Hoy

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EL ÓRGANO DE GARROVILLAS
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Manuel Pecellín | 25-06-2017 | 10:02| 0

 

Garrovillas conserva el órgano más antiguo de Europa. Según frase de Gerard de Graaf,

en su iglesia de Santa María de la Consolación es de los pocos lugares europeos donde

aún resulta posible oír tan maravilloso instrumento con la entonación renacentista

original. Autoridad tiene para afirmarlo el maestro holandés, que en los años ochenta

del siglo último lo trabajó a fondo. Lugar estratégico para vadear el siempre difícil Tajo,

si no vio allí su luz primera nuestro autor (Santiago del Campo, 1943), sí lo tiene por su

pueblo. Hasta qué punto lo ama, bien lo ha plasmado en una obra anterior, Calleja del

Altozano (2012), de la que aquí se localizan numerosos ecos.

De su intensa biografía s recodaré algunos otros datos, cuyas huellas se perciben en El

maestro organero. Es ante todo periodista, habiendo ejercido la información política

desde 1966. Ha desempeñado cargos de responsabilidad en diferentes medios

nacionales. Fue director de los Servicios Informativos de la Presidencia del Gobierno

con Adolfo Suárez. ¿Cómo extrañar que el protagonista de la novela, un habilidoso

restaurador de órganos (sueña con que le encarguen uno nuevo, según ocurrirá al final

de su vida, ya en el extranjero), se vea forzado a dirigir el periódico el Villamencía

(trasunto aquí de Garrovillas), El Telégrafo, creado por las fuerzas progresistas

locales?

Barriga, bibliófilo contumaz, ha proclamado no pocas veces cuánto le debe a cierto

profesor del Seminario de Plasencia, sacerdote extraordinariamente culto, tolerante y

bondadoso. Tal vez sea homenaje a aquel presbítero la creación del otro gran

protagonista de la obra, D. Marceliano Villalobos, el arcipreste de Villamencía, digna

encarnación de tantos clérigos extremeños que en el XIX lucharon por modernizar

nuestro país: Muñoz Torrero, José Segundo Flórez, “El cura Mora” y muchos otros.

Hombre formado en universidades europeas, políglota, el ya maduro párroco de la

villa mantiene relaciones epistolares con otras mentes preclaras de varias naciones

para contrarrestar los ímpetus antimodernistas de Roma, triunfantes al fin con el

Vaticano I. Renunció a posibles sinecuras eclesiásticas para refugiarse en aquel

pueblecito cacereño, donde se dedica a aconsejar y enseñar, sin desdeñar las labores

manuales (carpintería, encuadernación, horticultura) y nutrir su magnífica biblioteca.

Es el mantenedor de la tertulia que acoge en la propia casa, donde sobresale su

contrapunto ideológico, el combativo “ Indiano” que le refuta la posible armonía entre

fe y razón, religión y ciencia ¡Qué bien desarrolladas están en estas páginas las

discusiones sobre las tesis de Darwin o documentos como el Syllabus, alucinante

condena firmada por Pío IX en 1864, donde se anatematizan “errores” tan temibles

como la libertad de pensamiento, la separación entre la iglesia y el estado, la

independencia de la Filosofía frente al magisterio eclesiástico o la libertad de

pensamiento, culto, imprenta y conciencia!

Otro rasgo de Barriga, latente en las páginas todas, es la pasión por Extremadura,

tierra cuya historia no deja de estudiar; que le duele tanto como la ama y por la que

viene esforzándose desde plataformas múltiples

Escrita en primera persona, El maestro organero se conduce como las memorias

compuestas por el músico singular: retoño último de una familia con raíces

holandesas, de etnia sefardí, afincado junto a Villamencía, va y viene por toda la

provincia – más frecuentes excursiones a los Países Bajos – dedicándose a reparar

instrumentos musicales, órganos especialmente, destrozados a consecuencia de la

incuria e ignorancia, amén de los procesos desamortizadores (que, eso sí, hicieron aún

más rico al Cabildo catedralicio, bajo la batuta de un Arcediano sin escrúpulos). Los

viajes le permiten también servir de correo y “cosario” para introducir o sacar

materiales sensibles (sean libros prohibidos o informes peligrosos).

Sin duda, el núcleo de la narración lo ocupan los acontecimientos que más marcaron la

vida del músico – trasunto en buena medida del propio autor- , sus vivencias junto al

Arcipreste en torno al año 1868, fecha de la Revolución “Gloriosa”. El músico

–hombre pacífico, cordial, nada dogmático, más bien incluible en la “tribu de los

perplejos”- se ve sumergido en la vorágine que convierte la novela en un thriller: la

misteriosa muerte (¿natural?, ¿provocada?) del buen párroco, hombre sin duda

molesto al estamento clerical y a los detentadores del poder sociopolítico, provoca la

detención y enjuiciamiento del organista. Masones y ultramontanos se esfuerzan a fin

de atraerlo a las respectivas causas, intentonas en la que alcanzarán algún

protagonismo las misteriosas mujeres de la Casa Murana, mansión cuyos entresijos no

se desvelan.

El ingenuo “naim” – término que funciona en contraposición a “goyim”: judíos

creyentes versus gentiles – comprende que más le vale recurrir al tiro de sus caballos

frisones y, repitiendo la diáspora sufrida por tanta gente de la tierra “abandonar aquel

territorio de gente áspera e intolerante” (pág. 189), según hicieron sus ancestros

sefarditas. Se refugia en la Grande Chartreuse, junto a Grenoble. Allí, se encuentra

con el arzobispo de Malinas, desposeído por Roma de su sede diocesana por oponerse

a los aires ultramontanos. Descubrimos que entre el prelado belga y el arcipreste

extremeño no sólo hubo amistad, sino numerosas complicidades.

