Para fotografiar aves, deberíamos intentar adoptar el carácter de las personas a las que le gusta la pesca, gente con paciencia donde las haya, que se sientan a esperar sin problemas, que no les tiembla el pulso, que lo que más ejercitan es la vista. Personas muy sedentarias, que prefieren pasar la tarde con las cañas tiradas en un mismo sitio y que prefieren coger un buen pez del centro de la charca o del río antes que varios pequeños en la orilla.
Yo, cuando pescaba, era de las que sacaban veinte peces, entre percasoles y black blases, nada de delicatessen. Siempre a boya o a veleta, cambiando de sitio mil veces. Sin embargo, los pescadores expertos, esos que ya tenían su lugar escogido, en el mismo tiempo que yo y sin moverse del sitio, sentados normalmente bajo la sombrilla, conversando entre ellos, se iban a su casa con cuatro buenas carpas o tencas, y lo único que nos diferenciaba era el temperamento.
Este fin de semana se ha celebrado el Festival de las Aves de Cáceres y me he apuntado al Maratón fotográfico. Y al igual que si la Parte Antigua de Cáceres fuera una charca, había fotógrafos con gusiluz, que tiraban la foto y cambiaban de sitio, fotógrafos con boya, que en cuanto teníamos algo, daba igual que fuera un simple pardal, dabamos rienda suelta a nuestros obturadores y después estaban los fotógrafos de cañero y asiento, que ponían el trípode y esperaban con suma paciencia que el ave seleccionada por su ojo analítico hiciese un sutil movimiento de alas o se rascase con el pico para tomar una instantánea digna de optar a los premios.
El viernes y sábado, quien más paciencia tuvo, quien más aguantó el pulso, mejor recompensa obtuvo cuando vio las fotos en el ordenador. Yo, que pequé de inexperta, de acelerada y de ir de un lado para otro sin utilizar trípode por pereza, me di cuenta al llegar a casa de que tenía muchos pájaros pequeños en posiciones normales y de que la única foto que de verdad tenía un toque especial, por no usar trípode, salía movida.
Ayer por la mañana, cuando se hizo la entrega de premios en la Fundación Mercedes Calles, quedó demostrado que la paciencia tiene recompensa. Enhorabuena a los ganadores.
Hace meses, me hablaron de un lugar mágico, de un restaurante espacioso, bien organizado, donde podías comer todo lo que quisieses y repetir, donde tú mismo te podías servir y, superando a mis amados Woks, hasta la bebida se incluía en el precio. Aunque lo mejor de todo, lo que más me cautivó, fue el producto principal de sus platos: la pasta.
Desde ese día soñaba con ir y descubrir si era verdad todo lo que me habían contado, si no me estaban vendiendo gato por liebre, si eso de que te sirviesen una pizza de chocolate podía ser cierto. Hace unos días he descubierto que ese restaurante era tal y como yo lo hacía en mi imaginación, que no me estaban tomando el pelo y he probado esa pizza con la que llevaba soñando tanto tiempo.
Hasta ahora, siempre que iba a Badajoz, la mayoría de las veces terminaba comiendo un menú del día que me podía pasar horas buscando de sitio en sitio, porque mis gustos para comer son difíciles donde los haya; o bien podía ir a lo seguro, que era terminar en un Burguer King, un Kebab o un Telepizza. Eso ya se ha terminado. Desde que Primark, HyM y por supuesto, Muerde la pasta, están en El Faro, hacer compras y reponer fuerzas da gusto, aunque para mi dieta no sea recomendable.
Mi cara debía de ser un poema entre tanto plato, mis ojos debían de hablar por sí solos, pues no sabía ni por dónde empezar. Nunca había comido tantos tipos de ensalada en tan poco tiempo, con tantas variedades de salsas. Elegir entre raviolis, tortellinis y rissotos tan variados era difícil, yo quería probar todo lo que llevase queso. Y sin duda, el postre fue lo que más me sedujo. Nunca había comido gofres y profiteroles con tanto chocolate y tanta nata en mi vida. Menos mal que compré antes de comer el vestido para la comunión de mi hermano, si no, con el estómago tan lleno, no entro en mi talla y me cojo un trauma.
