Los viernes noche, pizza y bingo. Esa es la rutina de la mayoría de los 425 militares extremeños destacados en Líbano. Ayer, a las nueve de la noche, la cantina de tropa estaba hasta los topes. “Y en las primeras semanas del reemplazo venía todavía más gente, no se cabía”, cuenta uno de los militares. En el centro de la sala, la soldado Cristina Serrano y el capitán Cebriano, de la UABA (Unidad de Apoyo a la Base) venden los cartones. A un euro la tirada en las primeras cuatro partidas y a dos euros en la última. Se venden unos 200 cartones por partida, y de esa recaudación, el 70 por ciento va para el premio (o sea, unos 140 euros por bingo cantado cuando el cartón cuesta un euro), el 20 por ciento para la línea (40 euros, más o menos) y el diez por ciento va para el capellán de la Brigada Mecanizada Extremadura XI, que gasta ese dinero en comprar artículos básicos que reparte entre la población de la zona. Por cierto, que el ‘pater’, como todos llaman al sacerdote, es un joven treintañero, con barba y planta de jugador de baloncesto.
El bingo se acompaña, en la mayoría de los casos, con pizzas compradas en el bar de la cantina (a entre 5 y 7 euros la generosa porción) y también con cervezas. Ayer brindaron con ellas en casi todas las mesas, entre ellas una especialmente larga y alegre, que incluía a una única mujer. Estaba ella sola pero era la reina del sarao. Era su cumpleaños. Se lo cantaron dos, tres, cuatro veces. Y le llevaron una tarta de chocolate con una pinta estupenda. El regalo colectivo de sus compañeros más cercanos fue eso: el viernes noche de pizzas y bingo. Desconozco si la chica cantó bingo.