El maestro organero, narración con virtudes para aproximarla al texto histórico, el

relato autobiográfico, el cuadro sociológico e incluso la novela negra, se lee

placenteramente, seducido por la complicidad con el autor.

 

José Julián Barriga Bravo, El maestro organero. Madrid, Beturia, 2017

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EL ESPLENDOR DE LA DEHESA
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Manuel Pecellín | 15-06-2017 | 06:43| 0

 

Nacido en Villanueva de la Serena (1919), doctorado en Filología Hispánica, Mario Martín ha sido profesor en las universidades de Marburgo y Brno,  ahora en la cacereña Facultad de Formación del Profesorado de la Universidad de Extremadura. Ha escrito numerosos ensayos, como Una poesía de la presencia. José Herrera Petere en el surrealismo, la guerra y el exilio (Premio Gerardo Diego de Investigación Literaria, 2009), Entre la fantasía y el compromiso. La obra narrativa y dramática de José Herrera Petere (2010), Los (anti)intelectuales de la derecha en España. De Giménez Caballero a Jiménez Losantos (2011) y La patria imaginada de Máximo José Kahn. Vida y obra de un escritor de tres exilios (Premio Amado Alonso de Crítica Literaria, 2012) y Una historia compartida. La resistencia franco-española (1936/1950) (Premio Arturo Barea 2013).
Atento también a la creación literaria, el hermano de la escritora Susana Martín Gijón,  ha publicado las novelas  Inconvenientes del turismo en Praga y otros cuentos europeos (Premio Tigre Juan 2012) y  Un día en la vida del inmortal Mathieu (2013), más  dos libros de poesía: Latidos y desplantes (2011) y Rendición (2012).
Con Un otoño extremeño, el autor, tan alejado de cualquier chovinismo, según muestran los títulos citados, rinde homenaje a la tierra que lo vio nacer, cuya riqueza paisajística (la dehesa, sobre todo) lo asombra. Como le ocurriese al profesor alemán Thomas Jung, protagonista de este supuesto diario, un gran experto en patologías forestales,  que pasó un curso en Extremadura para combatir las plagas de plagas fitóftoras capaces de secar sus muy admirados encinares y alcornocales. Al partir, deja  en unos cuadernos manuscritos  Ein Herbs in Extremadura, en realidad el viejo recurso que Cervantes consagró merced a Cide Hamete Benengeli. El libro no sería sino la traducción de tales memorias a cargo de Esteban Carrasco Villanueva, miembro del departamento universitario que contratase  temporalmente al investigador alemán. Anota aquel en los preliminares como el meticuloso muniqués “se enamoró desesperadamente de Extremadura, con un amor sin duda trágico,  porque sabía que no podía durar y que tenía una fecha de caducidad improrrogable”. Por supuesto, algún personaje femenino, la joven Cristina, influirá no poco en el idilio.

No sorprenden tanto los conocimientos técnicos del apasionado fitólogo (Martín Gijón ha debido hacer notables esfuerzos para documentarse), cuanto el voltaje lírico de sus apuntes. Como si siguiera a su paisano Nietzsche, defensor de que las metáforas son preferibles a los conceptos, el memorialista nos regala una y otra vez tropos excelentes.  Así, nos dice su admiración ante “los montes de tierra rojiza cortados por las líquidas cimitarras de los aspersores” (pág. 21); se conmueve junto al alcornoque desollado por el descorchador o “las manchas relucientes de los viñedos, como apenas oasis domesticados en la inmensa extensión de los breñales” (pág. 88); abomina de su actual gobierno, “encabezado por una matrona rígida e implacable con quienes no concuerdan con su credo de acariciar al capitalista y flagelar al necesitado (pp. 112-113) y no oculta que  en ocasiones la región también puede mostrársele “arisca, incomprensible e impermeable” (pág. 121). Intuye, sin embargo, que ya nunca podrá acostumbrarse a otros territorios, digamos “la recatada y pacata luz de Múnich, tan ridícula frente a la avalancha solar de Extremadura” (pp. 127-128). Tal vez por eso parte rumbo a Australia, a la búsqueda de territorios similares.

Para nosotros, la reivindicación de un paisaje único, con una prosa tan deslumbrante como la flora y fauna que lo habitan.

 

Mario Martín Gijón, Un otoño extremeño. Mérida, ERE, 2017

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RELIGIOSIDAD POPULAR AFROAMERICANA
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Manuel Pecellín | 10-06-2017 | 06:16| 0

 

 

Los autores de este volumen con 360 páginas e ilustraciones generosas (una imagen vale más que mil palabras) son siete, número que, tratándose de estudios dedicados a dioses, orishas, santería y vudú, acaso no resulte ocasional o, al menos, insignificante.

Son sus editores y coautores José Ignacio Urquijo Valdiveso (Laudio-LLodio, 1960), antiguo profesor de Sociología en la Universidad de Extremadura, y Tomás Calvo Buezas (Tornavacas, 1936), catedrático emérito de Antropología de la Complutense. Ambos son también licenciados en Teología. La obra constituye un homenaje a Ildefonso Gutiérrez Azopardo, tal vez el mejor afroamericanista español, fallecido en Madrid el año 2011, tras  seis lustros de estancia en Latinoamérica; se reproducen tres trabajos suyos. El volumen recoge también estudios de  los antropólogos Félix Báez-Jorge (México, 1944),  la catedrática brasileña Rita Laura Segato, la cubana Aída Esther Bueno Sarduy y Narciso J. Hidalgo,  nacido también en Cuba, profesor hoy de la Universidad de St. Petersburg (Florida).

