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	<title>Solita en Cáceresinstituto &#8211; Solita en Cáceres</title>
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	<description>Carolina Díaz tiene 19 años, vive en Arroyo de la Luz y estudia Filología. Cada amanecer coge el autobús a Cáceres. Por la mañana va a la universidad, por la tarde graba vídeos y por la noche vuelve a casa en bus. Solita en Cáceres es la cara oculta de sus grabaciones para las secciones Cáceres Insólita y Mira Quién Habla.</description>
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		<title>Mujeres conejas</title>
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		<pubDate>Sun, 29 Dec 2013 14:30:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Díaz Rodríguez</dc:creator>
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<p>Recuerdo que hace unos años en el instituto, en clase de Geografía, haciendo un recuento de los<strong> antecesores familiares</strong> que teníamos, <strong>el número de hermanos que tenían nuestros bisabuelos y abuelos raramente bajaba de los cuatro.</strong> Hubo un caso que nos sorprendió especialmente, el de <strong>una bisabuela que había tenido 19 hijos,</strong> cosa que abrió bocas de alucine en la clase. Inevitablemente, alguien dijo lo que a muchos nos pasó por la cabeza:<strong> &#8216;¡Ni que fuera una coneja!&#8217;.</strong></p>
<p>Igual la comparación es un poco burda, pues normalmente cuando se asocia a una mujer con un coneja, un alto porcentaje de las personas, sobre todo del género masculino, <strong>piensan en conejitas Playboy, con sus corsets apretados, sus nalgas al aire, sus orejitas en plan Bugs Bunny&#8230;</strong> pero en este caso, y tirando del argot juvenil de mi generación, las mujeres que tienen muchos hijos, son como conejas, <strong>sin necesidad de que paran de nueve en nueve.</strong></p>
<p>Por entonces, en la época de nuestras bisabuelas y abuelas, lo de abortar de forma legal era impensable, si la marcha atrás fallaba, ya que no había posibilidad de utilizar precaución segura, no quedaba más remedio que parir, <strong>a pesar de que las condiciones de vida no acompañasen.</strong> Eso hacía que los niños que tenían, no todos sobreviviesen, y por otra parte, ataban a la mujer a su casa, al cuidado de su familia, alejándola de<strong> las posibilidades de trabajar y de tener una independencia económica que las liberase de depender de un marido.</strong></p>
<p>Ahora, con la nueva ley de aborto, dicen que volvemos 20 o 30 años atrás. Yo creo que volvemos unos cuantos más, sobre todo <strong>si el gobierno comienza a arar el terreno pensando ya en las elecciones</strong>, pues lo primero es suprimir el aborto y lo segundo para contentar a la iglesia y a la derecha más conservadora, qué será<strong> ¿ilegalizar los condones?</strong> El discurso de defender el derecho a la vida está muy bien, parece incluso moralmente ético, pero<strong> ¿y dónde dejan el derecho a tener calidad de vida, y sobre todo, el derecho a decidir  qué querer hacer con su vida de las mujeres?</strong></p>
<p>Lo que más me duele como mujer <strong>no es que los incompetentes del gobierno quieran decidir por mí</strong>, pues de alguna manera tendrán que<strong> desviar la atención de la corrupción que sale a la luz cada día de sus filas</strong>, sino que lo preocupante es que aún hoy día se siguen escuchando de la boca de chicas jóvenes frases antológicas del tipo:<strong> &#8216;Si eres para hacerlo, eres para tenerlo&#8217;.</strong> Y en esto sí que coincido con que hay mujeres que son como conejas:<strong> unas no miran de frente ( por la posición de sus ojos) y las otras no tienen dos dedos de frente (falta de educación = falta de criterio).</strong></p>
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		<title>Stressing cup of café con leche in Universidad</title>
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		<pubDate>Wed, 02 Oct 2013 11:39:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Díaz Rodríguez</dc:creator>
