sirva de ejemplo esta oración: &#8220;Nada que comentar, por supuesto, sobre la pretendida apuesta que desembocó en el matrimonio con la princesa y menos aún de otros argumentos con retranca con los que la iglesia ha deslegitimado su enlace&#8221;. Y la madre, sospechando que los tiros van por ahí —otra expresión que tendrá que explicarle a su hijo cuando salga a colación—, o sea, que los tutores están dándole vueltas a la retranca, les advertirá que la primera acepción de la palabra retranca es la de correa ancha parecida a un agarre que sujeta la silla de las caballerías.</p>
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		<title>El verano se acaba</title>
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		<pubDate>Thu, 09 Apr 2015 09:58:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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<p>Estoy sentado en el columpio bajo los manzanos, dejando que mis pies descalzos rocen el césped. Puede que hoy vengan a recogerme, aunque mi padre dice que no me haga ilusiones. Que vendrán si quieren. Que nadie les obliga. Mis pies descalzos rozan el césped y yo espero. Apenas siento el cosquilleo del césped porque siempre voy descalzo y las plantas de los pies se me han endurecido. El verano se está acabando y pronto comenzarán las clases. La verdad es que estoy cansado de este columpio y de que los días pasen y al despertarme sea otra vez el mismo día. Mi padre me dice que vaya con él a pescar, aunque sabe que odio pescar. Mi padre se sienta y se pone a leer mientras esperamos que algún barbo común pique el anzuelo. Casi siempre volvemos con la cesta vacía y sin nada extraordinario que contar. Mi padre también me dice que hay un montón de libros y revistas que se han ido acumulando en la casa y que no se decide a tirar. Que podría echarles un vistazo. O hacer una hoguera.<br />
La sombra bajo los manzanos hace soportable el calor a esta hora. Por las noches hasta hace un poco de rasca y es agradable taparse con las sábanas.<br />
Una camioneta cruza el horizonte y cerca del vallado unos excursionistas de la tercera edad se detienen para consultar un mapa que acaban de comprar en la gasolinera. Probablemente pasaré otra tarde solo y sentado en este columpio que se estrecha cada año.<br />
La abuela me llama para que desayune, pero yo no tengo hambre. Le grito que no tengo hambre. Que ya comeré. Que no se preocupe. La imagino sentada en el tresillo. Las persianas bajadas casi del todo para que no entre el calor, que es como un gato que se te acurruca en el regazo cuando no quieres saber nada del gato.<br />
Los ojos cerrados de mi abuela. No sabes si duerme. A lo mejor se muere.<br />
Me bajo de columpio y me acerco al camino pedregoso, dejando atrás el aroma del césped que cortó mi padre al amanecer. Me agacho para recoger un montoncito de piedras. Los excursionistas discuten sobre qué ruta seguir. Les diría que no cojan el sendero convenientemente indicado. Que no merece la pena, aunque no les digo nada porque veo que ya vienen a recogerme y les arrojo el montoncito de piedras.</p>
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		<title>El niño vestido de hombre</title>
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		<pubDate>Mon, 09 Mar 2015 11:00:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2015/02/NiñoFB.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-916" title="NiñoFB" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2015/02/NiñoFB.jpg" alt="" width="454" height="628" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2015/02/NiñoFB.jpg 454w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2015/02/NiñoFB-217x300.jpg 217w" sizes="(max-width: 454px) 100vw, 454px" /></a></p>
