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	<title>De subir a la montaña me cansopadre &#8211; De subir a la montaña me canso</title>
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	<description>Responsable de Diseño en el Diario Hoy de Extremadura desde 2012. Escritor de relatos breves donde aplico la máxima de la Escuela Postirónica: &#34;Hablar de unas cosas para decir otras&#34; . Soy consciente de mi ignorancia.</description>
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		<title>El verano se acaba</title>
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		<pubDate>Thu, 09 Apr 2015 09:58:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2015/04/El_verano_se_acaba.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-925" title="El_verano_se_acaba" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2015/04/El_verano_se_acaba.jpg" alt="" width="454" height="632" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2015/04/El_verano_se_acaba.jpg 454w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2015/04/El_verano_se_acaba-216x300.jpg 216w" sizes="(max-width: 454px) 100vw, 454px" /></a></p>
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<p>Estoy sentado en el columpio bajo los manzanos, dejando que mis pies descalzos rocen el césped. Puede que hoy vengan a recogerme, aunque mi padre dice que no me haga ilusiones. Que vendrán si quieren. Que nadie les obliga. Mis pies descalzos rozan el césped y yo espero. Apenas siento el cosquilleo del césped porque siempre voy descalzo y las plantas de los pies se me han endurecido. El verano se está acabando y pronto comenzarán las clases. La verdad es que estoy cansado de este columpio y de que los días pasen y al despertarme sea otra vez el mismo día. Mi padre me dice que vaya con él a pescar, aunque sabe que odio pescar. Mi padre se sienta y se pone a leer mientras esperamos que algún barbo común pique el anzuelo. Casi siempre volvemos con la cesta vacía y sin nada extraordinario que contar. Mi padre también me dice que hay un montón de libros y revistas que se han ido acumulando en la casa y que no se decide a tirar. Que podría echarles un vistazo. O hacer una hoguera.<br />
La sombra bajo los manzanos hace soportable el calor a esta hora. Por las noches hasta hace un poco de rasca y es agradable taparse con las sábanas.<br />
Una camioneta cruza el horizonte y cerca del vallado unos excursionistas de la tercera edad se detienen para consultar un mapa que acaban de comprar en la gasolinera. Probablemente pasaré otra tarde solo y sentado en este columpio que se estrecha cada año.<br />
La abuela me llama para que desayune, pero yo no tengo hambre. Le grito que no tengo hambre. Que ya comeré. Que no se preocupe. La imagino sentada en el tresillo. Las persianas bajadas casi del todo para que no entre el calor, que es como un gato que se te acurruca en el regazo cuando no quieres saber nada del gato.<br />
Los ojos cerrados de mi abuela. No sabes si duerme. A lo mejor se muere.<br />
Me bajo de columpio y me acerco al camino pedregoso, dejando atrás el aroma del césped que cortó mi padre al amanecer. Me agacho para recoger un montoncito de piedras. Los excursionistas discuten sobre qué ruta seguir. Les diría que no cojan el sendero convenientemente indicado. Que no merece la pena, aunque no les digo nada porque veo que ya vienen a recogerme y les arrojo el montoncito de piedras.</p>
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		<title>El empleado del mes</title>
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		<pubDate>Mon, 05 Jan 2015 18:54:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2015/01/el_empleado_del_mes.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-883" title="el_empleado_del_mes" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2015/01/el_empleado_del_mes.jpg" alt="" width="675" height="465" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2015/01/el_empleado_del_mes.jpg 675w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2015/01/el_empleado_del_mes-300x207.jpg 300w" sizes="(max-width: 675px) 100vw, 675px" /></a></p>
<p>He decidido no pisar más la librería Universitas de Badajoz. Les explico. Todo empezó el día que pedí un libro de Zeno creyendo que el título era <em>La conciencia de Svevo</em>, cuando Italo Svevo era su autor. El empleado del mes me miró con ese desprecio con el que miran los que han sido llamados por la senda divina de la sabiduría y se vanaglorian de su saber (si un librero no sabe de libros, ya me dirán) con pose chulesca, y, aunque el hombrecito me buscó el libro, noté que le molestaba, que le jodía tener que tratar con un cliente como yo, que sólo me había limitado a preguntar por un libro (del que tenía una idea muy aproximada de su título original, por cierto), mientras dejaba media docena sobre el mostrador (novelas y cuentos de Vonegut, Gombrowicz, Faulkner, Miguel Ángel Muñoz, entre los que recuerdo) para que mediante una sencilla transacción monetaria el empleado del mes pudiera cobrármelos. No sé si me siguen. Esto ocurrió hace unos meses.</p>