La obra ofrece así un atractivo “mapa iris étnico”,  donde se configura el extraordinario simbolismo que encierra la religiosidad popular vigente en los países centro y suramericanos, cuya población indígena, antiguos esclavos traídos de África y colonos blancos, darán origen sincréticamente, en un contexto sociocultural plagado de tensión múltiple, a manifestaciones culturales únicas. Su análisis, merced a las herramientas que las ciencias sociales proporcionan, permite entender los orígenes, desarrollo y riqueza de esta cultura religiosa, muchas veces vivida como signo de identidad, centrándose en trabajos de campo hechos en Brasil, Colombia, Cuba y República Dominicana (más un apunte sobre la actual “migración” de los orishas a la antigua metrópolis).

Tomás Calvo suscribe dos colaboraciones. La primera, redactada en prosa coloquial, de la que el texto se resiente (la obra toda habría requerido una más atenta corrección de pruebas), es de carácter panorámico, con múltiples flashs sobre los países por él recorridos, cámara en ristre, atento a cualquier fenómeno etnográfico que se le presente. La segunda se titula  “Indios, negros y hacendados: un caso paradigmático compulsivo en el siglo XVIII”. Basándose en el informe manuscrito por Fr. Joseph Palacios de la Vega, exmilitar profeso con los franciscanos, que funciona  en Cartagena de Indias  a la vez como soldado, colonizador y misionero, el autor pondera el papel que la Iglesia tuvo en la aculturación de la sociedad iberoamericana.

Proceso en absoluto pacífico, explicaba Gutiérrez Azopardo, quien en un primer trabajo describe  la “cultura de la resistencia”, ocupándose de los negros alzados, huidos de la esclavitud, los cimarrones refugiados en “palenques” (zonas libres, inaccesibles a los “dueños”, con especial trascendencia en Haití), a la búsqueda de tierra y libertad. “Lo único que no pudo ser secuestrado ni sometido del africano, esclavizado por la inhumana trata negrera en el expolio de cinco siglos, fueron sus dioses”, escribe el llorado antropólogo al inicio de su  artículo sobre los cultos afrocaribeños (con atención especial al vudú), tema también abordado por Urquijo.

Magnífica muestra de la fusión entre los “orishas” (hasta treinta divinidades africanas) y las figuras del santoral católico es la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba, que ha resistido los embates de la revolución, según analiza Félix Báez-Jorge, tan experto en los “caminos de Ochún”. Algo parecido ocurre en Brasil, donde R. Laura Salgado presenta diosas como Iemanjá, que yo conocí en las magníficas novelas de Jorge Amado, rezumantes de erotismo, según Aída E. Bueno y Narciso J. Hidalgo  nos descubren en la Santería cubana, la Regla de Ochá (Cuba) o el Xangó de Recife.

El libro ha contado con una ayuda para la edición del Centro Extremeño de Estudios y Cooperación con Iberoamérica (CEXECI) de la Junta de Extremadura.

José Ignacio Urquijo Valdivieso y Tomás Calvo Buezas, Cultos afroamericanos. Navarra, Ediciones Eunate, 2016.

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AHORA QUE ME ANOCHECE
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Manuel Pecellín | 05-06-2017 | 10:46| 0

 

A Pablo Jiménez es difícil encontrarlo en antologías, estudios generacionales, publicaciones periódicas, libros-homenaje, actas de congreso o entregas comunes. Siendo uno de los poetas extremeños con mayor calidad, resulta poco conocido ni siquiera para los estudiosos de nuestras letras. Él siempre prefirió conducirse como lobo estepario, lejos de grupos y capillas, sin pagar los consabidos peajes,  independiente y libre, soledad elegida, pero que impone óbolos.

Nacido en Navalmoral de la Mata (1943), recibe una sólida formación en el Seminario de Plasencia, donde cursa Humanidades y Filosofía. (Su hermano Antonio, prematuramente fallecido, profesor de la Complutense, será uno de los máximos conocedores de Krause y la Institución Libre de Enseñanza). Compagina estudios con los de Solfeo y Piano en el Conservatorio de Madrid. Allí se afinca el año 1962, trabajando, hasta jubilarse, en el sector bancario, sin abandonar sus dedicaciones a la escritura y la música. Junto a otros jóvenes poetas funda a mitad de los 70 el “Colectivo 24 de enero” (en memoria de los abogados asesinados en Atocha). Publica allí su primer libro, La luz bajo el celemín  (1978), al que siguen Cáceres o la piedra y otras soledades (1981), Descripción del paisaje  (Premio Ciudad de Badajoz, 1981) y  El hombre me concierne (Premio Ciudad de Toledo 1985). Tras sumirse en un lapsus editorial, vuelve al público con la entrega recopilatoria, hecha para Beturia, La voz de la ceniza (2004) y  Prosas para habitar la noche (2005), sumiéndose otra vez en el silencio –acaso su tendencia natural-, que rompe en el lustro último con Círculos (Premio Leonor, Soria, 2015),  Ars moriendi (2016) y el libro  que ahora presentamos.

La voz varonil de Pablo Jiménez, tan rumiada y pura  como plena de matices y guiños culturales (desde la Biblia  a los escritores clásicos, creadores o filósofos,  sin omitir continuas alusiones a las grandes piezas musicales de cualquier tiempo) se produce siempre sometida a depuración y ritmo, en versos libres y poemas de gran aliento. Ahonda en las grandes cuestiones existenciales, no sin  referencias al presente cotidiano (cada vez menos), ni dejar de aludir al mundo de la infancia y juventud, cuyas huellas, acaso veladas,  resultan omnipresentes.

Así se percibe en este nuevo poemario, de tan escueto título, Quién, término con el que se inician tantas entregas, sobre todo en el campo de la Filosofía. Finalista del Premio Cáceres, el jurado decidió comprometer al Ayuntamiento de la ciudad, organizador del prestigioso certamen,  para que lo publicara en la colección de los ganadores. Y así se ha hecho,  dando a luz un accésit por  vez primera en las 27 convocatorias hasta hoy celebradas. Justa y sabia decisión, debemos decir, tras disfrutarlo en papel impreso.

