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CARTAS DE BARTOLOMÉ J. GALLARDO
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Manuel Pecellín | hace 6 horas| 0
Cronista de Campanario, el profesor Bartolomé Díaz no ceja en las  labores por recuperar cuanto atañe al patrimonio histórico de su pueblo. Homónimo del gran bibliófilo allí nacido, Bartolomé J. Gallardo ha sido para él desde hace lustros objeto de especial atención.
A tan polémica como importantísima figura para las letras hispanas está dedicado este folleto, cuyo largo título responde bien al contenido: Correspondencia de Don Bartolomé José  Gallardo durante los años que estuvo en prisión en Castro del Río y breve resumen de lo ocurrido en estos años (1827-1832).
Según se sabe, más aún después de las aportaciones de D. Antonio Rodríguez-Moñino, el hombre que consiguió montar, en condiciones extraordinariamente difíciles, una formidable biblioteca para las Cortes de Cádiz, fue  desde su juventud  fervoroso defensor de las ideas liberales. Caro lo pagaría: persecuciones y exilio en Londres, entre 1814-1820 (cosa que le sirvió para incrementar sus conocimientos bibliográficos en el British Museum y otras instituciones inglesas), amén del destierro en Castro del Río (1827-1832), tras el restablecimiento del absolutismo con ayuda de los Cien mil hijos de San Luis.  Y suerte tuvo, porque la voluntad de Fernando VII habría sido eliminar físicamente a tan molesto apóstol de la Constitución de 1812, según hizo con otros correligionarios del bibliófilo.
A éste, casi estuvieron a punto de quitarle el pellejo (valga su propia confesión) los lacayos  del rey absolutista mientras cumple una especie de “arresto domiciliario” en la villa cordobesa de Castro del Río.
El infatigable enamorado de los libros  seguía esforzándose, contra viento y marea, por recuperar las obras  y documentos que los anticonstitucionalistas  le robasen, tras la fatídica jornada de San Antonio (1823), sin perder contacto, aunque fuese solo epistolar, con sus numerosos deudos, entre ellos su muy querido sobrino  Juan Antonio (Gallardo no tuvo hijos),paradigma de inepcia e ingratitud (malvendió buena parte de la formidable biblioteca del tío).
Merced a la  ayuda de distintas personas, como Joaquín González Manzanares, presidente de honor de la UBEx (Unión de Bibliófilos Extremeños ), Bartolomé Diaz  reproduce algunas cartas dirigidas por Gallardo, desde el exilio cordobés, a varias de sus amistades. Sólo una de las cuatro que aquí se incluyen , había sido editada anteriormente por Moñino. Todas tienen la singular ortografía que el de Campanario propuso (igualación máxima de escritura y fonética; eliminación de grafemas inútiles, etc.), a la vez que testimonian tanto el espíritu libérrimo del autor del  iconoclasta Diccionario crítico-burlesco (obra  inspirada en Voltaire , perseguida por la ya decadente Inquisición), como sus irrefrenables intereses bibliófilos. Los apuntes adjuntos de Bartolomé Díaz contribuyen atinadamente a la  contextualización y más fructífera lectura de estas piezas coloquiales.
Bartolomé Díaz Díaz, Correspondencia de Don Bartolomé  J. Gallardo. Campanario, Universidad Popular, 2016
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BAJO LA ORDEN DE ALCÁNTARA
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Manuel Pecellín | 17-02-2017 | 15:26| 0

 

Catedrático de IES, Felipe Gutiérrez  (n. Esparragosa de Lares) ha ejercido la docencia en diferentes institutos de la provincia de Badajoz, así como en el “Giner de los Ríos” de Lisboa. Intervino también en la gestión pública como Director General de Patrimonio de la Junta de Extremadura. Tiene publicadas investigaciones sobre la pintura esquemática en nuestra Comunidad, el pronunciamiento de Diego de León (1841), la presencia de los Franciscanos en el Nuevo Mundo , la Constitución española a través de la prensa o los viajes de Borrow.  Su última obra fue el estudio Sobre la Guerra de la Independencia: aproximación a Esteban Fernández de León (2011)., personaje igualmente atendido por Víctor Guerrero.

La que ahora presentamos es un volumen de casi mil páginas (9+XXXII+936), que consta de tres partes: el prólogo y estudio preliminar, suscritos por el autor, más el corpus de la obra, que frey don Diego de Sandoval Pacheco compuso para dar cuenta de su visita a Esparragosa de Lares, Galizuela y Sanci Spiritus (1634-1635).

Pertenecían estos lugares a la Orden de Alcántara, cuyo último gran maestre fuera Juan de Zúñiga y Pimentel (el sostenedor de  la renacentista  “Academia de Zalamea”).  A partir de tan egregia figura, fueron los reyes españoles – en esta época Felipe IV- quienes estaban al frente de la poderosa institución, aunque el Papa retuviera la suma potestad sobre la misma.

Estaba establecido por su Capítulo General (1497) que dos caballeros girasen cada dos años visita a las encomiendas, levantando el correspondiente libro de actas, sin duda con el fin de controlar debidamente sus posesiones y la vida cívica de los ciudadanos.  Se procuraba que los visitadores fuesen personas con adecuada experiencia. A ellos les correspondía hacer “los apuntamientos y provisiones que sean necesarias, para castigo y ejemplo de lo pasado y enmienda de lo porvenir”.

Así lo hizo Diego de Sandoval en Esparragosa de Lares y su tierra, justo cuando la nación pasaba por una de las épocas más críticas. El relato que suscribe constituye una auténtica radiografía sociocultural. El texto manuscrito, que los escribanos de visita Francisco González y Diego Benítez redactasen,  se guarda hoy en el archivo de la archidiócesis Mérida-Badajoz.

