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	<title>De subir a la montaña me cansoreligión &#8211; De subir a la montaña me canso</title>
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	<description>Responsable de Diseño en el Diario Hoy de Extremadura desde 2012. Escritor de relatos breves donde aplico la máxima de la Escuela Postirónica: &#34;Hablar de unas cosas para decir otras&#34; . Soy consciente de mi ignorancia.</description>
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		<title>El reverendo asqueado de la religión conoce a la prostituta cansada de leer novelas románticas</title>
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		<pubDate>Thu, 05 Dec 2013 12:59:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 30px;"><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/12/puta.jpg"><img loading="lazy" class="wp-image-724 alignleft" title="puta" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/12/puta.jpg" alt="" width="326" height="585" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2013/12/puta.jpg 425w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2013/12/puta-167x300.jpg 167w" sizes="(max-width: 326px) 100vw, 326px" /></a></p>
<p style="padding-left: 30px;">El reverendo asqueado de la religión conoce a la prostituta cansada de leer novelas románticas en el ultramarinos de la esquina. El reverendo asqueado de la religión encuentra encantadora la forma en que la prostituta cansada de leer novelas románticas apoya su tripita en el congelador para rebuscar entre las tarrinas de helado una que sea de vainilla y chocolate. Tras el diálogo insulso que mantienen acerca de lo calurosa que se ha puesto la tarde, el reverendo asqueado de la religión la invita a tomar una copa.<br />
La prostituta cansada de leer novelas románticas está pidiendo ya su cuarta cerveza y le advierte al reverendo asqueado de la religión que ella no es una chica fácil. También le cuenta lo mucho que ha llegado a odiar las novelas románticas. El reverendo asqueado de la religión le dice que él solo ha leído la Biblia y algunos libros de teología, pero que está pensando seriamente en leer una <em>novela de sentimientos</em>. De niño, reconoce el reverendo asqueado de la religión,  sí que leyó algún tebeo, alguna novelita de Zane Grey que su abuelo se dejaba a veces en una banqueta del cuarto de baño, pero ya no se acuerda bien.<br />
Cuando salen del bar, la prostituta cansada de leer novelas románticas va un poco piripi y se apoya en el hombro del reverendo asqueado de la religión más que nada para no pegarse un trompazo. El reverendo asqueado de la religión le informa de que él no conduce ni tiene coche, pero vive muy cerca de allí y ella puede quedarse en la habitación de su madre, que en paz descanse. La prostituta cansada de leer novelas románticas balbucea algo que puede ser un &#8220;vale&#8221; pero que no es un sí ni un no, aunque al reverendo asqueado de la religión lo mismo le da a estas alturas de la noche.<br />
Como el reverendo asqueado de la religión vive en un bajo no tiene que preocuparse de cómo meterla en el ascensor o de cómo subirla por la estrecha escalera.<br />
La prostituta cansada de leer novelas románticas cae como un saco sobre la alfombra del salón y ahí se queda, con una pierna doblada de mala manera sobre la otra. El reverendo asqueado de la religión, que también se ha tomado alguna copa por no resultar antipático, se va a su cuarto y se sienta en la cama de unochenta. En la mesilla está la Biblia. Se incorpora y arroja el libro a la papelera. Aunque ha renegado de la religión, espera que todo salga bien. Se duerme vestido.<br />
La prostituta cansada de leer novelas románticas abre un ojo y observa el decorado que hay delante de ella. Una mesa camilla, un cuadro con un gondolero, un sillón orejero. Se va acordando del curita y de que perdió la cuenta de los gintonics cuando se le puso a hablar de su renuncia a la fe, qué tío más plasta. Descubre que el bolso está intacto y que se ha roto las medias. Se incorpora y siente la boca estropajosa y un dolor agudo en el vientre. Lo que viene, le sube deprisa. Vomita. Como tiene ya práctica en estos lares, consigue que el mejunje caiga dentro de un cuenco-florero que hay sobre una mesita baja con revistas de la Editorial Católica, folletos de campamentos urbanos y algún número atrasado de <em>Pronto</em>.<br />
