Si las ciudades tienen espíritu, el de Cáceres es la lentitud y la paciencia. Ayer lo ilustraba muy bien en su columna J. R. Alonso de la Torre con el testimonio de un madrileño llegado a la ciudad en los años 70 y al que le llamaban la atención, entre otras cosas, que «en Cáceres se paseaba muy despacio». No abunda la impaciencia. ¿Quién dijo prisas, quién celeridad, quién estrés?
Cuenta Henri Michaux en ‘Un bárbaro en Asia’ (ese tratado de sabiduría viajera que tradujo Borges) que los hindúes a la hora de mendigar lo hacen fríamente, con convicción. Así, el brahman que pide limosna entra en un local público y no dice nada. (No se parecen en eso, pienso yo, a ciertos pedigüeños que ahora nos atosigan). Al brahman, «si le dan algo, aunque sea muy poco, sale y no dice nada. Si no le dan nada, no dice nada, pero si uno muestra impaciencia, lo maldice hasta la décima quinta generación. Para anular esa maldición», advierte Michaux, «no bastará ni una majada de cabras».
En Cáceres la mendicidad no es un fenómeno particularmente relevante, pero sí lo son las situaciones en que la paciencia alcanza cotas casi bíblicas. Yo presencié el otro día uno de esos momentos estelares. Estaba en un comercio rebosante de clientes a la espera de ser atendidos. Justo entonces entró uno de esos personajes entrañables que forman parte de la pequeña historia cacereña. Es un bendito, un alma de Dios cuya única afición o manía –aceptada por todos e inofensiva– consiste en coleccionar monedas de un euro o de dos euros lo más nuevas y relucientes posible. Cuanto más brillen, mejor. Él llega con la sonrisa bonachona y no tiene que decir nada, como el brahman. Tampoco nadie le pide explicaciones. El encargado se limita a sacar una bolsita con el dinero en metálico y le va dando a elegir.
La operación puede durar unos minutos. Y aunque el establecimiento esté a rebosar y la cola se alargue, nadie se impacienta. Ni el dependiente, ni el coleccionista ni los clientes. Todo lo más es que tras el escrutinio, hecha la recolección, el coleccionista se vaya con una sonrisa de oreja a oreja mientras que el de la tienda deja caer una justificación: «Ahora seguro que va a Correos para que se las cambien por otras más relucientes».