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Autor: Elzurdo
Desconectados
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El Zurdo | 21-11-2017 | 5:27| 0

MADRID. 18-11-17. CONCENTRACION EN LA PLAZA DE ESPA„A PARA PEDIR UN TREN DIGNO.A EXTREMADURA. FOTO: JOSE RAMON LADRA.

Mientras unos se empecinan en desconectarse de España y la realidad, otros clamamos por conectarnos a ambas. Mientras unos viajan en primera clase y prefieren ir mejor solos que mal acompañados, otros renqueamos en tercera, creemos que la unión hace la fuerza y aspiramos a alcanzar un tren de vida digno. Mientras unos ondean la bandera de la propiedad, otros levantamos la de la solidaridad. Mientras unos suplican protección y reconocimiento a Bruselas, otros rogamos a Madrid que nos tenga en cuenta y en las cuentas. Mientras unos se lamentan de comer altramuces, otros, a los que dan la espalda, nos conformamos con las cáscaras que tiran.

Una vez más es cuestión de perspectiva. Las cosas no se perciben de la misma manera desde la riqueza que desde la pobreza. Cataluña, mal que les pese a algunos, integra la España llena pero nunca satisfecha. Por eso, sus reivindicaciones son más políticas (ser reconocida como nación, independencia…) que económicas (aunque las hay, pero como justificación de las primeras), más divinas que humanas. Extremadura, en cambio, pertenece, aunque le importe a pocos, a esa España abandonada y resignada a su suerte que tan bien retrata Sergio del Molino en su ensayo ‘La España vacía. Viaje por un país que nunca fue’ y de la que es reflejo nuestra decimonónica red ferroviaria. Por eso, sus peticiones son más materiales, tan profanas como un ferrocarril rápido.

El politólogo Ronald Inglehart afirma que, a medida que un país se desarrolla, cambian las orientaciones de los valores de los individuos: se interesarán menos por la provisión de bienes y recursos inmediatos (empleos, dinero, coches…) y más por cuestiones relacionadas con el estilo de vida (medio ambiente, justicia social, paz y derechos humanos…). Inglehart denomina «materialistas» al primer conjunto de valores y «posmaterialistas» al segundo, por lo que ve en el posmaterialismo un síntoma de modernización económica. También concluye que en las democracias industriales más avanzadas hay una mayor propensión del ciudadano a participar en actividades políticas no convencionales (boicots, manifestaciones, huelgas ilegales u okupaciones). A la luz de esta teoría, se puede comprender por qué los catalanes se movilizan más que los extremeños para reclamar aquello a lo que creen tener derecho.

Ambos coincidimos en considerarnos víctimas de un agravio. Ambos nos sentimos diferentes, pero no entendemos la diferencia de forma similar. El extremeño reniega de ella; se siente ninguneado, un patito feo, y desea que se le trate igual que a cualquiera. El catalán, por el contrario, ha hecho de la diferencia motivo de orgullo; se siente especial, un cisne, y no quiere que se le trate como a un cualquiera.

Pero quien no llora, no mama y, como explica el jurista Javier Pérez Royo, el gran hecho diferencial, sin el cual no se entiende lo que ha pasado y pasa en Cataluña, es que «el nacionalismo catalán ha sabido dotarse de plataformas de movilización ciudadana sin parangón en cualquier país de Europa y posiblemente en cualquier otro país del mundo». Es decir, ha sabido hacerse oír.

Sin embargo, han tenido que pasar dos décadas de promesas incumplidas para que los extremeños nos hartáramos y, por fin, nos plantáramos en la Villa y Corte y levantáramos la voz para exigir algo quizá tan prosaico para un catalán como necesario para nosotros: ¡un tren digno ya!

(Publicado en el diario HOY el 19 de noviembre de 2017)

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Un país de camareros
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El Zurdo | 14-11-2017 | 5:06| 0

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La economía española se recupera, pero ya no ladrillo a ladrillo sino copa a copa. España ha pasado de ser un país en construcción a un país de camareros. La hostelería se ha convertido en uno los motores diésel que tira del desvencijado carro patrio.

Antes de la Gran Recesión, España era adicta al ladrillo. Ahora ahoga sus penas en alcohol, que empieza a subírsele a la cabeza y a soltarle la lengua. Así, bajo los efectos de la espirituosa euforia que precede a la resaca, alardea, entre trago y trago, de ser la que más crece y más trabajo genera de sus colegas europeos. Eso dicen las grandes cifras, pero si leemos la letra pequeña veremos que la precarización laboral va en aumento, sobre todo en la hostelería.