El reverendo asqueado de la religión, que ha visto toda la escena porque no ha pegado ojo en toda la noche con tanta tentación subiéndole y bajándole las ganas, le dice a la prostituta cansada de leer novelas románticas que no se preocupe, que es natural teniendo en cuenta todo lo que se bebió. La prostituta cansada de leer novelas románticas le pide un vaso de agua y una tortilla de paracetamoles y el reverendo asqueado de la religión le dice que de eso no tiene pero que le puede dar una aspirina.<br />
En el vestíbulo, la prostituta cansada de leer novelas románticas le besa la mano al reverendo asqueado de la religión y se marcha en un taxi. Al cerrar la puerta, se acuerda de que tiene que limpiar a conciencia el cuenco de las palomitas donde potó la muy cerda. Esta expresión, que no pronuncia en voz alta, le atemoriza unos instantes, pero se recupera enseguida. En la tele echan una de romanos y a Jesuscristo lo van a crucificar en breve. El reverendo asqueado de la religión sonríe para sí mientras frota el cuenco a conciencia, y hasta suelta una carcajada.</p>
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		<title>El hijo de su madre</title>
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		<pubDate>Fri, 29 Nov 2013 18:36:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 30px;"><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/11/Hijo_de_su_madre.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone  wp-image-722" title="Hijo_de_su_madre" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/11/Hijo_de_su_madre.jpg" alt="" width="617" height="299" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2013/11/Hijo_de_su_madre.jpg 850w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2013/11/Hijo_de_su_madre-300x146.jpg 300w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2013/11/Hijo_de_su_madre-768x373.jpg 768w" sizes="(max-width: 617px) 100vw, 617px" /></a></p>
<p style="padding-left: 30px;">Yo de pequeño era muy malo. Me lo decía todo el mundo. Mis abuelos, mis amigos, mi hermana, mi tío Jacinto, la quiosquera, el dueño del taller de neumáticos, la profesora de piano, el churrero. Hasta mi madre me lo decía: &#8220;Niño, eres muy malo&#8221;. No malo a secas. Muy malo. Y a mis cuarenta-y-muchos mi madre me lo sigue diciendo: &#8220;Eras y eres muy malo&#8221;. Y lo cierto es que no lo comprendo. Aparte de alguna travesura fruto del desconocimiento, achacable a mi corta edad entonces o a la curiosidad que todo zagal sano muestra, no he hecho nada malo en toda mi vida. Lo juro.<br />
Saqué buenas notas en primaria y en bachillerato. Salvé a una ancianita antipatiquísima de ser devorada por un doberman y el doberman me mordió a mí y con esta mano aún puedo escribir si me concentro y no llueve.  En la universidad aprobé Derecho en cinco años, aunque la manía que me pilló el de Derecho mercantil a cuenta de que hice un comentario (que nunca hice) sobre su incipiente alopecia, estuvo a punto de costarme un disgusto. Me coloqué pronto y bien en un bufete pequeño aunque con proyección nacional y dediqué incontables horas a leer cuentos a los gemelos antes de dormir, pues mi mujer, con ese seseo tan molesto, a qué negarlo, se opuso desde bien temprano a que sus criaturas se riesen de ella, y por eso sólo habla lo imprescindible. Así que cuando tiene ganas de eso me dice ven y yo voy, aunque ese seseo tan molesto no se le va y esto hace que la mayoría de las veces pierda la concentración y mi mujer encienda la lamparita de la mesilla y se ponga a leer mientras yo me desahogo como puedo, rápido y mal, encerrado en el baño. Además, soy un ciudadano que separa la basura según su procedencia y la deposito en los contenedores a partir de las nueve de la noche. No fumo ni bebo; aso costillas y salchichas en la barbacoa los fines de semana, si el tiempo lo permite; hago cinco comidas al día, nada de hidratos a partir de las seis de la tarde; compro <em>El País</em> aunque ya no es lo que era, cierto; mis siestas jamás exceden los veinte minutos; acompaño a los gemelos al parque, a sus actividades extra escolares, a sus clases de fútbol, de baile, de taekwondo; no alterno con mujeres de dudosa condición; no juego al bingo; no trasnocho; pago todas mis facturas sin pasarme de fecha y la hipoteca me vence en mayo del año que viene; nunca he probado sustancias alucinógenas ni he comprado en un mercadillo; soy creyente aunque no voy a misa; devuelvo siempre las llamadas que recibo; recito de memoria los 20 poemas de amor y una canción desesperada de Neruda; no necesito la calculadora para sumar y restar; recojo la ropa de suelo del cuarto de baño y la meto en la cesta de la ropa sucia después de ducharme; mi peluquero es heterosexual y no le discrimino por ello; siento especial predilección por las galletas de naranja bañadas en chocolate, qué le vamos a hacer; no convierto el agua en vino pero sé escanciar divinamente la sidra para regocijo de mis parientes y mi madre, a pesar de todo, me sigue diciendo que soy muy malo.<br />
