Nadie extrañará que alguien tan comprometido con el estudio,
conservación y defensa de la Naturaleza se muestre fascinado por uno
de sus principales elementos, justo aquel al que ya Tales, el primer
filósofo occidental, consideraba el principio de las cosas todas. Es
el caso de Joaquín Araújo (Madrid, 1947), el ecologista que se vino a
Extremadura hace treinta años y, sin dejar de moverse por el mundo
entero, aquí sigue, dedicado a labores múltiples. Le gusta
presentarse como agricultor, ganadero y selvicultor, que ha plantado
personalmente 22.000 árboles y propiciado la plantación de otro
millón y medio. También conferenciante, contertulio, articulista,
guionista y director de documentales, ha tenido tiempo para escribir
casi un centenar de ensayos, más una comedia y tres poemarios.
La vena lírica de Araújo resulta evidente en todas las manifestaciones de
su compleja personalidad, según pueden testificarlo muchos miles de
lectores y oyentes. Lo demuestra, una vez más, en este su último
libro, exquisitamente impreso.
Lo primero que atrae la atención es la originalidad del formato: un
centenar de páginas apaisadas, compuestas en caligrafía manuscrita por
el propio escritor y tinta azul, en las que a menudo aparecen
pictogramas chinos, acordes con los poemas ilustrados.
Todos los versos se ocupan monotemáticamente, cual si de una sinfonía
reiterativa se tratase, del agua, único leitmotiv.
Y es que, según adelanta Araújo en el hontanar de los preliminares, “Nada hay, a
excepción del aire, del que también forma parte, tan abierto. Tanto
que el agua camina siempre en dos direcciones al mismo tiempo.
Coloniza y es colonizada. Tesoro, pues, esté donde esté. Nunca se
cierra ante anda. En consecuencia, nunca dejar de fluir por dentro de
todos los paisajes, todos los seres vivos, todos los tiempos… ¿Todos
los futuros?” (pág. 4)
Esta interrogante, pregunta que no quiere ser dramática (considerando
la despilfarradora e irresponsable actitud de industrias y
ciudadanos), sino terapéutica, explica la motivación de no pocos
versos, si bien la mayoría están destinados a cantar las destrezas
del agua y los vínculos profundos que con el hombre la ligan. El
autor nos quiere trasmitir en estos encendidos poemas, plagados de
elementos simbólicos, la pasión que por ella siente.
Aunque la mayoría son de amplio alcance, no falta un conjunto de haikús, cuya
desnudez y brevedad tan oportunamente se adecúan al líquido elemento,
capaz de recoge en una sola gota todo un mundo de sensaciones ,
microorganismos y significados.
Amante del oximoron, las paradojas, el retruécano , los neologismos (“ el agua inmensea”, pág. 56) y otros
juegos lingüísticos, Araújo
nos sorprende una y otra vez con imágenes esplendorosas, metáforas
tan imprevistas como felices: “el agua es un ojo que mira/al universo
sin pestañas ni/párpados” (p. 28); “el agua es el hueso del aire/en
el cuerpo de la vida (pág. 32); “la piedra del agua es lisa como/la
piel del aire” (pág. 34); “la tierra mojada huele a Génesis” (pág.39);
Somos una caña pensante, proclamó Pascal. Somos “agua que piensa “,
parafrasea el ecologista, a menudo inmerso en definiciones semánticas
y etimológicas o excursos filosóficos y metalingüísticos. Y puesto
que, contra el dicho común, toda agua pasada sigue moviendo y llorar
se llora siempre con agua (pág. 43) y no hay mejor causa que defender
lo que causa la vida (pág. 49), nos adherimos convencidamente al
toque de atención: “Siempre al lado de lo que nos/hace, como el agua.
Siempre en/contra de los que nos deshace/como el desprecio” (pág. 63).
Sin olvidar que el agua también mata, pero sólo cuando antes la
habían matado. Concluimos con unos versos, a los que en la obra
ilustra el correspondiente ideograma chino , de tanta belleza
plástica como conceptual: “honesto es el que disfruta con el agua
limpia”.
Joaquín Araújo, Agua. Gadir Editorial, 2012.