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Mi manca l’Italia
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Carolina Díaz Rodríguez | 30-03-2015 | 09:30| 0

Echo de menos saludar dando dos besos comenzando por la izquierda, dirección también por la que extraño abrir las puertas del portal y la casa en que vivía. ‘Mi manca’, que, aunque suene raro, viene a decir en italiano ‘echo en falta’, beber cafés expresos del tamaño de una uña pero que te pegaban un chute que te espabilaban en un verbo. Añoro también ir paseando por la calle y que no hubiese día que un buen mozo no me invitase a uno rápido (a café, me sigo refiriendo), en la mayoría de los casos para intentar ligar conmigo. Ya me había hasta creado una especie de broma para parecer simpática en los casos en los que me apetecía serlo. Cuando me decían: “Sei carina”, yo respondía: “No, soy Carolina”. Ambos reíamos.

Voy al supermercado y la zona de quesos se me queda pequeña. Echo de menos los grandes cubos de 500 gramos de mozzarella de búfala tanto como en Roma extrañaba no encontrar Aquarius por ninguna estantería cuando me encontraba mal del estómago, que ya les digo que si van algún día, no lo busquen porque allí no existe ni he visto bebida parecida. Y cómo no, mis labios extrañan aquella sonrisa tontorrona que me salía cada vez que veía las magdalenas a la venta, en los supermercados, metidas en tupperware, cosa que me alucinaba, al igual que las lentejas en paquetes como de lujo para Nochevieja, que es la tradición que tienen ellos en lugar de nuestras uvas. De los pasillos dedicados a pasta, mejor ni hablamos… y de los horarios de comer, tampoco, porque eso sí que no lo extraño. Comer a las 13h y cenar a las 19.30-20h como el ‘telegiornale’ marcaba, me superaba. También es cierto que allí en invierno a las 17h ya era completamente de noche y no se veía.

Echo de menos colarme en el bus día sí y día también, incluso los nervios que tenía cada vez que pensaba que podía entrar un revisor. Mi último día en Roma, yendo a la Gallería Borghese, me pilló una revisora, me retuvo con sus grandes brazos para que no me escapase y me denunció. Aún conservo la nota que me dio como un gran recuerdo de mi fin de Erasmus. Por supuesto, no la pagué ni pienso hacerlo. Y siguiendo con el transporte, echo de menos jugarme la vida cada vez que cruzaba mi calle, con muchos pasos de peatones, pero sin semáforos. Un día presencié cómo un mini azul de dos plazas se llevaba por delante una vespa y su conductor terminaba en el suelo sin poder mover las piernas.

Extraño los mercadillos en las calles todos los días, a los vendedores de palos para selfies delante de cada monumento, a los de pañuelos para taparse el escote en el vaticano, y por supuesto, a los de paraguas los días de lluvia. Aún no entiendo cómo he llegado a Extremadura con los dos ojos sanos y salvos, si cada vez que salía a pasear o a hacer fotos y llovía casi me rozaban con ellos la pupila para intentar vendérmelos.

Una de las cosas que aún no he asimilado de mi vuelta de Roma es no tener dos aeropuertos como tenía cerca. Aún sigo obsesionada con los vuelos de Ryanair a 19.90€ desde Fiumicino y desde Ciampino y en ratos de nostalgia, me pongo a buscar destinos y fechas, soñando con poder realizar esos vuelos. Es curioso, pero por menos de lo que a una le cuesta ir de Cáceres a Madrid, desde Roma podías irte a Atenas, Dublín, Varsovia, Marsella, Fez, Bruselas, Colonia… y otros muchos destinos con los que he soñado en mi cabeza.

