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Autor: carlos pajuelo
Cómo echar a los hijos, adultos, de casa.
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Carlos Pajuelo | 21-01-2018 | 4:56| 0

Se enseña a los hijos a ser autónomos desde que son pequeños.

Se enseña a los hijos a ser autónomos desde que son pequeños. (FOTO LC Rosario)

Es “ley de vida” que los hijos terminen abandonando el hogar familiar  pero también nos encontramos, cada vez más frecuentemente, con hijos que no encuentran el momento para levantar el vuelo. Esos hijos no es que vivan en casa de sus padres, es que están instalados en casa de sus padres. Son huéspedes, pero huéspedes privilegiados que viven a cuerpo de rey. Y papá y mamá los abnegados y mosqueados posaderos. Eso sí, algunos padres están hasta contentos de hacerle la camita, la comidita, cuidando la ropita, a la criaturita de 32 años.

También hay hijos que han levantado el vuelo y abandonado el nido pero lo que hacen es llevarse al gallo y a la gallina a su casa, o sea a sus padres, porque los implican a base de taperwares, bolsas con ropa sucia, o directamente en el cuidado de sus hijos, o sea de sus nietos. Pero de esto ya hablaremos en otro artículo.

Todo en la vida tiene su tiempo, tenemos que educar a  nuestros hijos para que levanten el vuelo, para que se vayan a vivir su vida, para que sean protagonistas de ella. Porque los padres también tenemos que vivir, una vez pasado el tiempo de crianza de los hijos, nuestra vida.

¿Por qué no se van de casa?

En la mayoría de los casos porque hay padre-madres tipo “Gallina Clueca” que nunca terminan de ver que sus hijos no los necesitan y los mantienen en sus casas, les animan a que continúen con ellos  porque hacen del cuidado de sus hijos la razón de su existencia. Los hacemos unos comodones y un poco inútiles.

Otros hijos no se van, aunque son adultos que trabajan y que tienen un sueldo, porque prefieren gastarse el dinero en “vivir bien” (coche, viajes, ropa) y no quieren abandonar la pensión, que es gratis. A éstos los seguimos haciendo comodones y con una cartilla de ahorros que ya nos gustaría.

Algunos,  por situaciones de pérdida trabajo, divorcios u otros problemas, vuelven a casa a buscar “cobijo” de forma coyuntural, pero terminan convirtiendo la situación en permanente.

¿Qué hacer para que se vayan, los hijos adultos, de casa?

No olvides que la razón por la que educamos a los hijos es para que sean independientes, autónomos, para que vivan su propia vida como ellos crean conveniente. La autonomía es algo que se enseña de manera progresiva poco a poco, en cada edad hay oportunidades para ir practicando esa autonomía: asumir responsabilidades, tomar decisiones, y sobre todo, aunque parezca paradójico, tener en cuenta las necesidades de los demás.

Existe una clara diferencia entre ser solidario con la situación que viven los hijos y “echarles una mano” a estar obligado a atender a los hijos toda la vida. La solidaridad es recíproca, los hijos deben de entender que bastante han hecho sus padres toda su vida mientras los han criado como para “obligarles” a que tengan que ayudarles, porque para eso son tus padres.

Enseñad a los hijos a que deben pensar en las necesidades de sus padres y a entender las consecuencias que les acarrea a los padres el egoísmo de éstos: Menos autonomía para los padres, pérdida de libertad cuando creían que ahora era el momento de dedicarse tiempo para ellos. Hay padres que les agobia incluso irse de viaje porque a sus hijos (bien mayorcitos) igual no les viene bien, quién los va a atender, etc.

Animad a los hijos a que se vayan a vivir su vida, enseñarles a ir siendo autónomos, que se hagan la comida, que sepan poner la lavadora, tender, ¡planchar! Un hijo que sabe planchar y escurrir el spontex con las dos manos está preparado para vivir con autonomía.

Habladles clarito, construir la propia vida, ser independiente, es más costoso porque no van a tener todas las comodidades que tienen en casa, pero hay que salir del nido familiar y construir su propio nido.

