Uno de los cuentos más deliciosos que he leído de Mario Benedetti es el titulado ‘Maison Lucrèce’, publicado dentro del volumen ‘Despieces y franquezas’. Ambientado en un imaginario pueblo uruguayo, San Pascual, «más bien conservador y bastante ilustrado», narra las circunstancias inusuales de un burdel fundado en 1919 por una tal Madame Lucrèce que recaló en ese país «como una misteriosa secuencia de la Primera Guerra Mundial». La promotora del negocio consideraba que su casa no debía ser «un lugar de perdición sino de hallazgo» e impuso a sus pupilas la cultura, de modo que cada una de las muchachas tenía en su aposento de trabajo y en los espacios libres «su bibliotequita» y «cuando no habían llegado los huéspedes consuetudinarios o cuando ya habían abandonado aquel lugar de sano esparcimiento, Madame Lucrèce celebraba con sus pupilas verdaderas mesas redondas sobre temas directa o vagamente culturales». Con un humor zumbón, tierno y lleno de ironía, cuenta Benedetti cómo se hablaba allí de Schopenhauer, de las bases científicas del simbolismo o de las influencias de Brener en Freud. Y cumpliendo, además, una norma siempre respetada en San Pascual: hablarse de usted. Nada de tuteo. Y con las pupilas de la Maison, igual, tanto vestidas como en cueros.
Así va enterándose el lector de otro detalle insólito: todas ellas se dedicaban también a la lectura «mientras llevaban a cabo la ceremonia erótica». Y leían desde números de las ‘Selecciones del Reader’s Digest’ hasta ‘Fortunata y Jacinta’ o libros de Romain Rolland, Colette o Thomas Mann.
El protagonista del relato destaca la habilidad amatoria de que era capaz una tal Ondine mientras «con su mano derecha iba pasando morosamente las páginas de las ‘Confesiones de San Agustín’». Sin embargo, con el tiempo cambia la situación porque las ilustradas cortesanas «ahora leen a Bukovski», lo que lleva al protagonista del cuento a exponer una disparatada sarta de argumentos trenzados de lamentaciones y de escándalo. ¡Cambiar las ‘Confesiones’ por Bukovski! A dónde vamos a llegar.
Ya sé que no es equiparable ninguna situación que se compare, aunque sea en tono humorístico, con lo que sucede en el interior de un burdel que pertenece al mundo de la literatura. Pero hecha esa salvedad en prevención de suspicaces y doctorados en el arte de sospechar de terceras y cuartas intenciones, ahora mismo me voy a contradecir porque existen algunas ‘realidades’ próximas que me recuerdan lo que sucede en el cuento de Benedetti.
La vida no se detiene en la Maison Lucrèce. Por allí pasa todo el mundo y aunque desde hace años no está al frente su fundadora, la vida sigue más o menos igual. Las pupilas trabajan y se cultivan; los clientes siguen frecuentando «aquel quilombo de órdago» y únicamente es uno de ellos el que, tal vez melancólico por el paso del tiempo, se escandaliza al comprobar que han cambiado las preferencias lectoras de las chicas, que han variado sus gustos. ¿Pero cuántas veces no ocurre lo mismo en la vida real? Incluso fuera de los burdeles de ficción.