Hoy

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El sentir del gaitero
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Marcos Ripalda | 15-05-2017 | 11:26| 0

“Tómatelo con calma
si hay luz
ya te
encontrará.”
(Charles Bukowski)

 

Pegar la hebra, decidirse por todo un poco y luego nada, acumular las riquezas del vecino, probar a gastar la suela al caminar, voltear una maceta que estaba pocha, argumentar los descansos con raciones de apio fresco, lamentarse cuando el orgullo nos mete un gol, encestar a cuatro manos el pijama, decorar aquel libro infantil con garabatos de viejo, ratificar el acuerdo con el hombre que poda bonsáis, encontrar el concepto, maldecirlo, acabarse la cena y desayunar por lo que pueda pasar, retozar orgulloso en el lodo, proponer dosieres infumables en reuniones de por sí tediosas, pagar a la ninfómana para que cuide a tu hijo adolescente, enhebrar la aguja que marca el norte, solicitar asilo en la propia vivienda de protección oficial, acudir al médico dos veces por semana y decirle siempre que estamos ya mejor, fabricar lápices de colores con la sangre real, recuperar el tiempo perdido tumbado en el sofá, poner en entredicho lo que decíamos ayer mismo, aprender a tocar la flauta travesera, estabilizar el satélite alargando la mano siempre que el cielo esté limpio, decorar la caseta del perro de modo que no quiera volver a entrar, llevarle siempre la contraria al cuñado, amnistiar a un puercoespín que nos resulte mono, acudir a urgencias al grito de libertad para el gallo Kiriko, aparentar fiebre cuando te disparan en el corazón, cometer alguna atrocidad como deshojar una margarita, reventar a pedradas los vidrios de la escuela, rellenar el impreso de inscripción con tinta de limón, hervir una papaya en los mocasines de un gigante, rescatar al enemigo para que podáis seguir batallando por el amor de quien no os corresponde, mezclar diminutivos y gerundios en la misma frase, parafrasear a Wittgenstein si tienes huevos, no pasan más cosas porque Dios no quiere, y el caso es que el gaitero ya siente que le falta el aire cuando sopla.

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La seguridad de los objetos
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Marcos Ripalda | 10-05-2017 | 10:31| 0

El niño que nunca miente le promete a la niña que todo lo pierde que no descansará hasta encontrar su medallón. Sin embargo, la búsqueda del medallón en aquel bosque virgen se alarga toda una vida y se hace inevitable que, con el transcurso de los años, aquel paraje idílico sea transformado en una acumulación de chalés adosados sin ton ni son y mastodónticos centros comerciales. Así que cuando por fin el niño que nunca miente, que ya es un hombre de avanzada edad, encuentra el medallón, la niña que todo lo pierde, y que ya es toda una ancianita entrañable, le dice que ése no es su medallón, pero que gracias, y le cierra la puerta de su piso de protección oficial. El señor de la tercera edad que fue un niño que nunca mintió, se queda con el medallón colgando de una mano y con la otra, que hace unos instantes golpeó con sus artríticos nudillos la puerta de roble lacado del vejestorio que una vez fue una niña que lo perdía todo, no sabe muy bien que hacer y la esconde finalmente en el bolsillo de su abrigo. Este hombre que en dos semanas cumplirá los setenta y dos, se queda de pie, como petrificado por el ungüento de un hábil embalsamador, con la mirada fija en sus raídos zapatos de ante, la frente callosa a solo un palmo de la puerta, construida en madera de pino —no era roble, no— y que acaban de cerrarle en las narices. Como es un hombre que ha vivido lo suyo, consigue recomponerse del chasco ubicando adecuadamente en el puente de su nariz prominente los anteojos y añade una vuelta más a la bufanda, que sigue picándole un poco, y desanda el camino a paso lento —las piernas del niño se convirtieron hace varios lustros en estos troncos que arrastra ahora— hasta llegar, sano y salvo, a su castillo infantil donde una montaña de juguetes que no han sido sacados de sus embalajes le espera hace tanto tiempo que ya no lo recuerda. El camino que le lleva hasta el castillo es liso y aburrido. Una autovía lo cruza y han desaparecido las sinuosas carreteras comarcales y algunos caminos de cabras por los que solía hacer un alto en su búsqueda del medallón para zamparse el bocadillo. Y ahí están las almenas del castillo, ya las ve; las almenas le rozan ahora las rodillas y está el precioso triciclo amarillo, arrinconado entre la hojarasca acumulada, que se ha ido oxidando y ahora parece un animal abatido con el que ni este viejo niño ni ningún otro que cumpla sus promesas pedaleará hasta que se haga de noche y los niños mentirosos y las niñas que nunca pierden sus medallones vuelvan a la seguridad de sus casas.

