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Categoría: Microrrelatos
EL CROSSFIT Y EL HOMBRE (1/5)

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Dedicado a los que estáis y a los que vendréis a probarlo (incautos)

FIJANDO LA MIRADA

Ni tractores ni mecánicos, pero parece un garage.
Un garage con los techos altos, prácticamente vacío, eso parece. Luego el hombre va enfocando y hay material de gimnasio apilado en algunos puntos estratégicos.
Hay cajas de madera que se llaman cajones, pero no sirven para guardar calcetines o camisetas de entretiempo, o sea, que el hombre no los podrá colocar dentro de su armario.
Sobre los cajones se sube o se salta y el hombre se loncheará la espinilla si se resbala. Porque se resbalará, créanme. Puede que no hoy, puede que mañana tampoco, ay, pero fallará un box jump, y le estará esperando la caja, siempre la caja, la puta caja, el cajón.
Hay tres aparatos de remos al fondo, en posición vertical, que cuando el hombre los ponga en posición horizontal servirán para quemar calorías a velocidad de tortuga.
Hay también una estructura de barras de hierro, acero, adamantium, lo mismo da, donde el hombre podrá practicar para ser el nuevo Tarzán o, simplemente, dejarse secar como un jamón mientras se le van desencajando los hombros o intenta, barriguita mediante, llevar los pies a la barra, la misma barra, ojo, que está sujetando. O subir el pecho a la barra, la cara, los dientes, y si es un fenómeno, que ya les digo yo que este hombre no lo es, hacer un muscle up.
Por supuesto hay discos de colores apilados. Los rojos ni los mira el hombre. A veces para hacer una plancha abdominal se pondrá un disco de diez kilos, que es de color verde, el color de la esperanza, dicen, sobre la espalda, y se quedará haciendo esa posición un minuto hasta que pierda los riñones por compresión.
No hay necesidad, y el hombre lo sabe.
También hay unos bolanchos con mango, llamados pesas rusas, a cada cual más pesado. Y un porrón de mancuernas de las de toda la vida, allá al fondo, pegadas a la pared, y un montón de barras sobre un soporte adherido a la pared, algún banco, una chaqueta como de militar haciendo maniobras que si se la pone el hombre, fijo que se viene abajo.
Por cierto, el lugar donde el hombre sufrirá, está considerado un gimnasio, no les miento. Es aquí donde el hombre viene a hacer crossfit.
Cierto es que no hay máquinas de glúteos, pero sí unas bicicletas raras con mangos de elíptica donde al mismo tiempo que el hombre se deja las piernas, ejercitará los brazos mientras pierde la respiración y va sumando, lentamente, calorías.

 

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Babel incomunicado

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Escuchamos todas las opiniones, se lo aseguro.
Y convendrá conmigo en que lo que usted sugiere va a ser motivo de escándalo y no quisiéramos vernos obligados a desmentirlo.
Le pedimos paciencia.
Lo que tenga que ser, que sea.
No pongamos trabas al progreso.
La Tierra es plana.
El hombre proviene de Dios.
La ciencia, con sus cábalas y sus experimentos innecesarios, sólo quiere apartarnos del único camino verdadero.
Ay, lo sabe usted: la fe no admite diálogo: es o no es.
Escuchamos todas las opiniones, cierto, pero únicamente aceptamos aquella que obliga, que no se discute y que es la única verdadera.
Porque no puede haber otras.
De hecho, la mera suposición de la existencia de otras, supone el descrédito, el destierro, la horca si se opone resistencia.
Y ya sabe que no hay que resistirse.

