A los militares extremeños destacados en Líbano les queda una hamburguesa menos para volver a casa. Ese fue el plato estrella de la cena de ayer, como todos los jueves desde hace años en la base Miguel de Cervantes, donde el tiempo no se cuenta tanto por días o semanas como por hamburguesas: Las que se han comido y las que quedan por comer.
A los componentes de la Brigada Mecanizada Extremadura XI que están ahora en Marjayoun les quedan entre siete y nueve hamburguesas por cenar, en función del día concreto en el que suban al avión con destino a casa.
Los vuelos saldrán entre el 15 y el 24 de mayo, ya que no todos regresarán el mismo día. La planificación militar establece que, por una cuestión de operatividad, el relevo del contingente debe hacerse de forma escalonada, no todos de golpe.
De ahí que a uno les queden más hamburguesas que a otros. No están malas, por cierto. Cuando el militar pasa por el bufé con su bandeja, el camarero -el comedor está atendido por habitantes de la zona- le sirve un plato generoso con dos hamburguesas y una buena ración de patatas fritas, al margen de las otras vituallas que haya ido eligiendo cada cual.
En general, la comida en la Cervantes es bastante aceptable. Más que la calidad (en los estándares de un bufé al uso) destaca, sobre todo, la variedad. Es difícil que alguien no encuentre qué llevarse al estómago.
Cuentan quienes llevan tres meses en Líbano que, en ocasiones, la textura del filete o el pescado no es precisamente la de una pieza recién hecha, sino la propia de algo cocinado horas atrás, y recalentado después con un golpe de horno o de microondas. “Lógico”, explican otros, teniendo en cuenta que hay que cocinar para más de 700 personas.
“De aquí, o haces ejercicio, o te vuelves a casa con más kilos que tenías cuando viniste”, resume un soldado. Uno que seguro hace deporte, algo común entre los extremeños que pasan el año en el cuartel de Bótoa y a los que, desde ayer, les queda una hamburguesa menos.