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EL SUEÑO DE COLÓN
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Manuel Pecellín | 17-10-2013 | 15:29

José Luis Muñoz (Salamanca, 1951), cuya calidad avalan algunos de los premios literarios más prestigiosos del país (Azorín, Tigre Juan, Camilo José Cela, Sonrisa Vertical), ha cultivado preferentemente la novela negra. En dicha modalidad se incluyen casi una veintena de obras suyas (El cadáver bajo el jardín, La casa del sueño, Último caso del inspector Rodríguez Pachón, El corazón de Yacaré, Muerte por muerte, Llueve sobre La Habana, etc.). Sin descuidar la novela erótica (Pubis de vello rojo, El sabor de su piel) y la fantástica (Los ojos ajenos, Serás gaviota, La invasión de los fotofóbicos), parece preferir últimamente, a tono con un auténtico boom mundial, la histórica. Obtuvo el XI Premio Ciudad de Badajoz 2007 merced a una de este género, El mal absoluto, tremendo relato sobre la barbarie nazi, el holocausto y la sutil venganza de una víctima judía.

Y en la historia ha ido a inspirarse otra vez el escritor, que vive retirado junto al Pirineo, dedicándose con exclusividad a la escritura y promoción de sus libros. El secreto del náufrago tiene como protagonistas a Colón, la esposa portuguesa del genovés, Filipa Moniz de Perestrello, hija de expertos nautas, y al marino naufragado que los dos acogen en su casa de Porto Santo, islita próxima a Madeira. Allí vivió unos años el célebre futuro descubridor de América, cada vez más convencido de que era posible encontrar una ruta marítima por el Oeste hasta las Indias. Lo suyo no era locura, ni irresponsable frivolidad. Sus intuiciones se fundaban en la redondez de la tierra (hacer el camino inverso a Marco Polo hasta los mismos lugares); algunos testimonios escritos (desde Aristóteles a Toscanelli) y, sobre todo, los informes que supo recabar de viejos marineros, más la observación directa de múltiples testimonios encontrados en las playas lusas: cadáveres de personas con rasgos no europeos, cañas gigantes y ramas de árboles aquí desconocidos, canoas hechas de troncos vaciados, etc.

Colón sólo vive con la fiebre de organizar una expedición hacia ese Nuevo Mundo, que intuye asequible. El náufrago, gallego de origen, le dará noticias muy exactas sobre aquel continente, pues hasta allí habría llegado en una fracasada expedición. Más aún, en aquel paraíso terrenal – así se lo describe a sus amables anfitriones – había residido largo tiempo con otros compatriotas hasta que la nostalgia y una terrible enfermedad (la sífilis) lo inducen a emprender el regreso. Antes de morir, dotado de una sorprendente memoria, referirá a Colón, con todo detalle, usos y costumbres, formas de organización, condiciones geográficas, incluso los nombres aborígenes de islas, dioses, tribus, caciques y plantas de aquellos territorios ultramarinos. Menos convincente aún resulta el idilio amoroso que surge entre el pobre náufrago y la desatendida esposa de un Colón putañero, hábil marino (habría ido hasta Islandia) , pirata en el Mediterráneo, antiguo tratante de negros después, ahora comerciante de azúcar, obsesivamente dedicado a difundir y encontrar patronazgo para sus intuiciones descubridoras (e interesadas).

Muñoz concluye con esta obra su trilogía sobre el Descubrimiento. Lo hace con cuidadosa información, plausible verosimilitud y una prosa bien tallada, concisa, plena de recursos plásticos, donde la oración simple prevalece sobre las subordinaciones, los diálogos están muy bien construidos y la lectura engancha de principio a fin.

José Luis Muñoz, El secreto del náufrago. Barcelona, Ediciones del Serbal, 2013.

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