Ernest Hemingway (Oak Park, 1899-Katchum, 1961) ha sido uno de los escritores contemporáneos con mayor reconocimiento, aunque no le han faltado críticos implacables. Galardones como el Pulitzer y el Nobel, obtenidos poco antes del escopetazo último, incrementarían la popularidad de quien llevaba decenios en la cresta de la ola. Pocos autores más mediáticos que el novelista estadounidense, cuya fama se ocupó él mismo de mantener por múltiples medios. Al éxito justificable de Adiós a las armas, Fiesta, Por quién doblan las campanas o el escalofriante El viejo y el mar y muchos de sus cuentos (más las versiones cinematográficas de los mismos), hay que añadir otros factores mediáticos: la amistad proclamada de Hemingway , no exenta de fricciones, con célebres colegas (Fitzgerald, Gertrude Stein, Dos Passos, Faulkner, Ezra Pound, Joyce) , astros del celuloide (Gary Cooper, Marlene Dietrich, Ava Gardner) toreros (Nicanor Villalta, Antonio Ordóñez, Dominguín) ; sus hazañas bélicas, venatorias , sanferminescas e incluso eróticas y etílicas, aireadas en los grandes periódicos y hasta el apoyo por él prestado a la II República española, el régimen stalinista, la Resistencia francesa y la revolución cubana – al menos, antes de negarse a seguir siendo el clásico “compañero de viaje” – , elevaron su celebridad a límites increíbles.
Antonio Civantos (Trujillo, 1949) figura seguramente entre los lectores más tenaces de todo Hemingway y de cuanto sobre éste se ha escrito. Autor experimentado (suyas son las obras La cocina sentimental, Ciro Blume.., La luz afilada de los diamantes, Quappi de rosa, Mientras la noche termina, Hotel París, El asesino de Venecia), columnista de la agencia Fax Press, ABC y otros, impresiona la extraordinaria cantidad de conocimientos que maneja un acervo de saberes imposible de acumular sino tras muchas décadas de dedicación. Pero lo que habría podido convertirse en sesuda tesis doctoral o ingente volumen de investigaciones plurales, pasa a ser obra de creación merced a la fantasía del novelista trujillano. Su texto nace y se estructura como el conjunto de confesiones que el propio Hemingway va realizando al autor, sometido al papel de simple notario, a lo largo de una noche, tiempo suficiente para repasar la vida entera del único protagonista. Personaje poliédrico, contradictorio, misógino, donjuanesco, maníaco depresivo, gorrón, celoso, solidario, valiente, bisexual , ahora más lúcido y mejor informado que durante su estancia en la tierra, irá desgranando en primera persona toda su trama existencia, con las inhibiciones y desgarrones lingüísticos habituales en su discurso coloquial . Es el recurso utilizado por el novelista para referir las circunstancias familiares, culturales sociopolíticas que conformaron la personalidad de aquel creador tan irreverente como iconoclasta. Otros dos puntos serán así abordados al socaire de la supuesta confesión: la diagénesis de cada una de las obras de Hemingway, póstumas incluidas, y el análisis de los defectos que los críticos literarios, algunos realmente feroces, han lanzado contra las mismas.
Según cabía esperar, dadas las relaciones de Hemingway con nuestro país, sobresalen las páginas que se dedican a España y muy especialmente a dos temas: el mundo de los toros y la guerra civil, sobre todo el Madrid sitiado. Sin duda, son bastante más polémicas las opiniones que en torno a los orígenes, desarrollo y resolución de la tragedia 1936-1939 el novelista pone en boca del suicida declarante, regresado de ultratumba ya converso, arrepentido de no pocas actuaciones y con las ventajas que da conocer a posteriori las consecuencias históricas. (Lo mismo vale decir sobre su visión “actual” de la Rusia soviética o la Cuba castrista, si bien más fáciles de compartir en ambos casos).
Novela con excelente ritmo y rica prosa, bien estructurada, es una auténtica lección de literatura.
Antonio Civantos, Yo, Hemingway. Confesiones desde el otro lado. Barcelona, Laertes Ediciones , 2012
Juan de Mal Lara (Sevilla, 1525 c.- 1571) es otro de los no bien conocidos escritores en los que tanto abunda el Renacimiento hispano. Entre las muchas obras que dio a luz este coetáneo de Arias Montano, perdidas casi todas, sobresale la publicada en la capital del Betis –la ciudad española con mayor dinamismo de la época – el año 1568, con el curioso título de “La Philosophia vulgar”. Aquel volumen, anunciado como la primera parte de una obra que nunca se completó, contenía nada menos que mil refranes, con las correspondientes glosas o explicaciones, no pocas muy extensas, de cada uno. El interés del autor por ellos estribaba en que, según el inquieto andaluz, españolísimo, misógino y antisemita confeso, estas fórmulas expresivas, de fácil recordación, constituyen el fruto de la sabiduría popular, un saber excelente, equiparable a los mejores productos de la filosofía clásica.
Sin embargo, eran sólo la décima parte de la enorme cosecha reunida por Mal Lara desde que, estudiante en la universidad salmantina, se aficionase al mundo de la paremiología sin duda incitado por su maestro, el Comendador Hernán Núñez, quien había dado a imprenta el libro Romances o proverbios en romance. Con sus glosas…, que el sevillano seguirá muy cerca. Adagios, dictados tópicos, proverbios, expresiones populares, citas grecolatinas, refranes estrictamente dichos constituyen un patrimonio de incalculable valor, pese a la humildad con que se presentan, sostuvo Mal Lara.