&#8220;Eres muy malo&#8221;, me dice mi madre, nada más entregarle el paquete que acabo de recoger en Correos y que me ha salido por un ojo de la cara porque tuve que dejar el coche en doble fila un momento y el guardia de tráfico tuvo que fijarse precisamente en mi coche y no en el de la señora que se cruzó para entrar en la frutería, que yo sólo vengo a por un kilo de mandarinas y me voy, o en el del adolescente del BMW que se puso a charlar con sus amiguetes ocupando un espacio en el que bien podría haber aparcado yo sin estorbar, que es un momento, no cuesta nada, tranqui tronco, que no hay prisa, me suelta, y como soy de natural pacífico me la envainé y por eso dejé el coche en doble fila y me cascaron la multa, y mi madre abre el paquete y me dice que qué es esto que me traes, y yo le digo que no tengo ni idea, que venía a su nombre. Yo esto no lo he pedido. Pues habrá sido un error, mamá. Yo no he pedido nada. Bueno, pues déjame que lo devuelva. Quita, quita, que eres muy malo. Esto viene a mi nombre y me lo quedo, aunque no me gusta nada en este color. No combina con casi nada. Mi madre se lleva relatando toda la tarde hasta que se cansa y me pregunta si tengo hambre. Le digo que no y que me gustaría irme a casa. No me voy sin antes prometerle que buscaré unos zapatos que conjunten con el bolso.<br />
Al llegar a casa, encuentro a mi mujer sentada sobre la maleta de los viajes largos. Me anuncia que se va con un comerciante de sellos surafricano que la tiene cautivada. Por eso la maleta. Espero un taxi, me dice. Cómo que te vas, le pregunto. Me voy con otro hombre, me explica. Le digo que me parece bien, pero que la maleta se la va a llevar su puta madre. Me sorprende mi reacción y a mi mujer, por cierto, parece ocurrirle lo mismo. Se me acerca. Qué te pasa, querido, me pregunta. Hasta los cojones estoy. Mi mujer, agarrándome de ahí, me dice que ya no se va, y que tiene ganas de eso. Pero calladita, perra, le suelto. Mi madre tenía razón: soy malo. Santa medicina, oye.</p>
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		<title>Catequesis</title>
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		<pubDate>Thu, 22 Aug 2013 10:34:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcos Ripalda</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 30px;"><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/08/Catequesis.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-625" title="Catequesis" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/08/Catequesis.jpg" alt="" width="620" height="390" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2013/08/Catequesis.jpg 620w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2013/08/Catequesis-300x189.jpg 300w" sizes="(max-width: 620px) 100vw, 620px" /></a></p>
<p style="padding-left: 30px;">Cuando estás desayunando tu habitual entera catalana más café con leche templada y zumo de naranja colado, se te nubla la visión e intuyes que un hombre obeso o un niño gordo muy grande se abalanza sobre ti. Te espachurrará si no te quitas, pero, claro, esto es solo una ilusión provocada por el virus que está en su estado embrionario. El susto se te pasa enseguida y puedes terminarte el desayuno, que coronas con un eructo que no incomoda a nadie porque a esa hora en el bar no hay ningún cliente y Manolo, el que te sirve el desayuno desde que eras adolescente e ibas al instituto con tu mochila New Balance y acné en el cuello, está acostumbrado, a la vuelta de todo y más allá. Y también sordo como una tapia.<br />