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<p>Del paso del instituto a la universidad, lo que más me impresionó para bien no fue el tamaño de las clases, ni el mobiliario que tuvieran, ni siquiera la libertad que nos daban para entrar en medio de alguna asignatura si llegábamos tarde, <strong>sino que nos permitiesen tomarnos un café o una Coca cola tranquilamente si nos apetecía en las aulas, o tomar un snack con un poco de disimulo, aunque es verdad que hay gente que no se corta y se come directamente un sandwich.</strong></p>
<p>En el instituto estábamos acostumbrados a copiar cien veces en un folio<strong> &#8216;No volveré a masticar chicle en clase&#8217;</strong>, o mucho peor, a veces nos obligaban a <strong>llevar un paquete con uno para cada compañero.</strong> A veces, también nos daba por comer pipas. La de veces que metimos <strong>las cáscaras en el cajón donde estaban guardadas las torres de los ordenadores&#8230;</strong> y la vergüenza que pasábamos cuando por alguna razón el profesor las veía. Entonces, ni se nos pasaba por la cabeza eso de ponernos a tomar una bebida en medio de la clase,<strong> ni siquiera como estimulante contra el sueño que tuviéramos.</strong></p>
<p>Creo que no hay día que no vaya a la universidad y no me tome un café, ya sea de la cafetería &#8216;para llevar&#8217;, o de máquina. Además de que reconozco que tengo cierta adicción, pues <strong>me suelo tomar una media de cinco cafés al día</strong>, los necesito para despertarme, pues<strong> lo malo de querer aprovechar las noches es que por las mañanas estás de capa caída.</strong> Ahora, incluso, que llega el invierno y hace frío, vienen bien para entrar en calor y calentarse las manos. Pero, y aunque pase una de cada cien veces, <strong>si se te vierte, lo pasas mucho peor que cuando te mandaban llevar veinte chicles a clase.</strong></p>
<p>Ayer nos pasó a una compañera y a mí. Pusimos todo perdido. Mi libro se salvó de milagro, solo se manchó un poco la portada. No sé por qué, al mirar la mesa inundada, se me pasó por la cabeza<strong> el Río Garona, que atraviesa Burdeos, tal vez porque lo relacioné con el color tan embarrado de sus aguas.</strong> El suelo del aula se puso todo perdido cuando el café comenzó a gotear. Nuestra ropa se salvó también por los pelos. Por suerte, nos dejaron un paquete de pañuelos y <strong>los utilizamos a modo de esponja,</strong> ya estábamos <strong>a punto de utilizar compresas que empapan más.</strong> En medio de todo esto, se estaba dando una clase, pero claro, después de semejante escena, <strong>entre fotitos para el Twitter y las risas de la tensión del momento, ¿quién puede volver a concentrarse y seguir la explicación?</strong> <strong>Al final, va a tener razón Ana Botella: Relaxing cup of café con leche in Plaza Mayor, porque en clase, si se te cae, más bien resulta estresante.</strong></p>
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		<title>Wilt</title>
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		<pubDate>Fri, 07 Jun 2013 10:50:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Díaz Rodríguez</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><a href="/solitaencaceres/wp-content/uploads/sites/41/2013/06/Wilt.png"><img loading="lazy" class="aligncenter  wp-image-639" title="Wilt" src="/solitaencaceres/wp-content/uploads/sites/41/2013/06/Wilt.png" alt="" width="204" height="277" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/41/2013/06/Wilt.png 292w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/41/2013/06/Wilt-221x300.png 221w" sizes="(max-width: 204px) 100vw, 204px" /></a></p>
<p>Cuando estaba en el instituto, la mayoría de los libros que me obligaban leer <strong>me resultaban aburridos.</strong> Normalmente se trataba de <strong>inocentes historias de amor</strong> en las que los protagonistas, tras superar una serie de complicaciones, terminaban juntos, felices y comiendo perdices. En otros casos, se trataba de<strong> historias fantásticas</strong>, con fantasmas de por medio y con alguna que otra muerte. Un curso pedí poder leer un <strong>libro humorístico,</strong> diferente, que me hiciese sentir emociones nuevas y, sobre todo, que me hiciese <strong>partirme de risa</strong>. Me recomendaron <strong><span style="text-decoration: underline;">Wilt</span></strong>.</p>
