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EL CARNICERO DE MAUTHAUSEN
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Manuel Pecellín | 19-05-2017 | 07:00| 0

       Aunque con menos capacidad de exterminio que Auschwitz, el también terrible campo de Mauthausen queda en la memoria colectiva como símbolo del horror absoluto. Sobre todo para los españoles: casi 5.000 fueron exterminados en aquella concentración de barbarie, marcada por su cantera de granito y la escalera de 186 que los reclusos debían subir varias veces cada día cargados con un bloque casi siempre superior a sus fuerzas. No obstante, sobrevivieron unos 2.000, gracias sin duda a la organización y solidaridad clandestinas que lograron establecer aquellos republicanos, curtidos en nuestra guerra civil y en la resistencia contra la Wehrmacht . Uno de ellos, Francisco Boix, fotógrafo del campo, pudo ocultar los negativos que resultaría claves para inculpar a los jerarcas de las SS procesados en Nürenberg. Emociona saber que,  al entrar el Ejército norteamericano en Mauthausen (5-V-1945), banderas republicanas habían sustituido a las nazis y  cubría la puerta una gran pancarta, hecha con sábanas,  en la que se podía leer: «Los españoles antifascistas saludan a las fuerzas libertadoras».

Entre los responsables de los centenares de miles allí muertos (casi todos no judíos alemanes y extranjeros  acusados de oponerse políticamente al III Reich), ninguno tan celébre como Aribert Heim, un médico de las Schutzstaffel, más conocido por el “Doctor Muerte”. El humor negro de los españoles lo apelaba “El Banderillero”, conocida su afición a poner inyecciones directas de compuestos tóxicos fulminantes en los corazones de sus víctimas. Nacido el año 1914, nunca se pudo certificar el fallecimiento de este discípulo de Mengele, aunque los más hábiles “cazadores de nazis” lo buscaron por medio mundo (Alemania, España, Argentina, Paraguay, Chile, Egipto, etc.). La camaleónica capacidad del vesánico galeno, que nunca se arrepintió de sus fechorías, ayudado por “Odessa” y otras complicidades, lo hizo eludir siempre a los posibles captores.

José Luis Muñoz (Salamanca, 1951), novelista que tantos premios cuenta en su haber, ya abordó literariamente el fenómeno presidido por Hitler en obras como El mal absoluto (P. Ciudad de Badajoz 2008). Reincide con El rastro del lobo, compleja obra cuyo protagonista es el inasible “Carnicero de Mauthausen”. Compuesta según factura cinematográfica, a base de flashs narrativos muy plásticos, aunque sin seguir el orden cronológico, bien documentada históricamente, cabe calificarla como “novela negra”. En efecto, junto al relato de las barbaridades cometidas por Heim, el libro bascula sobre las peripecias que sufre Joachim Schoöck, un policía de Stuggart con pasado misterioso, tratando se seguir las pistas del resbaladizo galeno. Siempre lo avisa algún cómplice cuando están a punto de detenerlo.

J.L. Muñoz engancha a los lectores por su dominio del discurso y ágil prosa (en ocasiones con máculas, como ese “más mayor” de las páginas 166 y 168, o la reiteración próxima del mismo término). Sabe recrear como pocos el asfixiante ambiente concentracionario, hasta hacernos sufrir con las vesanias increíbles allí cometidas. Lo mismo que  nos introduce en los sórdidos callejones de El Cairo; las soledades del latifundio suramericano; las oficinas de los agentes israelíes del Mossad o del Centro Wiesenthal; las dulzuras de Baden Baden o la laboriosidad de Stutggart, territorios implicados en la siempre frustrada persecución de Heim (también Ham, Karl Böhle, Tarek Husseim Farid o como quiera que se llamen bien el “Doctor Muerte” o los dobles urdidos para ocultarlo).

Tal vez no pueda, o deba, escribirse poesía después de Auschwitz (Th. Adorno). Pero la Shoah y sus ejecutores nunca serán suficientemente denunciados.

 

José Luis Muñoz, El rastro del lobo. Granadas, Ediciones Traspiés, 2017.

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MADRID EN GUERRA
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Manuel Pecellín | 12-05-2017 | 07:02| 0

 

 

En literatura (ocurre lo mismo con el cine, la música o las artes plásticas) siempre nos quedará el Madrid asediado por las fuerzas franquistas durante los años 1936-39.  Sigue siendo fuente, al parecer inagotable, de inspiración aquella urbe de donde, bien pronto, se marcharon rumbo a Levante, buscando mayor seguridad, los miembros del Gobierno y tanta gente (artistas, intelectuales, mílites, políticos) comprometidas con la causa republicana. Hasta el oro y  su mejor museo huyen. Los milicianos, con ayuda de las Brigadas Internacionales, más algunos  militares fieles, asumirían la defensa, encendidos por el “no pasarán”.

