Hoy

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Autor: Elzurdo
La crisis existencial del PSOE
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El Zurdo | 22-05-2017 | 4:23| 0

Socialists' Pedro Sanchez (C) joints hands with candidates Susana Diaz (L) and Patxi Lopez after being elected as the party's leader in Madrid, Spain, May 21, 2017. REUTERS/Sergio Perez

 

El PSOE elige hoy a su líder desgarrado por quizás su peor crisis. Una crisis existencial o de identidad que no es privativa del socialismo español, pues afecta a toda la socialdemocracia europea.

Si no quiere acabar como sus compañeros mártires franceses, griegos o italianos, el PSOE necesita algo más que cambiar de capitán, necesita cambiar de rumbo. Claro que el nuevo rumbo lo marcará el nuevo capitán, y los tres candidatos en liza no comparten el mismo. Una prefiere seguir la estela dejada a estribor por los padres refundadores a riesgo de perder definitivamente el norte; otro se decanta por virar a babor a riesgo de caer en manos de filibusteros, y el tercero no quiere ni una cosa ni la otra, sino todo lo contrario.

Ahora mismo la nave socialista no es que ande a la deriva, es que no anda. Presa de la ansiedad y las dudas, está bloqueada para dicha de sus rivales a diestra y siniestra. Pero la culpa no es de estos, la culpa es del propio PSOE. Tanto ha buscado parecerse a otros que ha terminado por no ser nadie. Tanto ha mirado a las alturas que no toca suelo. Tanto ha querido ser partido que ha dejado de ser socialista y obrero. Tanto ha traicionado sus principios que se acerca a su final. Tanto ha dormido con su enemigo que se ha confundido con él. Dos que duermen en un colchón se vuelven de la misma condición. Y el socialismo patrio, como toda la socialdemocracia europea, tanto ha claudicado ante el pensamiento único neoliberal que ha acabado por asimilarlo. De forma que las diferencias entre los partidos socialistas y populares son más de forma que de contenido, más de matiz que sustanciales, más nominales que ideológicas.

Los socialistas siguen levantando el puño izquierdo en campaña electoral, mientras hacen política, sobre todo, económica, con la derecha. ¿El resultado? No solo son incapaces de ser alternativa a un PP en sus horas más bajas, lleno de mierda hasta el cuello y con muchos cadáveres en el armario, sino que se han convertido en su muleta, a imagen y semejanza de sus camaradas alemanes, cuyo supuesto sentido de Estado les ha arrastrado a un estado sin sentido. Para más inri, les comen terreno por su izquierda. Podemos no existiría si Zapatero no se hubiera prosternado ante Merkel aquel mayo negro de 2010. El Anillo Único ha corrompido la naturaleza socialista hasta la esquizofrenia. Cual Gollum, el PSOE apenas recuerda quién era y sus orígenes. Hoy no es más que la sombra de lo que fue, una versión ‘light’ o amable del PP. De no enderezar su rumbo, está en serio riesgo de extinción y de que Podemos le reemplace en la escala evolutiva.

Hace más de un siglo, el sociólogo alemán Robert Michels advertía en su obra magna, ‘Los partidos políticos’, que cuando las democracias han conquistado ciertas etapas de desarrollo experimentan una transformación gradual, adaptándose al espíritu aristocrático y, en muchos casos también, a formas aristocráticas contra las cuales lucharon al principio con fervor. Aparecen entonces nuevos acusadores denunciando a los traidores; después de una era de combates gloriosos y de poder sin gloria, terminan por fundirse con la vieja clase dominante, tras lo cual soportan, una vez más, el ataque de nuevos adversarios que apelan al nombre de la democracia. Y sentenciaba Michels con clarividencia: «Es probable que este juego cruel continúe indefinidamente».

(Publicado en el diario HOY el 21 de mayo de 2017)

 

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La ilusión central
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El Zurdo | 16-05-2017 | 5:47| 0

FILE PHOTO French Prime Minister Manuel Valls (R) speaks with then Economy minister Emmanuel Macron at the Elysee Palace in Paris, April 8, 2015. Former French Socialist prime minister Manuel Valls said May 9, 2017 that he wanted to stand for President-elect Emmanuel Macron's political movement in June parliamentary elections, the first high-profile defection since Macron's election win. Picture taken April 8, 2015. REUTERS/Philippe Wojazer/File Photo

 

Está por ver si la virtud –al menos, la política– está en el medio, pero sí parece que el éxito –al menos, el electoral– está en el centro. Hasta ahora, en cualquier democracia liberal lo habitual era que dos grandes partidos, uno de derechas y otro de izquierdas, se disputaran y repartieran el centro, cuyo electorado oscilaba entre ambos según soplara el viento. El que copaba la mayor parte de los votos centristas solía ganar las elecciones.