Decidles muchas veces eso de que “cuando estés en tu casa podrás hacer lo que quieras”, pero decírselo con alegría, con motivación y no como si estuviéramos hastiados de convivir con ellos.

No lo olvides, educamos a los hijos para que vuelen, para que vivan su vida. Y nosotros, los padres, la nuestra.

 

 

 

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Cómo me convertí en “la peor madre del mundo”
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Carlos Pajuelo | 14-01-2018 | 5:41| 0

#Edadmumala

#Edadmumala

En esta entretenida tarea que es la de educar hijos e hijas algunas madres y padres se encuentran, de repente, con que sus criaturas que antes les profesaban algo parecido a la adoración pasan a mostrarles una especie de inquina, mezcla de desesperación, manía, desprecio, hastío que se manifiesta con frases del tipo: “no te soporto”, “eres odiosa”, deja de fastidiarme la vida” acompañadas de destierro, se van a su cuarto y te castigan con el látigo de la indiferencia.

Triste y sola se queda la madre y el padre, preguntándose qué hemos hecho para merecernos esto. Por qué nuestras criaturas que hasta hace nada nos decían papito bonito, mamita guapa, nos han convertido en una mezcla de Ángela Channing, Cruella de Vil, el Jocker, Darth Vader, Maléfica y ni nuestra presencia soportan.

¿Sabes por qué te has vuelto, a sus ojos, tan odiosa o tan odioso?

Porque le estás marcando límites.

Porque las normas siguen siendo válidas y eso molesta a los que las incumplen.

Porque les dices que fumar-beber es malo por mucho que ellos te lo quieran justificar como si el tabaco-alcohol fuera una aspirina.

Porque a veces no se aguantan y les molesta hasta que les digas buenos días.

Porque les recuerdas que no están haciendo lo que tenían que hacer (y no me refiero solo a estudiar).

Porque, a veces, realmente eres muy pesada o muy pesado.

Porque lo que para ti es protección ellos lo interpretan como asfixia.

Porque los padres y madres de los demás, como no les dicen nada a ellos, son un encanto.

Sí, un día te convertirás en un ser odioso a los ojos de quién más quieres. Pero espabila, ¿qué quieres que te digan, olé mi madre, olé mi padre, gracias por guiar mis pasos y mi vida?

No educamos para que nos hagan la ola. No educamos para ser unos padres guays. No educamos para tener hijos modélicos. Educamos porque alguien tiene que mostrar el camino a nuestros hijos y a menudo nuestros hijos se ven tentados por los atajos.

Así que cuando te digan odiosa-odioso, malvado-malvada, amargada-amargado y se encierren en su habitación, tú solo contesta, con cariño: “pues yo te quiero”.

Te recuerdo que el adolescente no eres tú. Así que no te pongas en plan dramático y a seguir educando.

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Educar en pareja, educar (y pelear) el doble.
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Carlos Pajuelo | 25-12-2017 | 5:25| 0

educarjuntos

La discrepancia a la hora de educar hijos es normal, dos educan el doble.

Si hay un mantra, una creencia muy extendida en el tema de la educación de los hijos, es ese que dice que en una familia el padre y la madre han de educar de la misma manera a sus hijos.

Nuestra forma de ser, nuestra forma de pensar, de sentir,  influye directamente en la forma de educar, en el modelo de padres que somos.  Cada padre y cada madre creen que lo que ellos piensan y  sienten cuando educan  es lo correcto. Y nuestros hijos tienen una gran facilidad para descubrir estas discrepancias, y son capaces de determinar qué cosas pedir a quién, cuándo y dónde. Así se da origen a una de las situaciones que más conflictos crean en las familias: sentirnos desautorizados o cuestionados por nuestra pareja por decisiones referentes a la educación de nuestros hijos. Y, lo que es peor, en algunos casos, con nuestros hijos de testigos.

De hecho, cuando nuestros hijos tienen la oportunidad de equivocarse y se equivocan, muchos padres y madres se cuestionan hasta qué punto la intervención del “otro” ha podido ser causa, por acción u omisión, de esa equivocación. (“Tú lo tiene muy mimado, tú le consientes todo a la niña, tú nunca hablas con él, tu, tu y tú”. Los “Tutues” que se lanzan como cuchillos y que no nos ayudan a educar, pero sí a tener conflictos con nuestras parejas.