Madrid sufre enormes penalidades, que se incrementan según pasan los meses: asaltos, bombardeos, hambre, robos, miedo,  carencias múltiples, desórdenes de todo tipo, como los temibles “paseos”. Son tantos los autores que lo describen… Cada uno, claro está, desde sus propias perspectivas, extremadas muchas veces. Así,  es posible leer que la ciudad pasó en poco tiempo “de corte a cheka”, o que vino a ser el modelo heroico y sublime  de lucha contra el los fascistas. Aunque sin incidir en maniqueísmos trasnochados, la autora de La espina del gato, se adscribe más bien a la segunda tesis, según deja entrever el subtítulo: “El Madrid de la Guerra Civil fue la Numancia del siglo XX. Una conmovedora historia de amor y amistad”.

Yolanda Regidor (Cáceres, 1970), licenciada en Derecho, con un máster en Psicosociología, formadora ocupacional y asesora jurídica en proyectos sociales, había publicado otras dos novelas: La piel del camaleón  y Ego y yo (Premio Jaén 2014). La que aquí presentamos constituye una excelente prueba de madurez narrativa, basada en un discurso con registros múltiples, hábilmente entrelazados. Su núcleo es la voz de la protagonista,  que funciona a dos bandas, según la tome la abuela que hoy es o la preadolescente sumergida en el infierno-paraíso madrileño del 36. Irá evocando, en primera persona, sus vivencias (muchas parecen inverosímiles), dejando caer a cuenta gotas cómo se desarrolló  después su vida, hasta hoy. Al grueso de la urdimbre se unen otros hilos, como las cartas que el padre, miembro de la FETE-UGT, dirige desde el frente a la madre, maestra, menos ideóloga, pero  lúcida y comprometida. Proclamas, panfletos, romances de guerra, canciones populares,  alocuciones de radio, etc., van incorporándose también para reforzar el contexto. La guerra alteró incluso el lenguaje cotidiano,  según pasa a expresarse la gente. Hasta un Madrid enfebrecido llegan ecos exteriores, como el de la masacre en la plaza de toros de Badajoz o el asesinato de Lorca.

Aunque el clima bélico no fuera el más propicio, o tal vez sí, en aquellas duras circunstancias surge la entrañable amistad, elevada luego a amor, entre la niña y dos adolescentes, también abandonados en las  calles madrileñas. Auténtico “Gavroche” uno; de torturada psicología el otro, cuentan con la relativa protección del joven “Malatesta”,  ácrata  lúcido y valiente, otro personaje bien definido. Sobrevivirán en difíciles circunstancias, debiendo tomar tremendas decisiones, que nada ayudan a superar “la espina”, las inquietudes existenciales experimentadas por la narradora desde sus primeros años. Los tres quedarán heridos para siempre (como todo el país), si bien a la postre resulten más afortunados que la mayoría.

Yolanda Regidor, se ha dicho, es la nueva Almudena Grande de la narrativa española.

 

Yolanda Regidor, La espina del gato.  Córdoba, Editorial Berenice, 2017.

 

 

 

 

 

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EL VIENTO DE LAS ESPIGAS
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Manuel Pecellín | 06-05-2017 | 21:24| 0

 

 

Natural de Salvaleón y residente en Madrid, Juana Vázquez es doctora en Filología, licenciada en  Periodismo y catedrática de Literatura.  Suyos son los ensayos El Madrid de Carlos V, El costumbrismo español en el siglo XVIII, Zugazagoitia precursor de la novela social, San Juan de la Cruz, Las costumbres de la Ilustración, Historia literaria de España en el siglo XVIII (varios), El Quijote en clave de mujeres (varios) y  El Madrid cotidiano del siglo XVIII. Es autora de dos novelas,  Con olor a naftalina  y  Tú serás Virginia Woolf.  Ha colaborado en revistas importantes: Cuadernos Hispanoamericanos, Barcarola, Leer  o Ínsula, así como en los suplementos culturales de Diario 16, El Mundo  y ABC. Actualmente escribe en El País, Cuadernos del Sur  y otros periódicos.

Además, ha publicado estos siete `poemarios: Signos de Sombra, En el confín del nombre, Nos+otros, Gramática de Luna, Escombro de los días, Tiempo de caramelos y El incendio de las horas. Constituyen la base de esta antología, que aparece con un extenso preliminar de la escritora, quien ha asumido la selección de los poemas, añadiéndoles una docena hasta ahora inéditos. Según ella misma reconoce, los temas esenciales de sus versos son “Tiempo, Enigmas, Melancolía, Dios  y la Palabra” (pág. 9).  A ellos habría que añadir la memoria de los años infantiles, vividos en el pueblo, con la recia figura paterna al fondo, la cultura popular, la atracción del paisaje, los usos lingüísticos o  el código ético vigente (no aceptado con gusto). Así se percibe especialmente en Tiempo de caramelos, cuyos poemas también dan información sobre un yo poético desolado y errático, según   ella misma se declara desde la niñez.