<p>Hace poco fui con mi madre, que buscaba otro libro &#8220;difícil&#8221; y, aunque este señor entendió a la primera a qué autor se refería, se lo hizo deletrear por el gusto de ser desagradable con una señora educadísima, que también iba a hacer buen uso de su tarjeta porque es de las personas que leen libros en papel y los compran. El desprecio del hombrecillo me tocó la fibra sensible adscrita a mis genes paternos (si hubiese sido mi padre les aseguro que esta historia sería muy diferente) y le dije que era un maleducado, un mierda y que le iba a calzar un par de hostias. Obviamente, actué mal y perdí toda credibilidad (ningún argumento es más descalificador que una amenaza física) al pronunciar la palabra &#8220;hostia&#8221;, aunque me consta —y esto no excusa mi comportamiento— que el empleado del mes es así de maleducado con todo el mundo (también tengo mis fuentes), lo que no presupone que se merezca que le diga que lo voy a calzar un par de hostias. Ay, ese mirar despreciativo, como si estuviera amargado de ser librero (una profesión que, al menos idealmente, ya la quisiera desempeñar yo), y si puede reducirte a su tamaño (no sólo a su altura física, tamaño retaco), lo hace. Está claro que no es amable y que le han debido de minar la autoestima desde niño, precisamente porque es pequeñajo, poco cosa. No le estoy pidiendo que me bese o me haga la ola por gastarme los cuartos en su librería (él no es el que manda, claro; lo descubro porque se acerca el jefe para terciar en la discusión), pero se puede ser correcto sin adornos florales. Por supuesto, mi deseo de calzarle un par de hostias no menoscabó mi capacidad para cantarle las cuarenta y decirle a su jefe que con empleados así a mí me había perdido como cliente y, seguramente (estoy completamente convencido), a más de uno. Mira que me extraña que al empleado del mes no le hayan formado una así o peor. Ya les digo que si llega a cruzarse con mi padre, las hostias se las lleva sí o sí o se cae al suelo porque las piernas le flojean. No es que mi padre sea un vikingo de dos metros, pero sus 192 centímetros son un argumento más que suficiente, y depende en qué casos. Repitámoslo: el par de hostias que quise darle invalidó mis explicaciones posteriores. Soy muy consciente de ello, incluso cuando estaba en el mismo ajo, en caliente, pero hay veces que no puedes remediarlo y sigues, a sabiendas de que has perdido la oportunidad de vestirlo de limpio y pedir el libro de reclamaciones, que hubiese sido lo correcto (y más que suficiente). También le espeté que era un mentecato (palabra sublime) y un mentiroso, pues afirmaba haber atendido a mi madre con todo el respeto del mundo (en este punto, mi padre, que lleva muy mal lo de que le mientan cuando sabe perfectamente que le están mintiendo, le hubiese dicho que salieran fuera). Yo, que estaba allí, les puedo asegurar que fue muy antipático y tan despreciativo como les adelanté al principio del relato. Lo que pasa es que el empleado del mes quería quedar bien delante de su jefe que, seguramente, lo tenga calado, y le gustaría que fuese de otra forma (apuesto por ello). Ese levantar la mirada por encima de las gafas de librero que tiene este papafritas, esperando que el estúpido cliente le pida clemencia por haber osado comprar un libro allí, es su marca certificada de capullo integral. Y esta marca es la que me hubiese gustado borrarle de un bofetón. Afortunadamente, no hubo bofetón ni padre en sustitución del hijo (una suerte para el hombrecillo). Además, hubiese sido un poco violento para mis hijos, que iban con su abuela y su padre a buscar unos libros concretos, nada de mirar por mirar y marear al empleado, que puede que cuando salga de la librería —y esto es cosecha propia—, se ponga a releer un libro de amor en el trópico entre un afamado pichabrava y una buenorra sin malas intenciones. Le imagino con sus ojitos muy abiertos, asombrado ante la pormenorizada descripción del acto físico (con esos adjetivos tan de andar por casa que se gastan), mientras pasa las páginas con mano temblorosa ante el esfuerzo que le supone juntar la pe con lo i. Y así.</p>
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		<title>Lobezno nunca sonríe</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Oct 2014 11:00:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/09/IvánFB.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-863" title="IvánFB" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/09/IvánFB.jpg" alt="" width="397" height="779" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/09/IvánFB.jpg 397w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/09/IvánFB-153x300.jpg 153w" sizes="(max-width: 397px) 100vw, 397px" /></a></p>
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<p><em>Esta narración no es un microrrelato, como verá el lector, sino la suma de varios episodios encadenados, cuya suma es igual a un relato breve. Fue escrito hace 15 años y lo recupero con algún fragmento podado y ligeras variaciones, pero su esencia se mantiene intacta. Dice lo que decía hace 15 años, aunque yo hace 15 años no tuviera ni la menor idea de que iba a ser este que soy. Mi afición por lo cómics de superhéroes ha decaído en los últimos años. </em></p>
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<p><strong>Él (I).</strong></p>
<p>La<em> Patrulla X</em> ha muerto.<br />
Iván está destrozado por esta noticia. No sabe que desde que Jim Lee se retiró de la serie otros dibujantes han hecho todo lo posible por alcanzar su estela. Pero nada. El tipo es insuperable.<br />