<p>A mis 16 años, descubrí una<strong> literatura satírica</strong> y un<strong> humor negro</strong> que desconocía. Pocos libros han conseguido hacerme reír tanto como <span style="text-decoration: underline;"><strong>Wilt,</strong></span> si acaso, lo supera <strong><span style="text-decoration: underline;">La Tesis de Nancy</span></strong>, de Ramón J. Sender. Aun así, no se puede comparar un humor con el otro. <strong>Henry Wilt era impredecible</strong>, lo mismo te sorprendía en sus paseos cada noche sacando al perro y soñando con <strong>la manera de matar a su mujer,</strong> que se quedaba enganchado a <strong>una muñeca hinchable</strong> por culpa de haber rechazado a una nueva amiga de su mujer, Sally, que, a pesar de ser <strong>lesbiana</strong> y de estar <strong>casada con un hombre por su dinero,</strong> quería acostarse con él para demostrar que<strong> los hombres siempre son infieles.</strong></p>
<p>Este argumento podría sonar un tanto<strong> macabro,</strong> tal vez surrealista, pero<strong> Tom Sharpe</strong> no hacía otra cosa que<strong> ridiculizar a la sociedad británica</strong>, como hoy día lo hace <strong>Santiago Segura con Torrente y la sociedad española.</strong> A mí, desde luego, me abrió mucho la mente leer tan joven un libro con un lenguaje sexual tan natural. Fue como <strong><span style="text-decoration: underline;">Cincuenta sombras de Grey</span></strong> de hoy día.</p>
<p><strong>Ayer murió Tom Sharpe, el &#8216;padre&#8217; de Wilt</strong>, pero el legado que nos deja con esta tremenda serie nos hará recordarlo <strong>siempre con una sonrisa y su clásica pipa en la boca.</strong></p>
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		<title>Malas costumbres</title>
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		<pubDate>Tue, 14 May 2013 09:00:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Díaz Rodríguez</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Empecé a acostumbrarme muy pronto, al mes de comenzar la carrera, a faltar a clase. No porque no me interesasen, sino porque veía tanto nivel en las intervenciones de mis compañeros que me sentía fuera de juego y me deprimía. Decidí cursar Filología Hispánica el último día de la Selectividad, en septiembre, cuando comencé a [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/solitaencaceres/wp-content/uploads/sites/41/2013/05/nivelón.jpg"><img loading="lazy" class="aligncenter size-full wp-image-599" title="Malas costumbres" src="/solitaencaceres/wp-content/uploads/sites/41/2013/05/nivelón.jpg" alt="" width="190" height="151" /></a></p>
<p>Empecé a acostumbrarme muy pronto, al mes de comenzar la carrera, <strong>a faltar a clase.</strong> No porque no me interesasen, sino<strong> porque veía tanto nivel en las intervenciones de mis compañeros que me sentía fuera de juego y me deprimía.</strong> Decidí cursar Filología Hispánica el último día de la Selectividad, en septiembre, cuando comencé a agobiarme porque la carrera que quería llevaba sin plazas desde antes del verano y el ciclo formativo que estaba cursando no me convencía.</p>
<p>No tardé mucho en asimilar el paso del instituto a la universidad, <strong>pero de ese tiempo solo recuerdo lágrimas y más lágrimas.</strong> Digamos que acabé cogiéndole el truco: como al principio estábamos mezclados los alumnos de todas las filologías, en la mayoría de las clases podíamos rondar el centenar de personas en el aula y claro, <strong>era imposible que los profesores llegasen a memorizar todos los nombres y caras.</strong> Me sentía un simple<strong> expediente,</strong> un nombre unido a un número, que tenía que <strong>entregar prácticas, trabajos y aprobar exámenes,</strong> pero que no necesitaba asistir a clase, así que podía aprovechar el tiempo en casa, en la biblioteca o, incluso, <strong>me llegué a plantear hacer un curso de iluminación por las mañanas.</strong></p>
