Virginia Woolf ha pasado a la historia como la gran figura de la novela lírica inglesa, con fuerte carga experimental y notable virtuosismo, en cuyas obras importan, más que la narración de acontecimientos o descripciones de los espacios exteriores, el mundo íntimo, la psicología, las impresiones de los personajes, con recursos más propios de la poesía que de la narrativa tradicional. La pertenencia al famoso ‘Círculo de Bloomsbury‘ ( en el que estarían intelectuales como el escritor E. M. Forster, el economista J. M. Keynes y los filósofos Bertrand Russell y Ludwig Wittgenstein); el suicidio de la escritora e incluso su posterior presencia en el celuloide, incrementarán la fama de Woolf, hasta convertirla en un modelo del género.
‘Tú serás Virginia Woolf‘ es el lema que viene proponiéndole machaconamente Alfredo, un empleado de banca no ignorante de la literatura, a su hija Irena. Es su único “afán”, la obsesión que tan bien conoce Luis Landero. Se lo ha repetido cada día desde la infancia, abrumándola sin descanso, hasta hoy, cuando la joven estudia el primer curso de Universidad y se conduce con el libertinaje que se le atribuye y perdona a los genios de la pluma. Son inútiles los esfuerzos de Marion, la madre, hija de un latifundista pacense, catedrática de lengua en un Instituto madrileño, más cerca de la depresión que de la euforia (no aguanta a los alumnos), por poner algo de racionalidad a tamañas pretensiones, insegura como está de las capacidades de su hija para la creación. También lo duda la otra hija, Susana (principio del placer versus principio de la realidad) –las dos se expresan en una jerga juvenil sin concesiones al pudor o la moral tradicionales – aunque quien realmente demuestra sensatez en aquella casa es Matilde, la vieja criada de origen extremeño, cuya voz, dialectal en ocasiones, evoca los múltiples recursos de la cultura agroganadera para enfrentarse a las situaciones caóticas que sufre la familia. El aquí idealizado Salvaléon sigue siendo su perdido paraíso.
Son los personajes principales de la nueva obra con la que Juana Vázquez supera en mucho la suya anterior, Con olor a naftalina (2008), aunque mantenga no pocas claves narrativas. Natural de Salvaleón y residente en Madrid, catedrática de Literatura y periodista, autora también de numerosos poemarios (Signos de sombras, 1993; En el confín del nombre, 1998; Nos otros, 2003; Gramática de Luna, 2006: Escombro de los días, 2011; Tiempo de caramelos, 2012), conoce bien los mimbres con los que construye la novela. Más aún, si en Marion se pueden encontrar muchas notas autobiográficas, la misma escritora se introduce con nombre y apellidos en estas páginas para aconsejar a la al fin frustrada émula de Virginia Woolf.
Nuclea la obra el diario que la madre, a punto de perder la memoria, pero mucho más lúcida que el marido, mantiene según recomendaciones de su psiquiatra (con quien mantendrá un ligero romance), aunque otras protagonistas toman una y otra vez la palabra, en esta obra coral, intensa y profunda, fragmentada, culta, feminista sin pretensiones, texto centrado en la “literatura del yo”, si bien con abundantes referencias metalingüísticas e intertextuales. En realidad, casi todos los narradores españoles , y no pocos extranjeros, son convocados en alguna ocasión, según aconsejen los híspidos debates en que la familia incurre por la supuesta vocación de Irena. Por lo demás, Juana Vázquez prosigue con sus originales puntuaciones, que basculan entre la experimentación y el puro desconcierto.
Juana Vázquez Marín, Tú serás Virginia Woolf. Madrid, Endymion, 2012.