Suscribimos la declaración de los editores: “La espiga y el viento es una antología que recorre la voz poética de siete poemarios de Juana Vázquez, con un universo rico y variado en temas, desde el más hondo y misterioso, donde se entabla un diálogo-reflexión con los enigmas existenciales y que recorre desde la inmensidad universal a lo breve y cotidiano del día a día. Desde lo onírico y enigmático, hasta la confesión de una voz infantil en la melancolía, o los sueños rotos de la madurez, donde el tiempo, ya no solo pasa sino que pesa.”.

La voz inconfundible de la autora, que no oculta su desorientación existencial, ajena a los dictados del raciocinio lógico, más amante de las metáforas que de los conceptos (aunque la motiven las reflexiones ideológicas), nos interpela desde sus posturas independientes, si bien con fobias y filias bien nítidas. Si emociona es porque nos atrapa en la misma perplejidad, cuando “el tiempo de las cerezas” se diluyó y buscamos, igual que Juana Vázquez, sobrevivir dignamente sin cerrarnos a las interpelaciones del otro.

 

Juana Vázquez, La espiga y el viento. Siero (Asturias), Ars Poética, 2017.

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PROTESTANTES ESPAÑOLES
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Manuel Pecellín | 29-04-2017 | 08:22| 0

 

 

El siglo XIX fue pródigo en grandes figuras españolas de las letras, las artes, la política y el pensamiento. Todas ellas han sido objeto de estudio (yo mismo dediqué mi tesis doctoral a los Krausistas). No obstante, continúan bajo las capas del olvido otros protagonistas de nuestra historia, personajes, si se quiere, “secundarios”, pero sin cuya contribución a la sociedad no podrían entenderse los avances experimentados en la castigada piel de toro durante dicha centuria. Uno de estos hombres fue Luis de Usoz y Río, “el discreto heterodoxo” según lo llama Manuel Serrano Vélez (Cariñena, 1942), autor de esta excelente biografía.

Aunque nacido en Sucre (1805), quien habría de convertirse en el infatigable editor de los españoles próximos a la Reforma, vivió casi siempre en la Península (salvo los años de estudio en Italia, becado en el  célebre Colegio Español de Bolonia, y los viajes por Europa, sobre todo Inglaterra). Hombre de buen patrimonio, acrecido mrced la boda con una rica y ejemplar mujer, María Sandalia del Acebal y Arratia, Usoz pudo dedicarse a su pasión más absorbente: la bibliofilia. Formó en la época un magnífico cuarteto de “bibliómanos” decimonónicos (según le gustaba definirse) Junto a Estébanez Calderón, Pascual Gayangos y Bartolomé J. Gallardo. Como también al extremeño, lo distinguirían rasgos comunes: acendrado amor a la obra escrita, gusto por la ortografía fonética, espíritu liberal, patriotismo sin mácula, luchas en defensa del idioma castellano puro y hasta buenas dosis de anticlericalismo. Usoz se comprometió también en la lucha por la democracia del país y la abolición de la esclavitud (¡todavía legal en España, por el interés económico de los grandes azucareros y otros oligarcas! Eso lo indujo a aproximarse a los cuáqueros ingleses, aunque nunca se adscribiera formalmente a esa Comunidad.

Pero la máxima solicitud en tiempo y dinero fue para  cumplimentar un muy ambicioso y nada fácil proyecto: hacer imprimir la Colección Reformistas Españoles, para cuyo buen término contaría con la ayuda de numerosos agentes (entre otros, un abuelo de Pío Baroja, novelista que retrataría a Usoz, no muy felizmente, en Diario de un protestante español). Ninguno lo apoyó más que Benjamín Wiffen, a quien había visitado en Mount Plesant, cerca de Woburn. El cuáquero inglés fue determinante para llevar a cabo la idea, que previamente requería la adquisición de las obras “protestantes”, duramente castigadas y casi  ilocalizables en España por culpa de la Inquisición.

Usoz se haría con los ejemplares oportunos a costa de mil fatigas. Fue dándolas a imprenta (en San Sebastián), hasta publicar una treintena de lo que él consideraba un patrimonio hispano valiosísimo. Suyos son también los preliminares, notas y, en su caso, versión castellana (fue notable políglota). Entre los títulos de aquel fondo cabe destacar los libros de Juan Valdés (el escritos a quien más apreciaba); algunos tratados de Cipriano de Valera y las Artes de la Inquisición Española (con entrega también en el latín original), cuyo enigmático autor firmaba Reginaldus Gonsavius Montanus, seudónimo  bajo el cual, según los mejores críticos actuales, se ocultaba el extremeño Casiodoro de Reina, el primer traductor al castellano de las Sagradas Escrituras completas (Biblia del Oso).

Usoz, que coleccionaría miles de romances, había hecho reeditar  el  Cancionero de burlas provocantes a risa (s. XVI), por él descubierto en la Biblioteca del Museo Británico, como muestra de que en nuestro Siglo de Oro hubo cabida para la literatura más procaz. Murió (1867) si conseguir publicar una Biblia en castellano, según procuraba.

