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Fecha: julio, 2008
Una demostración de fantasía
29-07-2008 | 12:39 | 0

Desde la fábula de Esopo sobre la oca que ponía huevos dorados, hasta el cuento de los hermanos Grimm cuyo protagonista , “El zoquete” – el mejor y a la postre el de mayor fortuna de los tres hermanos – encuentra una oca de plumaje áureo, la relación entre esta ave (sustituida a veces por la gallina) y el noble metal ha sido recurrente en la literatura. No excluyo que la obra de Ramírez Lozano (Nogales, 1950) esté también influenciada por esa tradición, pero su novela, fábula o cuento recurre más bien a las peripecias lúdicas del por todos conocido “juego de la oca”. Con las 63 casillas del tablero en que se tiran los dados se corresponden los capítulos del viaje que ha de realizar Lucas, el protagonista, desde Monsalud al jardín definitivo, donde encuentra la extraordinaria oca que le tocase en una rifa y se le había escapado .

El propio Lucas, un imaginativo adolescente, irá refiriendo la odisea. Si triunfa al fin, no es sino por su dominio de las palabras, único óbolo que le permitirá ir rehuyendo las dificultades múltiples de la azarosa carrera : puentes, ríos, pozos, posadas, cárceles, etc. sólo son superados a base de entregar a sus guardianes respectivos bellos vocablos, única moneda para ese viaje a Ítaca que a todos nos depara el hado.

El juego de la oca es por tanto un ejercicio lingüístico, pero a mí me parece más aún otra demostración sobresaliente de la enorme fantasía que a su autor distingue. Este joven personaje, posible primo del Alfanhuí de Sánchez Ferlosio (si bien en ocasiones recuerda al Lazarrillo), le ocurren aventuras inverosímiles; encuentra plantas y animales inclasificables; recorre territorios nunca imaginados; se relaciona con tipos insólitos; visita poblaciones ignotas y conocerá costumbres que ningún etnógrafo pudo nunca sospechar. No pocas de estas maravillosas realidades figuraban ya en el fabulario típico del escritor extremeño, capaz siempre de sorprender a los lectores con otro golpe de tuerca dentro de la misma mecánica. Lo suyo es, ante todo, jugar y divertir, convencido de que todo lo que pueda ser nombrado, existe, aunque muchas personas , limitadas por el cientifismo lógico, no alcancen a verlo.

Lucas sí es capaz de leer, unas tras otras, centenares de palabras que, escritas sobre el río, se perciben como un renglón de lumbre (pág. 21). Se da cuenta de que el solo saca punta a los carámbanos; escucha el lenguaje de las fuentes, junto a las cuales las ovoras ponen huevos de oro o los botorones desovan para los ojales y entiende a la molinera cuyos gatos le proporcionan anualmente seis cosechas de pupilas. Aprende a vadear ríos que, con querencia de manantiales, cambian de sentido y tornan a sus orígenes. Tan peligrosos son como los caminos que durante la noche desobedecen sus destinos, abandonan sus recodos y se salen de su trazado como si fueran animales (pág. 41). Para no perderse, por donde quiera que pisa, cual nuevo Pulgarcito, va dejando palabras testigo, algunas tan hermosas como”arinde”, “birimbao”, “endrino”, etc.,etc. Merced a ellas, hasta los paisajes esdrújulos resultan accesibles. Su pasión por los vocablos es parecida a la de Toral, que tenía cientos de latas puestas en hilera debajo justo del tendido telefónico, de manera que las gotas de lluvia bajadas de los cables golpeaban en los botes orquestando la más curiosa sinfonía. Y, si las fuerzas desfallecen, siempre será posible aliviar el desánimo con un cocido de ceros que los hospicianos prepararan a base de aguaceros, lapiceros, hechiceros…, hasta que resulta un cociente reconfortante. Como postre, los angelitos de la peluquería prepararán maravillosos “cabellos de ángel”.