Ahora bien, la gran figura que admiran todos los atraídos por ellos fue Erasmo de Rotterdam, el gran teórico de esta modalidad literaria. La presencia del humanista holandés es bien perceptible en las páginas del andaluz, lo que ha bastado para distinguirle como uno de los seguidores españoles del flamenco. Así ha venido haciéndose, sobre todo tras los estudios de Marcel Bataillon y Américo Castro.
Lo niegan rotundamente los responsables de esta nueva edición, Inoria Pepe Sarno y José-María Reyes Cano, orgullosos de haber dado la primera realmente crítica, depurada y completa tras la princeps. Según ellos, Mal Lara fue solo un erasmista metodológico, pues indudablemente siguió el tratamiento que a los refranes daba el de Rotterdam, pero en modo alguno se adscribe a las tesis reformadoras del mismo, sino más bien a la Contrarreforma proyectada por Trento. Como rechazan (Bernal Rodríguez, 1982, y otros) a quienes insisten en los problemas de Mal Lara con la Inquisición española. Su admiración hacia procesados como Constantino de la Fuente, así como la denuncia de los vicios clericales, los abusos de los poderosos, la escasez económica de los humildes, la inútil frivolidad de los nobles ante la hambruna del pueblo (“vergüenza grande de señores que crían grandes exércitos de galgos, podencos, sabuesos, açores, girifaltes, rocines caçadores, bestias de mil maneras, pág. 527), la crueldad de la fiesta de toros, etc., aparecen a menudo en estas glosas. De no atribuirlo a la influencia de Erasmo, habría que apelar – y aquí no se hace- al peso de los teólogos españoles pretidentinos empeñados en una reforma de la Iglesia católica antes de la ruptura luterana.
Por lo demás, la labor de Inoria Pepe y José-María Sarno, sostenida durante un lustro infatigable, es digna del máximo aprecio. Baste recordar las casi cinco mil notas a pie de página que han puesto al volumen, junto con los índices añadidos. Facilitan así la localización de las fuentes, aclarar la multitud de referencias, entender en suma un texto tan rico como el de Mal Lara. Pese a todo, se deslizan algunos lapsus, erratas o errores, tales como confundir “dechados” por “dictados“ (pág, 50), “acerbo” con “acervo” (pág. 58), “estraer” por “extraer” (pág. 99), “cuañada” por “acuñada” (pág. 171) y otros similares, inducidos tal vez por el trato con la ortografía original del texto. Son lunares mínimo que no empecen la importancia de una obra interesantísima desde el punto de vista literario, lingüístico, histórico, filosófico y etnográfico.
Juan de Mal Lara, La Philophia vulgar. Madrid, Cátedra, 2013.
Es muy de agradecer una Antología como ésta, tan oportuna para calibrar por dónde discurren las últimas voces de la poesía en Extremadura, según reza el subtítulo. Se mantiene el ya habitual sintagma locativo, que permite eludir otras connotaciones, aunque de los autores seleccionados, nacidos todos en la región, la mitad viven fuera – “matriz desposeída” – (más o menos, como ocurre con los naturales de esta Comunidad, otra vez en trance de diáspora por culpa de la crisis)..
La selección corre a cargo de dos solventes profesores: Mario Martín Gijón (Villanueva de la Serena, 1979), que enseña en la Universidad de Extremadura, y Rafael Morales Barba (Madrid, 1958), que lo hace en la Autónoma madrileña. Ambos cuentan con importantes obras de creación y de investigación
El libro ofrece un estudio preliminar donde se señalan los rasgos característicos de cada poeta; y, claro está, los versos que a cada uno de ellos representan, precedidos de un breve apunte biobibliográfico. Los doce nacieron después de 1970, año que funciona como umbral diferencial, un poco caprichosamente, pero algún término había que decidir. Casi todos son licenciados en Filología. Según los antólogos, otro rasgo distinttivo de todos ellos es que continúan situándose preferentemente en un modelo de poesía reflexiva y de indagación del lenguaje, a tono con lo que hicieran sus paisanos de la generación anterio (Ángel Campos Pámpano,, Álvaro Valverde, Santos Domínguez, Adala Salas, Basilio Sánchez, Diego Doncel, Antonio Méndez Rubio y, algo más distantes, Pureza Canelo y José Antonio Zambrano), cuyo trato, amistad r y magisterio reconocen.. En estos creadores, hoy en torno a la cuarentena, “sigue dominando una preocupación por el lenguaje vertido hacia lo esencial y fragmentario, con ocasionales derivas postmodernas hacia el aforismo o el juego conceptual” (pág. 8).