Su viuda donó  (1873) a la Biblioteca Nacional de Madrid la que él había ido formando con tantos esfuerzos y costos, más de 11.000 volúmenes y un importante archivo (no bien conservado por dicha Institución). Con aquellos fondos pudo escribir el joven Menéndez y Pelayo su impagable, aunque tantas veces injusta, Historia de los heterodoxos españoles.

 

Manuel Serrano Vélez, El discreto heterodoxo Luis de Usoz. Córdoba, Almuzara, 2016

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DIEGO DONCEL
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Manuel Pecellín | 25-04-2017 | 11:17| 0

 

 

Como en cursos anteriores, subimos a la Biblioteca de Extremadura, junto a la cual lucen más cada día los impresionante restos de la Alcazaba árabe, para celebrar el Día del Libro 2017. Cada año, los organizadores invitan a un escritor de la tierra, que hace allí el elogio de la lectura. La BIEX imprime  un folleto con el pertinente discurso. A partir de 2002, por aquella tribuna han pasado Álvaro Valverde (Elogio de los libros), José Luis García Martín (El festín de Alejandría), Javier Rodríguez Marcos (Tampoco a mí me gusta), Antonio Sáez Delgado (Quijotes), Isaac Rosa (La lectura salvaje), Ada Salas (La vida silenciosa), José Antonio Zambrano (Sitio de todos), Irene Sánchez Carrón (La lectura como recompensa), María Rosa Vicente Oliva (En el principio fue el sonido), Basilio Sánchez (La vida que nos damos), Antonio Orihuela (Las palabras y las cosas), Pilar Galán (La lectura, qué gran misterio), Laura Rosa Tardío (Un libro, una pasión) y Elías Moro Cuéllar (¡Desenfunda, forastero!).

Estos títulos constituyen una preciosa colección ensayística, de carácter metapoético, donde cada autor lo que hace sobre todo es expresar cómo concibe su propio proceso creativo. Resulta impagable para cuantos estén interesados por  literatura que labran nuestros escritores.

A tan significativa nómina se une este año Diego Doncel. El poeta y novelista de Montánchez (también profesor y crítico) nos deleitó con sus reflexiones sobre El libro en la era del consumismo, texto que, según sus declaraciones, podría incorporarse a su obra próxima. Es una reflexión sobre el barrio donde vive, el mítico Malasaña de la movida madrileña, transformado ahora en “McLasaña”, ingenioso neologismo para designar la metamorfosis allí experimentada, símbolo de cuanto ocurre por tantos lugares: el antiguo espacio de luchas y provocaciones callejeras, se ha transformado hoy en “un libro ilustrado por grafiteros, modernos de la última modernidad, gastronomía cosmopolita, tiendas de topa alternativa con un leve aire londinense y bares diseñados según los cánones de los folletos turísticos”.

El ensayista proclama que también la literatura ha sucumbido a ese proceso de comercialización creciente. Los autores buscan apenas más que entretener al lector; sueñan con  acaparar portadas y pantallas, convertirse quizás en best-sellers, antes que innovar el lenguaje, denunciar injusticias o inducir conductas rebeldes. “Desde los altavoces neoliberales se nos dice que el escritor no debe tener ideología, no debe aspirar a influir en la sociedad, debe perder su carácter de pensar nuestro mundo. Escribe sólo para crear ocio, no aspira a tener lectores sino público”, según sus análisis.

Por el contrario, Doncel urge a volver hacia territorios que nunca debieron ser abandonados. En lugar de escribir libros débiles, menores, masivamente aceptados por los canales, nada conflictivos para el lector, estéticamente tradicionalistas y conceptualmente tópicos, él apela a la gran tradición, que ve las palabras como forma de aproximarse a la verdad, al sentimiento y fraternidad de los hombres, pues: “somos hijos de la razón de Galileo, de los puntos de fuga de Cervantes, del corazón que late en cada página de Shakespeare. Estamos enamorados de Anna Karenina o de Madame Bovary. Hemos visitado muchas veces el Nueva York de Lorca o la Venecia de Josef Brodsky. Creemos que un libro es una forma de salvación”.

Como para confirmarnos en la vigencia de las virtudes clásicas, la joven Mercedes Trigo Navarro puso broche de oro interpretando la Suite para violonchelo solo nº 1 en Sol mayor  de Juan S. Bach.

 

Diego Doncel, El libro en era del consumo. Mérida, Dirección General de Bibliotecas, 2017

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JESUITAS EN BARCARROTA
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Manuel Pecellín | 23-04-2017 | 11:47| 0

Catedrático de Historia Antigua de la Universidad Autónoma de Madrid, ya jubilado, el Dr. García Iglesias (Barcarrota, 1943) es autor de muy apreciadas publicaciones sobre su especialidad. A partir de 1990. fue incrementándose su interés por los estudios eclesiásticos y la Historia de la Iglesia, obteniendo la licenciatura en ambas modalidades.