Y así, al atardecer, cuando el sol saca punta a las sombras y dora los perfiles, hasta amansar el cansancio de las horas (pág. 96), Lucas tal vez logre nuevamente santiguar sus pupilas con el ampo de la lumbre que los ojos de la recobrada oca irradian.

¿Poesía, cuento, fábula, relato juvenil, novela en La oca de oro ? Quizás ustedes mismos encuentren la respuesta.

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El espíritu libertario en el cante jondo
22-07-2008 | 12:33 | 0

Editada por vez primera el año 1933 (Madrid, Biblioteca Atlántico) y reimpresa en 1988 por la Universidad de Cádiz, reaparece “Andalucía, su comunismo y su cante jondo. Intento de interpretación”, famoso ensayo que firmasen conjuntamente los extremeños Carlos y Pedro Caba. Se reedita ahora, con un pequeño cambio en el título para mejor sugerir la tesis defendida por los hermanos: el comunismo que ellos perciben en tantas canciones andaluzas no se corresponde con el de raíz marxista, aplicado después por Lenin y sus epígonos según la ortodoxia soviética, sino a la utopía ácrata, emanada fundamentalmente de Bakunin y Kropotkin, aquel anarquismo con extraordinaria proyección en la Andalucía republicana.

Enriquece esta tercera entrega un magnífico prólogo de Rubén Landa, hijo de Pedro, que establece allí la biobliografía básica de los dos ensayistas. Ambos escribieron también, aunque ya por separado, varias novelas notables e incluso algún poemario. Pedro Caba (1900-1992) fue más fecundo y a él se deben importantes libros de reflexión filosófica, compuestos en diálogo, no siempre acorde, con las enseñanzas de Ortega.

La obra se estructura en cuatro partes. La primera pretende atraer la atención de los intelectuales españoles, desatentos hasta entonces (ni los románticos, ni la Generación del 98 las valoraron) hacia esas formidables manifestaciones de cultura popular que constituyen el rico acervo del “cante jondo”. La riqueza antropológica del mismo requiere el estudio de los etnógrafos y sociólogos, porque “hay que tener la mente forrada de niebla literaria para creer que en Andalucía todo es frivolidad, ingrávida consistencia, hervor de risas, rumor de jácaras y oro de vinos” (pág. 45). Se rastrean después los orígenes y evolución de este cante, analizando sus posibles antecedentes musulmanes, hebreos y gitanos, sin olvidar raíces indígenas anteriores. Los dos últimos capítulos, sin duda los más personales y comprometidos, constituyen un agudo análisis de las músicas (Carlos era guitarristas) y letras en la copla andaluza, merced al cual los autores argumentan su tesis básica: la música flamenca, indisciplinada, carente de códigos impositivos, visceralmente individualista, junto con letras transidas de dolor, pena y espíritu rebelde, se corresponden a la perfección con las proclamas del comunismo libertario. Pese a tantas similitudes con el pueblo ruso, ” en Andalucía (añádanse Extremadura y Murcia, también afectas a lo jondo), podrá algún día nacer un Dostoiewski, pero no se espere un Lenin. Anducía no ha de imitar a Rusia. Si algún día equipa una revolución, le pondrá su etiqueta personal” (pág. 134), concluía los autores en plena época republicana. Según ellos, el espíritu libertario habría sido la constante más perceptible en la historia del pueblo andaluz, manifiesta en fandangos, peteneras, saetas, seguiriyas, soleares, malagueñas, tientos, polos , deblas y martinetes y martinetes miles, muchos antes de que obras como La conquista del pan o El apoyo mutuo , clásicos del anarquismo, vieran la luz.

Magníficamente escrito , con una prosa diamantina, este ensayo (que muchos habrían de utilizar, no siempre con el oportuno reconocimiento), conserva incólumes sus virtudes para iluminar y provocar.