Los poetas aquí antologados son : Javier Rodríguez Marcos (Nuñomoral, 1970), residente en Madrid, donde trabaja como redactor de cultura del diario El Pais. José Antonio Llera (Badajoz, 1971), profesor de la Universidad Complutense. José María Cumbreño (Cáceres, 1972), profesor en un Instituto de Mérida. Antonio Reseco, nacido en Villanueva de la Resena (1973), donde reside y dirige la editorial Littera Libros. Daniel Casado Porras (Trujillo, 1955). Mario Lourteau (Torrejoncillo, 1976), profesor de Inglés en el Colegio Español de Rabat. Elena García de Paredes (Don Benito, 1976), profesora de enseñanza secundaria y la única mujer aquí presente. Julio César Galán (Cácrees, 1978), lector en la Universidad de Argel. José Manuel Díez (Zafra, 1978), intérprete en el grupo musical “El desván del duende”; Álex Chico (Plasencia, 1980), profesor en un instituto de Prat. Luis Darío (Badajoz, 1980) y Urbano Pérez Sánchez (Hervás, 1981), cuyas profesiones no se indican.
Si es cierto que no están todos los buenos poetas extremeños, lo son todos los que están. Con eso basta.
Martín Gijón, Mario y Morales Barba, Rafael, Matriz desposeída. Cáceres, Diputación, 2013.
Manuel Pecellín Lancharro
Natural de Bélmez (1941), Estepa reside desde 1973 en Badajoz, acuyo Batallón de Ingenieros vino destinado. Aparte sus labores profesionales y docentes, se interesó por la historia de La Mesta, estudios a los se ha dedicado con tenacidad a partir de 1982. A la
misma dedicó los libros Las grandes cañadas extremeñas (2001) y La rebeldía del Corregidor de Badajoz, Don Diego de Zúñiga (2007),
aparecidos ambos en Universitas Editorial
Más ambicioso es este nuevo trabajo, que repasa la historia de las relaciones entre la poderosa sociedad de ganaderos trashumante con Extremadura, hasta donde traerían cada otoño la mayoría de sus rebaños merinos para llevárselos a los pastos del norte con la proximidad del verano. Así se hizo, siguiendo una práctica procedente de la antigüedad, a lo largo de los seis siglos que duró aquella Hermandad de pastores, nacida en el siglo XIII y definitivamente abolida el año
1836. Demasiado tiempo como para establecer tesis monolíticas o maniqueas sobre lo que supusieron sus actividades, privilegiadas deforma sistemática por la Corona, para los territorios ocupados.
Contra lo que fue la tesis más extendida en la región, sobre todo a partir del famoso pleito que Vicente Paíno , apoyado por Campomanes, sostuvo en nombre de la provincia de Extremadura (s. XVIII) frente a
La Mesta, acusándola de los males socioeconómicos aquí padecidos y pidiendo al Rey su disolución, el autor sostiene lo contrario: la trashumancia organizada fue mucho más beneficiosa que dañina. Permitió
aprovechar terrenos improductivos para otras labores; abrió y mantuvo una formidable red de cañadas, puentes, abrevaderos, etc.; enseñó técnicas para mejorar la ganadería y el negocio de las lanas;
fomentó la compraventa de otros productos (quesos, cueros, medicinas, ropas); enriqueció el patrimonio etnográfico y colaboró con cuanto pechaba a las diferentes poblaciones en el desarrollo de las mismas.
Sirviéndose de documentación localizada en archivos (Histórico Nacional de Madrid, Simanca y Toledo; R. Academia de la Historia; Obispados de El Burgo de Osma y Badajoz; Catedral pacense; Ayuntamiento e Histórico Provincial de Badajoz), Estepa busca
demostrar las buenas relaciones sostenidas entre mesteños y naturales, con beneficio mutuo, pese a los numerosos enfrentamientos surgidos por razones varias.
Para mejor comprender esta historia, sin duda dialéctica, el investigador dedica no pocas páginas a mostrar la compleja estructura de la organización mesteña, con las cuatro diferentes “cuadrillas”
(las de Soria, Cuenca, Segovia y León); sus normas de funcionamiento y conducta; modos de impartir y recabar justicia; número de los animales que llegó a poseer (casi cinco millones); importancia para
la economía nacional y cómo procuró ir adaptándose, sin perder de vista los intereses propios, a los cambios ineludibles. Y ello sin que falten generosos apuntes de historia para contextualizarlo debidamente. Concluye exculpando a La Mesta, pues, según contraargumentaban sus propios jueces a Paíno, “el problema extremeño tenía sus raíces en el interior de Extremadura” (pág . 183). Fueron las oligarquías locales, más los grandes terratenientes absentistas, quienes más lucharon para impedir una reforma agraria
capaz de proporcionar a los pobres terrenos de cultivo. Por lo demás, prefirieron siempre ser cómodos rentistas en inmensos latifundios antes que empresarios emprendedores. Prueba es que “una vez desaparecida la organización trashumante, las carencias estructurales
endémicas y la postración socioeconómica de la región continuaron hasta bien pasada la mitad del siglo XX”.
Casi la mitad del libro lo constituyen los apéndices, que recogen, total o parcialmente, importantes documentos. Destacan las disposiciones de los Reyes Católicos (máximos protectores de los mesteños); los pleitos contra las ciudades de Mérida yBadajoz, que
requisaban (1509) a los trashumantes toros para las capeas; las lites de Cáceres p en defensa de sus montes; la nómina de cuantos componían el archivo mesteño de Villanueva de la Serena (hoy, en el
Histórico Nacional) y todos los relacionados con el origen, desarrollo y resolución del célebre “Memorial Ajustado” entre la Mesta y la ciudades extremeñas (1783).