De las clases en la Sapienza, extraño esa sensación tan agradable de ser un caramelito para todos aquellos que estudian español en Italia. Me pedían que hablase en mi lengua y era el momento más relajante del día, cuando la cabeza dejaba de dolerme de hacer esfuerzos por pensar continuamente en otro idioma. También extraño ‘ser’, como marcaba mi carnet, estudiante de Ciencias Políticas y, en definitiva, una mota de polvo en un país donde la burocracia y el intentar que te solucionen problemas, como un error en la matrícula, es horrible, una auténtica odisea.

Añoro también los riquísimos helados en invierno, los caramelos Perugina, los cornetos de pistacho y de nutella. Extraño poder comprar pizza al ‘taglio’ en cualquier esquina, pasear comiéndomela por el centro, disfrutando del Coliseum, del Panteón, de la Piazza Navona… y de la playa, que la tenía bien cerca, aunque no acompañara el tiempo. Extraño hasta las gaviotas, aunque sea un animal que simbólicamente no me guste, pero echo en falta su cara de mala leche, sus poses en las alturas y su manera de picotear las bolsas de basura a las ocho de la mañana en Venecia, cuando pasaba el barco a hacer la recogida.

En fin, extraño, echo de menos, me faltan, ‘mi mancano’ tantas cosas, que después de tantos meses habiendo sido parte de mi vida, ahora han dejado un gran vacío, que puede ser repuesto por lo que ya tenía aquí, pero no sustituido.

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Vivir de okupa
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Carolina Díaz Rodríguez | 05-02-2015 | 12:40| 0

Hace un par de días, estando en la cama empastillada por una alergia que me tiene debilitada en plenos exámenes, sonó el timbre de la puerta. Me levanté a abrir como buenamente pude, sin ser siquiera consciente de lo que estaba haciendo, y una de las personas que trabajan en la agencia que lleva el piso donde estoy de alquiler junto a otros chicos italianos, me dijo que teníamos que hacer las maletas e irnos en ese preciso momento.

Pero comienzo por el principio: cuando entré en el piso, uno de los chicos, que ya se fue hace meses y con el que hice muy buenas migas, me dijo que cuatro antiguos compañeros suyos estaban en juicio con la agencia porque la fianza de 800 euros que se deposita al principio (equivalente a dos cuotas) no se la devolvían. Me aconsejó que hiciese lo que estaba haciendo él en ese preciso momento: no pagar los dos últimos meses de arrendamiento y así no me engañarían. Este chico se fue el 5 de noviembre del año pasado y en el tiempo que estuvo sin pagar no tuvo ningún problema. Desde entonces, siempre que ha llegado alguien nuevo al apartamento hemos comentado esta práctica.

Aparte del piso en el que vivo, la agencia tiene dos más en el mismo bloque. El caso es que ahora en febrero han abandonado demasiadas personas entre los tres apartamentos, estando dos meses sin abonar el alquiler, y a mí y a otro chico italiano, que llevábamos solo un mes sin hacerlo y nos quedaba otro por delante, nos ha tocado pagar los platos rotos. Nos han amenazado con cortarnos luz, agua y gas, y a otro compañero que está con nosotros van a trasladarlo a otro apartamento, porque como aún no se va, sí paga. Nos han dicho que van a cerrar el piso y que tenemos que irnos, que les importa una mierda si tenemos que dormir en la calle, cuando tenemos contrato hasta el 5 de marzo, y, quedándose con nuestra fianza de 800 euros del principio, ellos no perderían dinero.

Desde hace dos días, estamos buscando alternativas por si es cierto que nos cortan el suministro de energía y agua y estamos haciendo turnos en casa para que nunca se quede sola, por que no puedan cambiarnos la cerradura. Estamos viviendo como okupas, saliendo a comprar a las ocho de la mañana provisiones, escribiéndonos a cada rato por si surge cualquier inconveniente y con las maletas preparadas por lo que pueda pasar. Mi compañero está buscando la manera de vender su coche para poder pagar otro apartamento. No sabemos si intentan meternos miedo, pues también nos amenazan con querellas, o si es cierto que en el momento menos pensado vamos a quedarnos a oscuras, sin corriente, sin agua, tirando de abrigos y mantas, y comiendo frío.