Allí ha debido invertir innumerables horas Felipe Gutiérrez para establecer la transcripción que de aquel texto del XVII nos ofrece. Según él mismo se encarga de destacar, son muchas las valiosas informaciones que proporciona en torno a asuntos de carácter económico,  jurídico, civil, religioso, arquitectónico,  moral, etnográfico e incluso lingüístico: organización del territorio y los conflictos de competencia (con pleitos costosos e interminables); problemas con la distribución de los diezmos y los arriendos de yerbas (tan abundantes y nutritivas las de la zona); elementos constructivos de las casas encomenderas; situación de las iglesias, ermitas, hospitales, cofradías y obras pías; costumbres populares (algunas claramente misóginas); organización de la vida municipal (concejos, órganos de representación, fórmulas de elección y gobierno); estructura de los pueblos; nombres y apellidos más frecuentes…

Pasan de 1.400 las notas puestas a pie de página (algunas muy extensas) para contribuir a la mejor lectura de un discurso  ya lejano (se recogen multitud de expresiones ya en desuso), al que hay que contextualizar histórica y culturalmente para su debida comprensión.

 

Felipe Gutiérrez Llerena, Visita de frey don Diego de Sandoval Pacheco a Esparragosa de Lares, Galuzuela y Sancti Spiritus (1634-1635). Badajoz, Diputación, 2016.

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CRÓNICA DE GUADALUPE
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Manuel Pecellín | 14-02-2017 | 10:06| 0

 

A raíz del Capítulo General de la Orden Jerónima (1459), presidido por Alonso de Oropesa, se  dispuso la composición de las crónicas conventuales.  Según Wikipedia,  copiando la Historia de la orden de los Jerónimos (debo la advertencia a D. Antonio Ramiro, Caballero de Guadalupe), este  inteligente fraile, de origen judeoconverso, “escribió varios tratados que no llegaron a la imprenta y se conservan en el monasterio de Guadalupe. Un examen de su Lumen ad revelationem gentium, encargada por Enrique IV, de quien fue consejero, revela lo que es una defensa de la unidad de los cristianos viejos y nuevos mediante la figura del cuerpo místico de Cristo, en lo que se muestra a la vez paulino y preerasmista. Es quizás la apología de los conversos más importante del siglo xv, y la acabó en 1465. También escribió una Vida de san Juan Crisóstomo”.

El cordobés Alonso de la Rambla (+1484), monje durante casi medio siglo, fue comisionado para escribir la crónica del monasterio de Guadalupe. Con toda probabilidad  se le atribuye la autoría de esta Crónica vieja. Al original se le irían añadiendo   con el transcurso de los años numerosos apuntes en los márgenes, que sin duda lo enriquecen.

Así lo dice Arcángel Barrado (1907-1971), excelente historiador  que fue allí archivero y bibliotecario, ya servido por la Comunidad franciscana. Él dispuso en su día la transcripción del documento, dejándolo listo para imprenta (1956), sin que llegase a ver la luz. El manuscrito original,  forrado en piel negra veteada, con 64 folios de papel vegetal ordinario,  obraba en poder de Antonio Rodríguez-Moñino, quien lo cedería temporalmente a su buen amigo el  Dr. Barrado para estudio y posible edición. Se publica ahora, con estudio y notas a pie de página a cargo de Fr. Antonio Arévalo, guardián de aquel  Cenobio y director de su archivo, biblioteca y revista homónima. Presta así un gran servicio, facilitando a los lectores un texto que, limpio por él de erratas, resulta fuente impagable de noticias (históricas, religiosas, económicas, etnográficas), así como venero para los estudiosos de la diacronía de la lengua castellana.

Fray Alonso, a quien Barrado califica como “sujeto de toda confianza del Monasterio y persona hábil en política y diplomacia” (pág. 27),  aunque también “tenaz y rebelde a cualquier otro criterio que no coincidiera con el suyo” (pág. 28), prestaría grandes servicios a su comunidad, de cuyos entresijos, vicisitudes,  pleitos, hacienda y  vida interior estaba muy bien informado. Debió también servirse de códices anteriores, hoy perdidos.

Tras un breve prólogo, donde al autor busca ganarse crédito, la crónica abre con la “leyenda fundacional” (capts. I y II), pasando a describir  la llegada de la Orden Jerónima (capts. III, IV y V), “la qual por la gracia divinal oy floresce en España”.  En los capítulos siguientes se va dando a conocer quiénes fueron sus priores y los principales acontecimientos habidos bajo cada uno, amén de las  actuaciones de otros religiosos notables, algunos legos (tejedores, herreros, cirujanos, peleteros, zapateros, sastres…), importantes todos en Monasterio  tan dinámico.

La prosa de fray Alonso es extraordinariamente rica, llena de galanura, precisa y enjundiosa al referirse a asuntos anecdóticos o a  cuestiones de gran trascendencia para Guadalupe. Resulta un sugerente  presagio de los magníficos escritores que adornarán nuestro Siglo de Oro.  Voy a reproducir un pasaje elocuente:

“E como vido el prior (Gonzalo de Ocaña) que la fambre cresçia e padesçian los pobres de su pueblo, mandó traer la farina que estava en el monesterio, ca trigo no avia alguno en él, e fallose que avía farina p(ara) tres semanas, segund el gasto del monesterio. E  eaviendo mucha fianza en la bondad de N. Señor Dios e confiando de la procuración d la Virgen María, mandó massar tres vezes en la semana abundançia de panes, e mandó al mayordomo traer vacas, e ordenó que se diessen a todo pobre que lo quisiese, agora fuesse del pueblo o forastero, dos panes e un pedaço de vaca” (pág. 91).