Juan Estepa García, La Mesta en la Historia de Extremadura. Badajoz, autoedición, 2012
Diego Doncel (Malpartida, Cáceres, 1964), profesor de literatura española, se dio a conocer como poeta, irrumpiendo con El único umbral, que fue Premio Adonais 1990. A este poemario le siguieron Una sombra que pasa (1996), En ningún paraíso (Premio Gil de Biedma 2005) y Porno ficción (Premio Ciudad de Burgo, 2010). Doncel, que también ha ejercido la crítica literaria en distintos medios de alcance nacional y fue cofundador de la ya mítica Espacio/Espaço Escrito, parece en los tiempos últimos más inclinado a la novela. Suyas son El ángulo de los secretos femeninos y Mujeres que dicen adiós con la mano. Amantes en los tiempos del cólera fue galardonada con el Premio Café Gijón 2012, en cuyo jurado figuraban Rosa Regás, Mercedes Monmany, Marcos Giralt Torrente, José María Guelbenzu y Antonio Colinas. Este último ha confesado que uno de los mayores atractivos de la obra es el cuidadoso tratamiento del lenguaje, fenómeno habitual en los poetas que se deciden por la prosa.
Otro rasgo perceptible desde el inicio en la novela es el que el mismo autor gusta destacar como nota ineludible de la narrativa contemporánea: lo que tradicionalmente se llamaba “compromiso”, opuesta al “arte por el arte”, sin que eso suponga en modo alguno merma de la calidad estilística exigible a toda obra de creación. Justamente los estudiosos señalan que buena parte de los novelistas actuales se ocupan en sus obras de la crisis generalizada (política, económica, ética y estética) donde nos hemos visto inmerso durante los años últimos. La novela de Diego Doncel se retrotrae a otros no menos difíciles, finales de los treinta del pasado siglo. Para entonces, nazis , fascistas y estalinistas dominaban la mayor parte de Europa, forzando sutil o imperativamente no sólo a sus secuaces, más o menos convictos y confesos, sino incluso a cineastas, escritores, bailarines, músicos, pintores, empresarios, arquitectos, médicos m, matemáticos, físicos, químicos, etc. para que silenciasen cualquier crítica al Poder y hasta lo sirvieran como cómplices nada inocentes. Ya se encargarían las terribles maquinarias (Gestapo, KGB and Cía) de eliminar cualquier posible disidencia.
Es la época elegida por Diego Doncel para ambientar su relato. Protagonista del mismo son dos jóvenes que van a vivir una intensa historia de amor, triunfante pese a cuanto les tocará sufrir: Maríe Gisèle, primera figura del Ballet de la Ópera de París, y Robert Hesse, un importante científico alemán relacionado con los terribles experimentos del Tercer Reich, pronto consciente y opuesto a conseguir a cualquier coste la pureza de la raza aria. El autor, que se ha documentado muy cumplidamente sobre aquel tiempo infame, describe y denuncia las barbaridades de la guerra química, manipulaciones genéticas, biomedicina sin escrúpulos y demás vesanias cometidas en campos de concentración especializados. Ambos amantes se verán envueltos en un torbellino, a menudo mortal, que agitan tanto los agentes hitlerianos como los servicios secretos de las potencias aliadas, deseosos de conducir hasta sus países a los grandes investigadores de la penicilina, el átomo o los genes. Al fondo de la obra resuenan los tambores de la guerra civil española y los de la contienda mundial inminente.
Doncel se propuso un texto de fácil de lectura, con notables juegos gráficos, estructurado de forma cinematográfica en rápidos sketch, piezas de un puzle por los que transitan rápidos los personajes comprometidos en la acción, históricos unos, entes de ficción otros. Entre los primeros, se localizan con facilidad toda una serie de grandes de la época: Sartre, Breton, Saint-Exupéry, Malraux, Picasso, Alexis Carrel, Simone de Beauvoir, Ehrenburg, , Gide, etc. Por no decir Hitler, Göring, Himmler, Mussolini o August Hirt, el profesor de anatomía y oficial de las SS, tristemente famoso por sus criminales experimentos en Naztweiler. (Uno de los capítulos de la obra lleva el nombre de tan horroroso lugar). Sólo en el Norte de África , temporalmente al margen de los conflictos, encontrarán Gisèle y Robert, tras vicisitudes miles, el lugar para vivir sin opresiones.
Diego Doncel, Amantes en el tiempo de la infamia. Siruela, Madrid, 2013.
Natural de Bélmez (1941), Estepa reside desde 1973 en Badajoz, a cuyo Batallón de Ingenieros vino destinado. Aparte sus labores profesionales y docentes, se interesó por la historia de La Mesta, estudios a los que se ha dedicado con tenacidad a partir de 1982. A la
misma dedicó los libros Las grandes cañadas extremeñas (2001) y La rebeldía del Corregidor de Badajoz, Don Diego de Zúñiga (2007),
aparecidos ambos en Universitas Editorial.
Más ambicioso es este nuevo trabajo, que repasa la historia de las relaciones entre la poderosa sociedad de ganaderos trashumante con Extremadura, hasta donde traerían cada otoño la mayoría de sus rebaños
merinos para llevárselos a los pastos del norte con la proximidad del verano. Así se hizo, siguiendo una práctica procedente de la antigüedad, a lo largo de los seis siglos que duró aquella Hermandad
de pastores, nacida en el siglo XIII y definitivamente abolida el año 1836. Demasiado tiempo como para establecer tesis monolíticas o maniqueas sobre lo que supusieron sus actividades, privilegiadas de
forma sistemática por la Corona, para los territorios ocupados.