Desde entonces, ha trabajado de modo especial sobre la Compañía de Jesús, a la que tiene dedicada cuatro obras y numerosos artículos. Importa recordar aquí  su libro Los jesuitas en Badajoz (1971-1976).

Este opúsculo (pequeño volumen con medio centenar de páginas) hace el nº 23 de la colección “Altozano”, serie de la que Francisco Joaquín Pérez González es meritorio artífice y mantenedor, según reconoce el sabio Académico.(García Iglesias fue elegido miembro de la Real de Extremadura el 31 de diciembre de 1997).

Su trabajo rezuma por doquier “cultura jesuítica”, aunque se centre en la presencia ocasional en Barcarrota de los padres de la Compañía, por razones  pastorales, durante el periodo acotado.

Para escribirlo, el autor obtuvo un privilegio que a muy pocos conceden los seguidores de San Ignacio: consultar los diarios domésticos (en este caso, tres volúmenes con 1.200 páginas) redactados en la Residencia jesuítica de Badajoz por distintos comitentes (no todos atentos), según se acostumbra en  las Casas de los Religiosos. Allí ha ido barriendo el historiador, con su conocida pulcritud, las noticias localizadas sobre su pueblo natal, que él adoba graciosamente con sus sabrosos recuerdos de infancia y adolescencia en la villa.

 Según cabe esperar de tan sesudo investigador, las va ofreciendo debidamente contextualizadas, lo que convierte el conciso texto en un enriquecedor apunte para la historia de la Diócesis pacense (con singular atención a los años de la II República y la Guerra Civil). Si a todo esto añadimos la cuidada prosa en que está compuesto, explican que con esta publicación se eleve la valía de una serie donde abundan los títulos realmente valiosos. (Aquí mismo reseñé el penúltimo, un atrevido ensayo del Dr. Esteban Mira en torno a las raíces judeoconversas de  Hernando de Soto).

Lo edita la Universidad Popular barcarroteña, que lleva el nombre de Hilario Álvarez. En la misma colección acaba de aparecer un el nº 26, donde se recoge una antología de artículos que este catedrático de Literatura, llegado un día desde su Asturias natal  (n. 1927) para afincarse entre nosotros, fue dando a luz en la Revista de Ferias de  Barcorrota.

 

 

 

García Iglesias, Luis, Los Jesuitas y Barcarrota (1943-1973). Barcarrota, Universidad Popular, 2017

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FUNDAMENTALISMOS IDEOLÓGICOS
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Manuel Pecellín | 08-04-2017 | 07:05| 0

 

 

Javier de Lorenzo es una de las personalidades españolas más respetadas en el espinoso campo de la “filosofía de la ciencia”, área tradicionalmente de escaso culto para nuestros compatriotas. Hijo del escritor Pedro de Lorenzo y natural de Cáceres (1939), cuenta con una excelente preparación para abordar las difíciles labores que su especialidad comporta: es licenciado en Matemáticas y doctor en Filosofía, además de titulado en Periodismo. Una larga carrera docente (50 años) lo conduce desde la cátedra del madrileño instituto Ramiro de Maeztu, hasta la Universidad de Valladolid, donde se jubiló  (2010). Autor de una muy abundante bibliografía, ha participado también en la fundación, dirección o mantenimiento de revistas, sociedades e instituciones relacionadas especialmente con el estudio, desarrollo y enseñanza de la Matemática y su historia.

Javier de Lorenzo dedicó la tesis doctoral a  J. H. Poincaré (1854-1912), a quien calificó como “matemático visionario y politécnico escéptico”. Nunca ha desistido en su respeto por el genial polímata, si bien ha prestado igualmente atención a otras grandes figuras europeas de las pretendidas “ciencias exactas” (que, a la postre no son tan firmes y seguras como otros pretenden). Por nombrar algunos de los más relevantes: Frege, Peano, Hilbert,  Brouwer,  Russell,  Gödel, Weyl, Heyting, Skolem, Wittgenstein o N. Bourbaky (en realidad, un colectivo francés, con hasta tres generaciones de sabios).

Una de las grandes preocupaciones intelectuales de nuestro filósofo, resaltada por Poincaré, es que se formula como “crisis de fundamentos”. Singularmente sentida por los matemáticos desde finales del XIX, aunque afectara en realidad a todas las ciencias, la   Grundlagenkrise der Mathematik fue agudizándose a medida que las “paradojas” emergentes sembraban el desconcierto en los espíritus más lúcidos, al tratar de establecer  bases sólidas a partir de las cuales construir el edificio del saber, sin miedo a incurrir en nuevas contradicciones o lagunas insalvables. Sin duda, esta preocupación (con viejos antecedentes en la historia de la Filosofía), fue una de las raíces más fructíferas para el desarrollo de la Matemática durante el último siglo, a la que se deben extraordinarios avances.