Cada vez que veo a una chica asustada gritando y apartándose cuando pasa a su lado un perro, normalmente grande, no puedo evitar reírme y pensar que tampoco es para tanto. Sin embargo, cuando me sube una hormiga por el brazo o me revolotea una avispa al lado, yo soy la primera que empieza a gritar como una loca y corre de lado a lado.
Hay quien teme a los animales grandes y hay quien, como yo, tememos más a los pequeños, con sus patitas, sus aguijones, sus cuerpos gelatinosos, sus babas… Ni en verano ni en invierno nos libramos de ellos. No hay día de lluvia estos meses atrás que no haya pensado: “Por favor, que no me encuentre con un caracol o una babosa en la pared de casa”. En cambio, estos días que nos vienen, lo único que espero es que no me entren avispas por la ventana, que los saltamontes no se me posen en el pelo, que cuando vaya de blanco no se me llene la ropa de bichitos negros… y que las santateresitas no me obliguen a ir a ponerme un Urbasón al médico.
En esta época del año, las terrazas de los bares están llenas de gente disfrutando de lo bien que sientan unas cañas fresquitas para relajarse tras un duro día. Sin embargo, y a contracorriente, yo prefiero el aire acondicionado y los asientos de adentro. No sería la primera vez que empieza a revolotear una avispa a mi alrededor, me levanto corriendo asustada casi tirando las cañas, me pongo a varios metros de distancia y vuelvo cuando se va, aunque por poco tiempo, porque siempre acaba volviendo, y al final, tras ponerme nerviosa, acabo abandonando la terraza.
Empecé a acostumbrarme muy pronto, al mes de comenzar la carrera, a faltar a clase. No porque no me interesasen, sino porque veía tanto nivel en las intervenciones de mis compañeros que me sentía fuera de juego y me deprimía. Decidí cursar Filología Hispánica el último día de la Selectividad, en septiembre, cuando comencé a agobiarme porque la carrera que quería llevaba sin plazas desde antes del verano y el ciclo formativo que estaba cursando no me convencía.
No tardé mucho en asimilar el paso del instituto a la universidad, pero de ese tiempo solo recuerdo lágrimas y más lágrimas. Digamos que acabé cogiéndole el truco: como al principio estábamos mezclados los alumnos de todas las filologías, en la mayoría de las clases podíamos rondar el centenar de personas en el aula y claro, era imposible que los profesores llegasen a memorizar todos los nombres y caras. Me sentía un simple expediente, un nombre unido a un número, que tenía que entregar prácticas, trabajos y aprobar exámenes, pero que no necesitaba asistir a clase, así que podía aprovechar el tiempo en casa, en la biblioteca o, incluso, me llegué a plantear hacer un curso de iluminación por las mañanas.
A lo bueno se acostumbra uno enseguida. En segundo, me pasó lo mismo que me había pasado en primero con todas las asignaturas con el inglés. Fui a clase los primeros días y, por miedo a que la profesora me hiciese leer o me preguntase, dejé de asistir. Otra vez, el ver a gente con tan buen nivel me hundió y a día de hoy, aún tengo el idioma pendiente.
Este año, en tercero, dándole un poco vueltas al coco, he llegado a la conclusión de que no he sabido adaptarme a tiempos nuevos, a un cambio de chip que he intentado varias veces, pero que por mi afición a hacer veinte mil cosas a la vez, no he sabido llevar a cabo. Ya me lo han dicho en varias ocasiones: “Todo no se puede tener”, pero cuando una se acostumbra a no agobiarse por sentir que no das la talla, que otros te dan mil vueltas, que eres un cero a la izquierda… relaciona no ir a clase con no pasar un mal rato, que emocionalmente puede acabarte influyendo, cuando puedes ir a darte un paseo, a hacer deporte, fotografías, escribir o leer en un parque a la sombra de un árbol sin que las inseguridades te atormenten. Este año, con asignaturas específicas y entre veinte y treinta alumnos por clase, las malas costumbres me están pasando factura.