La obra, que abre con unas palabras dirigidas por  el gran músico H.J. Haydn, “ya con el pie en el estribo”, a su primer biógrafo, G.A. Griesinger, explicándole sus claves estéticas, exhibe también una estructura armónica: en la parte primera y más breve, “fuegos fatuos”, se adelantan los motivos que la inspiran; va acelerándose, como un Allegro, en la segunda, “¡Ah, milagrosamente…”, entrada anafórica de todos sus poemas, para expandir y alcanzar el clímax lírico en “a propósito de los dioses”.  Tras elevarnos, sumergirnos y revolvernos emocionalmente, concluye con un apunte tan conciso como revelador: Eternidad: osario de los sueños/ mar muerto sin orillas/tumba vacía, corazón sin pálpito.

 

Pablo Jiménez García, Quién. Cáceres, Ayuntamiento, 2017

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IV FORO SENIOR DE EXTREMADUARA
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Manuel Pecellín | 29-05-2017 | 16:18| 0

 

El sábado 13 mayo 2017 se celebraba en Jerez de los Caballeros una nueva reunión del Club Senior de Extremadura, entidad hoy constituida por 150 jubilados que siguen esforzándose por contribuir al desarrollo de la tierra donde vieron la luz o con la que se sienten vinculados. Aproximadamente la mitad viven fuera de la región, a la que continúan viniendo a menudo por razones varias (desde las familiares o económicas, a las recreativas o nostálgicas). El Club Senior no acepta subvenciones, por mantener más fácilmente su libertad de opinión. Figuran en el mismo, empresarios, médicos, biólogos, profesores, periodistas,  psicólogos, militares, escritores, ingenieros, economistas, sociólogos, abogados,  sacerdotes y administrativos, lógicamente de ambos géneros, abierto a cuantos quieran ingresar.

Según propuso la Junta directiva, esta última reunión se centraba en el análisis  de la situación económica de la Comunidad durante el ejercicio de 2016. Invitaron a un grupo de veinte expertos para que realizaran los análisis necesarios y presentaran sus conclusiones ante los reunidos en la ciudad templaria. Una densa  publicación de 78 páginas tamaño folio recoge el fruto de aquellas labores. Entre los firmantes, todos de reconocida solvencia, figuran investigadores tan reconocidos como Manuel y Pedro Martín Ruiz,  Valeriano Ruiz Hernández, José Marcelo Muriel Fernández, Norberto Díez, Rosalía Guntin Hubiergo, Carmen Baztán Larribe, Pilar Pérez Brena o Antonio-José Campesino Fernández.

La publicación ofrece, tras el preliminar, un conjunto de informes, compuestos por el equipo especializado en el tema, con su correspondiente coordinador, que versan sobre la macroeconomía, infraestructuras, sector agrario, energías, patrimonio y turismo, políticas sociales e industria de la Región. No puede decirse que conformen una panorámica reconfortante, por lo que aún son más valiosas las propuestas de actuación ofrecidas tras cada capítulo y que el manifiesto final resume.

El hecho constatado más destacable es el estancamiento de la economía extremeña, provocando que la convergencia de la región con el resto de las Comunidades de España  no se consigue, incluso empeora aún más (pese a ser la más beneficiada por los Fondos Europeos: hasta 30.000 millones de euros en los últimos 30 años). Se recuerda que tenemos la última posición en índice de paro; sufrimos una persistente disminución y envejecimiento de habitantes (con la tercera parte en riesgo de pobreza y/o exclusión social); nuestro PIB crece por debajo de la media nacional; el déficit de presupuesto es el segundo mayor de España; no se llega al aprobado en ninguna de las áreas sometidas al informe PISA; un sector público superdimensionado, con excesiva y mal coordinada burocracia ; red ferroviaria inadecuada; carencia de una gran industria de transformación de los productos agroganaderos y hortofrutícolas; exceso de proteccionismo a consecuencia de la Red Natura2000 (casi un tercio del territorio); mínimo y caro consumo de las energías renovables; escasa atención a la biomasa; incomunicación entre la Universidad y el tejido empresarial, etc. En pocas palabras, la mercado laboral extremeño no sólo no generar empleo, sino  que los destruye, incapaz de mantener el existente.

Se reconocen, cómo no, aspectos positivos: red de carrera magnífica (ahora necesitada de conservación); rico y extenso paisajístico, arqueológico e histórico-cultural; abundancia de agua dulce; un sector TIC (sociedades de la Información) aún modesto, pero creciente; capacidad de productos valiosos (tomate,  vino, aceite, tabaco, maíz, arroz, embutidos, pimentón, cerezas…), incrementados por el regadío; reducción del cambio climático merced a las absorciones de CO2; ofertas turísticas cada vez más demandadas, etc.

Las experiencias empresariales de tanto éxito como Tany Nature y Cristian Lay,  proyectadas desde Extremadura a nivel internacional y que sus respectivos presidentes (Atanasio Naranjo y Ricardo Leal) refirieron en este  IV Foro, testimonian la necesidad y posibilidades de cambio de un modelo económico inoperante.

 

 

El sábado 13 mayo 2017 se celebraba en Jerez de los Caballeros una nueva reunión del Club Senior de Extremadura, entidad hoy constituida por 150 jubilados que siguen esforzándose por contribuir al desarrollo de la tierra donde vieron la luz o con la que se sienten vinculados. Aproximadamente la mitad viven fuera de la región, a la que continúan viniendo a menudo por razones varias (desde las familiares o económicas, a las recreativas o nostálgicas). El Club Senior no acepta subvenciones, por mantener más fácilmente su libertad de opinión. Figuran en el mismo, empresarios, médicos, biólogos, profesores, periodistas,  psicólogos, militares, escritores, ingenieros, economistas, sociólogos, abogados,  sacerdotes y administrativos, lógicamente de ambos géneros, abierto a cuantos quieran ingresar.