Mucho ha escrito Javier de Lorenzo sobre el tema. Si incide nuevamente en la cuestión con este extenso ensayo (440 páginas), que ha querido subtitular “Fundamentalismos matemáticos del siglo XX”, es sin duda por las razones sugeridas en los preliminares: el creciente ascenso experimentado durante los lustros últimos (derruidos ya los acerados muros en los “paraísos comunistas”)  de dogmas político-sociales, con base religiosa, cuyo radicalismo dogmático parece poner en peligro, apocalipsis no desechable,  al mundo contemporáneo.

Ante el peligro fundamentalista, tal vez no resulte inútil repasar los denodados esfuerzos de los científicos más lúcidos por descubrir verdades y métodos de validez universal, viéndose enfrentados unos a otros, sin ponerse de acuerdo. Hombres y mujeres de las escuelas formalistas, intuicionistas, lógicas, estructuralistas, analíticas, neopositivistas, eclécticas, etc.,  polemizarán entre sí, viéndose forzados a relativizar sus tesis básicas. Conociendo esta historia de las mentalidades, cuyos hitos fundamentales expone el autor, ¿cómo pretenderse poseedores de verdades absolutas, más aún en áreas que superan los límites de lo empírico o racionalmente verificable, dispuestos a eliminar físicamente a cuantos discrepen?

De todos los capítulos del libro, quizás el más asequible, también más próximo a nuestros intereses, sea el dedicado a N. Bourbaki, el colectivo que más ha marcado la Matemática durante el medio siglo último. Un primer esbozo de este texto fue el tema de la conferencia que el autor pronunciase al inaugurar el XVI Congreso Nacional de Matemáticas (Medellín, Colombia, 2009). Por su benevolencia, una versión ampliada del mismo se publicó en el Boletín, que por entonces yo dirigía, de la R. Academia de Extremadura (Tomo XVII, 2009, pp. 71-108).

Javier de Lorenzo no sólo es un sabio, sino un gran comunicador. Su prosa impecable, con indudable voluntad de estilo, en la que abundan los recursos literarios, sobre todo las anáforas y anadiplosis concatenativas, contribuyen a mantener la atención de los lectores en temas no fácilmente comprensibles para los no iniciados.

 

Javier de Lorenzo, Matemática e ideología. Madrid, Plaza y Valdés editores, 2017.

 

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HOMENAJE A LA MÚSICA
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Manuel Pecellín | 29-03-2017 | 22:15| 0

 

 

Sin música, la vida sería un error, escribe Nietzsche en El crepúsculo de los ídolos (tremenda obra, a la que puso por subtítulo Cómo filosofar a martillazos). “Todo lo que no es música se confunde en el silencio”, sugería Gregorio González Perlado, alineándose con la demanda de Verlaine: “De la musique avant tout”.  El más iconoclasta de los pensadores alemanes pensó primero que las composiciones de R. Wagner encarnaban su propio ideal, aborreciéndole después para entusiasmarse con creadores como Bizet, cuya Carmen representaría mucho mejor sus ideas sobre la voluntad de poder, el eterno retorno, el entusiasmo por la vida o el superhombre (niño que juega siempre, sin conciencia del mal), el triunfo de lo báquico sobre lo dionisíaco.

El lema nietzscheano figura en la entradilla de la obra que ganó el XVIII Certamen de Relatos Cortos “Rafael González-Castell”, premio anual mantenido contra viento y marea merced a la solicitud del Ayuntamiento de Montijo y los afanes de la familia que le da nombre, con la insustituible Piedad González-Castell en cabeza. Carlos del Pozo (Madrid, 1963), su autor, es licenciado en Derecho y pertenece al Cuerpo Superior de la Administración de Justicia, para la que trabaja desde Cataluña, sin omitir el cultivo de la literatura. Tiene publicados libros de viaje (Raíles sobre la mar), crónicas periodísticas (Los años del Abreviado), biografías (Lo que Pilar(Narvión) ha dicho), así como un notable conjunto de novelas, algunas también premiadas: La vida que se cumplió; Mercedes, el joven poeta y una comedia de Miguel Mihura; Mudanzas y despedidas; Háblame del paraíso azul y Montevideo no se acaba. Sus textos figuran también en diferentes antologías.

Que, según ocurre cada año, escritores de esta proyección se decidan a participar en el concurso montijano dice mucho a favor de los organizadores del evento. Según resaltaban al presentar la obra Manuel Gómez Rodríguez, alcalde del municipio, y su concejala de Cultura, María Jesús Rodríguez Villa,  tanto su Corporación como las que le precedieron (aunque de diferente adscripción política) vienen apoyando decididamente este Premio porque todos se enorgullecen de Rafael González-Castell – personaje digno de estudio- como una seña de identidad de Montijo.

