Hoy

img
Etiquetas de los Posts ‘

naturaleza

El mastranzo
Juan Domingo Fernández 19-06-2015 | 7:27 | 0

Acostumbro a dar un largo paseo a primeras horas de la mañana. Una caminata que me ayuda a ordenar pensamientos y a reparar también en esos regalos de la naturaleza que tantas veces nos pasan inadvertidos, ya sean bandadas de aves cruzando el cielo en busca de bebederos, algunos humildes arriates de casas bajas o las alfombras de flores al pie de los árboles que anuncian el fin de la primavera y la llegada del calor.
Durante los paseos disfruto con el arrullo de las tórtolas, con las maniobras de las cigüeñas –a esas horas siempre mirando al levante– intentando colonizar los pinos y cedros más confortables para sus nidos… Me cruzo con otros paseantes camino del trabajo, con escolares soñolientos apesadumbrados por el peso de la mochila, con jóvenes parejas agarradas de la mano, con jubilados investidos de serenidad que repiten cada día, como un tic inevitable el movimiento del bastón sobre las rayas de la acera… La vida que no se detiene.
Al comenzar la caminata me asalta, acaso también como un tic, el recuerdo de los versos con los que Claudio Rodríguez arranca ‘Don de la ebriedad’: «Siempre la claridad viene del cielo; / es un don: no se halla entre las cosas / sino muy por encima, y las ocupa / haciendo de ello vida y labor propias. / Así amanece el día; así la noche / cierra el gran aposento de sus sombras». Recuerdo esos versos no sólo porque se trata de las primeras horas del días sino porque Claudio Rodríguez los escribió cuando apenas era un adolescente de 18 años mientras paseaba por los campos de su Zamora natal. Así que todos los días me sorprendo recitando en silencio, nada más salir del portal de casa: «Siempre la claridad viene del cielo; / es un don: no se halla entre las cosas…».
En ocasiones cambio la ruta y alargo o acorto el recorrido del paseo según el tiempo atmosférico, el estado de ánimo o las ganas de esforzarme y quemar calorías. Durante bastantes años mi único acompañamiento en los paseos fue una selección de música clásica en la que nunca faltaba ‘El Moldava’ de Smetana o algunas de esas piezas tan recomendadas en internet para leer o estudiar sin distracciones. En otras épocas he optado por la radio (informativos) o sencillamente por la compañía de los propios pensamientos y cavilaciones. A solas con uno mismo. Eso sí, atento a los dones de la naturaleza. Y al paisanaje.
Esta semana me ha ocurrido una cosa inusitada. Varios días seguidos me crucé, a la misma altura del itinerario además, con una persona en la que se percibían sombras de pesadumbre y una especie de contrariedad que me resultaban inquietantes y que, lógicamente, desconozco a qué se debían. Vestido con la sencillez de un campesino o del hombre habituado a pasarse las horas en la huerta, ayer le divisé más tarde que otros días y comprobé que avanzaba con un paso desenvuelto, muy distinto del de otras mañanas. Al llegar a mi altura y cruzarnos en la acera vislumbré el motivo de su júbilo: entre los dedos sostenía con mimo, cual joya valiosísima, una ramita de mastranzo. Su olor me transportó a la infancia.