Imaginemos una tarde tranquila, con un grupo de amigos, tomando un café o, simplemente, sentados en un banco. Como es normal hoy en día, uno saca el móvil porque le llega un Whatsapp, otro, porque va a hacer una fotografía para subirla a Instagram, un tercero va a ver el Trending Topic por si ha ocurrido alguna noticia importante de última hora… y hay otro, móvil en mano también, que salta: “¿A qué país corresponde el código internacional PL? ¿A Palestina, a Papúa Nueva Guinea, a Polonia o a Palaos?” Y aunque parezca surrealista, hay alguien que dice: “¡A la tercera, a la tercera!”.
Claramente, Triviados parece hecho para personas que no tenemos otro lugar donde demostrar nuestros conocimientos, o la suerte que tenemos en el juego y, por desgracia, no en el amor. Para quien no lo sepa ni haya jugado, es el clásico Trivial Pursuit de toda la vida, el del tablero, preguntas y quesitos de colores con diferentes temáticas, pero en versión aplicación móvil.
Hace ya mucho que me dijeron que me lo descargase, casi el mismo tiempo que tardé en borrarlo. Digamos que llega un punto en que responder las preguntas es memorizar el puesto en que están colocadas. Sin embargo, no hay día que no escuche hablar de esta aplicación y que alguien no me diga: “A ver si tú sabes esta, que se te dan mejor los deportes: ¿De qué es el suelo de la salida y la llegada de un maratón? ¿De grava, de arena, de césped o de tierra?” Claro, grava y césped los descartas, pero entre arena y tierra… Dices convencida: “¡La segunda!” y por dentro piensas: “A ver si suena la flauta y no parece que tengo una cultura general de pena”.
Comienza la operación biquini y ya estamos buscando, sobre todo las chicas, una dieta que en dos meses, nos ayude a estar en plena forma para lucir un cuerpo bonito este verano. La solución más eficaz, no apta para todas, es una ruptura sentimental: yo perdí 12 kilos así el pasado verano. La única pega: no era sano, y como en todas las formas raras de adelgazar, en cuanto te recuperas, acabas engordando.
Otra dieta, que también probé hace ya unos cuantos años, es la de solo comer frutas y cereales. Me alimentaba sobre todo de tazones de fitness con leche y sandía, y cada noche, antes de acostarme, me hacía en el suelo de la habitación cien abdominales. Daba igual la hora que fuese y las condiciones en las que llegase a casa. Perdí 10 kilos, pero en cuanto llegó octubre, el frío, las tardes en casa picando de aquí y de allá, sucedió eso que llamamos ‘efecto rebote’ y todo lo que había perdido, volví a cogerlo.
Este año me ha dado por buscar una dieta sana en Internet y acompañarla de grandes dosis de ejercicio continuo. Hace poco, me recomendaron comer apio, que tiene la propiedad de quemar grasas, pero cuando me dijeron que su sabor no era bueno ,lo descarté. También tuve una época, que tras leer que el zumo de limón ayudaba a disolver la grasa acumulada en nuestro cuerpo, me bebía cada noche un vaso, agrio, sin echarle agua, como mucho una cucharada de azúcar. Pero a la semana lo dejé, porque además de eliminar grasas, tiene la propiedad de estreñir.
