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César Hernández

Pensamientos de Luz

SOBRE LA VIDA O LA MUERTE

Al estilo de las grandes películas de Hollywood, debo decir aquello de: Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia… o no.

De visita por Lisboa no pude resistirme a visitar el Cementerio de los Ingleses. Paseando por sus silenciosas calles, tuve que pedir sin palabras disculpas a todos los que se encontraban en este camposanto, haciéndoles saber que tan sólo venía de visita, sin intención de molestar y mucho menos de ofrecer ayuda a nadie que la pudiera necesitar. Era una visita de puro egoismo, como cuando te invitan a cenar unos conocidos y no llevas ni tan siquiera el vino.

Sin llegar a entender cómo pueden profanarse lugares como este por legiones de curiosos irreverentes, me adentraba cada vez más en el silencio del mármol grabado, acompañado de una leve brisa que apenas conseguía mover los bigotes de un puñado de gatos despreocupados a la sombra de una lápida, custodiando cada una de aquellas almas errantes incapaces de iniciar el camino que todos debemos emprender.

Al fondo a la derecha, un buen puñado de coronas de flores apiladas, resistiendo ser marchitadas por el sol sofocante que coronaba un cielo azul, sin nubes, mostraban los resquicios del último inquilino. Al llegar a su altura, tuve que volver a insistir en que mi presencia era improductiva para ellos.

– Lo lamento, buen hombre, pero no puedo hacer nada por usted.

Sus arrugas pronunciadas como surcos labrados con los años disimulaban su mirada triste.

– Aquí me han dejado, como a un perro muerto en la cuneta de cualquier carretera. He criado un nido de buitres que me han acabado devorando. ¡Ni en mi lecho de muerte disimulaban su impaciencia por que abandonara este mundo! Y mi último suspiro hube de ofrecérselo a la luz cegadora situada en la cabecera de la cama del hospital, mientras a mis pies, mis hijos discutían por repartirse lo que con tanto esfuerzo he logrado y que ninguno de ellos merece.

Sin ánimo de iniciar una conversación, pero incapaz de dejar estos lamentos como palabras en medio del desierto, mi pensamiento le respondió:

– No se lamente, caballero. ¿Acaso alguna vez se ha sentido más vivo?

Continué mi paseo por aquel paradógico lugar, construido para deleite de los vivos en honor a los muertos, pero desde entonces fui esclavo de mi propio pensamiento espontáneo que acababa de compartir.

– ¿Cómo se me ocurre decirle eso a un muerto? ¿Seré gilipollas?

Aunque en el fondo sabía que, lejos de ofender a aquel señor, le había ayudado en su tránsito, pero mi condición física me había impedido entender rápidamente lo que mi condición espiritual no tuvo ni que pararse a pensar.

Ahora me pregunto quién de los dos era el vivo o el muerto. Si él, habiendo abandonado aquel cuerpo marchito al que se aferraba como único medio para poder caminar, o yo, que caminando a su lado veía con admiración su capacidad recién adquirida de poder volar.

Si paradógico veía aquel lugar, quizá lo sea más el hecho de verlo como un cementerio de vivos, donde los panteones se convierten en cunas en las que los espíritus consiguen volver a nacer después de haber pasado por un embarazo de toda una vida, formándose, creciendo, para conseguir llegar de la mejor forma posible al inevitable alumbramiento.

Esta reflexión me lleva a meditar sobre lo que Ana Peguero lanzaba al aire hace unos días para quien lo quisiera coger: “No tenemos un alma. Somos un alma. Tenemos un cuerpo.” Porque la divinidad humana reside precisamente en eso, en la inmortalidad de un alma que, valiéndose de un cuerpo, consigue proyectarse a otra dimensión, atemporal, universal, lejos de lo que un cuerpo puede ofrecer, limitado por la física, la química o la biología de la simple materia.

Y si somos un alma que posee un cuerpo, ¿por qué limitar su desarrollo, impidiendo mostrar su magestuosidad? ¿Tan fuerte es la fuerza terrenal que nos impide ver en nuestro interior lo que realmente somos? Quizá sea simplemente una sordera autoimpuesta para evitar distracciones en nuestra vida acomodada del yo tengo y el yo quiero, ajenos a un final conocido que no podremos esquivar.

Paradógico es también salir de un cementerio creyéndose casi muerto, frente a la vida que albergan aquellos pasillos silenciosos y olvidados, donde se hace palpable la vida terrenal que durante tanto tiempo han tenido que sufrir esas almas, aferradas a los cuerpos en los que se atrofiaron sus alas, desconocedoras de que en ellas está la vida. Deambulando sin poder escapar de la trampa provocada por su síndrome de Estocolmo, hasta que un día cualquiera, desentuman su conocimiento y se entiendan libres, grandes, vivas.

Es hora de comprender que no somos más que un alma que tarde o temprano abandonará este cuerpo para poder vibrar a un nivel superior. Por tanto, preparémonos para el parto, cuidémonos, dejemos que el alma crezca sin vendas en los ojos, conocedora de su divinidad. Y mientras tanto, sigamos construyendo cementerios para deleite de los muertos, en honor a los recién nacidos.

Pensamientos de Luz

Sobre el autor

Ingeniero por vocación, coach por devoción, con el coaching y el Reiki he encontrado el equilibrio perfecto entre lo empírico y tangible con lo imperceptible y espiritual. Mi fascinación por la capacidad de la mente, generadora de realidades, y sus efectos sobre el mundo material, es la excusa perfecta para desgranar cualquier frase, sentimiento o pensamiento.Este blog nace con la simple intención de compartir mis soliloquios y divagaciones, sin más, así es que, si te gusta lo que ves, entra y coge lo que quieras.


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