Iván camina entre la gente y se pregunta cómo pueden estar tan tranquilos. Joder, se trata de la noticia del siglo. Debe existir una conspiración. El asunto se complica si tenemos en cuenta que Mariposa Mental se ha quedado plantada en el altar. Lobezno fumaba uno de esos purazos de Madripur y se reía todo el tiempo. ¡Calla, enano! Júbilo no puede soportar esa risa brutal.<br />
Iván se cansa de andar sin una dirección a la cual ir. Prefiere volver a casa, sumergirse en los<em> Classic X-Men</em>. La saga de <em>Fénix Oscura</em> es su preferida, pierde el seso, no lo comenta con nadie.<br />
La chica le ha seguido todo el tiempo. Por supuesto, Iván lo ha sabido desde el principio. Le recuerda a una diminuta Tormenta.<br />
Se pone a llover. Debe ser obra de la pequeña diosa mutante.<br />
Olvidaste sacar el perro. Que se aguante, con calma, queda un buen porrón hasta casa. Iván no deberías haber salido con un día así. ¿Qué día, qué dices? Sí, claro, tú lo sabías, madre.<br />
El perro estará meneando el rabo, histérico, la vejiga a reventar.<br />
Iván come despacio la cena, sabe que la chica estará esperándole fuera, que no se moverá. Verás, verás.<br />
El profesor Xavier ha metido a Mancha Solar dentro de la Sala de Peligro. Deja el cómic y termínate la ensalada. ¿Por qué le habrá puesto vinagre si sabe que no me gusta con el atún?<br />
Mancha Solar lo está pasando mal de narices. Qué importa cuando los Centinelas son hologramas. ¡Y dale con no terminar las historias! Tendrás que esperar hasta el mes que viene.<br />
Te quedas sin natillas. Sabe que es lo único que siempre me gusta. No digo nada, que se desahogue, sin más, vaciando o llenando el plato de papá.<br />
Iván no se olvida de la chica.<br />
Fuera hace un rato que unos ojos grises contemplan la posibilidad de que la luz de arriba se encienda.<br />
La puerta del cuarto se abre: desorden de colegial para dieciséis años, los de él.</p>
<p><strong>Ella (I).</strong></p>
<p>Pufo es sinónimo de estafa.<br />
Carmen ha encontrado su palabra del día. Hay gente que ofrece una bicicleta hecha con alambres, una pulsera de gomas elásticas, una sonrisa. Carmen sólo palabras.<br />
Tienes una casa repleta de diccionarios de todos los tamaños. Falta el Espasa Calpe. Lo sé, hasta ahí llego, forofa de poemas, calculadora de caligramas.<br />
Carmen cambia escritor por arquitecto, palabra por ladrillo.<br />
El chico sabe que se han fijado en él, por su cara de cansado, andando entre la multitud.<br />
A Carmen le gusta que llueva y saltar sobre los charcos con sus zapatillas de color crema.<br />
Mamá estará sentada, los pies en una palangana con sal, separando las piedrecitas de las lentejas. Carmen no viene hoy porque quedó. Allá no hay nada malo, ¿verdad? La voz invisible del hombre es muy breve.<br />
En la calle pasan unos niños en bicicleta. Le recuerdan a ella. Cuando un día tras otro era un día tras otro.<br />
Carmen estrecha su cuerpo pequeño en el abrigo empapado, se muerde las uñas mordidas, esperando que el chico suba las escaleras y se encierre en su habitación.</p>
<p><strong>Él (II).</strong></p>
<p>Hay cosas que Iván no sabe. No sabe, por ejemplo, que Lee dibujará y guionizará un personaje oscuro y obsesionado llamado <em>Deathblow</em>, que recoge claras influencias de la todopoderosa <em>Sin City</em> de Frank Miller; doce episodios que harán las delicias de sus seguidores: coreografías estilizadas, rostros dibujados con detalle, músculos exagerados aunque proporcionados.<br />
Mamá estará bien cuando Iván se vaya. No sabe, tampoco él, que alguien lo arrebatará para siempre.<br />
¿Para qué crear personajes si el escritor es ya uno?, se pregunta Iván.<br />
Sí, apagaré el equipo de música, se dormirá, me dormiré. Siempre el mismo sueño, viene bajando por el sendero, entre las ramas olor a ángeles.<br />
Despierto cuando Arcángel vacía sus alas metálicas sobre la piel de un mutante negro que se rasga como el papel.<br />
Miro por la ventana: la veo, me ve, así demuestra algo. No para mí. Por mucho que se moje.</p>
<p><strong>Ella (II).</strong></p>
<p>Puede que me canse, cansada me siento, la nube ha dejado de empaparme, ¿por qué llorar?, rodeada de agua salada.<br />
Cuando Carmen tenía seis años un anciano se le acercó en el patio del colegio y le regaló un poemario de Neruda. Carmen comenzó a leerlo en la clase de gimnasia; se sentó sobre el potro de ejercicios y nadie saltó aquella tarde.<br />
“Es tan corto el amor, y tan largo el olvido”, escribe el poeta. No lo entendería. O tal vez sí. Carmen siempre fue precoz, dentro de sus vísceras se hallaba el mapa de todos los sentimientos, el atlas de todas las percepciones.<br />
Había llegado el momento, llamaría a la puerta y le abriría una mujer cansada, bien lo sabía ella; tras el recibidor, difuminado por los cristales ahumados, el reflejo del padre como una nube minúscula.<br />
Sí, está dormido, puede que despertándole&#8230;<br />
Tengo la sensación de que soñé antes esto, los rostros me observan desconcertados, oyendo sus voces parece que soy alguna clase de enemigo.<br />
La puerta de arriba ha sido abierta, calzado de niño en pies de hombre van calmados al ruido.</p>