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Pinto, el maquis extremeño
14-07-2008 | 7:27 | 0

Gerardo Antón Garrido, “Pinto” de sobrenombre, fue uno de los guerrilleros antifranquistas que, a caballo entre la necesidad de sobrevivir a la represión y el entusiasmo por mantener los ideales de la derrotada II República, mantuvo la resistencia armada durante los años cuarenta en condiciones ciertamente de absoluta precariedad. Este hombre del maquis extremeño, que al fin pudo salvarse refugiándose en Francia, es el protagonista de la obra, una novela basada en hechos reales, según declara el autor.

Aureliano Martín, nacido en Montehermoso, pueblo de donde ha sido alcalde, enseña en el IES “Gabriel y Galán” de dicha población. El año 2005 realizaba el documental ” Pinto, el joven guerrillero”, que bien puede considerarse origen de este relato. Como la película, el libro se centra en las operaciones realizadas por el partisano y sus compañeros huidos a los montes de Cáceres, fundamentalmente Las Hurdes y la Sierra de Gata , bajo la dirección de un personaje mítico, El Francés.

Dolores Cabra, secretaria general de AGE (Archivo Guerra Civil y Exilio) , suscribe el prólogo, donde se pide un trato más justo para aquellos luchadores y se adelanta muy sucintamente la biografía del personaje, que acaba de cumplir noventa años., aunque con salud convaleciente por un ictus cerebral. Tampoco el texto literario, escrito en primera persona, como si fuese autobiográfico, despeja las dudas todas que sobre la vida del personaje se nos suscitan, centrándose en las actuaciones guerrilleras por él realizadas ( de escasa entidad, ante la rotunda carencia de medios en que él y los suyos se movían, acosados implacablemente por la Guardia Civil y teniendo que afrontar los temores y desesperanzas de las clases populares tras las tragedias de 1936-39).

Pinto nace ( abril 1917) y se cría en Aceituna, municipio norcacereño próximo a Plasencia. Pertenece a una familia humilde, aunque con las necesidades básicas cubiertas, por lo que no hubo de sufrir el hambre que asolaba tantos hogares coetáneos. Recibe clases de un maestro que parece educado en los metódos de la Institución Libre de Enseñanza y se incorpora bien joven a la vida laboral.Llegada la República, se afilió al Partido Comunista, pero hace la guerra junto al ejército de los “nacionales”, regresando a su pueblo al fin de la contienda. Son avatares que la obra dirime en un primer capítulo, que, como todos los siguientes, va alternando con recortes del ABC de los años cuarenta sobre la situación española. Tras dedicarse algún tiempo al estraperlo y al contrabando con Portugal, Pinto, buen conocedor de la sierra, sintiéndose amenazado por la gente de Falange, decide ingresar en la guerrilla. Entre ilusiones y contratiempos discurren aquellas aventuras, donde no faltarían actuaciones dramáticas, que la novela refiere a un ritmo lento y prosa eficaz, hasta el desenlace no por previsible menos doloroso : la muerte de los más y el exilio de los escasos supervivientes. A Pinto le sonríe esa fortuna amiga de los audaces y consigue escapar a Francia, donde vivirá fiel a sus ideas. En Martín Alcón ha encontrado al leal cronista su odisea.

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Desencadenantes del 2 de Mayo
07-07-2008 | 9:38 | 0

Entre la muy abundante bibliografía que en torno la Guerra de la Independencia (1808-1814) se viene produciendo, generada por el comienzo de su segundo centenario, no podían faltar las novelas históricas, como la de Arturo Pérez Reverte, Un día de cólera, o la de José Miguel Carrillo de Albornoz, que presentamos. El autor (Cáceres, 1959) cultiva con fortuna dicho género, según los demuestran títulos como Memorias de doña Isabel de Moctezuma, Carlos V, la espada de Dios, El Gobernador de Indias o Yo, Juana la Beltraneja. Próximo a tales obras está también su ensayo Moctezuma II Xocoyotl, el semidiós destronado y ha sido coautor, junto a Beatriz de Orleans, de Enteder de arte y antigüedades, una guía práctica para los amantes del coleccionismo, que se recuerda aquí por las numerosas referencias de carácter estético localizables en ¡Muera Napoleón!.