 

Fr. Alonso de la Rambla, Crónica vieja del Monasterio de Guadalupe. Guadalupe, Comunidad franciscana, 2017

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COMUNISTAS ESPAÑOLES (1977)
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Manuel Pecellín | 11-02-2017 | 09:46| 0

 

La transición que España supo hacer desde el régimen dictatorial franquista a la democracia, es objeto de defensa, ataques, matizaciones y, en resumen, polémicas calurosas. Quien esto escribe se siente orgulloso de aquel tránsito sociopolítico y juzga que no pocas invectivas contra dicho proceso surgen de desconocer cómo se produjo o no tener en cuenta sus circunstancias. Por eso son muy de agradecer obras como la recién publicada por Alfonso Pinilla. Natural  de Montijo y profesor de Historia Contemporánea en la Universidad de Extremadura, fue investigador en la Universidad Paris X-Nanterre y docente invitado en la de Artois. Desde 2015 participa en el módulo “Jean Monet EU-HOPE”, impartiendo cursos sobre la integración política europea.

Pese a su juventud, el doctor Pinilla cuenta en su haber con importantes publicaciones, entre las que cabe recordar las obras Información y deformación en la prensa. El caso del atentado contra Carreto Blanco (UEX, 2007), La transición de papel: el atentado contra Carrero Blanco, la legalización del PCE y el 23-F (Biblioteca Nueva, 2008) o El laberinto del 23-F: lo posible, lo probable y lo imprevisto en la trama del golpe (Biblioteca, 2010).  El rigor de sus labores indujo a la famosa periodista Pilar Urbano (autora de dos valiosos libros: Con la venia…yo indagué el 23-F   y La gran desmemoria) a entregarle un archivo inédito, con el que establecer la intrahistoria de la legalización del PCE.  Tuvo la intuición de que el extremeño, “un estudioso sin fatiga, un zahorí paciente que busca bolsas de agua dormida en los subsuelos más esteparios de la Historia” –así lo define en páginas preliminares- habría de hacer excelente uso de aquellos materiales. Y así ha sido.

Los documentos a que se hace referencia son los apuntes, notas y resúmenes de las actuaciones llevadas a cabo en periodo 1974-1977 por José Mario Armero, mano derecha de Adolfo Suárez, durante aquellos críticos años. Añádase una pieza fundamental: el diario manuscrito de Ana Monte, esposa del mediador antes citado, con quien compartiría afanes, ilusiones, angustias y felicidad por el éxito de la empresa, a saber, la democratización de nuestro país.

Sólo alguien como Suárez, hombre procedente del propio Movimiento, elevado de modo sorpresivo a la Presidencia del Gobierno por decidida voluntad del Rey Juan Carlos, pudo convencer a las Cortes franquistas de que se hiciesen el “harakiri”,  con anuencia del estamento militar. Y sólo alguien como Santiago Carrillo, secretario del PCE, el partido con mayor peso en la lucha contra el régimen de Franco, podía atemperar las reivindicaciones de la izquierda hasta embridarla en las exigencias legales (no oponerse a una monarquía constitucional; aceptar  la bandera bicolor; renunciar a la violencia como método para subir al poder e independizarse de cualquier imperativo extranjero).

Ambos líderes hubieron de derrochar increíbles dosis de sagacidad, paciencia,  pragmatismo, astucia y trabajo para llevar a buen puerto sus propósitos: las elecciones generales a Cortes y la legalización los partidos políticos incluido el PCE ( el ”sabadazo” de 1977).  En medio de tal odisea, multitud de episodios “trascendentales”: la venida a España de Carrillo y Pasionaria; la cumbre eurocomunistas de Madrid (1977); el regreso del rey Don Juan y su renuncia al trono; la dimisión de del almirante Pita y las protestas de otros altos militares; la visita de los americanos; los ataques ciertos periódicos (El Alcázar, claro, pero también ABC  e incluso El País), etc. De todo se encontrarán aquí testimonios múltiples.

Pero a quien más deben aquellos dos dirigentes, estadistas auténticos, de orígenes tan encontrados y a la postre amigos respetuosos, fue al dueño del archivo aquí utilizado. Arnero, hombre de temple y generosidad inauditos, no fue sólo quien los puso y mantuvo en contacto. Se condujo con frecuencia como huésped, consejero y animador infatigable de unas relaciones cada vez más respetuosas y fructíferas. Esta es la “intrahistoria”, cuyos entresijos ignotos nos estremecen al conocerlos. El autor lo facilita recordándolos con tanta pulcritud como minuciosidad, en una prosa bien cuidada, lo que hace la lectura del libro provechosa y amena.

 

Alfonso Pinilla García, La legalización del PCE. La historia no contada (1974-1977). Madrid, Alianza Editorial, 2017.

 

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RAFAEL ALBERTI VERSUS GAYA NUÑO
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Manuel Pecellín | 29-01-2017 | 21:49| 0

 

Nacido en Montánchez (1974), población de la que es cronista oficial y a la que ha dedicado los libros Historia de Montánchez. Desde sus orígenes hasta el siglo XXI (2008) y Montánchez: otro tiempo, otras gentes (2009), Hilario Jiménez Gómez es profesor de lengua y literatura. Bloguero activo (sus páginas más personales aparecieron reunidas el año 2013 en la obra Exprimiendo limones de madrugada), cuenta también con una notable obra poética: En un triángulo de ausencias (2003), Versos color naranja (2003), Delirio in extremis de un aguador con sed (2004), Diario de un abrazo (2008), De la noche a los espejo (2015) y fue incluido en   diferentes obras  colectivas, desde Cuatro poetas en un tobogán (2006) a Generación Subway. Nada es lo que parece (2016). Una amplia selección de sus versos vio la luz en Antología (im)personal (2013).