<p><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/09/CarmenFB.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-864" title="CarmenFB" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/09/CarmenFB.jpg" alt="" width="397" height="764" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/09/CarmenFB.jpg 397w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/09/CarmenFB-156x300.jpg 156w" sizes="(max-width: 397px) 100vw, 397px" /></a></p>
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<p><strong>Ella y él (I).</strong></p>
<p>Yo seré tu calambur, le dice él. Tú serás el astrolabio de mis emociones y te columpiarás dentro de mí, le dice ella.<br />
¿A qué viniste?, pregunta él. Vine a por ti, siempre que me dejes, le contesta ella.<br />
Ambos se recuerdan en un sueño recíproco, bajo los focos de un teatro, las decisiones del público los envuelven como el vilano a la semilla y ambos son transportados a paraísos distintos.<br />
Yo ya no quiero irme. Nunca me quise marchar, se apresura Iván.<br />
Al principio Iván era tan tímido que siempre escondía sus ojos bajo unas débiles gafas de sol. Carmen, sin embargo, no tuvo tiempo de reconocerse en su timidez: Carmen, antes el Kafka real, contemplaba su mundo irracional y trataba de descifrarlo mediante un lenguaje coherente y nítido. Por eso, nada la cogía de sorpresa. Las palabras de los otros&#8230; Cualquiera que fuese la combinación elegida, ella la conocía. Hasta que coincidió con Iván.<br />
Iván era distinto. Le gustaba bailar la guaracha, poco tiempo, nomás para que te rías. Entonces, ella, la Carmen del pasado, alegraba el rostro.<br />
Siempre me decías&#8230; ¿qué me decías? Sí, era algo así como&#8230; Carmen no recuerda. Ni siquiera lo exacto. Tantas palabras, reina de los libros, y no recuerdas, se lamenta Iván.</p>
<p><strong>Él (III).</strong></p>
<p>Sí, una edad difícil: la de Iván.<br />
Iván está en el patio con otros chicos de su misma edad. No les presta atención. Lee le distrae.<br />
Mira, es la chica de quien te hablé. Iván tarda un poco en percibir que se dirigen a él. ¿Qué? Otro chico se lo repite. ¿Quién?<br />
Los ojos de Iván, redondos y grandes, auscultan a la chica con precisión. Desde la distancia parece una ninfa, al menos como él imagina que es una ninfa. Le tocan el hombro. Sólo le faltan las alas, ¿verdad? Desde dentro oyen un sí, ya lo creo.<br />
Iván se acerca a ella y le confiesa que jamás había visto a una ninfa fuera de los bosques.<br />
La chica sonríe. Su nombre es Carmen.</p>
<p><strong>Ella (III).</strong></p>
<p>Otro colegio. Te gustará, confía en ello. Carmen sabe que no es verdad.<br />
Camino en círculos. El patio está atestado de gente que me observa.<br />
Lo escribió Ernesto Sábato y lo habrán escrito otros tantos literatos: “Siento vergüenza porque me observan y eso prueba no sólo mi propia existencia sino la existencia de otros seres como yo”.<br />
El grupo de chicos que hay al final de la pista de baloncesto se ha fijado en ella. Cuando el chico delgado con cara de enfermo se acerca a Carmen, ella agarra su carpeta con fuerza aplastando sus senos pequeños.<br />
Esos ojos inmensos que la observan recortan a Carmen del fondo. Ahora ella es un recortable tridimensional que se mueve a cámara lenta.<br />
Me llamo Carmen.</p>
<p><strong>Ella y él (II).</strong></p>
<p>Sólo lo semejante conoce a lo semejante.<br />
He estado observándote. ¿Ves a ese chico de allí? Sí. Se ha fijado en ti. Y yo le doy las gracias por hallarte, le informa él.<br />
Ahora que la ha encontrado sabe que no podrá separarse de ella. Porque no hay otra manera de alcanzar la eternidad que ahondando en el instante.<br />
Me gustan las canciones que hablan de sirenas, le dice ella.<br />
Un tipo de la mitología casi la palma si no lo hubieran  atado al mástil de su barco. Por lo de sus cantos, los de las sirenas, le explica él.<br />
El tipo se llamaba Ulises, sonríe Carmen.</p>
<p><strong>Ella (IV).</strong></p>
<p>Ataraxia: estado de ánimo imperturbable. Se trata de la segunda palabra del día. Hoy toca aprender palabras por partida doble. Carmen estuvo toda su vida acosada por esa palabra que ahora conoce; nada se escapa para siempre, sólo se zafa aquello que puede volver al lugar del que partió: así es Iván.<br />
Carmen podría ensayar otros destinos, distintos de los que ella sabía únicos posibles, al igual que el escritor capaz de regresar victorioso o no de la locura, pero que finalmente regresa.</p>
<p><strong>Ella y él (III).</strong></p>
<p>Iván espera paciente hace un rato. No tiene de qué preocuparse. <em>El Vigilante de las Estrellas</em> de Moebius acompaña su espera.<br />
Por ahí llega. Está preciosa. Y sólo me quiere a mí.<br />
A Carmen le agrada que él se fije en ella de la forma en que lo hace. Al mirarme me demuestras que me amas, susurra para sí Carmen.<br />
Iván no necesitará tocarla esta vez.</p>
<p><strong>Ella (V).</strong></p>
<p>Siente la mano de él en su hombro. Le molesta esa mano, pero ella sabe que es lo que ha deseado, desde que lo seguía a pocos metros.<br />
Ha dejado de llover y sus zapatos están mojados.<br />
Chapoteé demasiado, piensa.<br />
Carmen conoce el aliento sobre su nuca.</p>
<p><strong>Ella y él (IV).</strong></p>
<p>Mientras la besa, una silueta de luz enciende apresurada un armario del recuerdo: “La metáfora es el único modo que tiene el hombre de expresar el mundo subjetivo, pero a los hombres concretos no les sirve este lenguaje”.<br />