Lo que más pena me da es llevarme esta imagen final de mi estancia en Italia. En el fondo, por culpa de unos cuantos chorizos tenemos unos prejuicios terribles hacia los italianos. Creo que antes de lo previsto, en cuanto termine los exámenes, estaré de vuelta en Extremadura.

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Nos gustan malotes
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Carolina Díaz Rodríguez | 25-01-2015 | 09:30| 0

Yo pensaba que eso de que cuanto más le hacen sufrir a una, más hace que se cuelgue de la otra persona, solo era una teoría un tanto estúpida, pero con cierto fundamento, que se daba en el amor, pero con los resultados que he visto de la última encuesta, empiezo a sospechar que también funciona en la política: cuanto más paro sufrimos los extremeños, más sube Monago en las encuestas.

Esto me lleva a pensar que, o somos masocas, o nos van los ‘presis’ malotes. A mí Monago me recuerda, hablando en términos escolares, a una mezcla entre el líder de la clase que precisamente triunfaba por lo mucho que dejaba que desear su comportamiento; y por otro lado, a la groupie de la cuarta fila, sobre todo por ese afán que ha cogido ahora de traer cantantes y músicos a Extremadura para fotografiarse con ellos. Que digo yo, que ya que al menos los viajes del Senado son inmoralmente gratis, nos saldría más barato mandarlo allá donde sean sus deseados conciertos.

Sin embargo, sigue sin cuadrarme eso de que Pablo Alborán represente los valores de Extremadura, ya no porque sea malagueño, que también, sino por lo ‘penas’ que es, o al menos, en cuanto a demostrar su sufrimiento en las letras de sus canciones. Estilo, en cambio, nada comparable al del presidente extremeño, al que considero que los tiene bien puestos, porque hay que tenerlos bien puestos para convocar a toda la prensa nacional, comenzar diciendo que es el discurso más importante de tu vida, poniendo en duda tu dimisión, para terminar diciendo que no tienes parabólica, y en definitiva, que te la suda si creen las versiones  de tus viajes o no porque vas a seguir en tu puesto.

Qué meses más calentitos nos esperan. Que rulen las encuestas. 

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Contra Pérez Reverte
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Carolina Díaz Rodríguez | 12-12-2014 | 09:00| 0

Estoy leyendo el Quijote y estoy disfrutando como una enana, o sea, como Pablo Iglesias entrevistando a Iñaki Gabilondo. Nunca lo había conseguido leer entero antes. De hecho, me he quedado en breves historias dentro de la propia historia del Caballero de la triste figura, y ahora voy por muy buen camino. No solo porque tenga que examinarme. Si antes me resultaban pesadas las reflexiones de Cervantes, ahora me las devoro, las comprendo, entiendo la ironía que denotan y connotan sus palabras.

No estoy nada de acuerdo con la propuesta de Arturo Pérez Reverte de hacer obligatoria la lectura del Quijote en la ESO. A mí no me obligaron, por suerte, pero cada vez que nos lo dejaba caer algún profesor, a modo de lectura por placer, solo había que ver su grosor y su número de páginas para que se nos quitasen las ganas. Y es que a esas edades no se puede pedir a los niños que se diviertan con un tipo feo y loco que ve la realidad desde otro prisma, que se enfrenta a molinos de viento y rebaños de ovejas creyendo que son lo que no son, y todo eso provocado porque los libros de caballería le han comido la imaginación.