También me han recomendado comer pimientos, espárragos (que dicen que también son muy buenos para las resacas), repollo… pero no lo veo yo claro, no son alimentos que tengan un sabor que me entusiasme, más bien todo lo contrario. Sin embargo, me he decantado por probar una práctica un tanto extraña que me mencionó el otro día una amiga: oler manzanas verdes y bananas. Según me he estado informando, al oler la piel de las manzanas y las bananas, nos sentimos llenos y comemos menos. Me parece interesante: estos dos meses, mucho deporte y mucho visitar supermercados. Saciemos nuestro apetito oliendo manzanas verdes y bananas. Este último, ya no solo va a ser el único fruto del amor, sino también el de las personas delgadas.
El primer móvil que tuve, era un Nokia 3410, grande, gordo, pesado, de esos que ahora denominamos ‘ladrillos’. La pantalla no era a color, ni táctil, ni las teclas cómodas para escribir rápidamente un mensaje, ni mucho menos podíamos imaginar que algún día los fabricarían con cámara integrada… pero era un seguro de vida si tenías que llamar a alguien o echar el rato jugando al Snake, porque la batería podía durarte tranquilamente dos días, y si se te caía al suelo, por muchos golpes que le dieses, siempre sobrevivía.
Aún sigue teniendo vida ese móvil, aún lo tengo en casa, con su cargador en perfecto estado y sus auriculares con micro para hablar en manos libres. Está guardado en una caja como si fuera una reliquia, más que nada, porque siempre viene bien cuando tengo que mandar al servicio técnico el mío, que será súper moderno, tendrá dos cámara integradas, pantalla táctil y multitud de aplicaciones y juegos, pero siempre está jodido.
Hace unos días, le compré el quinto cargador, esta vez de los buenos, no de los chinos. Sin embargo, me da la impresión de que no tiene nada que ver dónde compre el cargador, creo que el móvil me los deshace. No sé si lo hace a propósito, si está hecho así para que los rompa y tengas que estar comprando cada mes uno nuevo, o si es que yo sobrecargo el móvil demasiado, que también pudiera ser.
Lo cierto es que antes me sentía segura al llevar móvil, por si me pasaba cualquier cosa, y ahora, si tengo cualquier imprevisto, no puedo dar señales de vida. ¿Qué es mejor, progresar hacia las aplicaciones y los enredos o conservar lo que nos da seguridad?
Si no es porque hoy es el día del trabajador y porque no tengo cinco años menos, esta mañana hubiera apagado el despertador para no ir a clase, una práctica que he solido realizar como si se tratase de una especie de rito cada vez que el Real Madrid pierde un partido importante. La primera vez, tras perder la final de la Copa del Rey ante el Dépor en el Bernabéu.
Hoy no estoy tan triste por la eliminación de la Liga de campeones, a un paso de la gran final de Wembley, ni siquiera por habernos quedado a un gol, tal vez por falta de tiempo, por no haber aprovechado las cuatro oportunidades tan claras que hemos tenido en los primeros quince minutos del partido… no, hoy no me preocupa eso, sino ese aire de renovación, de fin de una etapa, que tanto nos hacen creer las declaraciones de Mourinho, las informaciones de los periodistas con más rigor deportivo del país sobre los acuerdos de Florentino con Ancelotti, el poco fuelle que le queda a la delantera de nuestro equipo…
No me gusta eso de tener que volver a construir un nuevo proyecto, un nuevo vestuario, y menos con jugadores que triunfan en otros equipos y que al llegar al nuestro, se pasan la mitad de la temporada lesionados, que no rinden como debieran. Mourinho no es del todo de mi agrado, pero lo cierto es que al llegar él, superamos el gafe de los octavos.
Desde que se fue Del Bosque del Madrid, bueno, mejor dicho, desde que lo echaron, ningún otro entrenador había vuelto a hacernos soñar con una nueva orejona, con la décima. Desde Queiroz hasta llegar a Pellegrini, ningún entrenador había conseguido hacer un equipo fuerte a nivel europeo, que demostrase ante los demás países del continente por qué había sido elegido el mejor del siglo XX. Y ahora que estamos a buen nivel, entre los cuatro mejores, que la mayor ilusión tras una derrota es creer que el año siguiente se va a poder, van y nos vuelven a dejar huérfanos. O por ahora, eso nos hacen creer.
