¿Qué es la vida sino el día de hoy? Motivados por el mañana y aprendiendo del ayer, pero viviendo el ahora.
Y queriendo o sin querer, así se pasan los días, convirtiéndose en años, sabiendo que la vida es todo un lienzo dibujado por instantes, que estamos acostumbrados a mirar a través de una lupa.
En ocasiones la lupa está muy cerca y conseguimos desgranar los detalles más ínfimos, bien por dilatar una experiencia o sentimiento que nos colma de alegría, bien por hurgar en la herida que se nos abrió y comprender mejor qué es lo que pasó. Ampliar los detalles significa vivir intensamente a cambio de sacrificar la perspectiva, reduciéndolo a días o con suerte semanas. Sentimientos a flor de piel, conocedor de lo sutil, consciente del vello que se mueve en tu brazo al cruzarte con otra persona, de los olores que adornan tu vida, de la gota de lluvia que cae desacompasadamente o de la sonrisa que te regala un desconocido.
También pasamos por épocas en que la lupa parece más retirada del lienzo, abarcando meses de nuestro dibujo de la vida, donde los detalles no importan, el trazo se vuelve más grueso, pero ofreciendo la visión necesaria para identificar las personas, sensaciones o experiencias que de una manera u otra se van incorporando a nuestro tapiz. Con esta lupa sacrificamos nuestra parte más sensitiva, abandonando lo delicado y efímero para ofrecer el protagonismo a la amplitud. Dejamos de ver las hojas y los brotes para poder contemplar toda la rama y de esta manera, observar hacia dónde estamos creciendo, qué dirección siguen nuestros pasos.
Con esta lupa dejamos de pensar en lo que voy a comer mañana, el día tan bueno que pasé ayer o qué voy a hacer cuando termine de trabajar, para pensar en empezar a hacer una hucha para las vacaciones, que desde hace un tiempo estoy más estresado o que me gusta la vida que llevo.
Cada lupa en una mano se van alternando indistintamente. En los momentos más frenéticos, la lupa de cerca se hace más fuerte, es la lupa de la supervivencia. No importan ni ayer ni mañana, tan sólo hoy, ahora, sobrevivir. Cuando disfrutamos de un descanso y conseguimos relajarnos, cambiamos de mano y usamos la lupa de la evolución, proporcionándonos imaginación, creatividad, síntesis y organización. Garantizada la supervivencia, nos dedicamos a engalanar nuestra vida con aquellos adornos que más nos gustan, que nos proporcionan bienestar y en los que nos apoyamos cuando el mar no está en calma. Nos recuerda quiénes somos, nos muestra dónde estamos y nos orienta en el camino a seguir.
Pero un día decides abandonar tu consciencia cotidiana y emprendes un camino inexplorado. No tan cómodo ni tan reconocido, pero a la postre, mucho más pedagógico y gratificante. Ese día decides soltar las lupas, dar un paso atrás y conseguir una perspectiva que te permita contemplar todo ese lienzo que has ido dibujando, toda una vida convertida en una obra de arte única, genuina e irrepetible.
Ese día tomas consciencia de toda tu trayectoria. Te das cuenta que, ese camino que parecía tan alineado con la lupa de la evolución, en realidad no es tan recto debido a esas piedras que tuviste que esquivar. Descubres que esas cicatrices que te marcaron con tanto dolor se han convertido en pinceladas imprescindibles, que armonizan con el resto del cuadro y te han llevado a alcanzar el punto exacto en el que te encuentras ahora. Se revela ante tus ojos todo un universo, formado por cada una de esas llamas de felicidad efímera que has encontrado en tu vida. Comprendes lo innecesario de tus lágrimas cuando se apagaron esos soles que te acompañaron durante un tiempo, convirtiéndose en estrellas fugaces que dejan su estela plasmada en tu lienzo.
Es entonces cuando entiendes que la hermosura de tu obra maestra se debe a cada una de las pinceladas que dejaste. Ni buenas ni malas, tan solo necesarias para poder dibujar el cuadro de tu vida.