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El fútbol y el tío paliza

Cuando yo era pequeño el universo de las estrellas populares siempre estaba coronado por una pareja enfrentada. En fútbol solían ser el Real Madrid y el Barcelona; en los toros, El Viti y El Cordobés, y lo mismo ocurría en otros deportes como el tenis o el ciclismo, en los que las estrellas a veces pasaban periodos más largos de hegemonía antes de ser devoradas y destronadas por un nuevo heredero.
La prensa alimentaba con entusiasmo la estrategia de la rivalidad, quizás porque era una manera efectiva de suscitar más entusiasmo entre los aficionados. A mí me gustaba seguir entonces un deporte, el boxeo, proscrito ahora en la televisión y del que parece que únicamente se atreven a hablar sin complejos el pintor Eduardo Arroyo y el maestro Manuel Alcántara.
Las mitologías de nuestra infancia y juventud estaban pobladas por héroes que se llamaban Pedro Carrasco, Miguel Velázquez, Folledo, Fred Galiana, José Legrá o Perico Fernández. Los cronistas hablaban con unción de un pionero, Paulino Uzcudun, un veteranísimo que solo había perdido una vez en su vida por K.O. y fue nada menos que contra Joe Louis. Los espectadores del boxeo, desde chicos a grandes, nos limitábamos a seguir las evoluciones de los púgiles sobre el cuadrilátero probablemente con la misma expectación y entusiasmo que los espectadores del Coliseo de Roma en las peleas de gladiadores. Emocionados.
Más allá del nombre técnico de algún golpe o de la habilidad en el juego de piernas, nadie sabía otros conceptos sobre boxeo que no fuesen los que proporciona la simple observación y el sentido común, con lo cual el combate podía seguirse en directo o por la tele sin manual de instrucciones y sin tener que oír la matraca de ‘especialistas’ o eruditos a la violeta.
Los niños habíamos visto en televisión nacer una estrella como Cassius Klay (Mohammed Alí) y hasta recordábamos algunas de sus peleas con Foreman o Joe Frazier. Clay se refirió después de manera algo fría a ese deporte que le dio tanta gloria: «El boxeo», dijo, «es cuando un montón de hombres blancos contemplan cómo dos hombres negros se dan una paliza».
El caso es que por aquí el montón de blancos contemplaba los combates y tras la voz del ‘speaker’ no se oía nada más que el comentario del vecino de asiento o las exclamaciones del público. Cuatro frases para ponderar el arrojo de ese púgil, la eficacia  en los ganchos de aquel otro o el juego de cintura del que se presentía que iba a ganar a los puntos. Pelea y exclamaciones.
Qué diferente es asistir a esa ceremonia de brutalidad y ritmo, de instinto animal domesticado por un reglamento sin el habitual fondo palabrista que resuena en otros deportes, digamos el fútbol. Qué diferente si tienes la mala suerte, encima, de que te toca al lado ese secreto entrenador que por lo visto llevamos dentro todos los españoles. Dios te libre del especialista en sistemas, del pelma sabiondo dispuesto a ‘ilustrar’ a la parroquia. Entonces es cuando me acuerdo del boxeo y no echo de menos mi condición de espectador sino mi nula destreza para soltar un directo de derecha.

Juan Domingo Fernández

Sobre el autor

Blog personal del periodista Juan Domingo Fernández


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