Ha leído esto en alguna parte. Sábato, tal vez, el escritor favorito de ella.<br />
Iván mueve los labios por última vez, su figura se desliza sin preocuparse de la sombra que aplasta.<br />
Te quiero desde donde puedo abrazarte, exhala.<br />
Un cómic se desliza por el abrigo de él. En la portada, Lobezno se ríe o, más bien, se lamenta, está cabreado, no sabe&#8230;<br />
Lo cierto es que Carmen nunca entendió mucho de esto.</p>
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		<title>En el nombre del hijo</title>
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		<pubDate>Wed, 06 Aug 2014 17:05:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 30px;"><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/06/MaloneFB.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-full wp-image-823" title="MaloneFB" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2014/06/MaloneFB.jpg" alt="" width="595" height="456" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/06/MaloneFB.jpg 595w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2014/06/MaloneFB-300x230.jpg 300w" sizes="(max-width: 595px) 100vw, 595px" /></a></p>
<p style="padding-left: 30px;">Malone recorrió con los dedos untados de mugre los libros de la biblioteca. Altas estanterías le observaban.<br />
En silencio, Malone sopesó el peso del libro. Servirá, se dijo. Recordó lo que le decía su profesor. Aquello de que la letra con sangre entra. No era lo mismo, lo sabía, pero le hizo sonreír.<br />
El hombre a sus pies se tapaba la cara con las manos sin decir nada, ni un murmullo lastimero. Malone le golpeó con el libro. Le pegaba tan fuerte que la sangre le alcanzaba el rostro. A falta de un buen cinturón de cuero, pedazo de mierda, le esputó Malone. Luego derribó las estanterías y saltó sobre el cuerpo inerte del hombre que una vez había sido su padre. Recordó, entonces, las palabras de su padre cuando todavía era su padre: “No te vayas sin decirme adiós”.<br />
Adiós, padre.<br />
Malone se alejó por el pasillo hasta que desapareció en la claridad del nuevo día.</p>
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		<title>Elmer Pat Kitty Clark Winston Liz</title>
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		<pubDate>Fri, 30 Aug 2013 10:15:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 30px;"><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/08/tazass.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft  wp-image-634" title="tazass" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/08/tazass.jpg" alt="" width="601" height="988" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2013/08/tazass.jpg 567w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2013/08/tazass-183x300.jpg 183w" sizes="(max-width: 601px) 100vw, 601px" /></a></p>
<p style="padding-left: 30px;">La fecundación in vitro dio como resultado una chiquillería excesiva se mirase por donde se mirase. Cuando Elmer no estaba encima de Pat era Kitty la que estaba sobre Clark y no había forma de que Winston y Liz se quedasen dentro del perímetro de seguridad. Aunque eso no era todo. O no era lo más importante. Eran muchos, sí. Eran ruidosos. Y unos cafres.<br />
La mamá pronto desarrolló una dependencia estrechísima con psicólogos de todo el mundo vía chat, email y hasta postales desde el trópico. El padre, por su parte, hizo turnos dobles y triples y hasta se atrevió con el cuádruple salto con tirabuzones en su trabajo de escapista.<br />
Aunque ninguno de los progenitores se ha desentendido, a día de hoy, de Elmer Pat Kitty Clark Winston Liz, han descubierto que chillar, chillar mucho, aunque no evita que esta chiquillería la líe parda, los deja mansos.</p>
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		<title>Freud nunca durmió solo</title>
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		<pubDate>Fri, 14 Jun 2013 16:02:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 30px;"><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/06/a-pierna-suelta.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-582" title="a pierna suelta" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/06/a-pierna-suelta.jpg" alt="" width="620" height="365" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2013/06/a-pierna-suelta.jpg 620w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2013/06/a-pierna-suelta-300x177.jpg 300w" sizes="(max-width: 620px) 100vw, 620px" /></a></p>