<p>A lo bueno se acostumbra uno enseguida.<strong> En segundo, me pasó lo mismo que me había pasado en primero con todas las asignaturas con el inglés.</strong> Fui a clase los primeros días y, por miedo a que la profesora <strong>me hiciese leer o me preguntase, dejé de asistir.</strong> Otra vez, el ver a gente con tan buen nivel me hundió y a día de hoy, <strong>aún tengo el idioma pendiente.</strong></p>
<p>Este año, en tercero, dándole un poco vueltas al coco, <strong>he llegado a la conclusión de que no he sabido adaptarme a tiempos nuevos, a un cambio de chip que he intentado varias veces, pero que por mi afición a hacer veinte mil cosas a la vez, no he sabido llevar a cabo.</strong> Ya me lo han dicho en varias ocasiones: &#8220;Todo no se puede tener&#8221;, pero cuando una se acostumbra a no agobiarse por sentir que no das la talla, que otros te dan mil vueltas, que eres un cero a la izquierda&#8230;<strong> relaciona no ir a clase con no pasar un mal rato, que emocionalmente puede acabarte influyendo, cuando puedes ir a darte un paseo, a hacer deporte, fotografías, escribir o leer en un parque a la sombra de un árbol sin que las inseguridades te atormenten.</strong> Este año, con asignaturas específicas y entre veinte y treinta alumnos por clase, las <strong>malas costumbres</strong> me están pasando factura.</p>
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		<title>A los 16 años no interesan los museos</title>
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		<pubDate>Fri, 22 Mar 2013 10:00:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Díaz Rodríguez</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><a href="/solitaencaceres/wp-content/uploads/sites/41/2013/03/museo-aljibe1.jpg"><img loading="lazy" class="aligncenter  wp-image-501" title="Aljibe" src="/solitaencaceres/wp-content/uploads/sites/41/2013/03/museo-aljibe1.jpg" alt="" width="500" height="333" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/41/2013/03/museo-aljibe1.jpg 927w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/41/2013/03/museo-aljibe1-300x200.jpg 300w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/41/2013/03/museo-aljibe1-768x511.jpg 768w" sizes="(max-width: 500px) 100vw, 500px" /></a></p>
<p>Recuerdo el día que fui a visitar el <strong>Louvre</strong>, a mis <strong>16 años</strong> en una excursión de instituto, como<strong> uno de los más largos e interminables de mi vida.</strong> Tengo en la cabeza aquellas tres horas pesadísimas, viendo <strong>cuadros y esculturas que no entendía ni me interesaban,</strong> escuchando nombres de autores y épocas de la historia que no asociaba, buscando los bancos vacíos o las escaleras más cercanas para tirarme a <strong>esperar que corriese el tiempo.</strong></p>
<p><a href="/solitaencaceres/wp-content/uploads/sites/41/2013/03/Museo.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-medium wp-image-502" title="Carro" src="/solitaencaceres/wp-content/uploads/sites/41/2013/03/Museo.jpg" alt="" width="300" height="200" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/41/2013/03/Museo.jpg 927w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/41/2013/03/Museo-300x200.jpg 300w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/41/2013/03/Museo-768x513.jpg 768w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a> A los 16 años, si uno va a<strong> París,</strong> a <strong>Madrid</strong> o a <strong>Cáceres</strong> desde su pueblo,<strong> lo último que quiere ver son museos.</strong> Pero los profesores tienen la costumbre de llevarte a ver una<strong> obra de teatro</strong> y meterte en <strong>el museo más cercano,</strong> y no se dan cuenta de que lo único que consiguen es que<strong> los acabes aborreciendo.</strong> Es como cuando<strong> te obligan a leer muchos libros en la escuela,</strong> que solo por el hecho de sentirte rebelde y llevar la contraria, le echas un vistazo a la contraportada o le dices a tu madre que se lo lea por ti (en mi caso) y cada vez que ves un libro, piensas:<strong> &#8220;Leer es un coñazo&#8221;.</strong> Tenemos la manía, sobre todo en la adolescencia, de pensar que<strong> todo lo que nos obligan a hacer es aburrido.</strong> Creo que si nos prohibieran los libros, nos moriríamos de ganas de leer.</p>