Están tocando nuestra canción es la compilación de ocho relatos homogéneos, cada uno de los cuales se construye en torno a una composición más o menos famosa y su respectivo intérprete: “La mujer que yo quiero”, “Ramito de violetas”, “El muerto vivo”, “Procuro olvidarte”, “Vivir así es morir de amor”, “La flor de la canela”, “Gwendoline” y “La chica de ayer”. Redactadas en primera persona, para incrementar el aire autobiográfico que las impregna (aunque Del Pozo proclame el carácter ficcional de las misma), el sujeto literario evoca anécdotas que ha vivido junto a algunos de los cantantes, amigos o compañeros/as en determinados conciertos, recitales, tertulias y guateques, al son de sus músicas preferidas. Es, sin duda, donosa evocación de la dorada juventud, con apuntes sociológicos de la España que le tocó vivir.

Todos llevamos dentro canciones con las que nos identificamos por encima de las demás, capaces de  pellizcarnos el corazón, estremecernos, irritarnos o hacernos soñar con tantas cosas.  Constituyen algo así como la “banda sonora” de nuestra existencia. Seguramente las de Carlos del Pozo son las antes señaladas.  En ellas nos reconocemos varias generaciones de españoles. Y si es verdad,  en atisbo de Javier Cercas, que todo relato tiene un “punto ciego” en el que creador y lectores coinciden, estas narraciones abundan en los mismos, más perceptibles quizás si se las repasa con la oportuna música de fondo.

El volumen se ha impreso en los talleres de la Diputación provincial.

 

Carlos del Pozo, Están tocando nuestra canción. Montijo, Ayuntamiento, 2017

 

 

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EL DRAMA DEL EXILIO
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Manuel Pecellín | 25-03-2017 | 09:15| 0

El exilio es un fenómeno seguramente tan antiguo como la humanidad, más identificable desde que en el neolítico el hombre se asienta en lugares que va a considerar propios: tribus, agrupaciones sociales, pueblos que se ven forzados por otros a salir del hogar de sus mayores para salvar la vida o encontrar mejores fórmulas de subsistencia.  Entre nosotros, así lo sufrirían hispanogodos, andalusíes, judíos, moriscos, constitucionalistas, liberales, republicanos … por no decir las multitudes emigradas durante siglos al Nuevo Continente o las contemporáneas rumbo a Europa, por no decir el continuo flujo interior desde las regiones pobres a las más ricas (no siempre las mismas a lo largo de la historia).

Mucho sabe de exilios Velbor Côlic, natural (1964) de Modrica, pequeña población al norte de Bosnia-Herzegovina, en la antigua Yugoslavia. La locura bélica que arrasó buena parte de los Balkanes, también hubo de sufrirla este hombre, que había estudiado literatura en Sarajevo y Zagreb. Periodista, trabajaba en la radio como responsable de las emisiones de rock y jazz, sin omitir la creación. Redujeron su casa a cenizas; perdió los originales de algunas obras y, alistado por fuerza en el ejército, vio morir, muchas veces en las circunstancias más horribles, a innumerables personas. Su novela Los bosnios (Le Serpent à Plumes, 1994),  también editada por Periférica, 2013, constituye un testimonio escalofriante de aquella locura.

Côlic desertó (1992), fue encarcelado, pudo huir y, tras duro peligro, logró llegar a Francia, : “Tengo veintiocho años y llego a Rennes con tres palabras de francés por todo equipaje: Jean, Paul y Sartre. También llevo mi cartilla militar, cincuenta Deutsche Mark, un boli y una gran bolsa de deporte, color verde aceituna, de marca yugoslava. Su contenido es escaso: una manuscrito, algunos calcetines, un jabón deforme (parece una rana muerta), una foto de Emily Dickinson, una camisa…, un rosario, dos postales de Zagreb (sin usar) y una cepillo de dientes”. Así comienza su obra sobre el exilio, donde evocará lo más relevante de cuanto le acaece hasta convertirse en un  escritor famoso.

Sin duda, quien tras atravesar Croacia, Eslovenia, Austria y Alemania, acude al centro de acogida para solicitantes de asilo en Rennes, llega mucho mejor preparado que la mayoría, pero no sin tremendos desgarrones psicológicos.  No mucho le ayudarán a recomponerse el recurso al alcohol, el sexo, los viajes u otras evasiones, de las que se van dando cuenta en estas páginas, no sin un enorme sentido del humor. (Abundan los chistes, algunos bastante malos o muy conocidos). Poco a poco, este “Hemingway de los Balkanes” – recuerda irónicamente que así lo calificaba la crítica- , que se dice poeta y filósofo, amén de narrador, va a convertirse en figura de las letras. Contribuyen la buena acogida, como la estancia durante un año en el Parlamento de los escritores de Estrasburgo, y el rápido éxito editorial. Hoy reside en Bretaña, impartiendo talleres de escritura.