Licenciado en Filología Hispánica, Jiménez Gómez posee también una importante producción ensayística, con títulos como Lorca y Alberti, dos poetas en un espejo (2001, 2003) o Alberti y García Lorca, la difícil compañía (2009), o Juan Gaya Nuño. Entre el espectador y el arte (1913-1976) (1990) y  Juan Antonio Gaya Nuño (1913-1976). Historia del cautivo (2013).

Nuevamente se ocupa del gran hombre de la bahía gaditana, esta vez relacionándolo con el madrileño Juan Antonio Gaya Nuño. Los dos son son figuras de máxima relevancia para la cultura española. Aunque laboraran en áreas distintas, tuvieron no pocos ragos comunes, que forzosamente los llevarían a relacionarse, con menos fortuna, eso sí, de lo esperado en tan valiosas personalidades. Figura sobresaliente de su Generación el andaluz, también conocido por aficiones pictóricas juveniles, el segundo se convertiría en uno de los críticos de arte más famosos, no exento de veleidades poéticas.  Los dos fueron leales a la II República, lo que condujo al exilio durante cuarenta años a Alberti, miembro del PCE; a la cárcel y al no menos duro exilio interior, al ensayista.

Uno y otro fueron profundos admiradores de Pablo Picasso, según demuestran los testimonios aquí recogidos por Jiménez. No obstante, lo que pudo convertirse en el más estrecho vínculo entre el poeta y el crítico, con el propósito de componer entre los dos una gran obra sobre el pintor malagueño, atractiva propuesta nunca finalmente realizada, terminaría convirtiéndose más bien en fuente de desacuerdos. Nadie lo ha explicado mejor que la esposa de Gaya, Concha de Marco, también escritora, cuya lucidez la condujo a ser muy dura con el Alberti regresado a España, más soberbio y fatuo que nunca,  como un mito de la transición democrática.

Hilario Jiménez, apoyándose en documentación de primera mano, cuyas piezas fundamentales reproduce su libro, analiza esos episodios de encuentros y separaciones, tratando de iluminar el carácter de los dos protagonistas y, trascendiendo las coyunturas existenciales, la relación entre arte y literatura. La obra se enriquece también con numerosas ilustraciones, bastantes de ellas  poco conocidas: portadas de primeras ediciones, personajes, textos manuscritos o mecanografiados, dibujos, grabados, estampas, carteles, postales, epístolas, etc. , junto con una abundante bibliografía. Dos publicaciones constituyen el trasfondo básico de la investigación, A la pintura. Poema del color y la línea (1945-1948), de Rafael Alberti (quien en los frondosos volúmenes de  La arboleda perdida, ignora a Gaya Nuño) y Picasso (Madrid, Aguilar, 1975), trabajo que el segundo logró finalmente concluir.

Tenemos así un sustancioso estudio sobre “la historia de dos perdedores que lucharon contra aquella ignominia disfrazada  de golpe de estado y que años más tarde, desde la distancia, volverán a acercarse gracias a las páginas de un libro. Ésta es la grandeza de la palabra poética, de la pintura, de la admiración y de la amistad”, adelanta en el prólogo el autor, quien, no obstante, no ocultará los desencuentros (o, por mejor decir, los desdenes de Alberti).

 

Hilario Jiménez Gómez, Juan Antonio Gaya Nuño y Rafael Alberti, entre la firmeza y el vuelo. Soria, Diputación, 2016.

 

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MADRESELVA
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Manuel Pecellín | 27-01-2017 | 18:53| 0

 

                                                              MADRESELVA

 

“Madreselva” nos parece término hermoso, repleto de connotaciones. Designa una parra trepadora, que se puede encontrar en nuestras sierras, aunque también la cultivan y venden, baratita, los viveros. Se la ve a menudo a hombros de paredes o pérgolas,  perfumando los rincones más protegidos.  Madreselva es también el nombre de una curiosa publicación, que ya alcanza ya la veintena de números. La edita en Zafra Madreselva Servicios Culturales, C.C. y se imprime en los talleres segedanos Rayego. Constituye todo un paradigma  de supervivencia, solamente explicable por la tozudez de su director, José Juan Martínez Bueso, filólogo. La revista, que consta de 26 páginas de formato mayor ( 30×21   ), generosamente ilustradas, responde bien al subtítulo: “Cultura y turismo en Extremadura”. Cada número se elabora en torno a un núcleo temático, si bien todos recogen colaboraciones plurales. Voy a referirme a las dos entregas últimas.

La que hace el número 19 corresponde a septiembre-octubre 2016, donde se aborda el tema de la construcción, según las nuevas perspectivas que en este terreno se dibujan. Sobresalen los artículos de Rafi Benítez sobre las artes aplicadas;  el de Jacinto Salas, arquitecto, un análisis del edificio enfermo, y  el de Lucile Couvreur/Alejandro Buzo en torno a las posibilidades de las alpacas de paja como alternativa eficiente, económica y ecológica para la construcción. No faltan apuntes relacionados con la educación, la música, la literatura e incluso la gastronomía (receta de la humilde, pero siempre eficaz sopa de cebolla, presentada por David Salazar, chef-propietario del restaurante Manrô).