Ver Post >
La lección de Araújo
Juan Domingo Fernández 10-05-2013 | 8:41 | 0

El naturalista, escritor y divulgador Joaquín Araújo, afincado desde hace treinta y tantos años en un paraje próximo a los Ibores, en el corazón de las Villuercas, dejó la pasada semana desconcertado al auditorio que seguía atentamente su charla en el Ateneo de Cáceres cuando resumió su vaticinio respecto al futuro inmediato de la sociedad con una frase que tenía algo de acertijo y de misterio: «Hasta que lo primero no vuelva a ser lo primero, no hay solución». Lo primero es la Naturaleza o, en sentido muy amplio, la agricultura y la ganadería, porque como el propio Araújo señala en su libro ‘Cultivar, encuentros con la tierra’, «cuidar de lo que nos cuida es mucho más que las labores del campo».
Otra de sus grandes reflexiones cabe en una frase muy corta: «La Naturaleza no se endeuda». Araújo insistió en esa circunstancia para subrayar, precisamente, lo contradictorio y ‘antinatural’ que resulta el consumismo insensato en que hemos sucumbido y cuyas consecuencias están resultando devastadoras para buena parte de la sociedad.
Sostiene un proverbio oriental que son cuatro las cosas de las que siempre tenemos más de lo que deseamos:pecados, deudas, años y enemigos. En cuanto a los años, supongo que la inflación es abultada y más o menos constante en todas las generaciones. Respecto a los enemigos y los pecados, me parecen dos conceptos difícilmente evaluables a nivel colectivo. Pero las deudas… ¡Ay, las deudas! Nunca tantos debieron tanto a tan pocos. Nunca tantos españoles se endeudaron para convertirse en propietarios de bienes que no podían pagar al contado ynunca tantos bancos o entidades financieras engordaron su negocio, cebaron sus cuentas de resultados, incitando a consumir ‘dinero prestado’ como el que siembra a voleo.
La lección de la Naturaleza llega tarde para algunos, pero de los errores se aprende. Confío en que buena parte de la sociedad (al menos los que sobrevivan al cataclismo de la crisis) se hayan vacunado contra un modelo social basado en la avidez y en el despilfarro. Espero que los más perspicaces, los más juiciosos estén ya inmunizados contra la tentación de la deuda, contra el tocomocho de hipotecar el futuro.
«La Naturaleza no se endeuda» pero en la sociedad quienes suelen contar con carta blanca para entramparse son precisamente los ricos, los que tienen más posibilidades. Lo advierte la famosa frase: «Si yo te debo una libra, tengo un problema; pero si te debo un millón, el problema es tuyo». En España únicamente a los ricos y a los bancos se les ha otorgado el privilegio de endeudarse por encima del millón de libras, es decir, de garantizarse el recurso de pasarle la bola a otro. Mayormente al Estado, que ha visto que lo fácil y cómodo es ‘redistribuir’ la deuda entre el conjunto de los paganinis, quiero decir entre el conjunto de los contribuyentes y que apoquinemos la ronda a escote.
Intuía desde hace tiempo que el Poder (así, en abstracto y con mayúscula) nunca se ha caracterizado por su vocación ecológica, respetuosa con la Naturaleza. Desde que escuché a Joaquín Araujo la intuición se ha convertido en certeza.

Ver Post >
Plegaria del árbol
Juan Domingo Fernández 27-07-2012 | 6:55 | 0

En el Paseo de Cánovas de Cáceres y en otros muchos parques y jardines de España se exponen en carteles o en muros de azulejos la ‘Plegaria del árbol’, ese canto que seguramente pueda considerarse con toda justicia uno de los primeros manifiestos proteccionistas de nuestro tiempo. La plegaria, con múltiples versiones, tiene la fuerza de los salmos y de las invocaciones antiguas:

«Tú que levantas contra mí tu brazo armado, antes de hacerme mal ¡reflexiona!

Dios me ayuda a crecer sin molestarte. Soy la sombra amiga que te protege de sol. Mis flores y frutos sirven a tu recreo. El bosque en que vivo es fuente de salud, deleite y belleza. Soy la viga que soporta el techo de tu casa. Las tablas de tu mesa y la cama en que descansas. Soy el mango de tus herramientas. La tabla de tu cuna, la madera de tu barca, la puerta de tu casa, el bastón de tu vejez. Con mis ramas enciendo tu hogar y cueces pan. Mis hojas alimentan tu ganado y son abono para tus campos»…

La plegaria nos recuerda que el árbol representa la hermosura del paisaje, el refugio de los pájaros, el encanto de la huerta, la señal de la montaña, el calor de la leña en el hogar y un detalle nada desdeñable: «Cuando mueras, en forma de ataúd, seguirás necesitándome».

En casi todas las versiones de esta oración laica a se pide al hombre que no mutile al árbol con las podas buscando únicamente la leña, se alude al horror del fuego y se ruega no dañar a un ser vivo al que en muchos casos puede llegar a quererse como un hijo.

Es verdad que bastantes de las utilidades que la plegaria atribuye al árbol han sido superadas por el progreso o sustituidas por un más que discutible sentido ‘práctico’. Ni las vigas, ni las camas, ni las cunas, ni las barcas, ni los bastones, ¡ay!, son ya exclusivamente de madera. Ni tampoco es la leña el combustible que alimenta la mayoría del fuego de los hogares.

A quien escriba la próxima versión de la ‘Plegaria del árbol’ seguramente le corresponda subrayar, sin embargo, que los bosques son los que capturan el dañino CO2 de la atmósfera, los que luchan contra la erosión de nuestros suelos y el avance del desierto, los que atemperan el clima, los que purifican el aire y contribuyen a la salud mental de la sociedad. Que son, entre otras muchas cosas buenas, nuestros aliados de la vida.

