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La fiesta en paz

Hay pueblos a los que les resulta más fácil sufrir la historia que asumirla. Entre otras cosas porque el tiempo, que es un bálsamo muy efectivo contra la adversidad, es en ocasiones también un firme aliado del olvido y de la manipulación. Eso lo saben  de sobra quienes alimentan nacionalismos identitarios y excluyentes, pues su imaginación les permite conceder carta de naturaleza a lo que nunca existió o convertir en historia circunstancias y episodios que pertenecen, de hecho, al reino de la mitología y de la ficción, no de la realidad.
Pero también se dan situaciones conflictivas respecto a la historia en ámbitos que nada tienen que ver con los delirios del nacionalismo identitario y excluyente. Hay países que se empeñan en conmemorar la fecha de una derrota porque con ese ejercicio alimentan la llama de la reivindicación, contribuyen a mantener viva una seña del pasado, un rasgo de su gran familia social.
El calendario está lleno de celebraciones y festejos que sirven, sencillamente, para conmemorar hechos históricos o legendarios de carácter religioso, militar, laboral, gremial… que han perdido toda su carga ‘ideológica’ porque están amortizados históricamente, porque se trata de episodios –ciertos o imaginados, para el caso es lo mismo– asumidos por la sociedad. Son simples celebraciones festivas que no levantan sarpullidos en la memoria reciente ni encierran más carga explosiva que la de los cohetes de la fiesta, el folclore y la diversión.
Estoy por asegurar que a este último grupo pertenecen el noventa y nueve por ciento de las fiestas y celebraciones populares de Extremadura. Desde la famosa ‘Encamisá’ de Torrejoncillo hasta San Antón en Navalvillar de Pela, desde la fiesta de ‘los escobazos’ de Jarandilla al ‘Pero Palo’ de Villanueva de la Vera. Otras celebraciones más recientes recrean obras literarias como ‘El alcalde de Zalamea’, en Zalamea de la Serena, o la pura fantasía en Cáceres de ver luchar a San Jorge contra el dragón la víspera del 23 de abril. En esa línea de ‘recreaciones’ son ya famosas la fiesta Al Mossassa, de Badajoz; ‘Los conversos’, de Hervás, y otras debidas al director y guionista Isidro Leyva, como ‘La huella del burguillano’, de Burguillos del Cerro; ‘Senderos placentinos’ y ‘Yo, Inés’, en Plasencia; ‘La oscura voluntad’, sobre Francisco Pizarro, en Trujillo; ‘Yo, Cortés’, basada en la vida de Hernán Cortés y representada en Medellín; ‘Fuerza moral’, inspirada en Felipe Trigo, que se escenificó en Villanueva de la Serena; ‘Furia divina’, acerca de Santa Eulalia, en Mérida…  Más otra colección de ejemplos centrados en la vida de Eugenia de Montijo, Alfonso XI, la batalla de Montijo, la expulsión de los moriscos de Hornachos…
La ya conocidísima ‘Batalla de La Albuera’ se ha convertido en una atracción turística importante para la localidad pacense. Pero esa celebración esta ‘asumida’ desde el punto de vista histórico: en la memoria colectiva invita más a la reflexión que al puro dolor. ¿Produciría el mismo sentimiento una recreación de ‘La guerra de las naranjas’ en Olivenza? Conocer la respuesta a esa pregunta es el mejor termómetro para medir la temperatura y el dolor de la memoria.

Juan Domingo Fernández

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Blog personal del periodista Juan Domingo Fernández


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