Al atractivo del novelista cacereño por el tema también se suma que algunos de sus antepasados se implicaran en la lucha contra los franceses : el famoso general Castaños, vencedor en Bailén, se llamaba de segundo apellido Carrillo de Albornoz y un José Carrillo de Albornoz participaría en la batalla de Almansa junto al duque de Berwick.

La novela nos parece que parte de una concienzuda investigación, asunto dada fácil porque se trata de un texto holístico, donde se procura explicar los factores desencadenantes de aquel terrible “2 de Mayo”. Amparándose en una estructura caleidoscópica, el escritor va introduciendo todo tipo de personajes : reyes, príncipes, generales, políticos, pintores, aristócratas , gentes del pueblo y, claro está, el mismísimo emperador de los franceses. Por las abundantes páginas de la obra (430) discurren , entre muchos de menor relevancia, Carlos IV. Fernando VII, la condesa de Benavente con su prole, Murat, el cerrajero José Blas de Molina, las populares Manuel Malasaña y Clara del Rey (la preferida para Carrillo), los capitanes Daoíz y Velarde, el famoso alcalde de Móstoles y Manuel Godoy. Este último, que no sale del todo bien parado, por la enemistad que la nobleza española le profesaba, se habría merecido la benevolencia de Napoleón, un hombre también salido de los estratos sociales inferiores para encumbrarse, por méritos propios, a las cimas del poder.

Tal vez como contrapunto a las tesis defendidas en otros libros (recuérdese al ya mencionado Pérez Reverte) sobre la índole de la sublevación contra los invasores galos, que habría sido realizada de forma casi exclusiva por personas humildes y espontáneas, Carrillo, sin negarlo, se esfuerza por resaltar dos circunstancias : las conspiraciones que muchos madrileños urden las horas anteriores al furioso estallido para concertar la protesta y el apoyo que reciben de algunas Casas distinguidas (si bien se reconoce que la nobleza fue mayoritariamente profrancesa y que los militares españoles, salvo casos excepcionales, se quedaron en sus cuarteles, viéndolas venir).

La novela, por serlo, no se reduce a los datos archivísticos. Se da también curso a la imaginación, aunque ateniéndose a límites verosímiles. En ese aspecto, lo más interesante tal vez resulte la presencia de Goya junto a los personajes comprometidos en los enfrenamientos. Sin participar en los hechos de arma, el genial pintor habría podido captar así las tremebundas escenas de los cuadros que pintó y aún hoy nos convulsionan.

La obra interesa desde el primer momento y quizá sólo enfría el interés en aquellos pasajes que alejan excesivamente de los acontecimientos medulares (Madrid), como las disquisiciones sobre el entramado político que enfrentaba a Carlos IV con su hijo, futuro Fernando VII, contra cuya conducta cínica y desleal no se ahorran invectivas. Compuesta en prosa limpia, sólo algunos decaimientos ocasionales (“más prioritario”, “más mayores”, alguna repetición de la misma palabra en cortos espacios) la entorpecen. Concluye con un apéndice histórico, de indudable provecho, y la reproducción parcial de unos documentos ilustrativos, como el célebre extracto del Memorial de Santa Elena, donde Napoléon escribe un texto que da gusta leer : ” …Esperaba las bendiciones de los españoles. Sucedió de otro modo. Desdeñaron su interés sin ocuparse sino de la injuria, corriendo todos a las armas. Los españoles se condujeron todos como un hombre de honor. Nada tengo que decir de esto sino que triunfaron”.

A esa honrosa actitud atribuyen no pocos historiadores la consolidación del espíritu nacional que la Guerra de la Independencia produjo y que el novelista resalta.

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