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<p>El niño había perdido toda esperanza de encontrar el camino de vuelta. Su madre le había advertido, mientras tendía la ropa en el patio, que se perdería. Claro que el niño esto no lo escuchó. Estaba más pendiente de encontrarse a sí mismo que de perderse. Si el niño hubiera tomado aquel estrecho sendero, habría visto las luces y a sus hermanos dándose tortazos antes de cenar. La noche apenas había llegado y el niño ya estaba perdido. Se había desorientado cerca del pozo, que no era más que una mancha negra, más negra, incluso, que la noche. Frío no tenía el niño, pero hambre sí. El niño miró a la luna. Parecía de tela y, si no fuera porque estaba muy alta, la habría tocado con su manita. No quería llorar el niño porque temía que lo oyese algún monstruo, aunque siempre le decía la madre que los monstruos solo existen en los cuentos, pero el niño había visto alguna vez de lo mucho que eran capaces los mayores y algunos niños. Cerca del pozo estaba la casa, recordaba el niño. Tendría que encontrar el camino solo. Pensó si le oiría antes mamá que el monstruo y no quiso arriesgarse. Su madre le había dicho por la mañana que estaba hecho todo un hombrecito.<br />
El niño miró el fondo negro del pozo. Se podía oír el murmullo del agua subterránea.<br />
Sintió que alguien venía.<br />
Si cerraba los ojos estaría más oscuro que la noche, así que el niño los abrió.<br />
Una sombra se acercaba.<br />
―Venga, niño tonto, vamos a casa —dijo el hermano.<br />
El niño se echó a llorar entonces, mientras se alejaba del pozo negro.<br />
―No le digas a mamá que lloré ahora que soy un hombre—dijo el niño.<br />
El hermano no le respondió y el niño recibió agradecido el coscorrón que le daba.</p>
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		<title>imagen, Lectura de una</title>
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		<pubDate>Mon, 15 Dec 2014 12:52:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/12/Lavadora.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-879" title="Lavadora" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/12/Lavadora.jpg" alt="" width="624" height="493" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/12/Lavadora.jpg 624w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/12/Lavadora-300x237.jpg 300w" sizes="(max-width: 624px) 100vw, 624px" /></a></p>
<p>Hace tiempo que no escribo. Aunque he estado leyendo a Gombrowicz, a David Foster Wallace y ahora un ensayo sobre <em>True Detective</em>, donde se incluyen relatos de H. P. Lovecraft, Friedrich Nietzsche, Dashiell Hammett y Arthur Schopenhauer, entre otros. Y el asunto no queda ahí. Pendientes están <em>Las palmeras salvajes</em> de Faulkner y <em>El hombre del castillo</em>, obra del autor de la novela que inspiró <em>Blade Runner</em> y que la pereza me impide buscar en Google. También puede que caiga, a modo de desengrasante, algún tebeo, aunque estoy de superhéroes bastante cansado. Miento, tampoco lo estoy tanto tras visionar la macarrada de <em>Los Guardianes de la Galaxia</em>. O sea, que ocupado estoy. Y luego están las tareas de los niños, el gimnasio, comer, relacionarse (poco), dormir, perder el tiempo en Facebook (no siempre), ojear alguna revista, ponerse un disco de este año, capturar el momento (en fotografía, si es posible), echar aceite al coche, madurar, no desesperar, convertir a MPG4 el AVI del video donde éramos mucho más jóvenes, y la ilustradora, Carmen, que me escribe vía email que no le haga &#8216;escrache&#8217;, que me ha mandado una ilustración para otro cuento (siempre estoy pidiendo), pero el cuento al que se refiere ya está publicado con su ilustración correspondiente, así que con la ilustración que me ha enviado, me decido a escribir un relato que cuadre con la imagen (un niño que tira de una sábana/prenda grande que se encuentra en una lavadora —a la que hace referencia el relato anterior, que se puede leer a continuación de éste, y no antes—).</p>