A los 14 o 15 años, los adolescentes prefieren otro tipo de lecturas. Están en la edad del pavo, descubriéndose a sí mismo, y les provoca más dudas e interés saber si los granos que les salen en la cara son de tocarse o, incluso, si esto puede crearles ceguera. Aunque menos visión me parece que tiene Pérez Reverte intentando vendernos su libro adaptación con menos capítulos diciendo que es una buena manera de orientar a alumnos y profesores a que le pierdan el miedo, unos para leerlo, otros para explicarlo. Si lo que quieren en la Academia es que se venda mucho para sacar beneficio, que se marquen un “Umbral” y que vayan a los platós a hablar de “su libro”, pero que se dejen de obligar, que eso solo trae rechazo.

Don Quijote de la Mancha debe ser como esos huevos que dice el refrán que te comerás cuando seas padre. Algo codiciado y anhelado, muy propio para disfrutar en la madurez, cuando se entiende, entero, disfrutando de la historia sin eliminar capítulos y sin cogerle manía porque no nos enteramos.

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Mi carta a Monago desde Roma
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Carolina Díaz Rodríguez | 10-12-2014 | 09:00| 0

En unos días vuelvo a casa por Navidad, como el turrón, aunque cargada de panetones, que son más típicos de aquí. Sin embargo, desde que me vine en septiembre a Roma, todas las noticias que leo de Extremadura, sobre todo en cuanto a política, dejan mucho que desear, por no decir que dan vergüenza, a pesar de que aquí a los extremeños se nos asocia con los andaluces y para situar a la gente en el mapa tengo que explicar que estamos al oeste, entre Madrid y Lisboa, aunque sin Ave.

Cuando llegué aquí, comencé a leer La Repubblica, pero desde que salió a la luz el tema de Monago y sus viajes a Canarias, no he vuelto a coger prensa italiana, están mucho más interesantes los medios españoles. ¿Qué interés tiene la Camorra napolitana comparada con las versiones en forma de monólogo del presidente extremeño intentando explicar lo inexplicable y haciéndonos ver lo tontos que somos y, a la vez, partícipes de sus juegos con eso de que si le atacan a él, nos atacan a todos los extremeños?

El presidente Monago me hace mucha gracia, sobre todo por ese carácter suyo de morir matando. Es como esos caballos que salen a galope con los ojos vendados, sin ver qué pueden llevarse por delante, dejándose guiar por ese mueve hilos de Iván Redondo, a modo de jinete, que en este caso, creo que se está metiendo en un callejón sin salida o en un pozo sin fondo.

Hace unos meses, hice en la universidad un trabajo comparando las salidas de tono de Ibarra con las salidas de tono de Monago, para llegar a la conclusión de que este último era una copia barata, que intentaba acercarse al primero, pero forzando mucho la máquina, como se puede recordar con aquello de: “Antes de hacer recortes sociales me corto un dedo”.

Pero una persona cabezona, testaruda, y eso lo dice una que en ese sentido es igual, no se plantea en ningún momento presentarse a una moción de confianza ante el parlamento extremeño, y menos si se le pide. A una persona con este carácter hay que decirle: “Es que no tienes huevos”, que es la forma de que reaccione (reaccionemos).

Sin embargo, tras su cuarta, quinta, o la versión que sea, porque ni los medios saben ya cuántas van de sus viajes a Canarias, ha quedado claro que a lo que iba era a hacer eso que yo llamo “política afectiva” (ya que llamarlo por su nombre verdadero es atacar a su familia), que debería pagárselo en todo caso su partido y no el dinero público. Y como le ha fallado, para desviar la atención, lo de la venta de la casa del Presidente, que solo puede tener uso público y no privado, ahora nos sale con que Woody Allen viene a dar un concierto en Navidades. Y pretenderá que le aplaudamos. Si todavía fuera a rodar un Midnight in París, o un A Roma con amor, en plan versión extremeña, créanme que sí que le ovacionaría.

A todo esto, señor Monago, finalizo diciendo que yo tampoco tengo parabólica y que, no por eso, cuando termine mi beca Erasmus, pagada con fondos públicos, no tendré que presentar unos cuantos, demasiados, papeles acreditando el aprovechamiento de ese dinero. De hecho, si no supero el 30% de los créditos, debo devolver el importe total de la beca. ¿Usted cuántos papeles dice que ha presentado? Oye, por si se diera el caso.