A principios de 2008 había 2,7 millones de personas subidas al andamio. Seis años después, tras explotar la burbuja inmobiliaria, quedaban 950.000. De los 1,75 millones de empleos que se destruyeron, solo se han recuperado 200.000. Cuatro de cada diez personas que llevan más de cuatro años en paro proceden de la construcción.

Por el contrario, la hostelería ha creado uno de cada cuatro nuevos empleos. Desde que tocara suelo en 2013, ha generado más de medio millón de puestos y ya da trabajo a 1,74 millones de almas. Sin embargo, es un sector muy estacional, sometido a los vaivenes de la demanda turística, que registra récords año tras año, pero, ojo, gracias al terrorismo yihadista. Sí, porque estamos captando visitantes que han dejado de viajar a las playas del Magreb porque se han vuelto inseguras.

En consecuencia, la inmensa mayoría de los contratos que se firman en la hostelería son temporales, disparándose los que duran menos de una semana e incluso horas. Lo más grave es que, como diagnostica la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (Fedea), el contrato temporal ya no es la vía para poder lograr uno indefinido, sino «un elemento que perpetúa la desigualdad social, además de dañar la Seguridad Social y el futuro de las pensiones». «Hay gente de más de 45 años que no hace otra cosa que encadenar contratos temporales. Antes en la construcción, al menos, estos duraban años», advierte el investigador de Fedea Florentino Felgueroso.

La metástasis de la contratación temporal y a tiempo parcial está tirando de los salarios hacia abajo, pese a que el PIB ya acumula tres años de crecimiento. Por primera vez desde el inicio de la crisis el salario bruto medio nacional bajó en 2016, hasta 1.878 euros al mes, según los datos del INE, que constatan que en España la precariedad laboral tiene rostro de mujer joven con título universitario que sirve copas o hamburguesas o vende ropa no más de 25 horas a la semana y por menos de la mitad de lo que cobra un hombre mayor de 55 años con contrato indefinido a jornada completa.

En definitiva, se están imponiendo en nuestro país los ‘McJobs’. El término alude al tipo de contrato precario que tienen los empleados de McDonald’s. Por extensión, el diccionario Oxford define como tal cualquier «trabajo poco estimulante y mal pagado, con pocas perspectivas y creado especialmente durante la expansión del sector servicios».

España se recupera sí, pero a costa de cocer a fuego lento el huevo de la serpiente de la próxima crisis y de beberse el futuro de la generación más preparada de su historia.

(Publicado el 12 de noviembre de 2017)

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Ganan la batalla del relato
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El Zurdo | 07-11-2017 | 6:50| 0

GRAF229. MADRID, 02/10/2017.- Los exmiembros del Govern (de izda. a dcha.) Joaquín Forn, Raül Romeva, Dolors Bassa, Jordi Turull, Josep Rull y Meritxell berrás a su llegada a la sede de la Audiencia Nacional donde hoy están citados a declarar junto al expresidente de la Generalitat como imputados por delitos de rebelión, sedición y malversación tras la declaración unilateral de independencia, anulada por el Tribunal Constitucional. EFE/Fernando Alvarado

No cabe duda de que Carles Puigdemont y sus consejeros, así como la presidenta del ‘Parlament’ y demás miembros de la Mesa de la Cámara catalana, cometieron más de un delito durante el cacareado proceso que culminó el 27 de octubre con la más esperpéntica que solemne proclamación de la república independiente de Cataluña. Lo que sí resulta más que dudoso es que cometieran algunos de los graves delitos que les imputa el fiscal general del Estado, como el de rebelión, que requiere violencia.

Lo duda hasta el propio Supremo, que investiga a Carme Forcadell y al resto de la Mesa. El alto tribunal enmendó la plana a José Manuel Maza y sugirió que más que rebelión pudieron haber cometido, si acaso, «conspiración para la rebelión», castigado con menos años de cárcel. Además, dio una semana más a los abogados para preparar sus defensas y solo exigió a los acusados un número de teléfono donde estuvieran localizables.

En cambio, la juez de la Audiencia Nacional que lleva la causa contra los ‘consellers’ cesados se mostró más papista que el Papa, hizo suyos los argumentos de Maza y, tras tomarles declaración, envió a la cárcel a los nueve que no huyeron con el ‘president’ a Bélgica. Para todos ellos decretó prisión incondicional, salvo para el «traidor» Santi Vila, para el que fijó una fianza de 50.000 euros, al valorar que se bajó del tren del ‘procés’ antes de que se estrellara. Alega Carmen Lamela para imponerles tan dura medida cautelar que existe riesgo de fuga, «pues algunos querellados ya se han desplazado a otros países eludiendo las responsabilidades penales en las que pudieran haber incurrido». Sin embargo, si no volaron es porque, al contrario que los pájaros emigrados a Bruselas, decidieron tener la vergüenza torera de asumir las consecuencias de su desobediencia a las leyes.