Con la crisis económica ha entrado en crisis ese bipartidismo aquí y acullá. Las dos tradicionales fuerzas que se turnaban en el poder han perdido terreno por los extremos, pero también por el centro, que se nutre de los desencantados más moderados. En España tenemos a Ciudadanos, que ha logrado meter la cuña entre PP y PSOE, mas, a tenor de las encuestas, está aún lejos de arrebatarles la hegemonía. Algo que, en cambio, sí acaricia el presidente electo de Francia, Emmanuel Macron.

Ni la neofascista Marine Le Pen ni el populista de izquierdas Jean-Luc Mélenchon, ha sido el socioliberal (o neoliberal con rostro humanoide) Macron quien ha hecho saltar por los aires el bipartidismo imperfecto francés. Los resultados de las presidenciales han herido de muerte al Partido Socialista (PS) francés y de gravedad a Los Republicanos, el hermano político galo del PP. Los socialistas se han visto lastrados por el descontento generado por el jefe del Estado saliente, François Hollande, pese a haber apostado por un candidato de su ala más izquierdista. Se da la paradoja de que Hollande debe buena parte de su bajísima popularidad a las recetas económicas de corte neoliberal de Macron, quien empezó como su asesor y acabó como su ministro de Economía entre agosto de 2014 y agosto de 2016, cuando dimitió para preparar su asalto al Elíseo. El PS ha sido así víctima, como toda la socialdemocracia europea, de su giro a la derecha, dejando el campo libre a su izquierda.

Los Republicanos, por su parte, están pagando el nepotismo de su candidato, François Fillon. Pensaron que eligiendo a este viejo halcón arañarían votos a Le Pen. Y lo cierto es que era el favorito en los sondeos hasta que la prensa aireó sus corruptelas de familia a lo Pujol.

Ahora, en las alas más moderadas del PS y de Los Republicanos proliferan las deserciones, los Bruto, Judas y Fouché, como los ex primeros ministros Manuel Valls (socialista) y Alain Juppé (conservador), que rinden pleitesía y ofrecen sus servicios al nuevo caballo ganador cara a las legislativas de junio, en las que el movimiento transversal de Macron, una suerte de UCD a la gala, aspira a lograr una mayoría suficiente en la Asamblea para gobernar.

Advertía Gramsci que en tiempos claroscuros como los que vivimos, en los que el viejo mundo se muere y el nuevo no tarda en aparecer, surgen los monstruos. El elocuente y seductor Macron, capaz de encantar a las serpientes, encarna para buena parte de la ciudadanía el antídoto contra esos monstruos, un cambio tranquilo, regenerador pero no revolucionario, como en su día Adolfo Suárez o Barack Obama. Sin embargo, como ellos, Macron puede ser una estrella fugaz que no tarde en apagarse y en defraudar las enormes expectativas creadas; una ilusión, un hombre de transición entre monstruo y monstruo, porque estos se alimentan del desencanto. Trump es una prueba y Le Pen sabe que del fracaso de Macron depende su éxito en el futuro.

(Publicado en el diario HOY el 14 de mayo de 2017)

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El dilema francés
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El Zurdo | 08-05-2017 | 9:29| 0

 

Francia elige hoy entre azul y azul oscuro casi negro, entre un neoliberal con rostro humanoide y una neofascista con hechuras de madre coraje, entre Marine Le Pen y Emmanuel Macron, el Albert Rivera de allende los Pirineos. La elección, por tanto, es difícil para el votante de izquierdas, aquel que en la primera ronda apoyó al socialista Benoît Hamon (una suerte de Pedro Sánchez galo) o a Jean-Luc Mélenchon (el candidato de Francia Insumisa, el Podemos francés).

El presidente francés, el socialista François Hollande, ha sido categórico en su demanda del voto para su exministro de Economía para frenar a la candidata ultraderechista. En cambio, Mélenchon y dos tercios de sus militantes se decantan por votar nulo o en blanco.

Mas hoy no valen las medidas tintas. En Francia, y por extensión en Europa entera, está en juego algo más que la presidencia de la República; está en juego la propia República. La disyuntiva no es Macron o Le Pen, sino democracia o fascismo. Así también lo ve un tótem de la izquierda como Yanis Varoufakis. El exministro griego de Finanzas también ha pedido votar a Macron «para oponerse a Le Pen». Es consciente de «los peligros que representa el programa de Macron para los equilibrios sociales», y está «en profundo desacuerdo con su proyecto para Europa y la zona euro, que solo prolongará y agravará la situación desastrosa de la Unión Europea». Sin embargo, «sus políticas podrían ser combatidas democráticamente en el marco de las instituciones europeas y de las luchas colectivas». En cambio, el Frente Nacional «alimenta un proyecto antidemocrático y de regresión social». Un proyecto no muy disímil del que acaudilla Donald Trump en Estados Unidos.