El nº 20 (noviembre-diciembre 2016) propone un abanico de novedosas reflexiones en torno a cuestiones que a todos nos pueden interesar para una época tan crítica y cambiante como la nuestra. Por ese camino se conduce el trabajo de Alberto Arroyo, Presidente en Extremadura de AMCES (Asociación Española de Mentoría), quien presenta las ventajas del “mentoring”, frente al “coaching”, así como el de Raúl Martínez, profesor de tai chi, centrado en las posibles aportaciones cognoscitivas de los procesos intuitivos. Muy interesante es lo que escribe Agustín Iglesias, dramaturgo y director artístico del Teatro Guirigay, sobre El pícaro Ruzante (un espectáculo nacido dentro del marco del Círculo Ibérico, estructura de compañías profesionales de España y Portugal, creada hace dos meses). Tras las páginas de creación, suscritas por varios componentes del Taller Club Literario Madreselva (Raúl Martínez, Carmita Chacón, Claudia Vázquez, Antonio Garfia y Olga Alfonso), el director analiza la obra La habitación de Nona  (Barcelona, Tusquets, 2015),  conjunto de relatos al que da nombre el primero, con los  que Cristina Fernández Cubas obtuvo el premio Dulce Chacón 2016.  Para concluir con buen sabor de boca, Helioro del Campo propone su receta para elaborar carne de membrillo.

El ejemplar de Madreselva se vende al módico precio de 1 euro. Para quienes  opten por leerla on line o enviar colaboraciones, se ofrece la dirección electrónica : revista madreselva@gmail.com

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ZENOBIA SE ENCELA
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Manuel Pecellín | 21-01-2017 | 07:38| 0

Juan Ramón Jiménez Mantecón (tal era el apellido materno, que al parecer provocaba  en aquel exquisito auténtico alipori), es probablemente, si no el más leído, el más respetado de los poetas españoles contemporáneos. Respeto que el futuro premio Nobel supone ganarse por su indudable altura lírica, pero también basándose en ese cóctel de seriedad, lucidez, auto y heteroexigencia, alejamiento, exotismo y sarcasmo que lo caracterizaban.

No extraña que su singularísima figura atraiga a un escritor como Ramírez Lozano, que tan bien conoce al genial onubense, hasta el punto de hacerlo el personaje de su novela última. Premiada con otro de los incontables galardones que adornan al extremeño, en Los celos Zenobia el gran maestro comparte protagonismo con la extraordinaria mujer sin cuyos apoyos apenas conseguía resolver los más simples asuntos domésticos digamos encender la cafetera heredada de Bobita, la antigua esclava de los abuelos de Zenobia.

Según bien se sabe, ésta hizo para Juan Ramón de esposa, madre, amiga, mecanógrafa, cocinera, chófer (fue una de las primeras mujeres españolas que tuvo carnet de conducir), crítica, traductora, cicerone, banquera, azafata, intérprete, consejera y enfermera (al parecer, la responsable de preparar a su depresivo hombre las tisanas de pasiflora con ciprés o las inyecciones de morfina…). Arrebatada por el cáncer que venía padeciendo desde antes, el poeta, ya consagrado mundialmente por la Academia sueva, la sobrevive  sólo un par de años.

No obstante, el enamoradizo andaluz (flirteó con numerosas damas, aunque rechazase a otras y hubo quien llegó al suicido por sus desdenes) se entregó  siempre, por encima de cualesquiera otras motivación y con un afán de perfeccionismo rayano en la obsesión, al cultivo de su propia obra poética. Todo lo demás quedaba para él en segundo plano.

Si a Zenobia la inoportunan los celos, no se le originan por la competencia de alguna rival, sino en la dedicación casi absoluta que el esposo viene dedicándoles, desde que se conocen, a las labores creativas.

Experimentaron éstas, señalan los estudiosos diferentes etapas: desde los tiempos iniciales (1900), hasta aproximadamente 1912, Juan Ramón se atuvo a los cánones de la estética modernista, cuyo gran vate era Rubén Darío. Enfermo desde muy joven, vive en distintos hospitales y sanatorios, en la mítica Residencia de Estudiantes e incluso en la casa del doctor Simarro, quién pondrá a Juan Ramón en relación con Joaquín Sorolla, la Institución Libre de Enseñanza y con don Francisco Giner de los Ríos. De entonces proceden libros como Arias tristes, Jardines lejanos o Pastorales, tan citados en estas páginas. El creador de Platero y yo dice avergonzarse de cuanto publicase antes de este genial poema en prosa y Ramírez Lozano nos lo muestra persiguiendo  obsesivamente ediciones de los primeros poemarios para destruirlos. Incluso se los demanda con tal fin  los amigos que pudieran poseerlos (Unamuno Azorín, o los dos Machado). Juan Guerrero, personaje real, quizás el único que se le mantuvo fiel hasta el final, lo ayuda generosísimo en tales inquisiciones.

Unidos ya en matrimonio (1916), la publicación de Diario de un poeta recién casado certifica que el de Huelva conduce su númen por otros senderos, abandonando la fase sensitiva por otra preferentemente intelectual. Está dispuesto a conseguir una dicción cada vez más pura,  una lírica de absoluta desnudez. Las traducciones que él y Zenobia realizan del Nobel indio Rabindranath Tagore le proporcionan no poco nutrimentos.