Créeme que te compadezco, porque este tipo de tara todo el día frente a uno es bastante insufrible. Me gustaría poder aliviarte, pero no tanto como para renunciar a mis vacas por epistolear contigo… jejeje. Tú eres fuerte y si te pones los cascos y procuras no mirarla nunca, igual lo vas llevando, digo yo.
Eso nunca.
Lo que tenga que ser, que sea.
Usted se va a ir sabiendo que se va.
No le engañamos.
Y, si lo piensa, no es tan mal final.
Además las ejecuciones son siempre a la misma hora. Cien por cien garantizado. En esto somos muy escrupulosos.
Sepa que desde este preciso instante está usted en la lista.
No se amilane. ¡Recompóngase! ¡Alégrese!
Despídase con la conciencia tranquila. Rece, sí, rece si quiere. Desde luego, se le harán más llevaderas las horas.
Él lo comprende.
Lo ve todo.
Lo sabe todo.
Y muy pronto usted también lo sabrá.
Qué alivio, ya verá. Y para todos, conste.

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Breve encuentro, largo idilio

El niño insensato pregunta a la niña faltona cuánto son dos más dos y la niña insensata le responde que son cuatro y aprovecha para llamarle carajote y decirle que quiere a otro, a lo que el niño insensato le responde con un beso de tornillo que deja trozos de chicle en los brackets de la niña faltona.

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Egotrip

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El héroe del ego, Conegoman, se enfrenta esta noche sin estrellas ni previsión de lluvias, a su archienemigo, el villano del ego, Sinegoman.
Las apuestas se decantan por la victoria de Sinegoman por KO, más que nada porque como carece de ego, no hay forma de dañarle emocionalmente, y Conegoman es bastante enclenque como para alzarse con la victoria a fuerza de puñetazos, patadas, mordiscos y llaves de judo. Además, Sinegoman tiene preparada incluso una lista de insultos que probablemente harán mella en el sobrevalorado ego de Conegoman —aunque sus partidarios están convencidos de que no le hará falta tirar de ella para la victoria—, al que, por cierto, le gusta la cocina mediterránea, las meriendas en el campo y una mantita para el fornicio por lo que pueda pasar entre los postres y la vuelta a casa. Así de subidito tiene el ego, Conegoman.
A pesar de todo, es justo reconocer que Conegoman es un buen orador, aunque a Sinegoman jamás le ha preocupado esta habilidad de comer la oreja de Conegoman porque, al carecer de ego, tampoco necesita que lo adulen —es escéptico en grado superlativo—, y nada puede rellenar ese vacío de ego con el que nació una mañana de diciembre zarandeado por un señor que era médico y además padre de un mozalbete que llegaría a alcalde de una pedanía sin importancia y del que, por supuesto, nunca más se supo.
La rivalidad entre ambos es bien conocida por el pueblo soberano. Y hoy el pueblo quiere que se insulten, que se escupan, que se peguen de una puta vez.
Sin embargo, a pesar de lo que clama el pueblo soberano, ninguno de los contendientes se atreve a tomar la iniciativa, dar el primer paso, golpear con saña.
Hay una multitud que grita Olé por Conegoman, qué huevazos tiene, y otra multitud similar en tamaño, aunque más ruidosa y pendenciera, corea Este Sinegoman se va a merendar al tirillas.
Pasan cinco mil seiscientos setenta y tres millones de años.
Conegoman da un paso al frente y dice que se ha levantado un airecito muy agradable y en el ble que se confunde con un blu, Sinegoman le revienta los morros de una hostia que despeina hasta a ese señor con bigote y gomina que se quedó expectante, y ahí sigue.
No hay una multitud encolerizada que aplauda ni que aulle ni que se rasgue las vestiduras ni que coree el nombre del vencedor.
Sinegoman se pasa la mano por la cabeza y se toca un bulto en la nuca que parece una pelota de pinpón. Luego se baja del cuadrilátero y se aleja, mientras Conegoman se incorpora como puede, escupiendo algunos dientes y parte de la lengua. Por nada del mundo querría que le diesen otra bofetada de tal calibre, así que se va arrastrando cual culebrilla hasta una esquina del cuadrilátero y allí expira mientras el planeta Tierra, indiferente, gira y gira y gira.