Según propuso la Junta directiva, esta última reunión se centraba en el análisis  de la situación económica de la Comunidad durante el ejercicio de 2016. Invitaron a un grupo de veinte expertos para que realizaran los análisis necesarios y presentaran sus conclusiones ante los reunidos en la ciudad templaria. Una densa  publicación de 78 páginas tamaño folio recoge el fruto de aquellas labores. Entre los firmantes, todos de reconocida solvencia, figuran investigadores tan reconocidos como Manuel y Pedro Martín Ruiz,  Valeriano Ruiz Hernández, José Marcelo Muriel Fernández, Norberto Díez, Rosalía Guntin Hubiergo, Carmen Baztán Larribe, Pilar Pérez Brena o Antonio-José Campesino Fernández.

La publicación ofrece, tras el preliminar, un conjunto de informes, compuestos por el equipo especializado en el tema, con su correspondiente coordinador, que versan sobre la macroeconomía, infraestructuras, sector agrario, energías, patrimonio y turismo, políticas sociales e industria de la Región. No puede decirse que conformen una panorámica reconfortante, por lo que aún son más valiosas las propuestas de actuación ofrecidas tras cada capítulo y que el manifiesto final resume.

El hecho constatado más destacable es el estancamiento de la economía extremeña, provocando que la convergencia de la región con el resto de las Comunidades de España  no se consigue, incluso empeora aún más (pese a ser la más beneficiada por los Fondos Europeos: hasta 30.000 millones de euros en los últimos 30 años). Se recuerda que tenemos la última posición en índice de paro; sufrimos una persistente disminución y envejecimiento de habitantes (con la tercera parte en riesgo de pobreza y/o exclusión social); nuestro PIB crece por debajo de la media nacional; el déficit de presupuesto es el segundo mayor de España; no se llega al aprobado en ninguna de las áreas sometidas al informe PISA; un sector público superdimensionado, con excesiva y mal coordinada burocracia ; red ferroviaria inadecuada; carencia de una gran industria de transformación de los productos agroganaderos y hortofrutícolas; exceso de proteccionismo a consecuencia de la Red Natura2000 (casi un tercio del territorio); mínimo y caro consumo de las energías renovables; escasa atención a la biomasa; incomunicación entre la Universidad y el tejido empresarial, etc. En pocas palabras, la mercado laboral extremeño no sólo no generar empleo, sino  que los destruye, incapaz de mantener el existente.

Se reconocen, cómo no, aspectos positivos: red de carrera magnífica (ahora necesitada de conservación); rico y extenso paisajístico, arqueológico e histórico-cultural; abundancia de agua dulce; un sector TIC (sociedades de la Información) aún modesto, pero creciente; capacidad de productos valiosos (tomate,  vino, aceite, tabaco, maíz, arroz, embutidos, pimentón, cerezas…), incrementados por el regadío; reducción del cambio climático merced a las absorciones de CO2; ofertas turísticas cada vez más demandadas, etc.

Las experiencias empresariales de tanto éxito como Tany Nature y Cristian Lay,  proyectadas desde Extremadura a nivel internacional y que sus respectivos presidentes (Atanasio Naranjo y Ricardo Leal) refirieron en este  IV Foro, testimonian la necesidad y posibilidades de cambio de un modelo económico inoperante.

 

AA.VV., IV Foro . Jerez de los Caballeros, Club Senior de Extremadura, 2017

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EL CARNICERO DE MAUTHAUSEN
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Manuel Pecellín | 19-05-2017 | 07:00| 0

       Aunque con menos capacidad de exterminio que Auschwitz, el también terrible campo de Mauthausen queda en la memoria colectiva como símbolo del horror absoluto. Sobre todo para los españoles: casi 5.000 fueron exterminados en aquella concentración de barbarie, marcada por su cantera de granito y la escalera de 186 que los reclusos debían subir varias veces cada día cargados con un bloque casi siempre superior a sus fuerzas. No obstante, sobrevivieron unos 2.000, gracias sin duda a la organización y solidaridad clandestinas que lograron establecer aquellos republicanos, curtidos en nuestra guerra civil y en la resistencia contra la Wehrmacht . Uno de ellos, Francisco Boix, fotógrafo del campo, pudo ocultar los negativos que resultaría claves para inculpar a los jerarcas de las SS procesados en Nürenberg. Emociona saber que,  al entrar el Ejército norteamericano en Mauthausen (5-V-1945), banderas republicanas habían sustituido a las nazis y  cubría la puerta una gran pancarta, hecha con sábanas,  en la que se podía leer: «Los españoles antifascistas saludan a las fuerzas libertadoras».

Entre los responsables de los centenares de miles allí muertos (casi todos no judíos alemanes y extranjeros  acusados de oponerse políticamente al III Reich), ninguno tan celébre como Aribert Heim, un médico de las Schutzstaffel, más conocido por el “Doctor Muerte”. El humor negro de los españoles lo apelaba “El Banderillero”, conocida su afición a poner inyecciones directas de compuestos tóxicos fulminantes en los corazones de sus víctimas. Nacido el año 1914, nunca se pudo certificar el fallecimiento de este discípulo de Mengele, aunque los más hábiles “cazadores de nazis” lo buscaron por medio mundo (Alemania, España, Argentina, Paraguay, Chile, Egipto, etc.). La camaleónica capacidad del vesánico galeno, que nunca se arrepintió de sus fechorías, ayudado por “Odessa” y otras complicidades, lo hizo eludir siempre a los posibles captores.