La encrucijada a la que se enfrentan hoy los franceses es similar a la que afrontaron los estadounidenses en sus presidenciales. Entonces ganó ‘guatepeor’, y las fatales consecuencias no se han hecho esperar. El Ubú rey americano ha soliviantado a tirios y troyanos, pasando por los norcoreanos y sus otrora compinches rusos. Es más, hasta ha dado ya motivos a sus electores para arrepentirse de haber votado con las vísceras y no con la cabeza. Para muestra, un botón: los ciudadanos de once estados donde ganó Trump, la llamada América profunda, serán los que más sufran su contrarreforma sanitaria, que hará perder la asistencia médica a entre diez y doce millones de personas.

En un artículo publicado en la revista ‘Letras Libres’, la politóloga y periodista Aurora Nacarino-Bravo advierte de seis contradicciones de la democracia liberal que han dado alas al populismo y que se pueden sintetizar en dos. La primera, que el modelo liberal parte de la promesa de que todos los hombres son iguales, mientras que en los últimos años se han disparado las desigualdades socioeconómicas. Y la segunda, que concibe el conflicto como pluralismo; es decir, entiende que no hay una política única, que en nuestra sociedad conviven puntos de vista, intereses, vocaciones y ambiciones diferentes, legítimos y a menudo contrapuestos, abriendo así una ventana por la que se ha colado el populismo. Este, que requiere del conflicto para prosperar y perpetuarse, ha desdibujado los límites del pluralismo para esgrimirlo contra la propia democracia liberal; ha igualado la respetabilidad de todas las opiniones en nombre de ese sacrosanto principio liberal, inaugurando el tiempo de la posverdad o, lo que es lo mismo, de la mentira revolucionaria.
(Publicado en el diario HOY el 7 de mayo de 2017)

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El ansia de Podemos
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El Zurdo | 02-05-2017 | 4:59| 0

 

Podemos ha vuelto a atraer la atención de los focos con su último número, el más difícil todavía, un salto al vacío con doble tirabuzón: una moción de censura contra Rajoy condenada al fracaso antes de ser parida. No importa, su objetivo no es el presidente sino el PSOE; enervar a los socialistas, alborotar más su gallinero, forzar a los tres gallos en pugna a retratarse ante su soliviantada militancia y echar un cable al más receptivo a los cantos de sirena podemitas, Pedro ‘el justiciero’ o ‘el cruel’, según se mire.

La moción servirá a la ‘troupe’ de Pablo Iglesias para escenificar de nuevo en el circo de las Cortes que es la auténtica oposición a la triple alianza pergeñada por PP, PSOE y Ciudadanos, tres patas de un mismo banco. Es un dispositivo más de la tramoya puesta en marcha tras Vistalegre 2 para desenredar la trama, un paso más en su estrategia agonista o frentista.

Compatible con el agonismo es la teoría de la inteligencia emocional de Georges Marcus, que reivindica la ansiedad como beneficiosa para la democracia. Su tesis, como explica Manuel Arias Maldonado en ‘La democracia sentimental’, es: «Si queremos que todo el mundo sea racional, la solución que parece más efectiva es poner a todo el mundo nervioso». Cuanto peor, mejor. Según Marcus, los individuos que padecen ansiedad se muestran más proclives a considerar alternativas novedosas. Durante la crisis, la ansiedad afecta a un porcentaje amplio de la población. El resto del tiempo, el público se divide en tres grupos: quienes llaman la atención sobre un problema (la trama corrupta, por ejemplo), quienes niegan que lo sea y los demás. La política consiste en gran medida en los esfuerzos de los primeros por crear ansiedad en el público, por hacer que se preocupe por el problema en cuestión, a fin de que salga de su rutina y su pasividad y se abra a cambiar el color del cristal con que mira este mundo traidor. A la luz de esta tesis se entiende mejor el éxito de Podemos y también, mitigada la crisis, sus sobreactuaciones, dirigidas a alimentar la inquietud de la ciudadanía, a mantenerla en estado de alarma.

Mas quien siembra vientos recoge tempestades. Acaso sea lo que busque Podemos, generar una tormenta que agite las aguas y lo encumbre a la cresta de la ola en la próxima cita con las urnas. Lo hizo Felipe González en 1980 con la moción que presentó contra un agonizante Adolfo Suárez. La moción no lo remató pero aceleró su muerte. Caería ocho meses después apuñalado por los suyos. La estrategia agonista de González empujó a España al borde del abismo, pues contribuyó a precipitar el golpe del 23-F. La asonada fracasó y a los 20 meses el PSOE arrasaría en las elecciones.