Con el encarcelamiento de más de la mitad del Govern, el independentismo ya tiene los mártires que quería para alimentar su relato victimista cara a las elecciones del 21-D, para dejar en entredicho la imparcialidad del sistema judicial y la división de poderes en España. Un cuento que ya le ha comprado parte de la prensa anglosajona. Una prensa que ha sacado a pasear el fantasma de Franco para poner bajo sospecha nuestra «joven» democracia, queriendo insinuar con su juventud que aún es inmadura y endeble.

Con esta munición y el atrincheramiento de Puigdemont en Bruselas a lo Pinochet en Londres, los soberanistas van ganando la batalla del relato, porque han logrado internacionalizar el conflicto catalán, que se hable de él, bien o mal, pero que se hable, allende los Pirineos, hasta en el Senado de EE UU.

En tiempos de tribulación es más necesaria la sofrosine de la que ha hecho gala el Supremo que la severidad extrema mostrada por Lamela. Es necesario que la Justicia haga más uso de la balanza que de la espada y siga algunos de los consejos que don Quijote da a Sancho Panza antes de que fuese a gobernar la ínsula Barataria. El primero, «cuando pudiere y debiere tener lugar la equidad, no cargues todo el rigor de la ley al delincuente; que no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo». El segundo, «si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia». Y el tercero, «cuando te sucediere juzgar algún pleito de algún enemigo tuyo, aparta las mientes de tu injuria, y ponlas en la verdad del caso».

(Publicado en el diario HOY el 5 de noviembre de 2017)

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El poder de la estupidez
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El Zurdo | 31-10-2017 | 5:40| 0

BRU1. BRUSELAS (BÉLGICA), 31/10/2017.- El expresidente de la Generalitat de Cataluña Carles Puigdemont interviene durante la rueda de prensa que ofreció en el club de la prensa de Bruselas, Bélgica, hoy 31 de octubre de 2017. Puigdemont llegó este lunes a Bruselas después de que el fiscal general del Estado de España, José Manuel Maza, anunciara una querella por rebelión, sedición y malversación contra él y el resto del gobierno regional, así como otra querella contra la mesa del Parlamento autónomo. EFE/ Olivier Hoslet

Tenía mis dudas, pero se han despejado. Estos últimos días he constatado que Carles Puigdemont es estúpido. Sí, estúpido según la definición que hace del término Carlo M. Cipolla en sus ‘Leyes fundamentales de la estupidez humana’, opúsculo que ya cité en el artículo ‘La conjura de los necios’, publicado tras los atentados de Barcelona y Cambrils del 17-A.

Decía entonces que Cipolla clasifica a las personas en cuatro tipos: los incautos, los inteligentes, los malvados y los estúpidos. El incauto beneficia a los demás aun perjudicándose a sí mismo. El inteligente se beneficia a sí mismo y a los demás. El malvado actúa movido solo por el beneficio propio sin importarle perjudicar a los otros. El estúpido daña a otros sin sacar provecho alguno, o incluso peor, obteniendo un perjuicio.

Y así ha hecho el presidente de la Generalitat al no convocar elecciones autonómicas y al consumar la estulticia supina de proclamar la república independiente de Cataluña. Con esta delirante decisión, Puigdemont perjudica a todos los catalanes –incluidos a los independentistas, aunque, incautos ellos, no lo crean– porque los divide y enfrenta, pero también él sale damnificado, pues acabará en la cárcel. Sin embargo, prefirió convertirse en héroe local por un día que pasar a la historia del soberanismo catalán como un ‘botifler’, un traidor. Demostró así su miopía y enanismo políticos, amén de su pusilanimidad. En un momento tan crucial, Cataluña necesitaba un estadista como Josep Tarradellas y se ha visto en las torpes manos del monstruo de Artur Mas, que ha perdido el control sobre su criatura.

Si Puigdemont es estúpido, Mas es malvado. El expresident embarcó a su partido y a su país en la aventura independentista para salvar la cara, para desviar la atención sobre los recortes sociales de su Govern en lo más crudo de la cruda crisis y las corruptelas del clan Pujol y ahijados. Cuando la CUP exigió su cabeza a cambio de apuntalar el Gobierno de Junts pel Sí, Mas se sacó de la manga al exalcalde de Gerona. Pero Puigdemont pasó de ser marioneta de Mas a serlo de la formación antisistema.

Y es que a veces los inteligentes y malvados caen en la tentación de asociarse con un estúpido con el fin de manipularlo. Cipolla avisa que tal maniobra acabará en desastre, pues las personas no estúpidas subestiman el potencial nocivo de los estúpidos.

