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Aristóteles: el pensamiento racional, científico y lógico

Dijo Arthur Bertrand Russell que “Aristóteles manifestaba que las mujeres tenían menos dientes que los hombres; aunque se casó dos veces, nunca se le ocurrió comprobar esta afirmación examinando la dentadura de sus esposas”. Este comentario de Russell sobre la concepción de la mujer en Aristóteles confirma que las luces y las sombras son habituales en todo pensador, por muy alta que sea su inteligencia, y que ésta difícilmente puede ir más allá de los límites que le impone su propia cultura y el tiempo que le toca vivir.

Busto en mármol del filósofo Aristóteles

Busto en mármol del filósofo Aristóteles

Desde las cumbres de los siglos XX y XXI, que alguna vez serán ladera, es posible justificar, aunque no compartir, algunas afirmaciones que han realizado pensadores de todo tipo y condición a lo largo de la historia, y que hoy no nos parecen nada afortunadas. El hecho de que Aristóteles dijera también que por naturaleza unos nacen amos y otros esclavos, lo que realmente demuestra es que cada cual es hijo y deudor de su tiempo vital, y que aunque posea probablemente la mente más privilegiada de ese momento, no puede salir totalmente de las coordenadas espaciales y temporales en que transcurren sus vivencias.

Las vivencias de Aristóteles comienzan en el año 384 a. C. en una pequeña localidad macedonia próxima al monte Athos, llamada Estagira, localidad de donde proviene el sobrenombre de este pensador: el Estagirita.

Su padre Nicómaco era médico de la corte de Amintas III, abuelo de Alejandro Magno, y pertenecía a la familia de los Asclepíades, que se reclamaba descendiente del dios fundador de la medicina y cuyo saber se transmitía de generación en generación, por lo que cabe pensar que Aristóteles fue iniciado en los secretos de esta ciencia y es posible que de ahí le viniera su afición a la investigación experimental y a la ciencia positiva, tan alejadas de la literatura platónica.

A los 17 años  fue enviado a Atenas para estudiar en la Academia de Platón, en la que estuvo alrededor de 20 años. A la muerte de Platón, se marchó a la ciudad de Axos en compañía de Xenócrates de Calcedonia y de Teofrasto, discípulo y futuro heredero del legado aristotélico. Allí pasó Aristóteles tres años apacibles y fructíferos, dedicándose a la enseñanza, a la escritura y a la vida familiar.

Cuando Hermias fue asesinado, Aristóteles se trasladó a Mitilene, en la isla de Lesbos, dedicándose al estudio de la biología. Dos años más tarde fue contratado por Filipo de Macedonia para que se hiciese cargo de la educación de su hijo Alejandro, que tenía por entonces 13 años.

Parece que en el carácter de Alejandro, con el tiempo Magno, como el coñac, no hicieron mucha huella las enseñanzas del maestro, que predicaba la prudencia y la virtud, que nunca debería ser radical ni extremosa. Pero según  sus contemporáneos, Alejandro era arrogante, bebedor, cruel, vengativo e ignorante, cualidades que, desde luego, se alejaban bastante de las enseñanzas que pudiera haberle transmitido el de Estagira. Parece que a los políticos, poderosos y conquistadores no les hacen mucha mella ni mucha gracia las cuestiones éticas, los valores o la vida virtuosa; tampoco parece que las cosas, tristemente, hayan cambiado demasiado con el tiempo, pues en la actualidad asistimos al espectáculo deprimente y sombrío que nos muestra esa misma falta de valores en los que, precisamente, por los cargos que ocupan, deberían no sólo tener, sino fomentar.

En el 334 se traslada a Atenas, donde funda, en compañía de Teofrasto, el Liceo, una institución pedagógica que durante años compitió con la Academia platónica en la enseñanza de la filosofía.

Los años que median entre su regreso a Atenas y la muerte de Alejandro Magno, en el 323, fueron aprovechados por Aristóteles para llevar a cabo una profunda revisión de una obra que, como dijo Hegel, constituye el fundamento de todas las ciencias, pues Aristóteles fue un gran sintetizador del saber, tan atento a las generalizaciones que constituyen la ciencia como a las diferencias que distinguen a los individuos entre sí.

La amplitud y la profundidad de su pensamiento son tales que hubo que esperar dos mil años para que surgiese alguien de talla parecida. Durante todo ese período, su autoridad llegó a ser tan incuestionable que tanto en filosofía como en ciencia, todo intento de avance intelectual tuvo que empezar con un ataque a cualquiera de los principios de su pensamiento.

Sin embargo, la senda que han seguido los escritos de Aristóteles hasta alcanzar su actual importancia es tan asombrosa que, aun descontando lo que la leyenda haya podido añadir, tiene todos los ingredientes para un argumento de novela de suspense y aventuras, parecida a la que imagina Umberto Eco en su novela El nombre de la rosa, que gira en torno a los crímenes que se cometen en una abadía y que tienen que ver con un libro que mata o por el que matan: el segundo libro de la Poética de Aristóteles, que habla de la comedia y que, según unos, se perdió en el tiempo y, según otros, nunca fue escrito.

Pues bien, a la muerte de Alejandro, en el 323, se extendió por la ciudad de Atenas una oleada de nacionalismo antimacedonio, lo que le supuso a Aristóteles enfrentarse a una acusación de impiedad. Aristóteles, para evitar un segundo crimen contra la filosofía, se exilió a la isla de Calcis, en la isla de Eubea, donde murió en el año 322 a. C.

Según la tradición, Aristóteles le cedió sus obras a Teofrasto, que se las cedió a su vez a Neleo, quien las envió a casa de sus padres en Esquepsis sólidamente embaladas en cajas y con la orden de que las escondiesen en una cueva para evitar que fuesen requisadas con destino a la biblioteca de Pérgamo.

Muchos años después, los herederos de Neleo se las vendieron a Apelicón de Teos, un filósofo que se las llevó consigo a Atenas. En el 86 a.C., en plena ocupación romana, Sila se enteró de la existencia de esas cajas y las requisó para enviarlas a Roma, donde fueron compradas por Tiranión el Gramático. De mano en mano, esas obras fueron sufriendo sucesivos deterioros hasta que, en el año 60 a.C., fueron adquiridas por Andrónico de Rodas, el último responsable del Liceo, quien procedió a su edición definitiva. A él se debe, por ejemplo, la invención del término «metafísica», título bajo el que se agrupan los libros VII, VIII y IX y que significa, sencillamente, que estas obras están colocadas en los estantes a continuación, o más allá, de los libros de física.

Cuando se produce la caída del imperio romano, las obras de Aristóteles, como las del resto de la cultura grecorromana, desaparecieron, y no fue hasta bien entrado el siglo XIII que fueron recuperadas por el árabe Averroes, quien las conoció a través de las versiones sirias, árabes y judías. Del total de 170 obras que los catálogos antiguos recogían y atribuían al maestro de Estagira, sólo se han salvado 30, que vienen a ocupar unas 2.000 páginas impresas.

 

Por Joaquín Paredes Solís

 

 

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Sobre el autor

Desde la AFEx queremos que la actividad filosófica llegue no solamente a alumnos y profesores, sino también a la sociedad en general. La Filosofía es el instrumento intelectual que sirve para analizar y valorar los hechos humanos y las conductas. La Filosofía, como expresión crítica de la conciencia de su época, tiene que ejercer, sin dejar la ironía y el humor, la función del 'tábano' socrático para espabilar, despertar y espolear a la sociedad.


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