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Caramelos orgásmicos
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Carolina Díaz Rodríguez | 09-12-2014 | 11:20| 0

Hace unos días, una compañera de clase italiana me dio a probar los caramelos Rossana Perugina. Me preguntó si los conocía. Negué con la cabeza, pues como solo estamos dos españolas en clase, y las dos extremeñas, cada vez que la profesora me siente hablar me llama cotorra. Yo creo que lo hace porque al ser española también necesita desahogarse después de tanto esfuerzo por traducirles y explicarles a los italianos el Quijote.

Al salir de clase, mi compañera me dijo que no era posible pasar por Roma y no probar estos caramelos, que eran muy famosos y muy típicos. Me creó tantas expectativas que pensé que al final me iban a defraudar, pero surgió el efecto contrario: es el mejor caramelo que he probado en mi vida, y además, en un envoltorio rojo muy elegante. Ese mismo día estuve buscando en Internet dónde podría comprar más, y encontré que la tienda oficial está en Vía del Corso, por donde paso de manera habitual.

Para que os hagáis una idea, este caramelo es como tener un orgasmo en la boca. Es muy muy dulce, sin llegar a resultar empalagoso, está compuesto de leche condensada, cacahuetes, avellanas, almendras… tiene un sabor muy particular, me recuerda a los helados de turrón. Lo mejor de él es que tiene varias fases, como el buen sexo: primero tiene una capa muy finita sólida a modo de preliminares. Cuando llevas con él un ratito en la boca comienza a soltar el líquido condensado que lleva dentro, despacito, por los huecos que se van formando en la finita capa primera. Y para finalizar, toda la crema que se encuentra dentro de él se desparrama en tu boca, dejándote un sabor intenso, un éxtasis de azúcar, inigualable.

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Licencia para fostiar
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Carolina Díaz Rodríguez | 08-12-2014 | 09:00| 0

Para que os hagáis una idea, la estación de Termini es a los inmigrantes ilegales lo que Canarias a Monago en titulares de prensa o tweets: van de la mano. Entre la salida de la estación por el lado izquierdo y el Mcdonalds que se encuentra en la acera de enfrente, si no te lanzan veinte besos al aire, si no te paran para intentar endulzarte la oreja o si no intentan robarte, puedes considerarte una chica con suerte. A los chicos, directamente, estoy convencida de que les ofrecen sexo a cambio de dinero. Ver a tantos inmigrantes con sus mejores galas en posición de espera permanente me recuerda a los aseos masculinos de las estaciones de autobuses.

Las dos primeras cosas que dije con anterioridad, lo de que te lancen besos y que te mareen diciéndote cuán grande es tu belleza, aunque no sea verdad, las he vivido y visto asiduamente, y hay que reconocer que al tercer día deja de parecer gracioso para comenzar a dar mucho asco. La última de las cuestiones que decía, la de que te intentasen robar, hasta hace un par de días, no la viví. El problema viene cuando al vivir la tercera, te has encontrado antes con las dos primeras. Entonces, tu ira puede terminar con tu paciencia y prudencia.

Hace unos días iba con una amiga por Termini y tras ese momento en el que unos cuantos babosos nos tenían saturadas con sonidos nauseabundos de besos lanzados al aire y piropos, un niño nos intentó robar. Cuando miré hacia atrás lo vi abriendo la cremallera de la mochila de mi amiga y al verme retiró la mano rápidamente y puso cara de santo. Debía tener entre doce o trece años. En ese momento, creo que me acobardé yo más que él por no saber cómo actuar. Me había preparado tanto psicológicamente por si me encontraba alguna vez en una situación similar… pero jamás pensé que quien fuese a robar pudiera ser menor de edad.