<p>No voy a mentirles (a ti sí, Carmen) y voy a tirar de oficio para que este relato no se desinfle. Como les contaba, hace tiempo que no escribo. Y para ser completamente sincero he enumerado una serie de actividades/razones/compromisos (relacionados con la supervivencia o no) que me parecen más que suficientes para explicar porque me hallo en el dique seco (nota mental: <em>Barton Fink</em>, hermanos Coen, revisión). Por supuesto, tampoco me ha venido la inspiración mientras disfrutaba de unas costillas al horno ni mientras regañaba por decimoquinta vez a mi hijo o cuando, sentado en el inodoro, me dedicaba a terminar un puzzle en el <em>iPad</em>. Se me han ocurrido muchas otras cosas. Emigrar. Salir a comprar tabaco. No volver. Y así. Menos ponerme a escribir, un poco de todo. También se me ha pasado por la cabeza cambiar de trabajo para tener más tiempo. Supongo que más tiempo para buscar otro trabajo, claro. Pero no cuela. Soy tonto lo justo y los milagros no suceden así como así o no suceden en absoluto. Que ahora Carmen me reenvíe una ilustración es de agradecer, pero me coge a la inspiración con la guardia baja, aunque no me amedrento, pues de hecho estoy escribiendo.</p>
<p>Leo un tuit sobre el plátano de Monago y no lo marco como favorito porque estoy de política (o como se diga) hasta la coronilla (hasta los cojones, hablando cristalino). Pujol desaparecido, la infanta diciendo buenos días con cara de campurriana (sí, como la galleta) a la prensa, en el <em>Rockdelux</em> escriben un especial sobre series televisivas más bien flojucho, la niña se va a quedar sin Reyes porque no sabe comportarse y la hemos tenido que borrar de inglés porque ni comía ni dejaba comer (<em>El perro del hortelano</em> —sic—), el Madrid campeón de Liga (supongo), la jeta de Cospedal, el brazo hidráulico del mazas del gimnasio (envidia, dieta protéica, nada de hidratos despues de las siete), <em>Blue Ruin</em>, sorpresa cinéfila del año (hasta que la destrone otra sorpresa), maquetar la guía gastronómica, que pase el visto bueno, que no lo pase, que sí que no, una manguera para apagar el fuego, decidirse a correr como un <em>runner</em> o correr cuando apetezca (pocas, pocas), acordarse de terminar el cuento con las ocurrencias de mi hijo, qué rico cuando quiere, para que Carmen pueda dibujar (más dibujos) y poner la lavadora, por supuesto, poner la lavadora para que el niño tenga su cuento mientras oigo crecer a Boris Vian en el centro de mi corazón, un verdadero árbol como en <em>La espuma de los días,</em> y seguir viviendo en la contradicción, en la falta, en algún lugar entre la indecisión y la pereza, en este mundo en escala de grises o azules lavados que me propone la encantadora Carmen, ya ves.</p>
<p>El caso es que no sé por qué este niño que ha pintado Carmen está empeñado en sacar toda la ropa de la lavadora. Me pongo en el lugar de la madre o del padre e imagino la bronca que le va caer. Aunque lo mismo está haciéndolo porque quiere ayudar a la madre o al padre o se lo ha pedido alguno de sus progenitores o su abuela, que está de visita, al ver que el niño quiere echar una mano y no ser un estorbo (lo que es sin necesidad de hacer nada especial) y, como el suelo estaba recién barrido, no teme (quien sea, lo mismo da) que la ropa se ensucie al ser arrastrada por el chiquillo. Sea como fuere, el niño, básicamente, la está liando y a saber qué intención oculta, si es que oculta algo, que puede ser una tontada o un estropicio de los grandes. Nunca lo sabremos.</p>
<p>En cualquier caso, el niño se lo está pasando pipa arrastrando la sábana. Y como va a seguir arrastrándola por siempre jamás porque el dibujo es estático y no forma parte de <em>storyboard</em> alguno, se va a quedar toda la vida pasándoselo bien y yo envidiándole, por supuesto. Aunque también pudiera estar cabreado (esas líneas más oscuras en la barbilla del niño, Carmen) y está liándola con la manta o la sábana o el edredón porque se le perdió un juguete y teme que su madre o su padre se lo hayan lavado. Desde luego, lo que el niño del dibujo no sabe (o sí, pero esto tampoco hay forma de comprobarlo) es que la manta o la sábana o el edredón jamás van a salir por completo del tambor de la lavadora y no va a haber forma de comprobar si su <em>Transformer</em> o su <em>Spiderman</em> de tela se han ahogado.</p>
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