Tenemos que recordar que la mayoría de las personas elegimos a nuestra pareja porque poseen una serie de rasgos de personalidad y una manera de actuar que nos parecen muy atractivos y deseables, entre otras cosas, porque nosotros no los tenemos. Somos unos semejantes muy diferentes. ¿Es esto un problema? Pues no. Es simplemente una realidad que hay que tener en cuenta para poder utilizarla a nuestro favor a la hora de educar. Cuestionar y desautorizar a nuestra pareja conlleva un peligroso juego de poder entre los padres que puede terminar con la inhibición del progenitor cuestionado.

No se desautoriza a la pareja delante de los hijos, nunca. Si discrepáis, habladlo vosotros y luego, si hay que dar marcha atrás, se hace. Equivocarse es cosa de los que aprenden y de los que enseñan.

Hay padres y madres que intentan ser un equipo unificado, donde el respeto de las opiniones mutuas y la toma de decisiones conjuntas es el camino utilizado. A veces, se toman decisiones que nuestra pareja no comparte y viceversa. Ese es el momento en el que es más necesario hablar tranquilamente y, tras exponer nuestros puntos de vista, tomar una decisión. Y si consideramos que hay que revocar la decisión que se tomó, no pasa nada, se le hace saber a nuestros hijos. Y a aguantar el temporal.

Hay padres y madres que delegan en su pareja la toma de decisiones. Si tú delegas en tu pareja entonces tienes que apoyar todas las decisiones  que tome, ¿no crees?

Un padre y una madre no actúan igual, pero ambos comparten lo sustancial: amor, normas, límites y consecuencias.

Un padre y una madre no piensan igual, pero ambos respetan que educar no es adoctrinar, es influir.

Un padre y una madre no hablan por una misma boca, pero a los hijos les hablan en el mismo idioma. De esta manera un padre y una madre pueden decir a sus hijos las mismas cosas, de manera muy diferente, y pueden hacer énfasis en aspectos diferentes, pero no se contradicen.

Un padre y una madre no compiten entre ellos para ver quién es mejor educando; un padre y una madre  suman esfuerzos, a menudo diferentes esfuerzos, para educar a sus hijos. Si un padre y una madre actuasen siempre de la misma manera, cómo apreciarían nuestros hijos las diferencias. Dos educan el doble que uno.

No, no somos iguales, y eso es una suerte para nuestros hijos porque pueden apreciar en “sus carnes” que, cuando los educamos, da lo mismo que un padre sea de una manera y una madre de otra muy distinta, porque lo que nos hace educarles no es cómo somos sino el a dónde vamos. Cada padre y cada madre aporta lo mejor de cada uno a la hora de educar, pero como no somos perfectos, también aportamos algunos de nuestros defectos a la hora de educar. Eso nos hace humanos y por eso, cuando nos equivocamos con nuestros hijos, la labor de nuestra pareja es crucial para hacer ver a los hijos que, aunque los padres nos equivocamos, los educamos porque los queremos.

Diferentes y diversos, eso es lo que somos, y la diversidad siempre es un valor, sobre todo educando.

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Educar no es sufrir
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Carlos Pajuelo | 03-12-2017 | 4:57| 0

Educar no es una enfermedad, es un compromiso.

Educar no es una enfermedad, es un compromiso con nuestros hijos. #orgullosodeserpadre #orgullosadesermadre

¿Por qué educamos a nuestros hijos? Sencillamente porque los queremos, porque nos importan y porque tenemos la responsabilidad de dotarles de herramientas que les permitan integrarse en nuestra sociedad.

No nos queda otra, hay que educar sí o sí.

Educar es fácil, lo que no es fácil ni sencillo es que tus hijos sigan al pie de la letra, y a la primera, tus instrucciones y esta es la causa de la desazón de muchos padres y madres: los hijos dan malas noches, los hijos desvelan, quitan el apetito, los hijos asustan, retan, rechazan, cuestionan e incomodan, los hijos malhumoran y nos hacen llorar de impotencia.