Y es que es un dilema. Porque nosotras tiramos hacia delante y huimos de él, pero si realmente hubiera robado algo o se hubiera puesto incluso agresivo, todos los puñetazos, patadas y hostias que tenía en mente jarrearle a un ladrón si me lo encontraba ante mí, siendo menor de edad, y tan menor de edad, se iban por la taza del retrete.

Por suerte no pasó nada, pero me dejó un poco tocada que un niño tan jovencino en vez de dedicarse a jugar en un parque al fútbol con sus amigos estuviese buscando gente extranjera a quien robar sabiendo que por su edad si le haces algo, tiene la ley a su favor.

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Iphones 6, ambiente mafioso, un descapotable y mucha adrenalina
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Carolina Díaz Rodríguez | 07-12-2014 | 09:00| 0

Hace unas semanas conocí a un italiano de película. Yo estaba dando clases particulares de español y creo que utilizó eso como excusa para conocerme y acercarse a mí. Con 25 años tenía un C2, el máximo nivel, vamos, que hablaba más correctamente que yo.

El primer día que quedamos se empeñó en venir a buscarme a casa en coche para llevarme a tomar algo y conocernos, como ya digo, con la excusa de estar interesado en recibir lecciones. Como no me fiaba y aquí nunca quiero que nadie sepa dónde vivo, quedé con él en por la estación de Termini, que a partir de las diez de la noche no suele ser recomendable. Ese día, además, acababa de dar mi primera clase de español a un cardiólogo y estaba pletórica.

Tardé yo más en reconocerlo que él en llegar. Bajó de un coche increíble, un descapotable de unos 50 millones (me dijo después que costaba eso). No me pregunten marca porque no entiendo. Su español era perfecto, pronunciaba las eses incluso mejor que yo. De hecho creo que desde ese día, él tiene la culpa de que haya perdido mi aspiración extremeña y hable como si fuera de Valladolid.

Me contó que era ingeniero, que llevaba trabajando desde los 19 años gracias al enchufe de su padre y que me quería conocer porque estaba harto de gente rica y estirada. Alucinaba cuando yo le contaba mis viajes precarios en Ryanair y Blablacar. Me resultaba curioso que  me envidiase por mis locuras y aventuras cuando él tenía una vida realmente envidiable, habiendo vivido y viajado por todas partes con tan corta edad. Entonces comenzó a soñar con viajar conmigo en plan low cost e incluso me propuso pensar en hacer algún viaje juntos.

Me llevó a una calle céntrica a tomar un cóctel. Aparcó en un sitio donde no se podía aparcar, pero decía que siendo él sí que podía. Luego entramos en un bar muy lujoso, donde los camareros lo abrazaban y hablaban con él como si fueran hermanos. A mí, en realidad, lo que me tenía impresionada era el suelo, que ibas caminando y unas burbujas se iban moviendo según tus pasos. Nos sentamos y en las sillas y la mesa sucedía lo mismo: apoyabas las manos en ella y las burbujitas se movían.

Abrí la carta y casi me desmayo: el cóctel más barato costaba 15 pavos. Los había de todos tipos y, según me contó, el barman que tenían era el mejor de Roma. Cuando estábamos decidiéndonos, entró en el mismo bar un señor muy trajeado con una puta de lujo, según me contaron él y el barman entre risas. La chica era estilizada y guapísima, y para nada vestía como una señorita de compañía.

Luego salimos del bar y me dijo que si podía acompañarlo a por unos iphone 6, que acababan de salir, para sus amigos. Entonces, a las tantas de la madrugada, presencié una escena típica de mafia italiana que no me atrevo a contar, pero con la que se llegan a entender muchas cosas. Lo cachondo fue que en una mano llegué a estar sujetando tres iphone 6 mientras que en la otra tenía mi Huawei con la pantalla hecha añicos. Esa noche empecé a comprender cómo funciona esta ciudad y por qué, por ejemplo, en una calle normal te puede costar un bocadillo nada especial 4 euros.

