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Al fondo hay sitio

Lo peor de las sociedades desconcertadas no son los  bandazos que dan hasta recuperar  el rumbo, sino el tiempo que pierden en recuperarlo. Cuando nadie sabe manejar la brújula se impone esa desorientación propia de los partidos de fútbol en los patios de colegio, donde cada uno iba a su bola y se jugaba sin orden, sin sistema y sin concierto. Hay momentos en que las sociedades perfectamente estructuradas y dirigidas evolucionan como el ballet del Bolshoi o –aunque mi madridismo se resienta por el ejemplo– como el Barça de Messi, Iniesta y Guardiola. En otros momentos, sin embargo, la sociedad más que un partido de escolares parece un encuentro en el que los jugadores se mueven como pollos sin cabeza.
Si uno mira alrededor y se fija en el panorama económico dan ganas de salir corriendo y ponerse a resguardo. La patronal, por ejemplo, en un ejercicio que recuerda a los profesores que borraban la pizarra y escribían el enunciado del siguiente problema, nos pide un salto en el vacío, que nos introduzcamos en el túnel del tiempo y borremos con la gamuza todo lo obtenido por millones de españoles desde hace medio siglo. Es decir, que el nieto se vaya preparando para las mismas condiciones laborales que tenía su abuelo. Que aprenda idiomas, que deje la maleta a la vista y que ande con ojo por si le meten la mano en el bolsillo para sufragar la educación o la sanidad, pues ¿a cuento de qué tiene que ir todo el mundo ahora a la universidad, si no es pagando? Y oirá eso de que el personal no debe ‘aficionarse’ a visitar los ambulatorios y los hospitales, que luego se masifican y nos cuestan una pasta… ¿Les suena la música?
Finiquitadas las ideologías, constipadas todas las revoluciones y con la espalda doblada por el peso de los mercados, se empeñan en hacernos creer que lo único que cuenta es la pura gestión, que aquí solo caben los tecnócratas de un sistema monstruoso, abstracto, distante e implacable que encima tenemos que alimentar con la falsa coartada de que se abastece de nuestros fondos de pensiones y otros depósitos.
Por eso reconforta toparse con mensajes como los planteados el otro día por el candidato socialista a la Presidencia de Francia, François Hollande, durante su intervención en la III Conferencia de Progreso Global celebrada en Madrid. Lejos de  ambigüedades o eufemismos, Hollande formuló las cuatro especificidades que, en su opinión, distinguen los planteamientos progresistas de los conservadores: el dominio de la política sobre los mercados y las agencias de calificación, la lucha contra la desigualdad en todas sus vertientes, la defensa de la educación y la apuesta decidida por la transición energética hacia fuentes renovables. Me parece todo un programa de gobierno que cabría en un mensaje de teléfono móvil.  Al grano. Esencia sinrollos.
En esa misma conferencia el expresidente de Brasil, Lula da Silva, abogó por luchar contra la opacidad de la banca, contra los paraísos fiscales y a favor de un mayor control financiero global y del dinero público. Su resumen: el mundo no tiene derecho a permitir que la UE acabe porque es «patrimonio democrático de la Humanidad».

Juan Domingo Fernández

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Blog personal del periodista Juan Domingo Fernández


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