<p style="padding-left: 30px;">El psicólogo reprende a la madre por haber perdido los estribos. La madre arguye que el hijo, aunque es suyo, eso nadie se lo discute, es una mala influencia para el padre, al que le ha dado por jugar con los playmobil nada más llegar del trabajo y al que hay que pedirle, rogarle que deje de jugar y se siente en la mesa para almorzar. Con reticencias, la cabeza hacia un lado, la lengua colgando del labio inferior, en un gesto que ella reconoce en su hijo y que significa que te den, el padre se sienta en la mesa y ella le pregunta si se ha lavado las manos, cosa que no ha hecho, por supuesto, y entonces se arma un follón para persuadirle de que si no se lava las manos no come. Obviando el hecho de que el menú diario se ha empobrecido cualitativamente, pues solo se puede servir arroz con tomate, huevos fritos, salchichas, filetes de pollo finísimos empanados, algún gallito ocasional sin espinas y, por supuesto, papas fritas, hay que cortarle al padre los filetes en piezas pequeñas para que no se atragante y recordarle continuamente que tiene que beber agua para que el bolo baje. Cuando llega el postre, como estamos en verano, helado; y si no hay helado, nada. La fruta ni probarla, a pesar de que ella se esmera en la presentación de unas coloridas fuentes con trozos de mango en forma de escudos del Capitán América, cerezas deshuesadas, fresones, moras, melón en cuadritos, plátanos en tiras y alguna fruta de temporada (leyó en un blog de autor que a los niños les entra la comida con colores vivos por los ojos, lo que no significa que les entre necesariamente por la boca). Cuando acaba la comida, el padre se encierra en el baño y caga. Luego sale en calzoncillos con alguna revista de videojuegos en la mano o el <em>ipad</em> o el <em>Cinemanía</em> o todo junto, se pone el traje que ha dejado hecho un gurruño sobre la cama del dormitorio y ella le coloca bien el nudo de la corbata antes de que salga por la puerta. Así que, con la esperanza de que el padre cuando vuelva del trabajo a las once de la noche, se comporte como lo que era, un buen padre celoso de su intimidad, ella le prepara todas las noches una cena exquisita con variedades de <em>sushi</em>, pollo al estilo hindú y pinchos variados que aprendió en un curso online de cocina mediterránea, delicias culinarias que el padre siempre rechaza porque prefiere beber del cartón de leche mientras se apoya en el frigorífico con la puerta abierta, para que le dé el frequito en los genitales, y tomarse un bocadillo de salami antes de irse a la cama.<br />
Hasta aquí, pase.<br />
El problema es que todas las noches desde que al marido le dio por jugar con los playmobil imitando a su hijo, y una cosa llevó a la otra, la despierta el padre porque ha mojado las sábanas o bien está llorando desconsoladamente porque hay un monstruo debajo de su cama. Entonces ella se agacha y mira debajo de la cama y, aparte de pelusas, extremidades de muñecos arrancadas y un cochecito verde, no ve monstruos que valgan, y así se lo dice al padre. Luego, se encaja al estilo <em>Tetris</em> con el padre en la cama de ochenta y le hace caricias en la barba hasta que se duerme. Ella vuelve a la cama de uno cincuenta cuando por fin se ha dormido el padre y estira las piernas en la cama y descubre lo bien que se está en la cama, toda la cama para mí, por eso la reprende el psicólogo. Que quiera toda la cama para ella significa que ha tenido una infancia desdichada y que se está vengando así del padre, de su progenitor, el abuelo de su hijo, que, a diferencia de los que cree el psicólogo, era encantador y un señor como Dios manda, con ideas conservadoras, sí, pero no se le hubiera ocurrido jugar con los juguetes de ella o de alguno de sus hermanos. El psicólogo le dice que ella es muy egoísta y que algo tiene que cambiar si quiere que la situación mejore, poner un poco de su parte, le dice, que tampoco cuesta tanto, y olvidarse del pasado, pasar página, cerrar un capítulo, y ella baja la cabeza y asiente mientras se arranca con la uña una postillita que tiene en la rodilla.</p>
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		<title>Todo el oro del mundo</title>
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		<pubDate>Fri, 22 Jun 2012 21:37:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 30px;"><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2012/06/todo-el-oro.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-293" title="todo el oro" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2012/06/todo-el-oro.jpg" alt="" width="620" height="662" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2012/06/todo-el-oro.jpg 620w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2012/06/todo-el-oro-281x300.jpg 281w" sizes="(max-width: 620px) 100vw, 620px" /></a></p>
<p style="padding-left: 30px;">Al niño le gustan los cuentos. Pero le gustan los cuentos así, rapiditos, que no se abunde en los detalles. Porque el niño tiene que dormir sus nueve horas y no permite que estas ficciones, más o menos elaboradas por su madre la mayoría de las veces, a partir de cuentos populares que han sobrevivido generación tras generación, le quiten el sueño. La madre, por supuesto, se pierde en los detalles que nada aportan al desarrollo de la acción y el niño la manda a hacer puñetas. En cambio, cuando el padre le lee un cuento cumple con exactitud lo que demanda el niño, más que nada porque llega a las tantas y se quiere desprender del cuento y del niño lo antes posible, aun a riesgo de que le reprenda la psicoterapeuta. Así que cuando el niño se hace mayor y tiene que contarles un cuento a sus padres -de dónde y con quién estuvo anoche-, elabora un breve discurso que improvisa allí mismo mientras en la tele repiten por vigésimosexta vez el capítulo donde Tito, que está llorando desconsoladamente, anuncia que ha muerto Chanquete. La madre, sorprendida no por la muerte de Chanquete, sino por las palabras del niño, que ya no es tan niño, aunque se empeña en tratarlo como tal, procesa cada palabra como si cada una fuese una muñequita rusa, lo que imposibilita que siga el hilo del cuento del niño que, por supuesto, el padre no se cree, pues hay contradicciones y hasta imposibilidades lógicas, como la de que estuvo físicamente presente en dos sitios a la misma hora, lo que supondría que su hijo es Dios, algo que el padre desecha no por ateo sino por sentido común. El niño, que siempre tiene mucha prisa, quiere quitarse de encima el muerto y a otra cosa mariposa, lo que traducido al lenguaje de su desfachatez significa que quiere irse a dormir porque está muy cansado y no está dispuesto a aguantar una reprimenda.<br />