Reconozco que todo esto fue muy, muy excitante, sentía cómo se me disparaba la adrenalina y serían las 3 de la madrugada de un día entre semana, pero no quería volver a casa. Entonces me llevó por el Vaticano con el descapotable abierto, después por las calles más importantes, por las que de día en coche no se puede pasar porque están cortadas por temas de turismo. Después fuimos a su garaje porque quería terminar de sorprenderme: me enseñó sus otros dos coches y sus cinco motos, tres utilizables y dos reliquias antiguas.

Después, paramos a tomar una cerveza en un bar muy rockero y para finalizar la noche, terminamos desayunando en una pastelería bajo tierra que si no sabes que está ahí no la ves. El típico lugar italiano con precios increíbles: cruasanes a 0,30 céntimos, cosa que no he visto en ningún otro sitio.

Me dejó al lado de casa cerca de las 5, en la calle paralela, y me dio dos besos, en las mejillas. Ni se insinuó ni nada por el estilo en toda la noche, ni lo hizo al final. Me moló muy mucho ese buen rollito.

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Conocer a tu suegra por Skype
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Carolina Díaz Rodríguez | 06-12-2014 | 09:00| 0

Hasta ahora no me he atrevido a contar las verdaderas historias curiosas que estoy viviendo, tal vez por eso de “Cuando siento no escribo” que decía Bécquer o tal vez porque desde que mi madre tiene Facebook me da vergüenza que pueda leerme e incluso preocuparse con mis hazañas. Pero lo cierto es que no me apetece contar chorradas de viajes, ni lo baratos que son algunos destinos ni lo bello que es pasear por los canales de Venecia, quiero disfrutar describiendo mis peripecias como disfruto viviéndolas.

Estas semanas me han pasado cosas muy raras, y empezaré por la más cachonda de todas: saludar a mi primera suegra. Para quienes me conocen bien, saben que Carol y el concepto de libertad son sinónimos. De ahí que ya de por sí lo de tener suegra suene un poco raro, pero me explico a continuación.

Digamos que hace cosa de un mes conocí a un chico tunecino, de 26 años, a las puertas de un Mcdonalds. Me pareció ‘salao’, con su cresta a lo Cristiano Ronaldo, sus pantalones caídos, sus calzoncillos al aire, su cara de niño bueno… vamos, muy lejos de mi prototipo masculino. Quedamos un par de veces para dar un paseo, tomar unas cervezas, cenar unas pizzas… Al tercer día tenía puesta la foto de perfil de mi whatsapp en la pantalla principal de su móvil, me hacía cosquillas como intentando juguetear, me gritaba frases amorosas de una punta a la otra del metro cuando ambos teníamos que tomar direcciones opuestas, me mandaba corazoncitos por la noche…

Era un chico normal, había estudiado cuatro años de medicina en Túnez, pero aquí no se los convalidaban y trabajaba como terapeuta ocupacional. La felicidad para él consistía en la tranquilidad, en trabajar los días de entre semana, salir a dar un paseo y a tomar una caña y esperar a que llegase el sábado para ir a bailar reggaetón a algún pub de la zona de Testacio. Para cualquier otra chica imagino que hubiera sido una joyita.

A la semana ya había pasado de mandarme corazoncitos por el Whatsapp a enviarme anillos, había pasado de invitarme a tomar una cerveza en un bar, a cenar en su casa; y lo más preocupante, había comenzado a controlar mi vida, a marcarme horarios, a preguntarme si me había hablado por la calle algún chico e incluso a intentar darme dinero para que comiese en la universidad. Lo que me hizo petar fue que una noche, mientras cenábamos en su casa, me presentó a su madre por skype, diciéndole que yo era su chica. Imaginaos por un momento mi cara cuando, tras decirle a su madre que yo era su novia, toda su familia se acercó a la cámara y de repente vi a unos 10 moros mirándome con cara de estupefacción, como si fuera un caramelito.