No obstante, tendrá que convivir con los fantasmas invasores de su espíritu, un aluvión de huesos secos y fosas comunes, de torturas, violaciones y horrores miles desencadenados por la guerra (con más de 100.00 víctimas y 1.800.000 de personas desplazadas). Se comprende que lo asalten y nos los dibuje en cualquier pasaje de Manual de exilio, texto fragmentario,  donde historia, periodismo, poesía y filosofía alternan con el relato autobiográfico. Y eso pese a que el autor se dice ya reconciliado con la humanidad.  Para sobrevivir, son impagables las lecciones recibidas de gente como de los gitanos Mehmet Bairami o Joszef Farkas; el hábil carterista José Miguel “El Mariposa”; el sabio Nikola o tantas amigas encontradas en París, Milán, etc. También algún encuentro ocasional, como el que tuvo con S. Rushhdie, otro que tanto sabe de persecuciones y de quien se hacen un magnífico retrato.

 

Velibor Côlic, Manual de exilio. Cómo aprobar su exilio en treinta y cinco lecciones. Cáceres, Periférica, 2017

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ROMANCES DEL CID
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Manuel Pecellín | 22-03-2017 | 07:22| 0

 

El 23 de abril de 2010, día bien idóneo,  asistíamos en la Biblioteca de Extremadura, bajo la dirección entonces de  Justo Vila, a un acto singular: Fernando Serrano Mangas (+) entregó a la Consejera de Cultura, Leonor Flores, una joya bibliográfica, un ejemplar desconocido hasta la fecha de la Hystoria del muy noble y valeroso caballero Ruy Díez de Bivar en romances, en lenguaje antiguo  (Lisboa, Antonio Álvarez, 1605), recopilación preparada por Juan de Escobar.

Al parecer, el Dr. Serrano, que no quiso desvelar a los curiosos periodistas los intríngulis de la compra, había adquirido a buen precio tan rara pieza en la tienda de un “alfarrabista” de Lisboa y tuvo a bien donarla a los cada vez más ricos fondos de la BIEX. (“Sebo o alfarrabista é o nome popular dado a livrarias que compram, vendem e trocam libros usados”, leemos en Wikipédia).

La editorial Castalia había publicado, ya póstuma (1973),  la edición que de dicha obra dejase dispuesta D. Antonio Rodríguez-Moñino para la “Colección de Romanceros de los Siglos de Oro”. Llevaba un prefacio de otro gran especialista, Arthur Lee-Francis Askins, hoy profesor emérito de la prestigiosa Universidad de Berkeley y autor de numerosos estudios sobre el tema.

La reedición que ahora presentamos recoge aquel texto, precedido por un breve apunte de dicho investigador, amén de un preámbulo que firma José J. Labrador Herraiz, coordinador de la serie Romanceros patrocinada por el Frente de Afirmación Hispanista. Ha tenido a bien incluir un extenso pasaje en que Justo Vila evoca sus amistosas relaciones con Fernando Serrano.

Sigue el facsímil del volumen que preparase Escobar, reproduciéndolo no del ejemplar que guarda la BIEX (con lagunas, pese a la magnífica labor restauradora hecha por Pedro Barbáchano a partir de la donación), sino según el otro ejemplar de la princeps hasta hoy localizado. Lo conservan en la Biblioteca Houghton de Harvard, donde llegaría el año 1922, donado por J.B. Stetson, procedente de la colección de Fernando Palha.  (Aunque Moñino habla de otro ejemplar, que estaría en la Universidad de Gotinga, al parecer nunca ha figurado allí. Ni se conoce el paradero de otro, subastado el 1996 en Londres por Christie`s, al nada módico precio de remate de 5.290 libras). Sólo se ha aumentado ligeramente el tamaño de las letras, para facilitar su lectura.

Se dice que el romance constituye la poesía española por excelencia, en sus modalidades múltiples. Sin duda, los denominados de “gesta” y con protagonismo del mayor de nuestros héroes medievales tuvieron que ser forzosamente muy numerosos, más aún tras la invención de la imprenta. “El conocimiento de los textos, respaldado en esencia por las publicaciones de Rodríguez-Moñino y sin duda facilitado por la actual sencillez de acceso a ellos, sumado al cada vez más amplio repertorio de materiales de trabajo que aparece en revistas y libros, ha favorecido enormemente el estudio del romancero desde las perspectivas literarias y bibliográficas”, escribe Lee-Francis Askins (pág. 28).

La compilación de Escobar (tal vez un andaluz residente en Lisboa) fue la antología del Siglo de Oro que tuvo más reimpresiones. Askins pergeña en su estudio el núcleo de las peripecias y antecedentes bibiográficos de la misma. Ahora podemos disfrutar de la edición princeps (facsimilada) merced a la generosidad de Serrano, la clarividencia de Vila y los buenos oficios de mecenas, investigadores y editores.

 

Hystoria del muy noble y valeroso caballero El Cid Ruy de Biuar…México, Frente de Afirmación Hispanista, 2017.

 

 

 

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