José Luis Muñoz (Salamanca, 1951), novelista que tantos premios cuenta en su haber, ya abordó literariamente el fenómeno presidido por Hitler en obras como El mal absoluto (P. Ciudad de Badajoz 2008). Reincide con El rastro del lobo, compleja obra cuyo protagonista es el inasible “Carnicero de Mauthausen”. Compuesta según factura cinematográfica, a base de flashs narrativos muy plásticos, aunque sin seguir el orden cronológico, bien documentada históricamente, cabe calificarla como “novela negra”. En efecto, junto al relato de las barbaridades cometidas por Heim, el libro bascula sobre las peripecias que sufre Joachim Schoöck, un policía de Stuggart con pasado misterioso, tratando se seguir las pistas del resbaladizo galeno. Siempre lo avisa algún cómplice cuando están a punto de detenerlo.

J.L. Muñoz engancha a los lectores por su dominio del discurso y ágil prosa (en ocasiones con máculas, como ese “más mayor” de las páginas 166 y 168, o la reiteración próxima del mismo término). Sabe recrear como pocos el asfixiante ambiente concentracionario, hasta hacernos sufrir con las vesanias increíbles allí cometidas. Lo mismo que  nos introduce en los sórdidos callejones de El Cairo; las soledades del latifundio suramericano; las oficinas de los agentes israelíes del Mossad o del Centro Wiesenthal; las dulzuras de Baden Baden o la laboriosidad de Stutggart, territorios implicados en la siempre frustrada persecución de Heim (también Ham, Karl Böhle, Tarek Husseim Farid o como quiera que se llamen bien el “Doctor Muerte” o los dobles urdidos para ocultarlo).

Tal vez no pueda, o deba, escribirse poesía después de Auschwitz (Th. Adorno). Pero la Shoah y sus ejecutores nunca serán suficientemente denunciados.

 

José Luis Muñoz, El rastro del lobo. Granadas, Ediciones Traspiés, 2017.

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MADRID EN GUERRA
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Manuel Pecellín | 12-05-2017 | 07:02| 0

 

 

En literatura (ocurre lo mismo con el cine, la música o las artes plásticas) siempre nos quedará el Madrid asediado por las fuerzas franquistas durante los años 1936-39.  Sigue siendo fuente, al parecer inagotable, de inspiración aquella urbe de donde, bien pronto, se marcharon rumbo a Levante, buscando mayor seguridad, los miembros del Gobierno y tanta gente (artistas, intelectuales, mílites, políticos) comprometidas con la causa republicana. Hasta el oro y  su mejor museo huyen. Los milicianos, con ayuda de las Brigadas Internacionales, más algunos  militares fieles, asumirían la defensa, encendidos por el “no pasarán”.

Madrid sufre enormes penalidades, que se incrementan según pasan los meses: asaltos, bombardeos, hambre, robos, miedo,  carencias múltiples, desórdenes de todo tipo, como los temibles “paseos”. Son tantos los autores que lo describen… Cada uno, claro está, desde sus propias perspectivas, extremadas muchas veces. Así,  es posible leer que la ciudad pasó en poco tiempo “de corte a cheka”, o que vino a ser el modelo heroico y sublime  de lucha contra el los fascistas. Aunque sin incidir en maniqueísmos trasnochados, la autora de La espina del gato, se adscribe más bien a la segunda tesis, según deja entrever el subtítulo: “El Madrid de la Guerra Civil fue la Numancia del siglo XX. Una conmovedora historia de amor y amistad”.

Yolanda Regidor (Cáceres, 1970), licenciada en Derecho, con un máster en Psicosociología, formadora ocupacional y asesora jurídica en proyectos sociales, había publicado otras dos novelas: La piel del camaleón  y Ego y yo (Premio Jaén 2014). La que aquí presentamos constituye una excelente prueba de madurez narrativa, basada en un discurso con registros múltiples, hábilmente entrelazados. Su núcleo es la voz de la protagonista,  que funciona a dos bandas, según la tome la abuela que hoy es o la preadolescente sumergida en el infierno-paraíso madrileño del 36. Irá evocando, en primera persona, sus vivencias (muchas parecen inverosímiles), dejando caer a cuenta gotas cómo se desarrolló  después su vida, hasta hoy. Al grueso de la urdimbre se unen otros hilos, como las cartas que el padre, miembro de la FETE-UGT, dirige desde el frente a la madre, maestra, menos ideóloga, pero  lúcida y comprometida. Proclamas, panfletos, romances de guerra, canciones populares,  alocuciones de radio, etc., van incorporándose también para reforzar el contexto. La guerra alteró incluso el lenguaje cotidiano,  según pasa a expresarse la gente. Hasta un Madrid enfebrecido llegan ecos exteriores, como el de la masacre en la plaza de toros de Badajoz o el asesinato de Lorca.

Aunque el clima bélico no fuera el más propicio, o tal vez sí, en aquellas duras circunstancias surge la entrañable amistad, elevada luego a amor, entre la niña y dos adolescentes, también abandonados en las  calles madrileñas. Auténtico “Gavroche” uno; de torturada psicología el otro, cuentan con la relativa protección del joven “Malatesta”,  ácrata  lúcido y valiente, otro personaje bien definido. Sobrevivirán en difíciles circunstancias, debiendo tomar tremendas decisiones, que nada ayudan a superar “la espina”, las inquietudes existenciales experimentadas por la narradora desde sus primeros años. Los tres quedarán heridos para siempre (como todo el país), si bien a la postre resulten más afortunados que la mayoría.

Yolanda Regidor, se ha dicho, es la nueva Almudena Grande de la narrativa española.