Autor de numerosos títulos, se convierte en el gran mentor de la brillante e innovadora Generación del 27. No obstante, se opone con acidez a los excesos gongorinos de tanto joven a su entender sobrevalorado, según leemos en la novela.  Juan Ramón publica varias revistas poéticas: Índice, Sí y Ley, en las que colaboraron un grupo muy selecto de poetas y escritores ya consagrados: Azorín, Gómez de la Serna, los hermanos Machado, Ortega y Gasset. En ellas aparecieron publicados también los primeros versos de los más jóvenes: Gerardo Diego, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Federico García Lorca, Dámaso Alonso, Rafael Alberti, Manuel Altolaguirre, Carmen Conde, Antonio Espina, Corpus Barga. Y junto a ellos artistas tales como Benjamín Palencia, Juan Bonafé, Francisco Bores y Salvador Dalí. Muchos de ellos transitan por Los celos de Zenobia.

Se encuadra nuestra obra en aquel frenético Madrid albores de la II República. (Por cierto, ambos permanecerán leales al Gobierno legítimo tras la sublevación militar. Los Jiménez convierten en guardería de niños huérfanos uno de los pisos que Zenobia realquilaba a extranjeros y diplomáticos. Para sufragar la manutención de estos niños, el matrimonio empeña en el Monte de Piedad diversos objetos de valor que poseían).  Pero no adelantemos, que  nuestra novela no pasa de 1932.

Por entonces, la vida se les complicó: en julio de ese año, tras esculpir el busto de Zenobia, se suicidaba Marga Gil Roësset, joven escultora enamorada de Juan Ramón con un amor que sabe imposible; su fulminante ruptura con Jorge Guillén, en marzo de 1933, cuando  deja de cumplir lo pactado con Juan Ramón respecto a una colaboración solicitada para la revista Los Cuatro Vientos; su meditada e irrevocable decisión de no autorizar la inclusión de ninguno de sus versos en ninguna antología de poesía española que se publique a partir de 1934 (tras la famosa de Gerardo Diego); y su segunda rotunda negativa a ser elegido académico, cuando en junio de 1935 es llamado a ocupar un sillón en la Real Academia Española y declina el honor para sorpresa de todos.

Ramírez Lozano nos presenta a Juan Ramón como realmente debía ser, ajeno a todo lo que fuese la persecución de la pura, desnuda belleza literaria. Sólo las increíbles dosis de paciencia de la siempre enamorada Camprubí, tan ágil a lomos de su Ford, sufren tamaños desplantes. El discurso narrativo se desarrolla a través de una brillante alegoría o, mejor, ingeniosa prosopopeya: la poesía pura se confunde con la libérrima joven alojada en una de las habitaciones del domicilio familiar. Ella es quien provoca las celotipias e incluso malos modos de una señora tan refinada como Zenobia. Por el contrario,  la moza-poesía parece ser el ojito derecho del escritor, más celoso incluso que su mujer cuando percibe que la libérrima becaria puede escapársele para vivir la noche madrileña; dejarse seducir por hombres sin escrúpulos, como Pablo Neruda, Manuel Machado (Don Antonio  es distinto) o Ignacio Sánchez Mejías. Creyendo que los traiciona y se refugia junto a ellos, desnudándose en brazos espurios, Juan Ramón  dirige hasta Marruecos- paradigma máximo de ese “veneno del Sur”, cuna o refugia de tantos rivales del 27: Lorca, Cernuda, Alberti, Villalón, Salinas, Altolaguirre, Emilio Prados,  Moreno Villa y, por supuesto, de Góngora – a la búsqueda de la joven-poesía, tal vez  ahora en compañía del torero que Lorca tan genialmente llorará.

No conoceremos el desenlace. Pero al terminar un texto que no alcanza el centenar y medio de páginas, escritas con el inconfundible estilo de nuestro más fecundo novelista-poeta, los lectores tendrás nuevas claves para entender la  arrolladora pasión juanramoniana por el lenguaje lírico. Que el jurado del XXV Premio de Novela Breve Juan March le otorgase su máxima distinción seguro que n fue sino un acto de justicia.6.

 

José Antonio Ramírez Lozano, Los celos de Zenobia. Valencia, Pre-Textos, 201

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UN SIRIO CON LA TIARA DE PEDRO
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Manuel Pecellín | 14-01-2017 | 10:24| 0

 

El sentido de la oportunidad que Jesús Sánchez Adalid (Villanueva, 1962) viene demostrando, resulta evidente y, sin duda, encomiable. La historia de la literatura demuestra como los grandes autores gustaron llevar a sus libros temas que inquietaban a sus coetáneos, desde la Guerra de Troya (la Iliada de Homero) al “bulling” mediante internet (Cicatriz, de la prometedora Sara Mesa. Anagrama, 2016). El escritor extremeño abordó en sus dos obras últimas, De repente, Teresa  (2015) y La mediadora (2015) asuntos  de actualidad: la biografía de  la recia mujer, cuyo centenario se conmemoraba, y la inteligente gestión de los divorcios. Lo mismo hace  El tiempo del Papa sirio, donde aborda uno de los fenómenos sociopolíticos más relevantes en los tiempos recientes: las oleadas de personas que huyen de Siria para refugiarse en los países occidentales. Y lo hace con un espíritu de insoslayable generosidad con tantas personas forzadas al exilio. La misma mostrada, a comienzos del s. VIII, por el papa Constantino I cuando acogió en Roma a los godos hispanos huidos ante la invasión agarena. El pontífice no podía cerrarles las murallas de la ciudad: también él, nacido y criado en Siria, tuvo que  escaparse un día para eludir los horrores de la  “yihad”. El convencimiento de que sólo  el emperador cristiano de Oriente podía frenar los alfanjes de la media luna, le indujo a visitar Bizancio. Allí permaneció durante diez meses, no sin mantener  relaciones con numerosos compatriotas también acogidos a los muros protectores de Constantinopla.