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Neverending Story
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Marcos Ripalda | 03-05-2017 | 15:06| 0

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El alto comisionado nos ha prevenido, como ya supondrá, sobre personas que, como usted, quieren intoxicar y desestabilizar el sistema con utopías del todo irrealizables y que destruirían, caso de ser llevadas a cabo con éxito, aunque, repito, lo dudamos porque se ha demostrado que las utopías no son más que humo, este equilibrio tan razonablemente consensuado en el que una minoría privilegiada ostenta el poder mientras el resto, una mayoría, a poder ser lo más silenciosa posible, acata sus deseos. Es lo que usted conoce como democracia.
Nuestra sentencia, que será firme desde el preciso momento en el que nuestro notario vuelva del spa, le condena a ser conducido a las mazmorras más cochambrosas que hayamos podido encontrar en un plazo razonable, mientras le dejamos disfrutar de la compañía de esos desharrapados a los que usted llama familia. Le aconsejamos que evite excesivos lamentos porque de nada servirán súplicas, llantos y rajadas admonitorias. Asímismo, le informamos de que hemos puesto a su disposición todo tipo de utensilios que harán su estancia mucho más agradable y, sobre todo, breve, a saber: cordones de botas militares, cinturones de hebilla, una soga de esparto de primera calidad, varios metros de cables de cobre y plástico duro, un surtido de corbatas italianas excelentes y de una resistencia contrastada y, por supuesto, no hemos olvidado incluir un juego de sábanas que podrá enrrollar a su gusto. Por supuesto, también hemos dispuesto en su celda cajones de diversa altura para facilitar el salto que debería llevar a buen fin la que será su decisión inapelable. Como verá, lo tenemos todo pensado. Respetamos todas las opiniones. No somos excluyentes para nada. Cualquiera que sea su decisión, sepa que estamos aquí para ayudarle.

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Semana Santa
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Marcos Ripalda | 16-04-2017 | 15:19| 0

El niño que no tenía nada que perder le dice a la niña que abunda en razonamientos obtusos, que está perdidamente enamorado de su hermana mayor, a lo que la niña que abunda en razonamientos obtusos le responde que le parece muy bien, pero que su hermana mayor tiene novio formal y que ella, hasta el momento presente, tiene una idea poco aproximada de lo que es el amor, si es que el amor existe, y no es una invención del hombre, igual que lo fue en su momento Dios muy probablemente, a tenor de que nunca hace nada, aunque ella no le ha pedido nada ni a Dios ni a sus padres porque tiene un tito que es rico. Por supuesto, el niño que no tenía nada que perder no tiene juicio a este respecto y, en lugar de decirle esto —que no sabe qué decirle—, se encoge de hombros y, aunque es cierto que no tiene nada que perder, prefiere hacer mutis por si la hermana mayor se arrepiente o se cansa del novio formal, y se va sorteando como puede las vallas que el consistorio ha repartido por toda la ciudad para evitar que entre el público asistente salte algún graciosillo por bulerías —siempre hay alguno, no falla— frente al Cristo Negro y el periódico abra mañana con el titular “Una avalancha humana provoca un muerto y varios contusionados frente a la catedral”, a lo que la niña que abunda en razonamientos obtusos hubiese puesto reparos como casi siempre, obvio.

