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Manuel Pecellín

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LUZ, MÁS LUZ

 

La fascinación por la luz está presente en multitud de autores, desde las más tempranas escrituras. “Hágase la luz” fue el primer dictamen creador de Elohim, según el Génesis. No extrañe que los hermeneutas bíblicos hayan dedicado extensas páginas a este fenómeno cromático. Baste recordar lo que escribe Arias Montano en su Liber generationis et regenerationis Adam, parte de su incompleta suma del saber universal, publicada por Plantino en Amberes (1593), que puede ser leída en Internet (si uno se atreve con el duro latín del de Fregenal) o en la reedición a cargo de Fernando Navarro, con versión castellana de varios traductores, entre ellos Andrés Oyola, académico correspondiente de la RAEX (Huelva, Biblioteca Montaniana, 2003). Montano se ocupa allí (pág. 470) del conocido texto de San Mateo 5, 15 : no se enciende la luz para ponerla bajo un celemín, sino sobre el candelabro, para que ilumine toda la casa, analizándolo bajo el prisma del Salmo 118 (Una lámpara es tu palabra bajo mis pies, la luz de mi sendero) y de la 2ª carta de Pedro 1, 19 (Tenemos algo más firme, la palabra profética, a la cual muy bien hacéis en atender, como lámpara que luce en lugar tenebroso hasta que luzca el día ).

Buen conocedor de las Sagradas Escrituras, Faustino Lobato (Almendralejo, 1952), filósofo y teólogo, se inspira también en la luz para componer este “road movie a lo largo de una jornada”, según define el libro el prologuista. Este recorrido diurno, donde la palabra poética se sobrepone a la profética, sin eliminarla, desde la aurora el ocaso, modula líricamente las vivencias cotidianas, las eróticas incluidas.

El libro se estructura en tres partes, “Mañana”, “Mediodía” y “Atardecer”, abierta cada una con un poema en prosa, escrito en castellano y portugués, como “un guiño al hecho de ver, cada tarde, como la luz abraza las tierras del Alentejo”, interpretando que así se acerca al sabor vivo del lenguaje.

Los versos, blancos y libres, se ofrecen casi todos en composiciones breves, algunas adornadas con juegos gráficos, impresas en las páginas impares como respondiendo al lema o proclama unimembre que figura en las pares. Casi todos están dirigidos a la persona amada, el “tú” referencial cuya presencia contribuye a vencer el tedio de los días. “Musa”, el poema nº 26, uno de los mejores de la entrega, ilumina la relación: TE siento en el verso/, en el leve resplandor del instante/que escapa de las sombras, fugaz//. En la oscuridad/encuentro señales de ti/. Un mínimo de luz, tenue brillo/capaz de descubrir el misterioso espacio/que habla de ti/ y del drama del tiempo/que muestra fracaso y deseos/desaliento y pasión. (Pág. 79).

“Luz, más luz”, son las palabras últimas que se atribuyen al agonizante Goethe, autor precisamente de un curioso tratado, Teoría de los colores (1810), con el que quiso oponerse a las tesis de Newton. Con sus Notas para no esconder la luz, Faustino Lobato nos propone compartir las claves de su cosmovisión, expuestas sin pretensiones impositivas ni declaraciones dogmáticas, pero fácilmente perceptibles a través de un verbo que, contrariamente a la naturaleza de Heráclito, no le gusta ocultarse.

 

Faustino Lobato, Notas para no esconder la luz. Valencia, Olé Libros, 2019.

 

 

 

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