 

Yolanda Regidor, La espina del gato.  Córdoba, Editorial Berenice, 2017.

 

 

 

 

 

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EL VIENTO DE LAS ESPIGAS
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Manuel Pecellín | 06-05-2017 | 21:24| 0

 

 

Natural de Salvaleón y residente en Madrid, Juana Vázquez es doctora en Filología, licenciada en  Periodismo y catedrática de Literatura.  Suyos son los ensayos El Madrid de Carlos V, El costumbrismo español en el siglo XVIII, Zugazagoitia precursor de la novela social, San Juan de la Cruz, Las costumbres de la Ilustración, Historia literaria de España en el siglo XVIII (varios), El Quijote en clave de mujeres (varios) y  El Madrid cotidiano del siglo XVIII. Es autora de dos novelas,  Con olor a naftalina  y  Tú serás Virginia Woolf.  Ha colaborado en revistas importantes: Cuadernos Hispanoamericanos, Barcarola, Leer  o Ínsula, así como en los suplementos culturales de Diario 16, El Mundo  y ABC. Actualmente escribe en El País, Cuadernos del Sur  y otros periódicos.

Además, ha publicado estos siete `poemarios: Signos de Sombra, En el confín del nombre, Nos+otros, Gramática de Luna, Escombro de los días, Tiempo de caramelos y El incendio de las horas. Constituyen la base de esta antología, que aparece con un extenso preliminar de la escritora, quien ha asumido la selección de los poemas, añadiéndoles una docena hasta ahora inéditos. Según ella misma reconoce, los temas esenciales de sus versos son “Tiempo, Enigmas, Melancolía, Dios  y la Palabra” (pág. 9).  A ellos habría que añadir la memoria de los años infantiles, vividos en el pueblo, con la recia figura paterna al fondo, la cultura popular, la atracción del paisaje, los usos lingüísticos o  el código ético vigente (no aceptado con gusto). Así se percibe especialmente en Tiempo de caramelos, cuyos poemas también dan información sobre un yo poético desolado y errático, según   ella misma se declara desde la niñez.

Suscribimos la declaración de los editores: “La espiga y el viento es una antología que recorre la voz poética de siete poemarios de Juana Vázquez, con un universo rico y variado en temas, desde el más hondo y misterioso, donde se entabla un diálogo-reflexión con los enigmas existenciales y que recorre desde la inmensidad universal a lo breve y cotidiano del día a día. Desde lo onírico y enigmático, hasta la confesión de una voz infantil en la melancolía, o los sueños rotos de la madurez, donde el tiempo, ya no solo pasa sino que pesa.”.

La voz inconfundible de la autora, que no oculta su desorientación existencial, ajena a los dictados del raciocinio lógico, más amante de las metáforas que de los conceptos (aunque la motiven las reflexiones ideológicas), nos interpela desde sus posturas independientes, si bien con fobias y filias bien nítidas. Si emociona es porque nos atrapa en la misma perplejidad, cuando “el tiempo de las cerezas” se diluyó y buscamos, igual que Juana Vázquez, sobrevivir dignamente sin cerrarnos a las interpelaciones del otro.

 

Juana Vázquez, La espiga y el viento. Siero (Asturias), Ars Poética, 2017.

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PROTESTANTES ESPAÑOLES
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Manuel Pecellín | 29-04-2017 | 08:22| 0

 

 

El siglo XIX fue pródigo en grandes figuras españolas de las letras, las artes, la política y el pensamiento. Todas ellas han sido objeto de estudio (yo mismo dediqué mi tesis doctoral a los Krausistas). No obstante, continúan bajo las capas del olvido otros protagonistas de nuestra historia, personajes, si se quiere, “secundarios”, pero sin cuya contribución a la sociedad no podrían entenderse los avances experimentados en la castigada piel de toro durante dicha centuria. Uno de estos hombres fue Luis de Usoz y Río, “el discreto heterodoxo” según lo llama Manuel Serrano Vélez (Cariñena, 1942), autor de esta excelente biografía.

Aunque nacido en Sucre (1805), quien habría de convertirse en el infatigable editor de los españoles próximos a la Reforma, vivió casi siempre en la Península (salvo los años de estudio en Italia, becado en el  célebre Colegio Español de Bolonia, y los viajes por Europa, sobre todo Inglaterra). Hombre de buen patrimonio, acrecido mrced la boda con una rica y ejemplar mujer, María Sandalia del Acebal y Arratia, Usoz pudo dedicarse a su pasión más absorbente: la bibliofilia. Formó en la época un magnífico cuarteto de “bibliómanos” decimonónicos (según le gustaba definirse) Junto a Estébanez Calderón, Pascual Gayangos y Bartolomé J. Gallardo. Como también al extremeño, lo distinguirían rasgos comunes: acendrado amor a la obra escrita, gusto por la ortografía fonética, espíritu liberal, patriotismo sin mácula, luchas en defensa del idioma castellano puro y hasta buenas dosis de anticlericalismo. Usoz se comprometió también en la lucha por la democracia del país y la abolición de la esclavitud (¡todavía legal en España, por el interés económico de los grandes azucareros y otros oligarcas! Eso lo indujo a aproximarse a los cuáqueros ingleses, aunque nunca se adscribiera formalmente a esa Comunidad.

Pero la máxima solicitud en tiempo y dinero fue para  cumplimentar un muy ambicioso y nada fácil proyecto: hacer imprimir la Colección Reformistas Españoles, para cuyo buen término contaría con la ayuda de numerosos agentes (entre otros, un abuelo de Pío Baroja, novelista que retrataría a Usoz, no muy felizmente, en Diario de un protestante español). Ninguno lo apoyó más que Benjamín Wiffen, a quien había visitado en Mount Plesant, cerca de Woburn. El cuáquero inglés fue determinante para llevar a cabo la idea, que previamente requería la adquisición de las obras “protestantes”, duramente castigadas y casi  ilocalizables en España por culpa de la Inquisición.