Contra lo que fue la tesis más extendida en la región, sobre todo a partir del famoso pleito que Vicente Paíno , apoyado por Campomanes, sostuvo en nombre de la provincia de Extremadura (s. XVIII) frente a
la Mesta, acusándola de los males socioeconómicos aquí padecidos y pidiendo al Rey su disolución, el autor sostiene lo contrario: la trashumancia organizada fue mucho más beneficiosa que dañina. Permitió aprovechar terrenos improductivos para otras labores; abrió y mantuvo una formidable red de cañadas, puentes, abrevaderos, etc.;
enseñó técnicas para mejorar la ganadería y el negocio de las lanas ; fomentó la compraventa de otros productos (quesos, cueros, medicinas , ropas); enriqueció el patrimonio etnográfico y colaboró con cuanto pechaba a las diferentes poblaciones en el desarrollo de las mismas.
Sirviéndose de documentación localizada en archivos (Histórico Nacional de Madrid, Simanca y Toledo; R. Academia de la Historia; Obispados de El Burgo de Osma y Badajoz; Catedral pacense; Ayuntamiento e Histórico Provincial de Badajoz), Estepa busca
demostrar las buenas relaciones sostenidas entre mesteños y naturales, con beneficio mutuo, pese a los numerosos enfrentamientos surgidos por
razones varias Para mejor comprender esta historia, sin duda dialéctica, e investigador dedica no pocas páginas a mostrar la compleja estructura de la organización mesteña, con las cuatro diferentes “cuadrillas” (las de Soria, Cuenca, Segovia y León); sus normas de funcionamiento y conducta; modos de impartir y recabar justicia; número de los
animales que llegó a poseer (casi cinco millones); importancia para la economía nacional y cómo procuró ir adaptándose, sin perder de vista los intereses propios, a los cambios ineludibles. Y ello sin que falten generosos apuntes de historia para contextualizarlo
debidamente. Concluye exculpando a La Mesta, pues, según contraargumentaban sus propios jueces a Paíno, “el problema extremeño tenía sus raíces en el interior de Extremadura” (pág . 183).
Fueron las oligarquías locales, más los grandes terratenientes absentistas, quienes más lucharon para impedir una reforma agraria capaz de proporcionar a los pobres terrenos de cultivo. Por lo demás, prefirieron siempre ser cómodos rentistas en inmensos latifundios
antes que empresarios emprendedores. Prueba es que “una vez desaparecida la organización trashumante, las carencias estructurales endémicas y la postración socioeconómica de la región continuaron
hasta bien pasada la mitad del siglo XX”.
Casi la mitad del libro lo constituyen los apéndices, que recogen, total o parcialmente, importantes documentos. Destacan las disposiciones de los Reyes Católicos (máximos protectores de los mesteños); los pleitos contra las ciudades de Mérida y Badajoz, que
requisaban (1509) a los trashumantes toros para las capeas; las lites de Cáceres p en defensa de sus montes; la nómina de cuantos componían el archivo mesteño de Villanueva de la Serena (hoy, en el
Histórico Nacional) y todos los relacionados con el origen, desarrollo y resolución del célebre “Memorial Ajustado” entre la Mesta y la ciudades extremeñas (1783).
Juan Estepa García, La Mesta en la Historia de Extremadura. Badajoz, autoedición, 2012
Tres rasgos concurren en el autor de esta obra, sobre cuya influencia en la misma no caben dudas. Agustín Muñoz Sanz dirige la Unidad de Patología Infecciosa del Hospital Infanta Cristina de Badajoz y es profesor de Patología Infecciosa en la Facultad de Medicina de la Universidad extremeña. Tiene, pues, acreditados conocimientos, y así se percibe a lo largo de todas las páginas, para abordar el asunto clave: el papel que las enfermedades contagiosas desarrollarían en el Nuevo Mundo durante el periodo acotado por el título. De otra parte, cuenta con una extensa producción literaria, donde figuran novelas (O Yacoy, 1994; Venturas y desventuras de un pícaro sueco, 1997; Aunque soberanos los empeños, 2000), relatos (La Dehesa de los Bidasoa, 1992), libros de viaje (En busca de Ítaca: un periplo de conocimiento interior, 1992), memorias (Diario de invierno, 2003), cuentos (Cuentos extremeños de hoy, 1994) y ensayos (Los hospitales docentes de Guadalupe…). Finalmente, es un conocido articulista (HOY, El Periódico de Extremadura , ABC, El Mundo, Tiempo, La Gazetilla de la UBEx), órganos de expresión en los que no rehúye abordar galanamente, con independencia y buenas razones, los asuntos más polémicos.
Así lo hace aquí, enfrentándose a uno de los puntos básicos que constituyen la famosa “leyenda negra” levantada durante el XVI contra el Imperio español por sus poderosos enemigos: el cataclismo demográfico, con enormes pérdidas – a veces absoluta- de la población indígena en los territorios del Nuevo Mundo descubiertos, colonizados y evangelizados por los españoles sería achacable fundamentalmente a los malos tratos que impusieron a los indios. La cruz y la espada, ayuntándose contra aquellos benditos, tan felices antes de Colón, no sólo los explotaron inmisericordemente, sino que terminarían exterminándolos. Textos como la Brevíssima relación de la destruyción de las Indias, de Las Casas, o las terribles imágenes que grabó De Bry, difundieron por doquier la versión del genocidio.