 

 

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La condición humana
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Marcos Ripalda | 10-03-2017 | 10:44| 0

Hasta le he rogado al doctor con lágrimas en los ojos y sorbiéndome los mocos con poco disimulo, mientras ensuciaba un kleenex tras otro, que me extirpe este sentimiento de culpa tan poco acentuado que llevo ostentando toda mi vida para que, cuando acudas a seducirme por trigésimoquinta vez, sea inmune a tus encantos, a tus senos, a tus piernas boa constrictor y acabemos, como sucede siempre que te pones y me pones, desnudos, probablemente, o a medio vestir, trastabillando con la pernera del pantalón, una braga que se enreda, un arete que se clava en mi mejilla, un botón que tus dedos habilidosos para otros menesteres encuentra complicadísimo de descorchar en cualquier pasillo de hotel, chiringuito o aseo inundado de una discoteca y tú, a punto de llegar al orgasmo o de alcanzarlo yo poniendo a trabajar unos lumbares castigados por el tedio del yogur desnatado frente al televisisor, me susurres, con voz meliflua, que fue un error, tábano mío, que no volverá a pasar, de verdad, nunca más, que esta es la última vez hasta la próxima.

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Siempre fue lo tuyo
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Marcos Ripalda | 06-03-2017 | 11:38| 0

NO
SEAS
NUNCA
MALA.
Nunca juegues al escondite con un amigo que sabe más de laberintos que tú.
No vayas a sorprender a tu peor pesadilla copulando con un alfil porque te producirá dolor de estómago.
Si piensas en mí, tienes que pensar en todos mis yo reunidos para celebrar el día que conocimos cada uno de tus cambios de humor.
No te mueras con desgana porque no podré lavarte la camisa de cuadros.
Deja para luego lo que ibas a hacer ayer. Que otros se cuelguen las medallas. Levanta la mano, jura que ha sido tu compañero de habitación y que nunca me lo dirás.
Cuando te mires en el espejo quita las macetas de delante para que puedas ver cómo descargan en el puerto los bidones de felicidad y las compresas contra el vértigo.
El repartidor de la lotería fue concejal de cultura y luego se le dio mal apostar a caballo ganador.
Particularmente no he podido evitar pensar en tu hipoteca y estoy convencido de que fue la mejor opción posible no hacerme querer.
Cuando bailas pegada a otro ser vivo que se mueve con gracia, te pareces a una doble de ti.
Pega en la oficina un cartel en A3 con un montaje de las fotos que muestran tu evolución hasta el día de hoy.
Hazte una lavado cerebral con olor a anfetaminas.
Descubre el dedo gordo de tu pie atravesando la media de futbolista, aplastando a una hormiga que estaba recolectando.
Enseña las encías si quieres beber de esta jarra.
Las injerencias de hoy serán los tormentos del sustituto mañana.
No te prives de este pastel de hormonas si lo que tienes es apetito. Los chicles no saben conjuntar las esterillas del baño con las pizarras electrónicas.
En la entrada, quiero que dejes flores de camomila y un espejismo tamaño XS.
No temas al difunto día; mañana tendrás oportunidad de convocar el luto de nuevo.
He visitado infinidad de veces las secuencias de nuestra comunión y el traje de marinero me sigue estando grande.
Encuentro los fósiles de tus medias muy excitantes. No me parece tan extraño que seamos tan diferentes. Alguien tiene que equivocarse y ya sabes que no me equivoco nunca.
Préstame unas monedas para comprarle una faja a la lechuga que está pegada al carrito.
Hay una cosa redondita que puedes enganchar ahí mismo.
Me da pereza ir al gimnasio pero me lío a destornilladores hasta que me echen del último garito.
Hay que ver la cantidad de gente que camina por los carriles bici sin que les preocupe la destrucción de la capa de ozono.
He meditado acerca de lo que me dijiste, sí, y no es moco de pavo darle una solución que atenue las diferencias entre la verdad y la mentira o, lo que es lo mismo, entre tú y yo.
Es cierto que nunca estuvimos en París. Y también que te quiero porque me da la gana.
VENGA,
NO
SEAS
ANTIPÁTICA,
BOBA.