Si estuviera en mi mano, a quienes provocan intencionada o irresponsablemente incendios y daños a los árboles yo les impondría –al margen de las penas que establezca la ley– una tarea añadida: copiar a mano la ‘Plegaria del árbol’ y divulgar el mensaje por tantos centros de enseñanza como árboles hayan sido destruidos por su brazo armado.

Ver Post >
Dersu y el agua
Juan Domingo Fernández 20-01-2011 | 10:10 | 0

En 1971 el director de cine Akira Kurosawa sufre una fuerte crisis con un intento de suicidio que le sume en un paréntesis de cinco años de silencio sin rodar una película. Renacido del abismo de la depresión, y con 65 años de edad, Kurosawa regala al mundo ‘Dersu Uzala’ (’El cazador’), una de esas obras maestras en las que el simbolismo del hombre en equilibrio con la naturaleza se convierte en enseñanza que trasciende circunstancias históricas o geográficas, una lección intemporal sobre los valores profundos de la humanidad. Un filme con el que obtuvo el Óscar a la mejor película extranjera de 1975 y que le proporcionaría también el entusiasmo y futura financiación de cineastas como Francis Coppola, George Lucas y Steven Spielberg.

‘Dersu Uzala’ está basada en las memorias del explorador del ejército ruso Vladimir Arseniev, quien conoce casualmente a ese viejo cazador siberiano que le servirá como guía en su expedición y en sus trabajos topográficos por la taiga y la tundra. Con una fotografía prodigiosa, la película es mucho más que la historia de una amistad, es el testamento de dos hombres, Arseniev y el propio Kurosawa, capaces de reflexionar y narrar con pureza el choque de dos civilizaciones, de dos maneras de concebir la vida y el progreso que acaban modificando no solo la relación entre los propios hombres, sino la manera en que el hombre convive con la naturaleza, con paisajes en el caso de ‘Dersu Uzala’ de una belleza luminosa, conmovedora.

El deterioro físico de Dersu, que empezó a perder vista, hace que el capitán Vladimir Arseniev decida llevárselo a vivir con él y su familia a la ciudad, pues dejarlo en aquellas condiciones en el bosque hubiera significado seguramente su muerte. Al principio la convivencia es fácil. Dersu se encariña con el hijo de Arseniev, al que llama «pequeño capitán» y con la mujer del militar, que le acepta en el hogar sin reticencias. Pero pronto comprueban que Dersu se consume como un pájaro en la jaula de aquellas cuatro paredes, sin poder montar su tienda en la ciudad o sin poder salir a cazar martas cibelinas…

Hay una escena que es reveladora del choque de mentalidades, de la dificultad de adaptarse a entornos con otra escala de valores. Dersu abronca y medio se pelea con un aguador, con el hombre que recorre las calles de la ciudad, con una gran cuba sobre un carro, y suministra agua a las casas. En la cabeza de Dersu Uzala no cabe que alguien pueda vender, que alguien pueda comerciar con el agua que corre libre por los ríos o por las fuentes. Ni comprende que deba pagarse dinero por la leña, que está ahí a disposición de todos, en el bosque, para alimentar la chimenea y la calefacción… Es más, Dersu no entiende que le reprochen haber discutido con el aguador porque para él, el agua «es gente», como son «gente» la luna, el sol o los propios árboles que nos dan leña. Porque el fuego también «es gente». A Dersu le dolía haber matado «gente» (un tigre al que malhirió) que no necesitaba para comer. En el universo del viejo cazador siberiano todas esas acciones eran portarse mal con la madre naturaleza. Así de sencillo.

Sospecho que ahora más que la naturaleza lo que importa es la economía. Y no estoy pensando en el concurso del agua para Cáceres…

Ver Post >
Sobre el autor Juan Domingo Fernández
Blog personal del periodista Juan Domingo Fernández

Últimos Comentarios

RuSoTe 30-06-2015 | 18:07 en:
Diógenes y el éxito
valbuenaarbaiza 25-04-2015 | 16:35 en:
Mis cinco libros
Robespierre 14-01-2015 | 22:39 en:
Charlie y la libertad
ribodred 12-07-2014 | 20:17 en:
El signo de los tiempos
ribodred 12-07-2014 | 17:17 en:
El signo de los tiempos

Categorías