Muñoz Sanz, que insiste en definir su obra como un ensayo, reconociendo la complejidad del fenómeno y la falta de datos definitivos (pese a las aportaciones de los estudios genéticos actuales), se adscribe a los defensores de otras teorías. Acepta la realidad del terrible mazazo demográfico, aunque reconoce que aún no es posible cuantificar el número de habitantes en los diferentes territorios a la llegada de los españoles. Y no discute las crueldades cometidas por éstos, en línea con las acusaciones lascasianas, si bien recuerda que también hubo leyes reales protectoras de los Indios (otra cosa es como se aplicaban) y no poco defensores de los pueblos conquistados. Incluso se hace eco de auténticas calumnias, como decir que el P. Francisco de Vitoria llegó a dudar de que los Indios tenían alma. Ahora bien, fueron las enfermedades infecciosas las que muy rápidamente contagiarían a los naturales, carentes de factores de inmunidad, acabando de modo masivo con ellos. Pudieron conjugarse de modo coyuntural otros elementos destructivos, materiales o psicológicos (volcanes, terremotos, sequías, hambrunas, alcoholismo, suicidios colectivos), pero la causa de tantos millones de muertes hay que imputárselas sobre todo a la gripe, la viruela, el sarampión, la peste, el tifus o el paludismo. Estos males, cuya sintomatología, curso y propagación se van describiendo minuciosamente, llegaron al Nuevo Mundo, donde eran desconocidos, en los reservorios que suponían los hombres y animales (cerdos y aves de forma especial) llegados a terrenos hasta entonces vírgenes y sin defensa contra dichos azotes, rompiendo con facilidad la “barrera de especies” y generando la catástrofe ecológica. Se recuerda que ni los esclavos negros, ni los mismos españoles, mejor inmunizados, las sufrieron de igual forma, como tampoco se produjo ese desastre ecológico en las Filipinas.
Fueron los virus, no las armas, los culpables de aquel choque brutal y devastador, sostiene el ensayista, aunque acepta que el debate sigue abierto. Él, según hiciese su admirado José de Acosta en la Historia natural y moral de las Indias, se conforma con haber contribuido críticamente a enriquecer la comprensión de la misma e interesar a futuros estudiosos. Creo que lo consigue con amplitud.
Agustín Muñoz Sanz, La leyenda negra. Historia natural y moral de una catástrofe ecológica (1492-1592).Mérida, ERE, 2012
Medio millar de páginas tiene este número 8 de la Revista de Teología y Humanidades que cada año edita la archidiócesis Mérida-Badajoz. Recogen una amplia docena de artículos pertenecientes a las secciones de teología, pastoral, catequética, patrimonio cultural, filosofía, música, arqueología, historia y recuperación bibliográfica.
Abre con un amplio estudio de Luis García Iglesias, tan documentado y original como todos los suyos. El excatedrático de Autónoma madrileña y académico de la R. de Extremadura, ofrece una aproximación a la Cristología que Ignacio de Loyola desarrollara en sus famosos Ejercicios Espirituales. Pero quizá lo más interesante (y discutible) del extenso artículo sea la digresión que, como apéndice, el sabio estudioso suscribe sobre la Teología de la Liberación, sin duda porque ha sido cultivada por notables Jesuitas, v.c. los conocidos PP. Ignacio Ellacuría o Jon Sobrino. García Iglesias se opone con rotundidad a sus tesis. Como lo hace frente a las de Marx y las concreciones sociopolíticas de sus seguidores – partidos políticos, sindicatos o gobiernos – , de las que, según Iglesias, no se ha derivado nada realmente positivo.
El director de la Revista, miembro también de la Academia de Extremadura, suscribe dos trabajos. En el primero analiza la función primordialmente evangelizadora que los bienes eclesiásticos deben cumplir. Tan rico patrimonio, formado a través de una presencia mantenida en lugares múltiples durante siglo, debería servir ante todo para el progreso del mundo al que la Iglesia predica el reino de Dios. (En esa línea discurre también el estudio de Andrés Oyola, catedrático de Latín y académico correspondiente, sobre las piezas, aquí reproducidas, mostradas en la exposición que la parroquia de Segura organizase el año 2005). Constituyen la segunda entrega de Vizuete unos interesantísimos apuntes sobre Lorenzo Suárez de Figueroa, el poderoso caballero renacentista cuya lauda orna el claustro de la catedral pacense, y su mujer, la noble Isabel de Aguilar. El autor corrige las numerosas imprecisiones deslizadas en torno a los miembros de esta familia (a la que perteneció Garcilaso de la Vega).