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Mejores amigos
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Marcos Ripalda | 01-03-2017 | 11:49| 0

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No tengo ningún mejor amigo. Es descorazonador, lo sé, pero, si les soy sincero, me importa muy poco. No me quita el sueño. Tampoco creo que yo sea el mejor amigo de alguien. A decir verdad, creo que soy invisible para la mayoría de las personas. Apenas opino, no entro en discusiones estériles, no voy de listo, mejor permanezco callado, ausente, apartado por decisión personal de conversaciones sobre fútbol, política, la dieta paleo. Tengo amigos, por supuesto, pocos, amigos de carne y hueso a los que puedo reírles una gracia sin sentirme un impostor o no reírla en absoluto, mantenerme firme, porque intuyo que les da igual, y no presumo de amigos en las redes sociales, que también los tengo, y muy buenos amigos, conste, para discutir sin lamentar bajas excesivas. Cuando era más joven sí que iba sustituyendo a un mejor amigo por otro, pero ya no. Tuve un puñado de mejores amigos y puedo afirmar, sin asomo de duda, que hace más de diez años que no me importa si tengo o no tengo un mejor amigo. Sé, de buena tinta, que no lo tengo. Recuerdo que los mejores amigos se decían las cosas que no le dirían a sus otros mejores amigos, y así, sucesivamente, todos los mejores amigos sabían un poco más de su amigo, que no necesariamente tenía que ser el mejor amigo a su vez. Tu mejor amigo podía ser César, pero para César tú no eras su mejor amigo, sino Basilio, que a ti te parecía un imbécil, el imbécil de Basilio, con aquella cara de pan duro o, incluso, te caía bien Basilio, pero no como para auparlo al nivel de mejor amigo, que es lo que consideraba tu mejor amigo. Pero, ya digo, eso era antes, y no sé si las cosas han cambiado al respecto. No me da envidia que, por ejemplo, tú tengas un mejor amigo que no soy yo, porque nunca te he considerado el mejor amigo de alguien.

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Los imponderables
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Marcos Ripalda | 20-02-2017 | 17:37| 0