Cuando el niño se levanta recuperado por completo de los excesos, su madre le dice que es ya la hora de cenar pero el niño pasa como de comer mierda de cenar con sus progenitores y se traga un litro de leche directamente del tetrabrik, de pie y en calzoncillos.<br />
Al día siguiente, el niño no se molesta en ponerle nombre a su examen de trigonometría y lo entrega tal cual. A veces bosqueja una sonrisa de gato en el país de las maravillas en una esquina del folio. El niño, pese a su educación en colegio concertado -con posibilidad de ética o religión-, de respeto anda escaso. El niño, siguiendo el ejemplo de sus iguales y de parte de la programación de la MTV y Neox, confía en que venga alguien y descubra su singular talento. Pero que sea rápido, se dice el niñato, mientras espera.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Se acabó la Fanta y la fantasía</title>
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		<pubDate>Fri, 01 Jun 2012 19:11:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 30px;"><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2012/06/Se-acabo-la-Fanta.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-263" title="Se acabo la Fanta" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2012/06/Se-acabo-la-Fanta.jpg" alt="" width="620" height="503" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2012/06/Se-acabo-la-Fanta.jpg 620w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2012/06/Se-acabo-la-Fanta-300x243.jpg 300w" sizes="(max-width: 620px) 100vw, 620px" /></a></p>
<p style="padding-left: 30px;">A la de una a la de dos y a la de tr&#8230; fue lo último que escuchó Bernardino antes de perder el conocimiento tras resbalar con un patito de goma manco del ala que su hijo había dispuesto estratégicamente para repeler el ataque de un pez gamba de colores indeterminados que su hermana le iba a lanzar en cuanto se descuidase el padre que sostenía en aquel momento, antes de caer fulminado, la piñata, tres vasos con Fanta y panchitos adheridos, el regalo del mayor y unas sandalias para su mujer que se había quejado del calor reinante en la sala tras disputarse con su hermana las miradas de profundo desprecio del geiperman de carne y hueso en que se había transformado de segundo a tercero de BUP el sobrino de su marido, Angelito. Hasta aquí, lo normal.<br />
Bernardino volvió en sí pocos segundos después tras arrojarle el geiperman Angelito una jarra de agua, jarra incluida, a la cara de pánfilo que se le había quedado blanco como un mantel hecho a mano por la hermanas Carmelitas en el Monasterio de Santa Terencia, monja que pasó a ser santa y luego a mejor vida. O sea, que Bernardino volvió en sí más por el impacto de la jarra que por el líquido que esta contenía, y pronunció esta misteriosa oración intrincada, algo inusual en él, que era más de respuestas cortas: &#8220;Habiendo llegado hasta aquí por la fuerza de los hechos, me gustaría comunicarle a mi familia, aprovechando el nutrido grupo que se congrega hoy en la que es, por ahora mi casa, pues dudo que pueda seguir pagándola ahora que he descubierto hace apenas unos minutos, vía sms, que mi contribución al fortalecimiento de un sistema capitalista reacio a cualquier tipo de cambio que suponga un menoscabo en las indemnizaciones millonarias que recibirán tipos con una formación impecable y una administración imperdonable al frente de entidades bancarias, ha llegado a su fin&#8221;.<br />
La cuñada fue la primera que habló, y aunque era natural de Pontevedra, donde había vivido 43 de sus 44 años, su impecable acento castizo con deje de Moratalaz pasaba inadvertido, al contrario que los dos conos de helado XL que se había implantado el verano anterior para mantener viva la llama de la pasión entre su marido y ella, que no sentía placer alguno al practicar un coito matinal insípido los martes y los jueves, pero temía desilusionar a su marido, por lo que decía ay y uy y así así con mecánica disposición, que al marido, puesto a ello, le pasaba inadvertido, y disfrutaba un poquito imaginando las caricias y perversiones que le haría el sábado por la mañana, tras el partido de paddel, la sensual Verónica, previo paso por caja en alguna tienda de lo que el denominaba, no sin cierta guasa, paseo por la calle de los abalorios y los trapitos caros.<br />