Y allí lo habría conocido el personaje central de la novela: Efrén, culto  joven nacido en Damasco, donde fomentó una fracasada insurrección contra el Califa con la complicidad de cristianos, maronitas, mardaítas  y otras comunidades no islámicas, pese al apoyo (leve) de mercenarios griegos. Tras la previsible derrota, aquel retoño de sangre patricia enraizada con Alejandro Magno, fiel al evangelio pese servir al Islam (al menos, hasta la sublevación), consigue evadirse y, unido al séquito de Papa visitante, refugiarse en la Ciudad Eterna. Junto al Aventino compondrá esta crónica, redactada en primera persona, alternando la narración de lo que ocurre con los visigodos exiliados  y cuanto él  hubo de vivir en Siria. Pero no será un simple cronista. A ejemplo de S. Agustín  ante la caída del Imperio Romano (La ciudad de Dios), filósofo de la historia, se interroga cómo explicar los fulminantes triunfos de la religión musulmana, extendida en pocos decenios hasta el Finis terrae de Iberia. Los lugares más antiguos de la Cristiandad  son el epicentro desde donde parten las columnas musulmanas más aguerridas para ocupar, en oleaje al parecer incontenible, todos los territorios conocidos.

Sánchez Adalid acumula multitud ingente de materiales para documentar su narración, que por fuerza se resiente de tamaños apoyos. En pocas ocasiones se permite traslucir su innegable vena lírica, describiendo la brillantez la noche entre los cedros del Líbano; el maremágnum de los zocos orientales o la espiritualidad que rezuman muros junto a los cuales cabalgó  el impetuoso Saulo para perseguir a los “seguidores del Camino”. Tiene, no obstante, el reciente miembro de la R. Academia de Extremadura virtud sobrada para interesar al lector, sobrecogerlo incluso, presentándole el presumible desarrollo de espectáculos medievales cuyo revival contemporáneo nos inquieta.

El novelista ha proclamado numerosas veces que considera la literatura herramienta para hacernos mejores. A esa intencionalidad didáctica somete a menudo  parte de sus textos, que así pueden írseles a las casi 400 páginas de este libro. Por lo demás, su mensaje (él lo busca) coincide bien con las declaraciones que  colgaba en la red la  Plataforma “Pro Refugiados Extremadura” (19 mayo 2016):

La mayoría de las veces el sentimiento que está detrás es el miedo a lo desconocido, pero ese temor se cura con información veraz: el 40% de los refugiados sirios son niños;  dos de cada tres adultos tienen nivel de Secundaria y uno de cada tres, estudios universitarios. Es falso que la mayoría esté bajo el umbral de la pobreza: una plaza en una patera cuesta entre 1.000 y 3.000 euros. Las personas realmente pobres siguen muriendo en Siria. Es falso que sean terroristas : huyen del ISIS, de lo mismo que aterra a los países de la Unión Europea.

 

Jesús Sánchez Adalid, En tiempos del Papa sirio. Barcelona, Ediciones B, 2016

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ESCRITORES PERIFÉRICOS
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Manuel Pecellín | 07-01-2017 | 21:25| 0

ESCRITORES PERIFÉRICOS

 

Durante los días 13-15 marzo 2015, tuvo lugar en el Mercado de Abastos de Plasencia el “Primer encuentro de literatura periférica”, excelente iniciativa alentada por José María Cumbreño . Director  de la editorial que publica el libro, dedicado in memoriam a Ángel Campos Pámpano, y donde se recogen las intervenciones de los escritores participantes, él mismo aclara en los preliminares algunas circunstancias que rodearon el encuentro. “El nombre, Centrifugados, fue idea de la poeta malacitana Isabel Bono y creo que definía muy b bien lo que pretendía ser: la demostración de que la periferia es un espacio en el que pueden confluir maneras muy diferentes de entender la creación literaria”. Así lo expresaba el coordinador, quien,  en el capítulo de gratitudes, recordaba el apoyo del poeta Juan Ramón Santos, actual presidente de la Asociación de Escritores Extremeños. Junto a nombres conocidos de las letras castellanas, figuraban en dicha entrega  un notable elenco de paisanos (de ninguno se adjunta nota biográfica): Cisco Bellabestia, Marino González Mantero, Gonzalo Hidalgo Bayal, Álvaro Valverde, Javier Pérez Walias, Elías Moro y  Víctor Peña Dacosta, entre otros.

La segunda convocatoria de “Centrifugados” tuvo lugar los días 26-27-28 febrero 2016, también en Plasencia. Representantes de una treintena de editoriales independientes y hasta cien escritores procedentes de México, Chile, Argentina, Uruguay y  España  llegaron al norte de Extremadura para “debatir, intercambiar conocimientos y conseguir que esta región, tan alejada tradicionalmente de los circuitos culturales, cuente con un acontecimiento literario del primer nivel”. Así lo proclama Cumbreño en la introducción a este segundo  volumen antológico, cuya dedicatoria incluye el nombre de Fernando T. Pérez González junto al de Campos Pámpano, ángel titular de estos simposios. Las numerosas fotografías adjuntas (la tercera parte del libro) testimonian el amistoso ambiente que allí se impuso a base de complicidades creativas. O de puro músculo, según trasmiten las imágenes de Rosario Gortari y Patxi Larretxea.

Asistieron no pocas de las editoriales privadas extremeñas , (sorprendentemente, hay muchas), al menos las más dinámicas e innovadoras, como Aristas Martínez, De la luna libros, La Rosa Blanca, El verano del  cohete, Javier Martín Santos, Letras Cascabeleras y, claro está, Ediciones Liliputienses (echándose en falta la más desarrollada de todas, Periférica).