Usoz se haría con los ejemplares oportunos a costa de mil fatigas. Fue dándolas a imprenta (en San Sebastián), hasta publicar una treintena de lo que él consideraba un patrimonio hispano valiosísimo. Suyos son también los preliminares, notas y, en su caso, versión castellana (fue notable políglota). Entre los títulos de aquel fondo cabe destacar los libros de Juan Valdés (el escritos a quien más apreciaba); algunos tratados de Cipriano de Valera y las Artes de la Inquisición Española (con entrega también en el latín original), cuyo enigmático autor firmaba Reginaldus Gonsavius Montanus, seudónimo  bajo el cual, según los mejores críticos actuales, se ocultaba el extremeño Casiodoro de Reina, el primer traductor al castellano de las Sagradas Escrituras completas (Biblia del Oso).

Usoz, que coleccionaría miles de romances, había hecho reeditar  el  Cancionero de burlas provocantes a risa (s. XVI), por él descubierto en la Biblioteca del Museo Británico, como muestra de que en nuestro Siglo de Oro hubo cabida para la literatura más procaz. Murió (1867) si conseguir publicar una Biblia en castellano, según procuraba.

Su viuda donó  (1873) a la Biblioteca Nacional de Madrid la que él había ido formando con tantos esfuerzos y costos, más de 11.000 volúmenes y un importante archivo (no bien conservado por dicha Institución). Con aquellos fondos pudo escribir el joven Menéndez y Pelayo su impagable, aunque tantas veces injusta, Historia de los heterodoxos españoles.

 

Manuel Serrano Vélez, El discreto heterodoxo Luis de Usoz. Córdoba, Almuzara, 2016

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DIEGO DONCEL
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Manuel Pecellín | 25-04-2017 | 11:17| 0

 

 

Como en cursos anteriores, subimos a la Biblioteca de Extremadura, junto a la cual lucen más cada día los impresionante restos de la Alcazaba árabe, para celebrar el Día del Libro 2017. Cada año, los organizadores invitan a un escritor de la tierra, que hace allí el elogio de la lectura. La BIEX imprime  un folleto con el pertinente discurso. A partir de 2002, por aquella tribuna han pasado Álvaro Valverde (Elogio de los libros), José Luis García Martín (El festín de Alejandría), Javier Rodríguez Marcos (Tampoco a mí me gusta), Antonio Sáez Delgado (Quijotes), Isaac Rosa (La lectura salvaje), Ada Salas (La vida silenciosa), José Antonio Zambrano (Sitio de todos), Irene Sánchez Carrón (La lectura como recompensa), María Rosa Vicente Oliva (En el principio fue el sonido), Basilio Sánchez (La vida que nos damos), Antonio Orihuela (Las palabras y las cosas), Pilar Galán (La lectura, qué gran misterio), Laura Rosa Tardío (Un libro, una pasión) y Elías Moro Cuéllar (¡Desenfunda, forastero!).

Estos títulos constituyen una preciosa colección ensayística, de carácter metapoético, donde cada autor lo que hace sobre todo es expresar cómo concibe su propio proceso creativo. Resulta impagable para cuantos estén interesados por  literatura que labran nuestros escritores.

A tan significativa nómina se une este año Diego Doncel. El poeta y novelista de Montánchez (también profesor y crítico) nos deleitó con sus reflexiones sobre El libro en la era del consumismo, texto que, según sus declaraciones, podría incorporarse a su obra próxima. Es una reflexión sobre el barrio donde vive, el mítico Malasaña de la movida madrileña, transformado ahora en “McLasaña”, ingenioso neologismo para designar la metamorfosis allí experimentada, símbolo de cuanto ocurre por tantos lugares: el antiguo espacio de luchas y provocaciones callejeras, se ha transformado hoy en “un libro ilustrado por grafiteros, modernos de la última modernidad, gastronomía cosmopolita, tiendas de topa alternativa con un leve aire londinense y bares diseñados según los cánones de los folletos turísticos”.

El ensayista proclama que también la literatura ha sucumbido a ese proceso de comercialización creciente. Los autores buscan apenas más que entretener al lector; sueñan con  acaparar portadas y pantallas, convertirse quizás en best-sellers, antes que innovar el lenguaje, denunciar injusticias o inducir conductas rebeldes. “Desde los altavoces neoliberales se nos dice que el escritor no debe tener ideología, no debe aspirar a influir en la sociedad, debe perder su carácter de pensar nuestro mundo. Escribe sólo para crear ocio, no aspira a tener lectores sino público”, según sus análisis.

Por el contrario, Doncel urge a volver hacia territorios que nunca debieron ser abandonados. En lugar de escribir libros débiles, menores, masivamente aceptados por los canales, nada conflictivos para el lector, estéticamente tradicionalistas y conceptualmente tópicos, él apela a la gran tradición, que ve las palabras como forma de aproximarse a la verdad, al sentimiento y fraternidad de los hombres, pues: “somos hijos de la razón de Galileo, de los puntos de fuga de Cervantes, del corazón que late en cada página de Shakespeare. Estamos enamorados de Anna Karenina o de Madame Bovary. Hemos visitado muchas veces el Nueva York de Lorca o la Venecia de Josef Brodsky. Creemos que un libro es una forma de salvación”.

Como para confirmarnos en la vigencia de las virtudes clásicas, la joven Mercedes Trigo Navarro puso broche de oro interpretando la Suite para violonchelo solo nº 1 en Sol mayor  de Juan S. Bach.

 

Diego Doncel, El libro en era del consumo. Mérida, Dirección General de Bibliotecas, 2017

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