Y lo que dijo la cuñada fue lo siguiente:  &#8220;Estoy totalmente convencida de que estaremos mejor fuera, pues se ha quedado una tarde estupenda, ¿verdad?&#8221; Los familiares de Bernardino y la mayoría de los conocidos de su mujer, que eran hombres de procedencia social diversa, similar altura física y conversación insustancial, marcharon al jardín en fila india y en riguroso orden atendiendo a su segundo apellido, pues había muchos López y García de primero, lo que complicaba la operación, y pudieron constatar que se había quedado una tarde estupenda para marcharse al centro comercial y adquirir, previo intercambio monetario vía tarjeta de crédito o efectivo en billetes de 20 y 50, libros de autoayuda que les entusiasmaría ojear in situ, libros que olvidarían sin arrepentimiento alguno en cualquier estante del salón o en la mesilla de noche, debajo de un periódico dominical en el que un joven y prometedor columnista advertía, con una prosa elegante y certera, que los excesos derrochadores a los que nos estábamos todos acostumbrando, él incluido, tendrían una consecuencia devastadora a medio plazo para la economía, empezando por él mismo, que al final de esa semana tendría que marcharse a buscar un nuevo trabajo o quedarse en el que estaba y hacerlo gratis hasta que escampase la crisis, y que, según sus cálculos, le cogería con 55 años recién cumplidos y la previsión de una crisis mucho peor que la anterior a la vuelta de la esquina.</p>
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		<title>Nunca llueve al gusto de todos</title>
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		<pubDate>Mon, 28 May 2012 19:57:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 30px;"><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2012/05/Nunca-llueve-al-gusto-de-todos.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-249" title="Nunca llueve al gusto de todos" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2012/05/Nunca-llueve-al-gusto-de-todos.jpg" alt="" width="620" height="388" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2012/05/Nunca-llueve-al-gusto-de-todos.jpg 620w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2012/05/Nunca-llueve-al-gusto-de-todos-300x188.jpg 300w" sizes="(max-width: 620px) 100vw, 620px" /></a></p>
<p style="padding-left: 30px;">Le doy al niño el ipad para que se espabile, o sea para que se ipadice desde sus más tierna infancia. Y claro, empieza por bloquearme la cuenta de gmail y lastimarme los oídos con &#8220;Ai Se Eu Te Pego&#8221;, de Michel Telo, y la vista con un video de dos bebés que cantan mientras se tiran pedos, un exitazo en youtube [<a title="Bebes en la bañera" href="http://www.youtube.com/watch?v=O_PpTIwZJx8" target="_blank">ver</a>]. Luego le descargo unas apps gratuitas con juegos educativos y el niño empieza con puzzles de cuatro piezas y acaba haciendo castillos victorianos en 3D en riguroso HD mejorado. Pocos meses después, cuando el niño ya no se hace caca en el pañal, empieza a leer los diarios online de Bogotá y México D. F., vaya usted a saber por qué, y se aficiona a ciertas páginas sobre el cultivo de lechugas, tomates y una amplia gama de verduras, frutas exóticas y hongos cultivados de forma natural en macetas ubicadas en patios orientados al suroeste. Con la caída del primer diente y la abolición del ratoncito Pérez por consenso familiar, el niño pide su propio ordenador y se encienden las primeras alarmas. Lo que el niño pide es una antigualla, sí, algo que no se lleva y difícil de encontrar. Ahora lo más son los implantes de micropantallas en la retina que se controlan con el pensamiento -las más avanzadas y caras-, o con la voz -las más económicas-, pero que dan muchos problemas cuando el programa de reconocimiento de voz  se enfrenta con un puberto en la edad del pavo. Así que el niño, ipadizado con la versión X.4.2 -y más idiotizado que nunca también- se empeña -y dile que no, que tendrás que vértelas con la orientadora psicopedagógica- en tatuarse un logotipo de Apple de 1993 en color aguacate que no desentona en absoluto, justo es reconocerlo, con cualquiera de las sudaderas y camisetas de Padre de Familia -una versión más bestia, si cabe, de Padre de familia original-, en la que Peter Griffin ha sido sustituido por un esbelto viejuno con tendencias vigoréxicas que bebe cerveza macrobiótica con su amigo Picolo, que sustituye al salido de Quagmire, que ahora brilla en la oscuridad como un gusiluz, y ha descubierto su homosexualidad con tanto roce y tanto ir y venir de las bolas mágicas que nada tienen de chinas, pues, como todo el mundo sabe a estas alturas, se fabrican en Noruega, actualmente última potencia mundial con permiso de Madagascar, que ha subido en el último trimestre su valoración gracias a los viajes suicidas de Paasilinna que prometen los catálogos de las numerosas agencias de viajes que incluyen infografías personalizadas de tierras donde aún no se embotella el agua para la ducha, que está estrictamente prohibida en algunos países por prescripción facultativa de Ororo, diosa de la lluvia -una diosa de verdad, nada de metáforas bíblicas- que apareció un martes de carnaval en un descampado de Michigan, y que, como primera muestra de su poder, fulminó con un trueno que envidiría el propio Thor -un dios nórdico de ficción- un establecimiento de intercambio de sexo por compasión y dinero -aún quedaba alguno en aquella época-, y que decidió retirarse del mapa un jueves de frío intenso en Argelia porque, como dice el refrán, nunca llueve al gusto de todos, y estaba hasta la coronilla de tanto mentecato tecnologilipollado.</p>
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