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¿Imperecedero Jobs?

La muerte de Steve Jobs, uno de los fundadores de Apple y paradigma del innovador visionario que salta en Estados Unidos desde el reducto de un garaje familiar a la cima de una de las empresas más importantes del universo, pone de actualidad la trayectoria de un hombre que siempre tuvo fe en sí mismo y coraje suficiente para batallar por sus proyectos. En Internet circula su famoso discurso en la Universidad de Stanford, y se multiplican sus citas como mandamientos de un gurú posmoderno: «Si vives cada día de tu vida como si fuera el último, algún día realmente tendrás razón». O este otro:  «Recordar que vas a morir es la mejor manera que conozco de evitar la trampa de pensar que tienes algo que perder».
He trabajado más de veinte años con productos de Apple, desde aquellos primeros Mac ‘cabezones’ hasta las últimas versiones de los famosos Macintosh. Sé el valor que tienen sus aportaciones tecnológicas y la penetración comercial de sus productos, entre otras razones porque –y ahí me parece que se adivinan las sombras de otros genios– Apple ha logrado que sean los potenciales usuarios quienes se conviertan, incluso antes de ser ‘clientes’, en pregoneros y mensajeros que entonan ‘ hosannas’ y cantan las aleluyas del Ipod, Ipad, Iphone o  Icloud por los que pagan fervorosamente lo que estipula la marca de la manzana.
A mí me parece que hay algo de exceso, de sobreactuación, de falta de ponderación en esta inmensa ceremonia de ‘plañiderismo’ retroalimentado por las redes sociales. Creo que la muerte de Steve Jobs está siendo más llorada –considerando las distancias temporales y tecnologícas– que las de Marconi, Fleming, Graham Bell, Ford e incluso Teresa de Calcuta…
No quisiera parecer irrespetuoso ni establecer comparaciones imposibles, pero puestos  a lamentar  una muerte se me ocurre que muchísimos llorarían antes por ejemplo la desaparición del inventor de la lavadora eléctrica (que por cierto, no sé quién fue) o la del inventor del marcapasos, ya fallecido, que la del padre de varios ‘gadgets’ tecnológicos, por muy innovadores y bien aceptados comercialmente que sean.
Leo algunos de los perfiles periodísticos y biográficos de Steve Jobs y me descubro ante su talento, ante su formidable voluntad, ante lo descomunal de su reto empresarial. Pero todo eso me parece perecedero, con fecha de caducidad. La que suelen fijar el progreso y la inteligencia del hombre.  Sin embargo, me deslumbran su carácter, y su ejemplo vital, que posiblemente no caducan. Y no sé por qué, también me inspira cierta piedad. ¿Ha sido feliz?
Me anoto esas frases de Jobs tan recordadas ahora, pero no me olvido de otras, escritas por el poeta latino Marcial hace 20 siglos para hacernos más confortable la vida, que al fin es lo que cuenta:
«Disputa nunca, etiqueta escasa, mente serena, cuerpo saludable, sencillez sabia, amigos que se nos parezcan y huéspedes amables, noches sin excesivo vino pero libres de preocupaciones, un lecho ameno, sueño que haga breves las tinieblas, que quieras ser lo que eres y no prefieras nada y ni temas ni desees el día final».

Juan Domingo Fernández

Sobre el autor

Blog personal del periodista Juan Domingo Fernández


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