No supo como decírselo, así que optó por omitirlo. Que su hijo estuviese ciego durante más tiempo. Decirle al amigo que no cabe la menor duda. Afrontarlo como se debe. Qué hubiese puesto aquí Cheever. No más preguntas. Un inncesario modo de operar. Argucias, estridencias para ocultarse mientras el enemigo crece por dentro. Alien. La intimidad de tu coche. Lo que hagas con tu secretaria. A quién le dejas las llaves. Similitudes con la mazorca de maíz. Periplo que no ataja, intuye. El iris de la conciencia. Escribir palabras preciosas que no dicen nada. Así empiezas. Algunos no salen de ahí o ni siquiera llegan. Sólo tienes que mirar tu móvil. Castillos de arena. Uso residencial. Apartamentos de lujo. No hace falta que seas rico. No me cuadra. Voy a dormir hasta que me des una tila. Frenopático. Envía al número que aparece en pantalla y podrás comprarte todo lo que quieras. Una boda múltiple. De color pachuli, ni te imaginas. Marmitaco. Rejuvenecer el pubis mediante una sencilla operación. También me enviaron publicidad para que el escroto sea más terso. Una barbaridad. Un caníbal psicópata puede hacerlo mucho mejor. Lo importante es que estés a la moda, que lo último que hagas sea permanecer en tu zona de confort. ¡Nada de confort, a mover el culo! Pendientes del noticiario se quemaron las pestañas. Ajenos a cuanto sucedía alrededor, murieron desinformados pero tranquilos de verdad. Todas las mentiras. Todas gratis. Contar la situación, presuponerla, hacerse el sueco, el hara-kiri para después. O bien hablar del futuro o rasgarse las vestiduras, restallar heridas, permanecer con los apósitos limpios. Y ahora Ben Hur, cuádrigas, innecesario remake, entretenido divertimento que le da una hostia como un pan a las previsiones de taquilla. Eres irrelevante, desconectas, no voy a entregarte mi alma, Fausto lo serás tú, mejor manejar lo poco que tienes. Hippies. Crispis. Probablemente sepan igual. A lo mejor no hay forma de hacértelo ver. O a lo mejor sí y tenemos que abortar la misión. Lo que faltaba. Periplo de muchos años contaminando el cerebro con lugares comunes, ciertos aromas sospechosos, actividades fuera del horario, principalmente porque eres idiota y te mereces todo lo que te pase. Poder para el pueblo. No se lo daría. En una sociedad democrática las desigualdades son sospechosas. Ponte el abrigo de amianto y cómete este regaliz de lagarto y si hubiera dragones podríamos asar uno y decir, a poco que nos pusiéramos de acuerdo, que la carne estaba sabrosa y que te hacía vomitar fuego si comías demasiado. Dragones en forma de cenicero, ceniceros en forma de alpargatas, alpargatas con forma de pie, pies que son manos. Que te creías tú que esto te iba a salir por la patilla. Carne chamuscada. Hombrecillos grises apuntando a la lata, escupiendo sobre la inalterable recompensa de perder el tiempo más que el compañero. Afeitarse la cabeza, desmadrarse entre algodones de azúcar. La sal del Himalaya sala como una sal que no sea del Himalaya. El sodio es veneno. Jugamos a la ruleta rusa, comparamos las 9mm y después disparamos en fila india hasta que se nos acaban las municiones. Hasta luego sin decirte hola, cambiar los calcetines de cajón y el cajón de edificio y luego volar por los aires el edificio. Los pìes secos. En cuanto eres consciente de que tu escritura automática no es tal, empiezas a narrar lo que haces, escribes de lo que escribirías si escribieses, algo que por lo visto dejó escrito Duras y que Vila-Matas repite en un sinfín de lugares de su literatura. No es este lugar para las quejas, pero le diré algo que no sabría (ni yo), si no hubiera sido porque pegué la oreja donde nadie lo hizo antes que yo. Queda poco tiempo para explicar lo que sucedió, queda poco espacio para ubicar estas nuevas necesidades, queda apenas sitio para un deseo insatisfecho, otro más, y algunos huecos para meter la pata o que la metan otros, la pata desquiciada, desquiciante, la pata. La calle está ahí mismo, sólo tienes que acercarte, pisarla, bajar el pie, disponerte a andar, no pensarlo demasiado, la calle no se va a ir, se parece a otra calle, incluso te diría que es igual