Hoy los sables están envainados y no hacen ruido. No obstante, es discutible que sea preferible una política más sensacionalista que sensacional, más pasional que racional, un máximo común divisor a un mínimo común denominador, el conflicto al consenso, una democracia histérica a una serena. Lo que no se consensúa no perdura y es fuente permanente de disputa. Solo hay que observar a EE UU, Argentina y, sobre todo, Venezuela para advertir los riesgos de un política agonista, efectista y alarmista. Arias está en lo cierto, «nuestro déficit es de ilustración y no de pasión, de modo que el desafío institucional consistiría en aumentar los contenidos de razón en la esfera pública y no lo contrario». Sobran tripas y falta cabeza.

(Publicado en el diario HOY el 30 de abril de 2017)

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Cómplices y agonistas
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El Zurdo | 24-04-2017 | 6:06| 0

 

 

«Somos cómplices de lo que nos deja indiferentes», advierte el profesor George Steiner. Cuando una mayoría de ciudadanos sigue dando su voto a un partido pringado de tinta de papel moneda hasta las cejas, con una creciente legión de prebostes con las palmas untadas; cuando esa mayoría tolera, normaliza o hasta participa, en la medida de sus posibles y posibilidades, de la impudicia de sus elegidos, estamos ante una sociedad enferma. Sí, de un cáncer letal para la democracia: la corrupción.

España adolece de ese cáncer desde antes de que las gaviotas se posaran en la Moncloa. En los días de rosas y capullos ya metastatizó. Aquella España que despegó en AVE hace 25 años emborrachó de poder y llenó los bolsillos si no a todos los hombres del presidente, al menos a algunos que creíamos buenos. Uno fue el exdirector de la Guardia Civil Luis Roldán, la cara, o caradura, más grotesca de la España del pelotazo. Este pájaro bobo desplumado por un pájaro de cuenta es interpretado con maestría por Carlos Santos en la película ‘El hombre de las mil caras’. Es reveladora la escena en la que Roldán alega: «Yo no soy un criminal. Yo solo hice lo que todo el mundo hacía». Y su ejemplo cundió, porque cuando les llegó el turno de ocupar la poltrona a los que ondeaban la bandera azul de la regeneración, siguieron haciendo lo que todo el mundo hacía pero multiplicado por cinco.

Luego nos cayó encima una crisis torrencial que arrambló con nuestro castillo de ladrillo y toda esa agua sucia sumergida en las cloacas del poder empezó a aflorar. La última en salir a la luz le llega hasta el cuello al expresidente madrileño Ignacio González, un aprendiz de Fouché que medró a la alargada sombra de Esperanza Aguirre. Otro más que le ha salido rana a la condesa de Bornos, a quien, por más que se haga la rubia como su enemiga íntima Cristina Cifuentes, se le agotan los argumentos para justificar lo injustificable: que no se enteraba de lo que hacía su mano derecha ni su izquierda.

Todo esto es combustible para el ‘tramabús’ de Podemos, quien se ha sacado de la manga un nuevo significante vacío, ‘trama’, para reemplazar al desgastado ‘casta’ y ponerlo al servicio de su estrategia agonista, la que salió ganadora de la mano de Pablo Iglesias de Vistalegre 2. Como explica el politólogo Manuel Arias Maldonado en ‘La democracia sentimental’, para los partidarios del agonismo la política solo puede basarse en el ‘agón’, «el enfrentamiento belicoso entre ideologías dispares, intereses contrapuestos o concepciones incompatibles del bien»; entre «ellos», los que integran la trama corrupta, y «nosotros», el pueblo. Los agonistas agitan las pasiones políticas, alimentan el conflicto y rechazan el consenso liberal por considerar que adormece y reprime dichas pasiones y consagra injusticias. De ahí que Podemos reniegue de lo que llama ‘el régimen del 78’ consensuado por un franquista converso y un comunista posibilista. Los agonistas se proponen superar la democracia liberal mediante la creación, siguiendo a Gramsci, de una nueva hegemonía, de resultas de la victoria de una de las ideologías en liza.

Pero, como se pregunta Arias, ¿de verdad es mejor el conflicto que el consenso, sean cuales sean las condiciones democráticas en que este se haya forjado? ¿Y si se imponen las pasiones políticas más destructivas o sociofóbicas (como en EE UU o Reino Unido y puede ocurrir en Francia)? ¿Y si el conflicto lo ganan los malos?

(Publicado en el diario HOY el 23 de abril de 2017)

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