La semana siguiente estuve escapando de él, inventándome un horario universitario exagerado, argumentando excesivo cansancio. No quería hacerle daño porque se había portado genial conmigo y me parecía un chaval que necesitaba mucho cariño, pero cada vez que recordaba que su madre al despedirse me había invitado a pasar las navidades en Túnez, me ponía mala, aunque a la vez me descojonaba. Era todo tan surrealista en poco más de dos semanas. Determiné dejarlo a la antigua usanza: no eres tú, soy yo, te mereces una chica mejor…

Pero nada, a día de hoy todavía sigue escribiéndome diciendo que me ama. Yo, sintiéndolo mucho, no contesto, no creo que uno pueda enamorarse en tan poco tiempo.

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Atenas, una ganga para estudiantes
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Carolina Díaz Rodríguez | 26-11-2014 | 10:00| 0

Viajar a Atenas en calidad de estudiante es una de las mejores determinaciones que se pueden tomar estando de Erasmus y teniendo cerca un aeropuerto con compañías de bajo coste como Ryanair. No digo esto porque la ciudad de por sí ya sea barata, con la que tiene encima por culpa de la crisis, sino porque la oferta cultural gratuita que se da a los portadores del carnet de estudiantes es increíble.

Para empezar, ya el traslado desde el aeropuerto al centro de la ciudad en bus te cuesta la mitad que al resto de turistas (2.50€). Sin embargo, lo que no esperas encontrarte es ver gratuitamente la Acrópolis, el Partenón, el teatro de Dionisio, el Templo de Zeus, el Ágora Romana y Antigua, el cementerio Kerameikos y la Biblioteca de Adriano, que en una entrada normal cuestan 12€. En Roma, para que os hagáis una idea de la diferencia, ver el Coliseum por dentro, el Foro y el Palatino, con el carnet de estudiante te descuenta de 12€ a 7,50€. Lo más parecido a lo de Atenas, o sea, lo de hacer visitas turísticas gratis, es ir el último domingo de mes a los Museos Vaticanos y el primer domingo a las excavaciones de Ostia Antica, a los museos públicos y también al Coliseum.

En Roma, el billete de metrobús normal por 100 minutos cuesta 1.50€, da igual a qué te dediques y la edad que tengas. En Atenas, el precio base es de treinta céntimos menos, pero si eres estudiante además, pagas la mitad, o sea, 0,60€. No es que sea muy necesario a la hora de desplazarse para ver los emblemas de la ciudad, porque están todos prácticamente cerca, en el centro, pero para los estudiantes Erasmus que vamos de fuera llama la atención y es normal que les tengamos cierta envidia a los que estudian ahí con la misma beca.

Lo único que no les envidio es el idioma. No lo he pasado peor en mi vida intentando pronunciar palabras irreproducibles y letras que no sabía qué sonido tenían. Por suerte, la gente ya debe de estar acostumbrada y, sin entenderte bien, te orientan con gestos y movimientos de manos hacia cualquier lado. El problema llega cuando vas a comer. Entré en un bar a pedir un bocadillo y como había que sacar el ticket en otro sitio alejado del mostrador donde había visto el que me gustaba, no había forma de decir su nombre y que me entendiesen ni de señalarlo. Era muy barato y estaba muy rico, pero pasé un mal trago hasta que conseguí poder tomarlo.

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Carolina Díaz, vive en Arroyo de la Luz y estudia Filología. Cada amanecer coge el autobús a Cáceres. Por la mañana va a la universidad, por la tarde graba vídeos y por la noche vuelve a casa en bus. Solita en Cáceres es la cara oculta de sus grabaciones para las secciones Cáceres Insólita y Mira Quién Habla.

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chimo 13-09-2014 | 16:19 en:
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