<p><a href="/solitaencaceres/wp-content/uploads/sites/41/2013/03/museo22.jpg"><img loading="lazy" class="alignright size-medium wp-image-506" title="museo" src="/solitaencaceres/wp-content/uploads/sites/41/2013/03/museo22.jpg" alt="" width="197" height="300" /></a>Poco después, cuando entras en <strong>Bachillerato,</strong> ya la cosa cambia. Si llegas hasta ahí y no te conformas con la <strong>ESO,</strong> es porque tienes cierto interés por culturizarte. Y es ahí cuando ya empiezas a conocer autores, obras de arte importantes&#8230; y cuando más te fastidia haber estado al lado de ellas, como me pasó en el Louvre precisamente con <strong>La libertad guiando al pueblo</strong>, de Delacroix, y <strong>La balsa de las medusas</strong>, de Géricault, y no haber podido disfrutar de verlas a conciencia, sabiendo su significado. Bueno, caso aparte fue lo de<strong> La Gioconda,</strong> que me decepcionó tanto su tamaño y estaba <strong>tan lleno aquello de turistas</strong> fotografiándola, que ni siquiera recuerdo haberla estado mirando más de cinco segundos. Porque eso sí, cuando tienes 16 años,<strong> valoras las cosas más por su tamaño que por su calidad o el enigma que tienen.</strong> Ves un cuadro grande y piensas: &#8220;Este debe de ser muy importante&#8221;.</p>
<p><a href="/solitaencaceres/wp-content/uploads/sites/41/2013/03/Museo-Semana-Santa1.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft size-medium wp-image-507" title="Semana Santa" src="/solitaencaceres/wp-content/uploads/sites/41/2013/03/Museo-Semana-Santa1.jpg" alt="" width="300" height="199" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/41/2013/03/Museo-Semana-Santa1.jpg 928w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/41/2013/03/Museo-Semana-Santa1-300x200.jpg 300w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/41/2013/03/Museo-Semana-Santa1-768x511.jpg 768w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a><strong>Ahora empiezo a disfrutar de los museos,</strong> pero paso a paso, siendo consciente de que voy porque me interesa ver su contenido, no porque nadie me obligue. Ayer, mientras yo disfrutaba visitando los de la <strong>Parte Antigua</strong> y fotografiando las obras que más me interesaban, observaba a alumnos de diversos institutos hartos de ver &#8216;piedras&#8217; que para ellos no tenían ningún valor, <strong>solo el encanto de perder un día de clase.</strong> <strong>Se sentaban en las escaleras de la Plaza de San Jorge o en los poyos de San Mateo y su único interés era que corriese el tiempo.</strong></p>
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		<title>Adiós complejos</title>
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		<pubDate>Mon, 07 Jan 2013 07:05:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carolina Díaz Rodríguez</dc:creator>
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<p style="text-align: center;"><a href="/solitaencaceres/wp-content/uploads/sites/41/2013/01/IMG_20130104_222857.jpg"><img loading="lazy" class="aligncenter  wp-image-322" title="Carolina con gafas" src="/solitaencaceres/wp-content/uploads/sites/41/2013/01/IMG_20130104_222857.jpg" alt="" width="441" height="441" srcset="https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/41/2013/01/IMG_20130104_222857.jpg 918w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/41/2013/01/IMG_20130104_222857-150x150.jpg 150w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/41/2013/01/IMG_20130104_222857-300x300.jpg 300w, https://static-blogs.hoy.es/wp-content/uploads/sites/41/2013/01/IMG_20130104_222857-768x768.jpg 768w" sizes="(max-width: 441px) 100vw, 441px" /></a></p>
