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Manuel Pecellín

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FAUSTINO LOBATO

Natural de Almendralejo (1952), lo que impone impronta, buena parte de la vida del poeta ha transcurrido en Badajoz, donde mantuvo siempre estrechas relaciones con los gitanos de la Plaza Alta. Como reconocimiento a esta labor, le concedieron el Diploma de honor en el V Concurso Internacional de Arte “Amico Rom” (Lanciano, Italia). Profesor de Filosofía, que enseña a alumnos de bachillerato, es también un conocido animador sociocultural. Entre sus obras editadas cabe recordar Cuatro momentos para el poema, Poemario gitano, Pegados al horizonte, Quiebros del laberinto, Las siete vidas del gato y Un concierto de sonidos diminutos.
Según sus propias declaraciones, los tres poetas que más han marcado su escritura son Luis García Montero y los portugueses Eugenio de Andrade y Sofía de Melo, aunque es lector  con gustos plurales. Tampoco olvida la huella que le dejaron escritores próximos a la “teología de la liberación”, conocidos  por Lobato durante sus estudios en Lovaina.

El nombre secreto del agua abre con una de las sentencias más famosas en la historia de la filosofía occidental y prácticamente la única que de su autor ha llegado hasta nosotros, el “panta rei” de Heráclito. La primera parte del poemario es la traducción literal de este topos: “Todo fluye”. Unos versos de Michel Houellebecq dan pie a  los del autor, que los va alternando con  pasajes en prosa poética de alta intensidad. El sujeto lírico se identifica con la el caudal de agua en la que uno nunca puede bañarse dos veces. Aunque se lograra retenerla con cualquier artimaña, quien acceda de nuevo al embalse ya no será el mismo de la ocasión anterior, transformado inevitablemente por el discurrir de las horas. Esa conciencia del constante fluir, contraria a la inmutabilidad parmenídea del ser, constituye el fundamento del pensamiento relativista, frente al dogmatismo, tal vez la perezosa, acomodaticia actitud mental de quienes niegan el movimiento, la transformación, el cambio indefectible de las realidades todas. Como el trueque del agua, el poeta se reconoce metamorfosis múltiples según discurre la corriente de sus días. Eso no quita para que, entre los diluvios que lo anegan,  confunden acaso, aspire a mantener la pasión, las ansias, los márgenes donde más se reconoce, alcanzar tal vez un paraíso inmarchitable.

“Todo cambia” es el título anafórico de la segunda parte. Verso y prosa alternan nuevamente, los pasajes de la segunda dispuestos en cursivas. La inquietud ahora se centra sobre el lenguaje mismo y la constatada dificultad para decir cuanto más importa, de descifrar “el misterio de la danza en la sangre del poema”, el amor, los sueños,  quizá la utopía ¿Cómo trascender los límites del agua?, se pregunta quien no quiere someterse a las imposiciones del primer Wittgenstein o someterse al oneroso silencio. Porque, en definitiva, lo que más importa siempre supera con mucho las imposiciones del decir lógicomatemático. Ahí reside el máximo atractivo de la voz lírica auténtica, libre e iconoclasta. El riesgo de no seguir la máxima del Tractatus (“Sobre lo que no se puede hablar, mejor es callarse”) es incidir en simples “flatus vocis”, sin contenidos, en confundir las voces con los ecos (Machado).

“Nada permanece”, la parte tercera y última, mantiene el mismo discurso. El poeta se resiste a dimitir de sus nostalgias y busca cómo romper la deriva hacia el también atractivo silencio. Los poemas se van concentrando y el lenguaje  deviene cada vez más desnudo, sin renuncia de la claridad. Como un eco del gran fray Luis, se alaba a quienes saben vivir a solas, vistas las dificultades de la comunicación. Tal vez se les desvelan así sinfonías de piedras y nubes, aladas historias, estrofas entre cantos rodados, que sustenten las siembras últimas de la vida.

 

Faustino Lobato, El nombre secreto del agua. Madrid, Vitruvio, 2016

 

 

 

 

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