Yo quiero volver a ilusionarme el año que viene, una década después de conseguir la novena, con que la décima está a nuestro alcance. ¡Mourinho, quédate!
Hace casi un mes, el 4 de abril, el mismo día que me clavé un cristal en el culo tras tropezar con un vaso en las escaleras de la Madrila, horas antes había estado en el Gran Teatro viendo Fisterra, una obra de teatro interpretada por Eva Hache y Ángeles Martín.
Al igual que cuando voy a visitar museos, en el teatro no sé cuándo se puede fotografiar y cuándo no. Este fin de semana fui con mi hermano a enseñarle el Museo Helga de Alvear y dejé la mochila con la cámara dentro en consigna, creyendo que no podía tomar instantáneas. Al rato, cuando había visto un par de salas, me percaté de que había muchos turistas fotografiando, con el requisito de no utilizar el flash.
Aquella tarde-noche del 4 de abril, sentada en la fila siete del Gran Teatro, junto al pasillo, en el lado impar, me llamó la atención que, justo antes de comenzar la función, no se escuchase una voz exigiendo que apagásemos los teléfonos móviles y no fotografiásemos ni filmásemos durante la obra de teatro, por lo que llegué a la conclusión de que estaba permitido. Estuve totalmente segura en el momento en que varios móviles comenzaron a sonar aleatoriamente y varios obturadores de cámaras se hacían escuchar sin reparo.
Ayer por la tarde, mientras limpiaba las tarjetas de memoria de fotografías de este mes, aparecieron las instantáneas que tomé en el transcurso de la obra Fisterra. Hubo una que me gustó mucho y, como había hecho esa misma tarde con otra de un milano, también tomada hace tiempo, la subí a Instagram. ¿Quién me iba a decir a mí que eso me iba a llevar a mensajearme por privado en Twitter con Eva Hache?
Mis amigos suelen decirme que a veces, demasiadas tal vez, harto en Twitter con tanto hashtag del tipo: #pajarito #nido #ave #alas #Cáceres #Extremadura, y sé que tienen razón, pero tanto Twitter como Facebook me parecen potentes armas de difusión de las fotografías que subo a Instagram. La fotografía de Eva Hache y Ángeles Martín en el momento quizás más importante de la obra, lo que según estoy estudiando ahora en teatro creo que se llama anagnórisis, cuando se descubre la verdadera identidad de los personajes, es la que difundí.
Al minuto de esto, cuando iba a apagar el ordenador, me apareció un RT de la productora de Fisterra, entre otras obras de teatro, en la fotografía que acababa de subir. Me emocionó. A los dos minutos, me escribieron diciéndoles que les gustaba, y a los cinco, se habían borrado estas dos últimas acciones y me seguía Eva Hache en Twitter.
Sí, que Eva Hache me siguiese en Twitter era raro de narices. No entendía nada. Pero que de repente, en cuestión de segundos, me llegase un correo electrónico de Twitter diciéndome que Eva Hache me había escrito un mensaje directo, me parecía surrealista. Como si un hacker se estuviera mofando de mí en ese preciso momento.
Intercambiamos cinco o seis mensajes, todos de buen rollo. Ella me pedía que borrase la fotografía, me explicaba que estaba prohibido tomar instantáneas de las obras de teatro y yo, que he de reconocer que me acojoné un poco, le explicaba que no lo sabía, mientras eliminaba la imagen a la velocidad de un rayo. Al poco tiempo, Eva desaparecía de mi lista de seguidores, pero me dejaba con un subidón de adrenalina tremendo, alucinada, incrédula. Vamos, que nunca cometer un error me había dejado tan buen sabor de boca.