Pero, ¿esto ocurre porque no sabemos educar? Yo creo que no, que actualmente educamos más y mejor de lo que se dice por ahí (ya sabeís que educar a los hijos de los demás es una tarea muy sencilla). Esto ocurre fundamentalmente porque educar es un proceso que lleva su tiempo, sí, su tiempo, toma nota: más o menos 18 años, lo que dura la infancia y la adolescencia. Y cuando educamos, enseñamos y nuestros hijos aprenden y como buenos aprendices hay “tareas” que se les resisten y nos “suspenden” en recoger, en obedecer, en no contestar, en llegar a su hora, en no fumar, en no estudiar, etc., pero los hijos, esos mismos hijos, nos hacen sonreír, nos enorgullecen, nos sorprenden, nos hacen sentir buenos, nos calman, nos dan confianza, nos animan, nos aúpan y nos hacen llorar de alegría.

La tarea de ejercer de padres es nuestra ocupación todos y cada uno de los días del efímero calendario que enmarca la niñez y adolescencia de nuestros hijos.

¿Vivir es sufrir? No, claro que no, pero ¿se sufre viviendo?, pues claro que sí, mientras vivimos hacemos sufrir hasta a los que más queremos. Lo mismo pasa educando, porque educar es la vida misma, días buenos y malos días, pero con una diferencia al educar estamos ejerciendo la tarea de ser padres y madres, una tarea que solo podemos realizar los padres y no deberíamos sufrir por hacer lo que tenemos que hacer.

Mal nos va a ir si como padres y madres nos frustramos cada vez que nuestros hijos ponen resistencia a nuestras demandas mientras ejercemos la tarea de ser padres y madres. Para esta tarea no existen atajos, no hay manuales, ni blogs que te eviten el malestar que se produce educando hijos porque este malestar es inherente a la tarea de educar, pero junto a ese malestar tiene que existir la convicción, las ganas, la satisfacción, el compromiso de mostrar a nuestros hijos la forma,  maneras y modos en los que los padres nos posicionamos en nuestra vida ante los retos que se nos presentan. Educando somos teoría pero sobre todo somos el ejemplo, nuestros hijos ven nuestra manera de comportarnos, cómo actuamos, qué decimos y cómo lo decimos.

Los conflictos con hijos mientras los educamos son conflictos naturales, a veces muy duros pero naturales, así que igual nos ayudaría quejarnos un poco menos y ocuparnos más de continuar con nuestra tarea de educar. No olvides que mientras educamos les estamos enseñando a nuestros hijos no solo cuáles son nuestras creencias y valores, sino también qué imagen es la que tenemos de ellos. Tú eliges.

Si no estás orgulloso de ser padre, orgullosa de ser madre, si te vienes abajo, si tiras la toalla, si te pasas el día quejándote, frustrado ¿quién va a educar a tus “modorros”?

Madres y padres sufridores a escuchar “Solo se vive una vez” de Azúcar Moreno, te la escuchas al desayuno, la comida y la cena, y a educar, que el tiempo pasa rápido y no olvides que hacemos muchísimas cosas buenas educando a nuestros hijos pero en todos los caminos hay baches.

Educar no es una enfermedad. No vivas la educación de tus hijos como si fueran hemorroides “sufriéndolas en silencio”, busca ayuda, háblalo con tus amistades, familia, profesores. No estás solo.

¿Orgulloso de ser padre, orgullosa de ser madre? !Ánimo¡, porque tus hijos e hijas necesitan urgentemente padres y madres comprometidos con la tarea de educar. 

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Los hijos que decían que sus padres les “amargaban la vida” ( y otras frases lapidarias)
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Carlos Pajuelo | 26-11-2017 | 5:35| 0

Los hijos tambien sueltan frases lapidarias mientras los educamos

Los hijos tambien sueltan frases lapidarias mientras los educamos.

 Toda madre y todo padre, que se precie como tal, debe de estar preparado para escuchar en la boca de sus hijos una serie de frases lapidarias, cargadas de emoción y dichas con tal contundencia y cierta carga de desprecio, dignas de Scarlett O´Hara, del tipo: “lo único que queréis es amargarme la vida”.

