Esta semana he acudido a una de esas celebraciones familiares multitudinarias en las que además de gozar con la comida y la bebida se reencuentra uno con el lenguaje de la infancia. O sea, que la magdalena de Proust en mi caso son unas cuantas palabras enraizadas en el ADN del habla. Me bastan unos pocos giros coloquiales para sobreponerme al vocabulario anoréxico del día a día. Expresiones como «ese tío es un calambuco» o «está más gordo que un trullo» me transportan de inmediato a la patria acogedora del lenguaje. El otro día escuché, por ejemplo, dos de esas palabras cargadas de un formidable poder evocador: ‘somormujo’ y ‘escullerona’. No busquen la segunda en el diccionario, no la encontrarán. Y la primera, sí, es un ave acuática de alas cortas que vuela poco y se puede mantener mucho tiempo debajo del agua, pero el sentido con el que yo conozco esa palabra no viene tampoco en el diccionario, pues ‘somormujo’ se utiliza como sinónimo de tipo excesivamente taciturno, reservado, introvertido. Lo que se dice un as de las ‘calladeras’, vamos. La otra palabra, ‘escullerona’, tiene garbo fonético y es casi una onomatopeya de la idea que representa: una persona entrometida, ‘mezucona’, que trata de averiguar o sonsacar asuntos que no son exactamente de su incumbencia. (En la prensa rosa hay muchas ‘esculleronas’). Con todo, si me obligaran a seleccionar un giro o frase para indultarlos del olvido (como se hace ya en algún pueblo de Cáceres) optaría por la exclamación que sigue: «¡Me están poniendo la cabeza como una devanadera!» ¿A que se entiende sin diccionario?