que una calle, sí, aquella calle, la calle que se parece a esta otra. Y el aroma artificial tan realista de las flores de plomo dispuestas en el jarrón de porcelana fina. Stand By Me Now. Cómo hemos llegado acá. No tiene sentido pensar en entidades que nos superan en todo. Ellos son más inteligentes, más fuertes. La capacidad lleva aparejada una responsabilidad. Remolinos de agua en el desagüe y boca abajo porque estamos en la otra punta del mundo y nos vemos los pies los unos a los otros. Carpas multicolores se lanzan coletazos de emoción cuando el pescador muere de un infarto tratando de zafarse de la boca de un tiburón amarillo. Vamos a ver. El abogado le dice al perito que en el informe del aparejador ha detectado algunas lagunas clave que hacen entendible e, incluso, criticable sus argumentaciones. Hay que hacer que no se entienda nada, por supuesto, que no se pueda recurrir porque no se sabe que se puede recurrir. Al hacerlo ininteligible es imposible que podamos explicarlo porque tampoco nosotros lo entendemos ni nuestros técnicos ni nuestros miles de alumnos matriculados en Estudios Avanzados e Imprecaciones Varias. Es fácil mantenerse en forma si lo has hecho los últimos treinta años. Por costumbre, más que nada. En las regiones que compiten por abarcar tu alma he hallado cadáveres de sueños posibles y hasta algún aviador con cuerpo de lechuga. Te dicen escribe sobre lo que conozcas, déjate de florituras, di lo que tengas que decir de la manera más simple. Estos consejos me llevaron a un lugar diferente del que estaba, cierto, a una escritura nada preciosista, una escritura con muchos huecos y pocos músculos que la sostengan. No quiero repetirme. Cambiar. Quitas la primera palabra y te quedas con la segunda. Luego, la vuelves a poner cuando haces las correcciones. No hay que fiarse de lo primero que sale, hay que pulir, pero, a veces, no demasiado, cierto; si nos pasamos, le quitamos la sustancia; si podamos poco, nos van a salir ramas por todas partes, ramas innecesarias que no dejan ver la escritura. Yo he estado muchas veces en muchos sitios a la vez. Siempre he querido comunicarte el pensamiento pero las palabras eran, son herramientas imprecisas. Deberían existir lectores de corazón, de cerebros, una ósmosis que deje pasar el pensamiento y así acertar de pleno y hallarnos en la recompensa de entendernos, por fin. No quiero superpoderes, te quiero a ti. He mirado todas las fotos que he hecho estos últimos veintiseis años y he encontrado alguna en la que aparecía yo. Supongo que la timidez me condenó a estar detrás del objetivo. Tengo pocas fotos de mí mismo. No es que tenga especial interés en recordarme. Voy a perderme en alguna isla perdida. Soñaré que me gusta el té. Beberé batidos de frutas y jengibre. Me haré macrobiótico y desayunaré quinoa con frambuesas con algún documental sobre hábitos sanos que agotarán la paciencia de la persona que soy y no de la que veo en esas pocas fotos. El caso es que nos vamos acercando al mutuo entendimiento. Mañana obraremos de otro modo, necesitaremos adecentar un poco la habitación donde trastabillamos y reímos como idiotas. En Nueva York hace frío en invierno y en verano te asas. No te lo discuto. El mundo es un lugar muy grande. La deuda contraída no es reembolsable y sí cada vez más impagable y reconvertible en nuevos y sucesivos dolores de jeta. Bolindres. Esta palabra me acerca a mi infancia, me hace recordar el olor del arroz con habas y tomate de mi abuela, una comida que no he vuelto a probar en veinticinco años y que me apetece una barbaridad ahora. Tengo fotos que demuestran los cambios que hay debajo de esa mesa de ahí. Las cortezas, las pelusas, las uñas mordidas, una moneda, nada serio. Tras escuchar al siempre sorprendente Eels y un disco narcotizante más de lo habitual de Low, no tengo ni idea de qué estoy escuchando ahora, pero me gusta. Creo que me he pasado a Arab Strap. Me gustan, los tenía un poco olvidados. Mezcla de música militar, spoken word y moderneces slowcore con violines y algunos ruiditos digitales. Al final, siempre me descubro tarareando una canción y tú, por supuesto, en Marte.