Casi todos los textos aquí reunidos recogen, con contagioso entusiasmo, las vivencias experimentadas por sus respectivos autores en aquellas jornadas junto al Jerte. De los extremeños (pocos), destacaré el de Carmen Hernández Zurbano, evocación en prosa de sus años por Argentina; el poema bilingüe “Thes best greek God is us/Somos el mejor de los dioses”, de Fernando Pérez González, y los desenfadados versos de Víctor Manuel Jiménez Andrada. Pocos conocerán tan bien las riberas de aquel como David Marías, según las describe en  unas páginas de Principio de incertidumbre  (Mérida, ERE, 2013). Por lo demás, siempre agrada  sumirse en una prosa como la de Urbano Pérez Sánchez con sus “Tres momentos casi navideños”.

De otras firmas (todas interesantes: no es tópico), destacaré el canto a Lisboa, que suscribe Pablo Fidalgo Lareo y el leve apunte en que Pablo García Casado reconoce, según declara le expuso Eduardo Moga, que “hay excelentes poemas melancólicos”. Como lo serán, sin duda, muchos inspirados en esas Jornadas placentinas.

Hacen muy bien las entidades concitadas (Ayuntamiento de Plasencia, Ministerio de Cultura de Argentina, Junta de Extremadura, Vicerrectorado de Extensión Universitaria y Facultad de Filosofía y Letras de la UEX) apoyando tales encuentros. Larga vida para los mismos.

 

José María Cumbreño, Centrifugados. Segundo encuentro de literatura periférica. Cáceres, Ediciones Liliputienses, 2016.

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SÁTIRA MISÓGINA
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Manuel Pecellín | 29-12-2016 | 17:49| 0

 

Según los historiadores, el XV fue un siglo espléndido para la literatura valenciana.  En esa época pendular, a caballo entre la cultura medieval, ya en trances de superación, y la renacentista, que se anunciaba de múltiples formas, compuso Jaume Roig (Valencia, circa 1400-Benimámet, 1478) su Llibre de les dones, más conocido como  Espill. Lo debió de escribir hacia 1460, justo cuando Joanot Martorell empezaba su célebre Tirant lo Blanc, el libro de caballería salvado de la quema por Don Quijote, que lo juzga “un tesoro de contento y una mina de pasatiempos”. Por lo demás, ambas obras difieren en aspectos múltiples, testimonio de la emergente cultura burguesa una, prototipo del amor cortesano, la otra.

Roig, médico famoso, unido en feliz matrimonio con Isabel Pellicer, virtuosa dama a la que admiró y quiso profundamente, se muestra aquí acérrimo debelador del género femenino. En línea con Juvenal (el mundo clásico estaba “renaciendo”), es el autor de una sátira inmisericorde contra las mujeres. A excepción de la suya y, claro está, de la Virgen María (el libro incluye un tratado mariano, defendiendo el futuro dogma de la Inmaculada Concepción), todas la merecen los mayores reproches. Desde Eva acá, ninguna escapa a su lengua viperina, en verdadero diluvio de improperios.

Como para predicar con el ejemplo propio, da a Espejo  un (falso) aire autobiográfico: el autor, ya muy viejo, narra a un sobrino cuánto tuvo que sufrir en sus matrimonios, a cual más infelices. Tal vez el peor de todos lo vivió con una  novicia, lo que le sirve para explayarse sobre las licenciosas costumbres vigentes en los conventos, retrato que haría las delicias del propio Voltaire. (Tampoco los sacerdotes salen bien parados por parte de quien se declara defensor del celibato clerical, aunque, según la obra, pocos lo vivan. Inútil añadir que rechaza cualquier posibilidad de que las mujeres, corruptas por naturaleza, alcancen el presbiterado).

Cabe discutir hasta dónde Roig, excelente conocedor de la Biblia y un punto antisemita,  está convencido de sus tesis misóginas, o busca sólo  efectos cómicos, tantos son los argumentos como  acumula, verosímiles algunos, realmente descabellados muchos: madres devoradoras de hijos infantes; hembras fatales que mataron hasta veinticinco maridos; pasteleras de París que guisan cadáveres; las tres damas que parieron en Siena ciento veintiocho hijo de un solo hombre et sic de coeteris, aunque los venga a confirmar el mismo rey Salomón. No extrañan así sus improperios sobre las brujas, tan diferentes a las opiniones de un Pedro de Valencia, apelando a que se las ajusticie (pp. 133-34).

Sin duda, lo más atractivo de la obra son sus aspectos formales. Inspirándose en el lenguaje de la huerta valenciana,  tan vívido, con especial dominio de algunos campos (medicina, judicatura, comercio, agricultura) el lector contemporáneo se abrumará con la auténtica catarata léxica que le cae en cada página. Mérito grande del traductor es haber logrado que estos aluviones expresivos resulten agradables, allende el rechazo que pueda sentirse ante las opiniones así vertidas. Moga ha hecho una labor impecable, más valiosa si estima la apuesta de poner en prosa actual un texto poético del XV, con las características de Espill. El original, del que solo se conserva un manuscrito (fue impreso numerosas veces) es un descomunal producto de más de 16.000 versos, que riman de dos en dos. Para colmo, estos son tetrasílabos, lo que, dada la estrechez del metro, impone limitaciones estilísticas y distorsiones sintácticas a cada paso. Tal vez hubiese sido oportuno reproducir algunos pasajes facsímiles para poderlo comprobar. Tampoco habrían sobrado notas a pie de página para entender los más dificultosos o las apoyaturas culturales que hoy se nos escapan.

 

Jaume Roig, Espejo. Traducción y prólogo de Eduardo Moga.Valencia, Pre-Textos, 2016

 

 

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