Hará muy pronto quince años (23 julio 1993), moría en Badajoz Jesús Delgado Valhondo y muchos nos experimentábamos como huérfanos. Se fue uno de los poetas más grandes y, peor aún, uno de los hombres más generosos, vitalistas y lúcidos que habíamos conocido. Su obra ha encontrado en Antonio Salguero (Talavera la Real, 1956) al admirador y estudioso fiel. Catedrático de literatura, es doctor y premio extraordinario de doctorado en Filología Hispánica por la Universidad de Extremadura. Lo obtuvo con la investigación, precedente del libro ahora publicado, con La poesía de Jesús Delgado Valhondo (Cáceres, UEX, 1999). Aparte de otros textos en los que también se ha referido a Jesús ( Gévora, 2001; Itinerario poético de Mérida, 2007) y, lógicamente, el Catálogo de artículos y cartas de Jesús Delgado Valhondo, 2009), Salgado fue el responsable de la edición, introducción y notas de los tres volúmenes que constituyen la Poesía completa de Jesús Delgado Valhondo, publicados el 2003 por la Editora Regional de Extremadura. A ninguno sorprenderá, pues, la erudición, profundidad y pulcritud que se perciben en esta nueva entrega con la que inicia sus ediciones la “Fundación Jesús Delgado Valhondo”.
La obra se estructura en cinco apartados, todos los cuales dicen relación entre sí e incluso no evitan a veces casi ineludibles reiteraciones . Se ocupan respectivamente de la vida, poética, poesía, poemarios y bibliografía del escritor.
El primer capítulo sigue detalladamente la existencia de Jesús, desde su nacimiento en Mérida (19 febrero 1909), y posterior estancia Cáceres, “ la ciudad de los asombros”, hasta su muerte en Clideba. No se trata de fría crónica biográfica, sino todo lo contrario : nos hace ver los acontecimientos principales que fueron conformando aquella extraordinaria personalidad, sus dudas e ilusiones más sentidas, cuanto lo hizo soñar y sufrir, los estudios, lecturas y amistades que conformaron la sensibilidad de tan magnífico escritor. Muchos de los apuntes aquí expuestos eran conocidos para quienes se han acercado a la obra de Valhondo. Otros, no tanto y algunos no dejan de sorprendernos. El dolor de la enfermedad infantil que iría conformando la concepción trágica de la existencia, incrementada después a lo Unamuno por el empeño del poeta en comprender a un Dios impenitentemente inaccesible. L amistad inquebrantable con Pedro Caba y Eugenio Frutos, que tanto le habrían de influir. La pasión por soledad, aprendida en los pueblecitos de Sierra de Gata (allí estuvo mi universidad, le escuché decir alguna vez), durante la República y después de la guerra, represaliado por haber sido secretario de la Enseñanza en la UGT de Cáceres. Las relaciones que poco a poco consigue establecer con cenáculos y personalidades de toda España, donde irán viendo la luz sus obras, no sin lucha y decepciones sangrientas : el grupo poético de Orihuela, Ángaro de Sevilla, Platero de Cádiz, Álamo de Salamanca, los eficaces apoyo sde Gabriel Celaya y José Hierro, la Universidad Menéndez y Pelayo, los elogios de Vicente Aleixandre, Lázaro Carreter, Alarcos Llorach y, sobre todo, de Juan Ramón Jiménez, cuyas palabras tanto le alentarían. Las páginas últimas de este apartado, quizás excesivamente concisas, narran las vicisitudes del poeta en Badajoz, ciudad en la que se afincó el año 1965 y donde, entre otras experiencias, tuvo una curiosa y a la postre frustrada dedicación a la política municipal y autonómica, ésta junto a otro de sus grandes amigos, Tomás Martín Tamayo.
El capítulo II abre con una declaración que irá argumentándose concienzudamente a lo largo de su desarrollo : Jesús Delgado Valhondo es un caso excepcional en la historia de la poesía española por el carácter existencia de su obra lírica desde el principio al fin de su larga trayectoria… Pertenece por edad a la generación de 1936 y al grupo de los fundadores de la llamada ”generación escindida” (Luis Felipe Vivanco, Luis Rosales, Leopoldo y Juan Panero). Con ellos coincide en tratar una temática centrada en el sentimiento, el amor y el paisaje con un tono vivencial de fuertes preocupaciones religiosas. También concuerda con ellos en su tendencia a la rehumanización y a la solidaridad, al empleo equilibrado de los recursos formales y al interés simultáneo por la tradición clásica y la renovación vanguardista (pág. 77). Eugenio Frutos, Alfonso Albalá y José María Valverde serían otros extremeños coetáneos partícipes de los mismas orientaciones . Salguera establece como rasgos más distintivos de la “palabra encantada” , según Jesús quiso fuese su poesía , los de la autenticidad, humanidad, independencia, trascendencia, cotidianeidad, esencialidad, intimismo, tensión y fuerza simbólica.
El capítulo III, quizás el más técnico de la obra, analiza los recursos literarios con que Jesús construye su escritura . No se le escapa la evolución que supo emprender, conduciéndose desde los presupuestos clásicos, a las escuelas de vanguardia, aunque conservando siempre su insobornable originalidad . Los apuntes del maestro Ricardo Senabre, que tanto admiraba a Jesús, le son en este momento de gran utilidad. Contrariamente a otros, nuestro escritor fue depurando más cada día sus voces, adquiriendo mayor calidad estilística sin perder un ápice de hondura y trasparencia.
El capítulo IV, que supone casi la mitad del volumen, ofrece una revisión pormenorizada de los 19 poemarios que Jesús publicase, desde las Canciúnculas juveniles, escritas entre 1930-1935, a los grandes libros de los años finales : Los anónimos del coro, Ruiseñor perdido en el lenguaje o Inefable domingo de noviembre. Con absoluto acierto, Salguero se detiene de modo especial en el estudio de Un árbol solo (1979), obra culmen de Jesús, que, siempre tan atinado en los títulos, supo marcar éste con la metáfora-raíz de toda su poética. Pues “ trémulo de emoción en la llanura, un árbol solo” se experimentó siempre nuestro hombre, cada vez más atormentado por aquel pesimismo antropológico que, paradójicamente, lo alentaba y lo hacía tanto sufrir.