En la envasadora donde trabajas no sientes ningún malestar hasta que haces un paroncito de una hora para un tentempié que adornas con una cañita Cruzcampo al punto glacial, pues estamos en agosto y es innegable que refresca más que un vasito de agua del tiempo. Así que cuando te dispones a salir de este otro bar que regenta Patxi con mano temblorosa debido al alcoholismo en fase no-me-tomo-la-útima-que-da-mala-suerte, sientes un vahido y la sensación olfativa, ilusoria también, de que se te están cayendo los dientes al mismo tiempo que se te queman los pelillos del escroto, así que te sacudes la entrepierna mientras te metes los dedos en la boca y te tocas los dientes y hasta derramas un florero con margaritas de plástico a las que no les pasan el plumero desde el mundial de Naranjito. Los habituales del bar ni se inmutan al presenciar tus gestos simiescos, ni siquiera la guiri pelirrojja metro ochenta y tres que ha hecho una paradita en su excursión &#8220;14 países en 72 horas&#8221; para hincarse un sol y sombra, algo <em>typical spanish</em>, ha dicho, y luego, tras derramarse por el escote tres botellitas de agua mineral que le han salido por un pico -cuando podía haber pedido una de litro, que sale por la mitad-, sin que el alcohólico que progresa adecuadamente hacia su entierro haya dicho esta boca es mía, que la cosa está muy mal, muy mal, y a esta -refiriéndose a la guiri gigante- no la vamos a ver más en nuestra puñetera vida, oído.<br />
Total, que sales de este bar un poco atolondrado pero dispuesto a aprovechar lo que le resta a tu extenuante jornada laboral.<br />
Envasas durante cuarenta y cinco minutos  y picas a la salida.<br />
El menú del día aconseja los chipirones en su tinta y no los pides porque sabes que lo que se aconseja está en proceso de descomposición o pocho. Tampoco te aventuras con el adobo porque eres de Cádiz y el pescaíto en adobo donde hay mar es que no está fresco, Miguelín, como le recordaba su abuelo en los puestos de la plaza de Sanlúcar de Barrameda y, además, el vinagre te da ardores, así que pides un bocadillo de panceta ibérica y una jarra de medio litro de sangría para bajar el miajón. Cuando estás acabando de dar cuenta de la media barra de panceta y vas a pedir una tercera jarra de sangría que entra divinamente, se te nubla la vista por segunda vez en pocas horas y ves a Dios, por lo menos la imagen de Dios que conservas de tus no tan lejanos años de colegial, cuando pintarrajeabas los libros de religión católica y le ponías bigotito a María Magdalena, así que te atreves a hacerle la gran pregunta, que son dos en realidad: de dónde venimos y por qué estamos aquí, a lo que la alucinación en forma del Dios sobre fondo magenta que aparecía en la <a title="Libro de Religión 7 de Santillana" href="http://www.todocoleccion.net/religion-7-egb-ciclo-medio-editorial-santillana-ano-1984~x31198808" target="_blank">portada</a> del libro de Religión de séptimo de EGB de Santillana, te contesta que venimos de trabajar y estamos aquí porque había hambre y sed y ya no.</p>
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		<title>Las condiciones de la banca</title>
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		<pubDate>Thu, 10 Jan 2013 11:41:31 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 30px;"><a href="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/01/las-condiciones-de-la-banca1.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-535" title="las condiciones de la banca" src="/marcosripalda/wp-content/uploads/sites/18/2013/01/las-condiciones-de-la-banca1.jpg" alt="" width="620" height="194" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2013/01/las-condiciones-de-la-banca1.jpg 620w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/18/2013/01/las-condiciones-de-la-banca1-300x94.jpg 300w" sizes="(max-width: 620px) 100vw, 620px" /></a></p>
<p style="padding-left: 30px;">El hombre amigable se enamora perdidamente de la mujer que no quiere saber nada de los hombres ni de compromisos y llega un día en que ligeramente abatido —aunque es un hombre que no se desalienta fácilmente—, decide establecer, con la connivencia de la mujer que no quiere saber nada de los hombres ni de compromisos, una relación de amigos con derecho a esporádicos roces, a lo que la mujer que no quiere saber nada de los hombres ni de compromisos le dice que &#8220;puede&#8221; pero con &#8220;condiciones&#8221;, a saber: que se cambie de sexo, que se comprometa con una religión minoritaria y entregue su vida a la meditación, a lo que el hombre amigable le responde que &#8220;sí&#8221; pero con &#8220;una condición&#8221;, pues no quiere abusar: que los primeros miércoles de cada mes bisiesto la mujer que no quiere saber nada de los hombres ni de compromisos le dé permiso para visitar a su anciana madre en la residencia, a lo que la mujer que no quiere saber nada de los hombres ni de compromisos le dice que no, por supuesto.</p>
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