El historiador económico italiano advierte que el estúpido es el tipo de persona más peligroso que existe, más que el malvado. A su juicio, si el malvado perfecto actúa se produce una transferencia masiva de riqueza y bienestar a su favor, pero la sociedad en su conjunto no sale ni beneficiada ni perjudicada. En cambio, las acciones del estúpido empobrecen a la sociedad entera. Además, las tretas de un malvado se pueden prever porque son racionales, responden a una lógica, perversa, si se quiere, pero lógica; no así las locuras del estúpido, que son irracionales e imprevisibles. Ese es el poder de la estupidez. Para más inri, el estúpido no sabe que es estúpido, lo que contribuye poderosamente a dar mayor fuerza, incidencia y eficacia a su acción devastadora. En consecuencia, como lamentaba el poeta Friedrich Schiller, «contra la estupidez hasta los mismos dioses luchan en vano».

(Publicado el 29 de octubre de 2017)

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El sentido de las palabras
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El Zurdo | 25-10-2017 | 5:10| 0

GIRONA.-19-10-2017.- Numerosas personas se ha concentrado esta noche delante de la subdelegación del Gobierno en Girona, pidiendo la libertad de Jordi Sánchez y Jordi Cuixart y a favor de la República Catalana .EFE/Robin Townsend

La independencia es para muchos catalanes lo que era la democracia para muchos españoles durante el franquismo: la isla de Utopía.

El filósofo Ludwing Wittgenstein afirmaba: «Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo». Y añadía: «El sentido del mundo debe encontrarse fuera del mundo».

Los hijos del franquismo no conocieron la democracia hasta la muerte del caudillo. Democracia era una palabra tabú, impronunciable, ajena a su mundo. Sin embargo, como todo lo prohibido y desconocido, resultaba fascinante. Por ello, muchos de aquellos encontraron el sentido del mundo y, por ende, de sus vidas en la lucha por alcanzar algo que estaba fuera de su mundo: la democracia.

Una vez lograda, la democracia fue perdiendo atractivo, sobre todo entre los que nacieron y se criaron en su seno, porque para ellos es el estado natural de las cosas, es su mundo. A sus 40 años, ajada por la corrupción y la crisis económica, la democracia española no cautiva a los nacidos a partir de la década de los 60 porque no les ha traído la prosperidad anunciada, todo lo contrario: vivirán en la vejez peor que sus padres, como advierte un reciente estudio de la OCDE.

En consecuencia, las generaciones del ‘baby boom’ y de los ‘millennials’ tratan de buscar el sentido del mundo fuera de su mundo. Muchos de ellos lo han hallado en la reivindicación de la democracia real, entendiendo que la fundada por la Constitución de 1978 es una versión adulterada. El 15-M surgió de esa reivindicación. Y esta se ha asociado a la independencia en Cataluña, ya que es vista como el camino hacia una democracia auténtica por al menos dos millones de catalanes. Ya decía también Wittgenstein que «imaginar un lenguaje significa imaginar una forma de vida» y que «el significado (de las palabras) es solo el uso».

La intervención de la autonomía catalana, a través del artículo 155 de la Carta Magna, y el encarcelamiento de los ‘Jordis’, los cabecillas de los movimientos soberanistas ANC y Òmnium Cultural, alimentan la ilusión de los ‘indepes’ de que luchan legítimamente por la instauración de una democracia real frente a un Estado «policial» y «opresor». Les da argumentos para sostener su relato victimista y que el «régimen del 78» sufre una regresión autoritaria bajo la bota del Gobierno de Rajoy. Otra falacia, como la de los 16.000 millones que España roba a Cataluña, que, a fuerza de repetirla mil y una veces, los goebbelianos propogandistas del independentismo convertirán en (pos)verdad durante esta larga campaña electoral que se abre con la aplicación del 155 de marras, ya que culminará con la convocatoria de elecciones autonómicas en el plazo máximo de seis meses. Travestirán así la división entre ‘indepes’ y no ‘indepes’ en antagonismo entre demócratas y franquistas, que extenderán a toda España. Así, a sus miopes ojos, solo caben dos opciones: o estás con ellos o estás contra ellos y la democracia.

Para más inri, la intervención de la autonomía, que incluye el cese del Govern en pleno, avivará el sentimiento de humillación en buena parte de los catalanes. Y cuando al adversario no solo se le derrota sino que se le humilla, no se resuelve el conflicto sino que se perpetúa, porque no se restañan heridas sino que se abren más. Valga como botón de muestra y lección histórica el Tratado de Versalles (1919), que puso fin a la Primera Guerra Mundial y fue el primer paso hacia la segunda, pues resultó humillante para los alemanes y sembró la semilla del diablo nazi.

(Publicado en el diario HOY el 22 de octubre de 2017)

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