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Buscaminas

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No se espante, no cometa la insensatez de echarse atrás y no ejercer su derecho a la réplica imaginativa, al bostezo riguroso, a la respuesta acelerada, el tortazo mejorado, el mutis desapasionado, la huida tempestuosa, el silencio ajado. No, no lo haga. Considérese felicitado si cree que debe ser felicitado por algo que tal vez ni siquiera hizo y que, muy probablemente, no recuerde. O sí. No es nuestra culpa, conste. Tampoco vamos a impedirle reescribir la historia. Tenemos relojes de arena con los que puede recuperar el tiempo pasado, cambiarlo a voluntad, ya sabe, olvídese del efecto mariposa. Si a alguna cigüeña catalogada como especie protegida se le ocurre toparse con usted y alguna población asentada sobre arenas corredizas y cimientos infames desaparece, mala suerte. No es su culpa, ¿verdad? De nosotros tampoco, conste. No le estamos obligando a nada. No acepte las felicitaciones si es lo que desea o acéptelas todas. Resulta positivo, y lo tendremos en consideración, que nos haya ocultado su dolencia todo este tiempo, así podremos pagarle con la misma moneda, resolver la cuestión de forma inequívoca, así que adelante los faroles, responsabilicemos al cura, despeñemos al gaitero, recurramos, incluso, a la quinta enmienda sin que sepamos qué se está recurriendo, ay, pero cualquier cosa mejor que dejarse engañar por los falsos imitadores, esos profetas-espejo que habitan en la conciencia. Así que ya sabe, si quiere lo hacemos por usted, no fuerce la máquina, acomódese y sobrevuele, gracias el piloto automático de la indiferencia, esas zonas pantanosas donde habitan los últimos indicadores que una vez le hicieron humano. No olvide ajustar la temperatura de su cobardía hasta que se achicharre y, sobre todo, llegado el momento, pise con garbo, coño.

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Solidaridad 2.0

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Yo no quiero que usted se enfade por lo que he venido a decirle. Preferiría, sin duda, que usted me disparase así, a bocajarro, si llego a molestarle de algún modo, que me empujase con violencia para que mi cráneo se quebrase como un coco en aquel arcén oscuro, si usted estimase que mis intenciones no son buenas o, incluso, hasta mejorables. Me estoy limitando, y créame cuando le digo que no quiero extralimitarme en ningún momento, a transmitirle lo que los que le conocen mejor no se atreven, por miedo, sobre todo, a interrumpir sus ablaciones diarias… qué se yo, sólo soy un mensajero que desea cumplir de la mejor forma posible un cometido que nadie ha querido ni ha solicitado, un cometido, ya digo, que ni tan siquiera he querido cargar sobre mis hombros, aunque alguien tenía que decirle las palabras que, por muy mal que le hagan sentir, deben ser pronunciadas, aunque sea bajito, y aun a riesgo de que le calcen una hostia al mensajero, cierto, que en el caso que nos ocupa coincide con mi persona, así que para no hacerle perder el tiempo innecesariamente le ruego que escuche las palabras que he venido a decirle, palabras que son del todo sinceras y que resumen, por supuesto, el sentir general de buena parte de sus allegados: “Benito, estamos contigo”. Convendrá conmigo en que la frase tiene empaque.

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Sobre el autor Marcos Ripalda
MARCOS RIPALDA es licenciado en Periodismo, diseñador gráfico y cuentista postirónico, término que él mismo acuñó con el beneplácito de su madre. Nacido en Sanlúcar de Barrameda en 1976, ha sobrevivido en Madrid como profesor y maquetador de revistas, folletos y felicitaciones navideñas. Actualmente es el responsable de Diseño del diario HOY. CARMURA LENTEJA es ilustradora. Abandona el blog en mayo de 2017 para dedicarse a otros menesteres.

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