El problema no es que nuestros hijos e hijas lancen esas frases cual mamporro directos a la barbilla de sus progenitores, el problema es lo mal que le sientan a algunos padres y madres que sus retoños sean tan severos, dramáticos y contundentes a la hora de juzgar el comportamiento de sus padres como educadores. Los hijos te hacen sentir como si, padres y madres, nunca hiciéramos algo bien.

Repasemos algunas de estas frases lapidarias que escuchamos a nuestros hijos e hijas:

Los padres de mis amigos sí que son buenos padres”,  ¡pues claro que sí!. De hecho, en las casas de los amigos de tus hijos tú gozas de una reputación estupenda. Todos los hijos tienen la sensación de que el día que repartieron padres y madres les tocó lo que no quería nadie. Educar a los hijos de los demás es lo más sencillo porque para los hijos de los demás tenemos comprensión, calma y palabras llenas de confianza. A los nuestros tenemos que educarlos, o sea, tenemos que incomodarlos e incomodarnos.

“¡Qué ganas de irme de esta casa!”. Esto de largarse de los sitios en los que tenemos conflictos es muy antiguo. A nuestros hijos, mientras los estamos educando, los estamos sometiendo sistemáticamente a un conjunto de normas y límites: “Estudia hija; recoge hijo; come; eso no; a las 10 en casa; etc…”  y los hijos creen que, en cuanto se vayan de casa, van a poder vivir en un estado de libertad absoluta (¡qué ingenuos!). Cuando los hijos amenazan con irse de casa, tú recuérdales que estás encantado o encantada de vivir con ellos, y no se te ocurra decirles eso de ahí tienes la puerta. Y menos aún lo de ” y si te vas, aquí no vuelvas a entrar”.  No te pongas a ser más “flamenco” que tu hijo, pues te recuerdo,  que tú eres el que tiene que poner el cerebro en los conflictos con los hijos.

Sólo queréis amargarme la vida”. Esto te lo dice tu hija o tu hijo cuando le has impedido ir a un concierto nocturno de un grupo musical que, aparte de desconocido, tiene nombre de parte pudenda del organismo. ¿Qué quieres? ¿que te abrace y te diga: ¡olé mi madre y olé mi padre! que vigilan y cuidan por mi bienestar?. Educar nos obliga a limitar, poner coto, negar, prohibir… y es normal que los hijos lo sientan como una absurda postura de unos absurdos padres que sólo tienen el objetivo de fastidiarles. de hacerles sufrir. Cuando te digan esto, tú no te enfades, simplemente recuerda que están contrariados por las normas y límites que guían nuestra manera manera de educar. Pero esto es lo que hay.

“¡Pues no haberme tenido!”, le espetan algunos hijos a sus padres cuando estos les están haciendo ver las consecuencias de sus conductas, y a la que algunos padres, irritados responden, frases desafortunadas del tipo “¡desde luego, con lo tranquilo que estaba yo!”. Lo más sencillo en estos casos es decirles tranquilamente, de manera sencilla, “hijo, hija, pues yo te quiero”.

Te recuerdo que tus hijos están en construcción, así que no te pierdas en sus formas y céntrate en tu tarea de educar.

Los hijos son como las olas del mar: a veces apacibles y serenos, y otras veces originan tormentas de efectos devastadores. Los padres somos el faro que guía, y te recuerdo que los faros son más útiles y necesarios cuanto más grande es la tormenta.

 

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Sobre el autor Carlos Pajuelo
Carlos Pajuelo Morán, psicólogo y padre de dos hijos, ejerce su tarea de Orientador en el Equipo Psicopedagógico de Atención Temprana de la Consejería de Educación y Empleo. Durante 21 años ha sido profesor asociado en la Facultad de Educación de la Universidad de Extremadura. Miembro del Comité Científico y Vocal del Observatorio de la Familia y la Infacia de Extremadura. En este blog los padres y madres interesados por los temas de la educación encontrarán información fácil y accesible, basada en aportaciones de la psicología y la psicopedagogía, que les ayude a identificar las competencias y habilidades que como padres poseen y a utilizarlas de la manera más eficaz para poder seguir ejerciendo esta apasionante, aunque a veces ingrata, tarea de ser padres.

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