<p style="text-align: left;">Soy una chica llena de complejos. Durante mi etapa de adolescente en el instituto <strong>sufrí las burlas y mofas de los guays de la clase por mis defectos.</strong> Y por mucho que los haya asimilado, no consigo superarlos.</p>
<p>                Cuando tengo que decir alguna palabra que lleva el sonido /r/ fuerte, <strong>procuro buscar un sinónimo que me ayude a no emplearlo, porque no lo pronuncio correctamente.</strong> No me vibra la lengua en el paladar y se me escapa el aire por los laterales de la boca. En la escuela, en la hora de Conocimiento del Medio, una vez a la semana, me mandaban a refuerzo, para intentar solucionar el problema. <strong>En realidad lo único que consiguieron es que odiase profundamente el trabalenguas: &#8220;El perro de San Roque no tiene rabo porque Ramón Ramírez se lo ha robado”, de tantas veces como me obligaron a pronunciarlo.</strong> Los niños pueden llegar a ser muy crueles. Me decían: di rana, yo decía sapo, di perro, yo decía chucho, di río y yo decía lago.</p>
<p>Otro de los complejos que tenía era el<strong> de cuatro ojos</strong>. Sí, tenía gafas, aunque lo mío, <strong>un ojo vago</strong>, cansado eufemísticamente lo llaman algunos, <strong>si no es con parches tapando el ojo bueno, no se cura.</strong> Tenía que aguantar bromas del tipo: “¿Me estás mirando a mí?”, “¡Estás bizca!”… y todo tipo de barbaridades que prefiero no reproducir.<strong> Esto hizo que odiase las gafas de manera desmesurada, no quería verlas ni en pintura</strong>. En cuanto salía de clase y llegaba a casa me las quitada, a pesar de que el oculista me exigía leer y ver la tele con ellas.</p>
<p>También tenía complejo<strong> de acné, gordita y marimacho</strong>. La adolescencia se cebó conmigo y con mi tez, <strong>llegándome a convertir la cara en una verdadera paella, de tanto granos como tenía en ella.</strong> Lo de gordita, lo llevaba aún peor: formaba parte del equipo de voleibol de Arroyo, <strong>todas chicas altas, guapas y delgadas, y me sentía un poco el patito feo.</strong> En cambio, lo de marimacho no me molestaba, es más, a día de hoy <strong>me alegro de haber pasado mi adolescencia rodeada de chicos, ahora comprendo a los hombres y su manera de ser y actuar mucho mejor.</strong></p>
<p>No recuerdo más complejos que tuviera. Si estuviese aquí alguna de esas personas que tanto me martirizaban, seguro que me recordarían un par más de ellos. A día de hoy<strong>, los tres últimos están completamente superados, la solución fue: Clean and clear, deporte, dieta, maquillaje, vestidos y tacones, por este orden</strong>. La /r/ poco a poco vuelvo a incluirla en mi vocabulario, ya no me da miedo pronunciarla, he ganado seguridad en mi misma.</p>
<p>Sin embargo, con las gafas, tenía yo una cuenta pendiente. <strong>Si les cuento todo esto de mis complejos es porque ha empezado el año y me he propuesto como primer buen propósito volver a usarla</strong>s. Parece ser que lo estoy consiguiendo, llevo siete días sin quitármelas, solo para dormir. Me lo debía a mí misma. Ha sido una manera de decir: “Sí, ahora me veo fuerte y segura”, a todos aquellos <strong>que me hicieron sentir gris en mi adolescencia</strong>. La mayoría de ellos, probablemente, ni se sacaron la ESO.</p>
<p><strong> A mí, el acné, los kilos de más, los motes insultantes, la mala pronunciación y el ojo vago me han dejado secuela psicológica</strong>, pero esos niños y niñas que se dedicaban a meterse con los débiles e inseguros más que a estudiar, pronto sufrirán las consecuencias: ellas tendrán <strong>las tetas caídas y la espalda destrozada de fregar escaleras, y ellos barriga cervecera de las tapitas del bar y los huesos destrozados de hacer cemento y hormigón, a no ser que encima hayan tenido la suerte de entrar en la ESO de los mil euros.</strong></p>
<p>Cuando me vean la próxima vez, si tienen un poco de dignidad, cosa que espero que les hayan enseñado los años, bajarán la mirada al suelo.<strong> Yo espero poder mirar de frente, tras muchos años acomodando mi cabeza para que mi ojo no se viese trabado.</strong></p>
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