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	<title>Mi manca l’Italia | Solita en Cáceres - Blogs hoy.es</title>
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	<description>Carolina Díaz tiene 19 años, vive en Arroyo de la Luz y estudia Filología. Cada amanecer coge el autobús a Cáceres. Por la mañana va a la universidad, por la tarde graba vídeos y por la noche vuelve a casa en bus. Solita en Cáceres es la cara oculta de sus grabaciones para las secciones Cáceres Insólita y Mira Quién Habla.</description>
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		<title>Mi manca l’Italia | Solita en Cáceres - Blogs hoy.es</title>
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		<pubDate>Mon, 30 Mar 2015 09:30:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Díaz Rodríguez</dc:creator>
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<html><head><meta http-equiv="content-type" content="text/html; charset=utf-8"></head><body><p style="text-align: center;"><a href="/solitaencaceres/wp-content/uploads/sites/41/2015/03/IMG_20150202_120321.jpg"><img loading="lazy" class="aligncenter  wp-image-1039" title="Junto al Coliseum" src="/solitaencaceres/wp-content/uploads/sites/41/2015/03/IMG_20150202_120321.jpg" alt="" width="538" height="302" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/41/2015/03/IMG_20150202_120321.jpg 1280w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/41/2015/03/IMG_20150202_120321-300x169.jpg 300w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/41/2015/03/IMG_20150202_120321-768x432.jpg 768w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/41/2015/03/IMG_20150202_120321-1024x576.jpg 1024w" sizes="(max-width: 538px) 100vw, 538px"></a></p>
<p>Echo de menos saludar dando <strong>dos besos comenzando por la izquierda</strong>, dirección también por la que extraño abrir las puertas del portal y la casa en que vivía. ‘Mi manca’, que, aunque suene raro, viene a decir en italiano ‘echo en falta’, <strong>beber cafés expresos del tamaño de una uña</strong> pero que te pegaban un chute que te espabilaban en un verbo. Añoro también ir paseando por la calle y que no hubiese día que<strong> un buen mozo no me invitase a uno rápido (a café, me sigo refiriendo), en la mayoría de los casos para intentar ligar conmigo.</strong> Ya me había hasta creado una especie de broma para parecer simpática en los casos en los que me apetecía serlo. Cuando <strong>me decían: “Sei carina”, yo respondía: “No, soy Carolina”. Ambos reíamos.</strong></p>
<div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-adver-blogs-entries"></div><p>Voy al supermercado y la zona de quesos se me queda pequeña. Echo de menos<strong> los grandes cubos de 500 gramos de mozzarella de búfala</strong> tanto como en Roma extrañaba<strong> no encontrar Aquarius por ninguna estantería</strong> cuando me encontraba mal del estómago, que ya les digo que si van algún día, no lo busquen porque allí no existe ni he visto bebida parecida. Y cómo no, mis labios extrañan <strong>aquella sonrisa tontorrona que me salía cada vez que veía las magdalenas a la venta, en los supermercados, metidas en tupperware</strong>, cosa que me alucinaba, al igual que <strong>las lentejas en paquetes como de lujo para Nochevieja</strong>, que es la tradición que tienen ellos en lugar de nuestras uvas. De los pasillos dedicados a pasta, mejor ni hablamos… y de los horarios de comer, tampoco, porque eso sí que no lo extraño. <strong>Comer a las 13h y cenar a las 19.30-20h como el ‘telegiornale’ marcaba, me superaba.</strong> También es cierto que allí en invierno a las 17h ya era completamente de noche y no se veía.</p>
<p>Echo de menos <strong>colarme en el bus día sí y día también</strong>, incluso los nervios que tenía cada vez que pensaba que podía entrar un revisor. Mi último día en Roma, yendo a la Gallería Borghese, <strong>me pilló una revisora, me retuvo con sus grandes brazos para que no me escapase y me denunció.</strong> Aún conservo la nota que me dio como un gran recuerdo de mi fin de Erasmus. Por supuesto, no la pagué ni pienso hacerlo. Y siguiendo con el transporte,<strong> echo de menos jugarme la vida cada vez que cruzaba mi calle</strong>, con muchos pasos de peatones, pero sin semáforos. Un día presencié cómo un mini azul de dos plazas se llevaba por delante una vespa y su conductor terminaba en el suelo sin poder mover las piernas.</p>
<div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-advertising-mobile-ready"></div><p><strong>Extraño los mercadillos en las calles todos los días</strong>, a los vendedores de <strong>palos para selfies</strong> delante de cada monumento, a los de <strong>pañuelos para taparse el escote en el vaticano</strong>, y por supuesto, <strong>a los de paraguas los días de lluvia</strong>. Aún no entiendo cómo he llegado a Extremadura <strong>con los dos ojos sanos y salvos</strong>, si cada vez que salía a pasear o a hacer fotos y llovía casi me rozaban con ellos la pupila para intentar vendérmelos.</p>
<p>Una de las cosas que aún no he asimilado de mi vuelta de Roma es <strong>no tener dos aeropuertos como tenía cerca.</strong> Aún sigo obsesionada con los<strong> vuelos de Ryanair a 19.90€ desde Fiumicino y desde Ciampino</strong> y en ratos de nostalgia, me pongo a buscar destinos y fechas, soñando con poder realizar esos vuelos. Es curioso, <strong>pero por menos de lo que a una le cuesta ir de Cáceres a Madrid</strong>, desde Roma podías irte a Atenas, Dublín, Varsovia, Marsella, Fez, Bruselas, Colonia… y otros muchos destinos con los que he soñado en mi cabeza.</p>
<p>De las clases en la Sapienza, extraño <strong>esa sensación tan agradable de ser un caramelito para todos aquellos que estudian español en Italia.</strong> Me pedían que hablase en mi lengua y era el momento más relajante del día, cuando la cabeza dejaba de dolerme de hacer esfuerzos por pensar continuamente en otro idioma. También extraño ‘ser’, como marcaba mi carnet, <strong>estudiante de Ciencias Políticas</strong> y, en definitiva, <strong>una mota de polvo en un país donde la burocracia y el intentar que te solucionen problemas, como un error en la matrícula, es horrible, una auténtica odisea.</strong></p>
<p>Añoro también<strong> los riquísimos helados en invierno, los caramelos Perugina, los cornetos de pistacho y de nutella.</strong> Extraño poder comprar<strong> pizza al ‘taglio’</strong> en cualquier esquina, pasear comiéndomela por el centro, disfrutando <strong>del Coliseum, del Panteón, de la Piazza Navona…</strong> y de la playa, que la tenía bien cerca, aunque no acompañara el tiempo. Extraño <strong>hasta las gaviotas</strong>, aunque sea un animal que simbólicamente no me guste, pero echo en falta <strong>su cara de mala leche</strong>, sus poses en las alturas y <strong>su manera de picotear las bolsas de basura a las ocho de la mañana en Venecia, cuando pasaba el barco a hacer la recogida.</strong></p>
<p>En fin,<strong> extraño, echo de menos, me faltan, ‘mi mancano’ tantas cosas</strong>, que después de tantos meses habiendo sido parte de mi vida,<strong> ahora han dejado un gran vacío</strong>,<strong> que puede ser repuesto por lo que ya tenía aquí, pero no sustituido.</strong></p>
</body></html>
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