Antonio Gallego, catedrático del Conservatorio de Madrid, miembro de las Academias de San Fernando y de Extremadura, pulcro investigador, desarrolla una línea de trabajo muy frecuentada por él: la presencia de la música en las obras literarias. Esta vez la escudriña la Historia del famoso predicador fray Gerundio de Campazas, alias Zote, que su autor, el P. Isla, jesuita expulso, vería incluida en el índice de Libros prohibidos. Gallego ha localizado entre sus páginas un centenar de alusiones a la música (desde la antigüedad clásica y bíblica a la época moderna). El análisis de tales citas permite rastrear la historia del “arte de los sonidos” y, sobre todo, entender qué pensaba el satírico novelista sobre la música que por entonces se practicaba tanto en los lugares sacros como en los profanos.
Por último, el también académico José María Álvarez Martínez, director del Museo Nacional de Arte Romano, dedica breves pero sustanciosas páginas al que en Mérida conocen como “Hornito” de Santa Eulalia, remodelado hace ahora cuatro siglos (1612). Recuerda que el Consistorio de la ciudad compró una serie de elementos arquitectónicos de origen romano , algunos de un templo dedicado a Marte , para reconstruir el oratorio erigido donde, según la tradición, habría sido quemada Santa Eulalia. Realiza después un fino análisis de la construcción, con su célebre (aunque poco informativo) epígrafe: “Estas piedras de mármol se hallaron labradas de las ruinas de la ciudad”.
Por último, recordaré que se reproducen facsímiles cuatro folletos del siglo XVII sobre la guerra hispanolusa (1640-16668), conservados en la rica biblioteca del Seminario de San Atón. Tres están en portugués. Impresos en Lisboa los años 1641, 1642 y 1661, respectivamente, informan sobre distintas acciones bélicas en los territorios rayanos (Valverde, Elvas, Villar del Rey, Badajoz). El otro, un cuadernillo de sólo cuatro páginas, que vio la luz en Sevilla, lleva este curioso título: “Relación, en que se declara la trayción que dos sargentos de diferentes naciones avian maquinado hazer en la Ciudad de Badajoz, entragando aquella Plaça y su castillo a los Portugueses el domingo 7 de abril de este año de 1652″.
Francisco Tejada Vizuete (dir.), Pax et Emerita. Badajoz, Archidiócesis Mérida-Badajoz, 2012
Profesor universitario en Sevilla, el joven Bartolomé Miranda, hasta hace bien poco presidente de la UBEx, es uno de los investigadores más tenaces de la historia de Extremadura. Nacido en Campanario, patria chica del mayor de los bibliófilos españoles, cuyo nombre lleva, dentro de una familia donde abundan los amantes del libro, el autor de esta obra cuenta ya con numerosas publicaciones. Entre las mismas cabe recordar títulos como La Tierra de Magacela entre la Edad Media y la Modernidad (2006, 2ª), donde estudia las Ordenanzas (1499) de dicha población, célebre por su pasado islámico; Pleito por los pastos y aguas de La Serena (2003), un análisis de la situación de dicha comarca tras haber pasado (1494) el Maestrazgo de la Orden de Alcántara a los Reyes Católicos; Reprobación y persecución de las costumbres moriscas: el caso de Magacela (2005) o El patrimonio artístico de Valencia de Alcántara (siglos XII-XIX), compuesto junto otro de los más fecundos historiadores extremeños, Dionisio Á. Martín Nieto, curiosamente también vinculado a Campanario. Los dos son auténticas ratas de los archivos españoles y sus labores nos han facilitado fuentes documentales hasta ahora desconocidas o prácticamente inaccesibles.
Así ocurre con este nuevo trabajo, que dedica a la Castuera de los siglos XVI-XVII y ha querido intitular “radiografía histórica a través de los visitantes de la Orden de Alcántara. Según se sabe, era costumbre que dicha poderosa institución, como otras homólogas, enviase con frecuencia delegados a sus respectivas poblaciones para controlarlas. Estos “visitadores”, por lo común altamente cualificados, se ocupaban de revisar minuciosamente la situación económica, social y espiritual de cada sitio, advirtiendo los problemas existentes y ordenando los oportunos remedios. De lo todo lo observado y dispuesto dejaban relación escrita. Miranda ha conseguido localizar, y aquí se reproducen, los textos de dos “visitas” realizadas a la villa de Castuera por Juan Vázquez de Acuña (1567) y Diego de Vera y Alburquerque (1674). De los dos expertos “freires”, nada venales, entroncados con poderosos caballeros de la nobleza castellana, se adjunta el correspondiente estudio biográfico. Sirviéndose de lo que escribieron como testigos oculares (por desgracia, las respectivas relaciones no están del todo completas), amén de otras fuentes manuscritas localizadas en archivos privados, el autor compone la iluminadora radiografía. Su mayor interés consiste en que, pese a tratarse de un estudio local, permite transferir las oportunas consideraciones a tantos otros lugares análogos de la España barroca.
Recordemos que los visitadores de la Orden, ayudándose de diputados locales comprometidos por juramento, se informaban sobre “el modo de elección de los oficios públicos; las rentas, bienes y cuentas del concejo; la existencia y conservación de las fuentes y pocos, etc. Todo esto se ponían por escrito y, a continuación, se tomaba nota de los mandatos que el visitador consideraba oportunos para remediar o mejorar cualquier deficiencia” (pág. 32). Asentada en la enorme “Dehesa de la Serena”, donde los mesteños tenían intereses de primera magnitud, a menudo antagónicos; con ricos bienes comunales cuya armónica explotación generaba continuos pleitos entre diferentes instancias; sometida a pechos, diezmos, primicias y alcabalas múltiples; hogar de clanes poderosos y nada condescendientes ante el bien común; con vecinos capaces de recurrir a la más fina picaresca; enfrentada a poblaciones limítrofes.. . Castuera se nos va desnudando en estos atractivos pasajes, que además proporcionan todo un banquete léxico. ¿Quién sabe hoy qué designan términos como alcofar, alfamar, almártaga, alquicel o alumbre, por reducirme al inicio del glosario que aquí se encuentra?
