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EL CARNICERO DE MAUTHAUSEN
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Manuel Pecellín | 19-05-2017 | 07:00

       Aunque con menos capacidad de exterminio que Auschwitz, el también terrible campo de Mauthausen queda en la memoria colectiva como símbolo del horror absoluto. Sobre todo para los españoles: casi 5.000 fueron exterminados en aquella concentración de barbarie, marcada por su cantera de granito y la escalera de 186 que los reclusos debían subir varias veces cada día cargados con un bloque casi siempre superior a sus fuerzas. No obstante, sobrevivieron unos 2.000, gracias sin duda a la organización y solidaridad clandestinas que lograron establecer aquellos republicanos, curtidos en nuestra guerra civil y en la resistencia contra la Wehrmacht . Uno de ellos, Francisco Boix, fotógrafo del campo, pudo ocultar los negativos que resultaría claves para inculpar a los jerarcas de las SS procesados en Nürenberg. Emociona saber que,  al entrar el Ejército norteamericano en Mauthausen (5-V-1945), banderas republicanas habían sustituido a las nazis y  cubría la puerta una gran pancarta, hecha con sábanas,  en la que se podía leer: «Los españoles antifascistas saludan a las fuerzas libertadoras».

Entre los responsables de los centenares de miles allí muertos (casi todos no judíos alemanes y extranjeros  acusados de oponerse políticamente al III Reich), ninguno tan celébre como Aribert Heim, un médico de las Schutzstaffel, más conocido por el “Doctor Muerte”. El humor negro de los españoles lo apelaba “El Banderillero”, conocida su afición a poner inyecciones directas de compuestos tóxicos fulminantes en los corazones de sus víctimas. Nacido el año 1914, nunca se pudo certificar el fallecimiento de este discípulo de Mengele, aunque los más hábiles “cazadores de nazis” lo buscaron por medio mundo (Alemania, España, Argentina, Paraguay, Chile, Egipto, etc.). La camaleónica capacidad del vesánico galeno, que nunca se arrepintió de sus fechorías, ayudado por “Odessa” y otras complicidades, lo hizo eludir siempre a los posibles captores.

José Luis Muñoz (Salamanca, 1951), novelista que tantos premios cuenta en su haber, ya abordó literariamente el fenómeno presidido por Hitler en obras como El mal absoluto (P. Ciudad de Badajoz 2008). Reincide con El rastro del lobo, compleja obra cuyo protagonista es el inasible “Carnicero de Mauthausen”. Compuesta según factura cinematográfica, a base de flashs narrativos muy plásticos, aunque sin seguir el orden cronológico, bien documentada históricamente, cabe calificarla como “novela negra”. En efecto, junto al relato de las barbaridades cometidas por Heim, el libro bascula sobre las peripecias que sufre Joachim Schoöck, un policía de Stuggart con pasado misterioso, tratando se seguir las pistas del resbaladizo galeno. Siempre lo avisa algún cómplice cuando están a punto de detenerlo.

J.L. Muñoz engancha a los lectores por su dominio del discurso y ágil prosa (en ocasiones con máculas, como ese “más mayor” de las páginas 166 y 168, o la reiteración próxima del mismo término). Sabe recrear como pocos el asfixiante ambiente concentracionario, hasta hacernos sufrir con las vesanias increíbles allí cometidas. Lo mismo que  nos introduce en los sórdidos callejones de El Cairo; las soledades del latifundio suramericano; las oficinas de los agentes israelíes del Mossad o del Centro Wiesenthal; las dulzuras de Baden Baden o la laboriosidad de Stutggart, territorios implicados en la siempre frustrada persecución de Heim (también Ham, Karl Böhle, Tarek Husseim Farid o como quiera que se llamen bien el “Doctor Muerte” o los dobles urdidos para ocultarlo).

Tal vez no pueda, o deba, escribirse poesía después de Auschwitz (Th. Adorno). Pero la Shoah y sus ejecutores nunca serán suficientemente denunciados.

 

José Luis Muñoz, El rastro del lobo. Granadas, Ediciones Traspiés, 2017.

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