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ende siècle
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Marcos Ripalda | 13-02-2017 | 11:22| 0

La Tierra desmoronándose.
Dios que se marcha para siempre.
Las carcajadas del sacerdote.
Tiembla y dime que has soñado con esto.
Porque es cierto lo que cuentas en tu última carta.
No es posible observar la marea naranja, se ha interpuesto la luna blanca, la luna asesina que te despoja del cuerpo.
Por eso me acuesto sobre una serpiente dorada. La serpiente no me muerde. Pero lo hará. Sólo tiene que esperar. Noto como se mueve por las venas de cristal, como se estrecha al llegar al torrente sanguíneo mientras se retuerce la espina dorsal. Es una serpiente lista. Eso basta. Se apodera de mi para vaciarme de ti. Le agradezco lo que hace.
Ahora parece que estoy muerto. No puedo sentir nada. Esto es la muerte. No sentir nada. Para siempre. No vengas a buscarme. Muerta también.
Estoy flotando sobre un mar de escombros, de recuerdos. Cientos de buenos propósitos con alas de hojaldre estrellándose sobre las encías de la montaña.
Ahora me espera la nieve. La nieve que no recuerda nada de lo que tú y yo fuimos.
Sí, la nieve.
La nieve amaneciendo sobre el alféizar la nieve que se quita la nieve vampiro la nieve oculta en los corazones la nieve avalancha nieve esperma nieve que se derrite nieve continua nieve esperando a Godot nieve a qué esperas nieve final de invierno nieve que me amas nieve roja revolución nieve insomnio nieve conciencia nieve cumbres borrascosas nieve reproches nieve alcohólica nieve tus deseos de hoy nieve olvido nieve qué me traes nieve soledad nieve para construir nieve cuánta nieve nieve que te contemplas nieve espejo nieve cariño nieve estamos aquí nieve arquitectura demencial nieve no me dejes solo nieve explícame todo esto nieve nieve quédate un poco más nieve no me vas a esperar nieve no me abandones nieve dejo que te marches nieve deja que me vaya nieve presa de siglos nieve no me hagas más daño nieve confío en ti nieve que llueve nieve nieve dónde estás nieve nieve a todas horas nieve destruyendo devorando nieve no te dejes llevar nieve nada ocurrirá hoy nieve amoníaco nieve derritiéndose nieve que lanzan los niños en el parque nieve distinta de la nieve nieve astros de cuarzo nieve delante de nosotros nieve encima nieve en todas partes nieve.

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El niño de los finales atroces
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Marcos Ripalda | 30-01-2017 | 18:29| 0

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Respecto a la primera pregunta le diré, más que nada para que me deje en paz, que no hay nada comparable para el ego de un hombre como lo de verse recompensado por el más alto nivel, aún sabiendo que lo máximo que ha hecho la más alta autoridad es mandar a unos pobres infelices a una muerte segura, porque me juego el pescuezo a que eso lo sabían, tan tontos no son, que los enviaban a una muerte segura, claro, muertes que se hubieran evitado si el alto comisionado se hubiera encargado del asunto, pero no fue el caso ese día, qué mala pata, así que, como están las cosas, nadie querrá recordar el final horrible que tuvieron aquellos hombres ni, por supuesto, la incompetencia de generales, coroneles y demás autoridades que jamás han pisado un campo de batalla y que por ésta y otras razones, que vendría de perlas enumerar, conste, serán bien recompensados por las instancias militares y civiles pertinentes.

Tras escribir el final de su novela, el niño de los finales atroces dejó pulsada la tecla correspondiente al punto y la pantalla se lleno de muchos puntos. Tres eran puntos suspensivos, pero tantos puntos, cómo llamarlos. El niño de los finales atroces se reconoció incapaz de solucionar lo de tantos puntos. Eran como soldaditos dispuestos a acabar con todas las páginas que el procesador de textos pudiera generar. Aquellos puntos irían minando el campo de batalla con hordas de cadáveres y avanzarían, imaginó el niño de los finales atroces, hasta formar un montículo de tinta donde el vacío textual sepultaría hasta la última expresión.

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Sobre el autor Marcos Ripalda
MARCOS RIPALDA es licenciado en Periodismo, diseñador gráfico y cuentista postirónico, término que él mismo acuñó con el beneplácito de su madre. Nacido en Sanlúcar de Barrameda en 1976, ha sobrevivido en Madrid como profesor y maquetador de revistas, folletos y felicitaciones navideñas. Actualmente es el responsable de Diseño del diario HOY. CARMURA LENTEJA es ilustradora. Abandona el blog en mayo de 2017 para dedicarse a otros menesteres.

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