La obra, que obtuvo el XI Premio a la Investigación de la Serena, está prologada por Luis Corral Val, miembro del equipo de historiadores para la publicación de la Colección Diplomática Medieval de la Orden de Alcántara (Fundación San Benito de Alcántara-Universidad Complutense).
Bartolomé Miranda Díaz, La villa de Castuera (siglos XVI y XVII). CEDER La Serena, Castuera/Diputación de Badajoz, 2012.
Pureza Canelo (Moraleja, 1946) es una de las voces singulares del panorama poético español. Desde que, muy joven irrumpiese en el mismo con la obtención del Adonais, sus poemarios (Celda verde, 1971; Lugar común, 1971; El barco de agua, 1974; Habitable ,1979; Tendido verso, 1986; Moraleja, 1995; No escribir, 1999; Dulce nadie, 2008; Poética y poesía, 2008; A todo lo no amado, 2011; Cuatro poéticas, 2011) no han hecho sino afinar más cada vez los registros de esta extremeña apasionada al máximo con el quehacer poético. Directora del Departamento de Actividades Culturales de la Universidad Autónoma de Madrid durante 1975-1983; gerente de la Fundación Gerardo Diego desde 1999; galardonada con múltiples premios (Juan Ramón Jiménez, Instituto Nacional del Libro Español, Ciudad de Salamanca, Francisco de Quevedo) y traducída a idiomas varios, Pureza Canelo sigue asombrosamente fiel a sus raíces.
En el volumen colectivo Esfera Poesía (Badajoz, UBEx, 2009), publicado con ocasión del homenaje que le dedicara la Unión de Bibliófilos Extremeños, los numerosos colaboradores (José Luis Bernal, Guillermo Carnero, F.J. Díez de Revenga, , Ricardo Senabre, José María Bermejo, Ada Salas, et alii) señalaron por unanimidad las características principales de la poesía de Canelo: escritura como resistencia, compromiso con el lenguaje, desnudez, búsqueda de la palabra esencial, enraizamiento , rigor expresivo, interés metalingüístico, fractura de la sintaxis, gusto por el monólogo interior, presencia del entorno familiar, autocrítica permanente, humildad y apertura a las nuevas llamadas del tiempo implacable.
Son las mismas, acaso más agudas, que se perciben en esta última entrega, “un libro que llamo mi Oeste. Arrastro bocado perturbador y hermoso, como ese tenue acordeón que pasa por tu puerta en la madrugada y acompaña. Duermevela hace su capilla en los ángulos posibles de resurrección”, según lo ha presentado la autora. Una vez más, Canelo se pone a escribir a la sombra de Jálama, la cima con la que mantiene pacto íntimo, el faro múltiple que ilumina su ser rural, ayudándole a ver y decir de modo imprevisible, como nadie lo hizo hasta ahora, la amargura de los huertos abandonados, los ardores de la siesta, las paredes sedadas con hiedra trepadora, los simples corrales, la troje del refugio infantil, la arcilla de los cacharros domésticos, los bucles de la avena, una higuera tullida, el sofoco de las jaras, el rojizo alcornoque recién descorchado, los surcos que sueñan con el sembrador , el verdinal junto al puente, y tantos lugares de la tierra donde se ha nacido y por cuyos cauces la piel del poema se hace accesible.
En esta ocasión, momento desmayado para recordar, herida por la nostalgia , la escritora cacereña, galardonada el 2008 con la Medalla de Extremadura como justo reconocimiento a su obra literaria, ha optado (no es la primera vez que lo hace) por el poema en prosa, sin dimitir en ningún momento de la autoexigencia expresiva que siempre se impuso. Son textos de distinta extensión, algunos sorprendentemente concisos, como el podría ser el que titula “Pastos”, con sólo dos líneas, repletas de connotaciones; “Adelanto del otoño, manjar de planeta: olor a paja y tierra mojadas. Grandeza de los pastos, hermano horizonte”, capaz de competir con un óleo expresionista. Antes habremos leído “La señal”, para mí uno de los mejores prosemas, inspirado en la lucha del trillo de sílex sobre la parva, cuando fue “aquella niña que desmenuzó brillos del suelo subida a la oración dando vueltas en su oeste superlativo” (pág. 41).
Recuperación del territorio originario – ejercicio en el que cada día nos sorprenden incluso poetas que antes parecían preferir otros horizontes -, la obra de Pureza Canelo, creada en el rojizo atardecer de humo rural y ceguera cambiante, testimonia que la naturaleza puede seguir enamorando en paralelo con nuestra propia insignificancia. Seguirá siendo así, incluso cuando la mano de la escritora y los ojos del conmovido lector abandonen definitivamente el pulso.
Pureza Canelo, Oeste. Valencia/Mérida, Pre-Textos/ Editora Regional de Extremadura, 2013



