Hay quien aspira a sanear la economía reduciendo derechos a los trabajadores. Como si para acabar con la crisis en la industria cinematográfica empezáramos por recortarle el sueldo a los acomodadores. La verdad es que yo soy un descreído en materia de política económica, donde únicamente se cumple con seguridad la ley de Murphy.
Tengo la impresión de que estamos asistiendo a un espectáculo universal de prestidigitación, a un enorme tocomocho en el que el pobre contribuyente es ‘sangrado’ sistemática y sucesivamente por los conglomerados financieros internacionales y sus representantes en la tierra. Me da igual que se les llame ‘mercados’, sistema financiero mundial o gran banca. Lo que cuenta son los resultados: nada por aquí, nada por allí, conejos que saltan de las chisteras y millones de trabajadores (preferentemente asalariados y con nómina) convertidos de nuevo en las víctimas del gran festín del dinero. ¿Cómo no añorar aquellos tiempos en que la Iglesia Católica prohibía la usura y condenaba con la excomunión a quien la practicase? Cuánta razón tienen los cantos de Ezra Pound contra la usura:
«Con usura se hincha la línea / con usura nada está en su sitio (no hay límites precisos) / y nadie encuentra un lugar para su casa. / El picapedrero es apartado de la piedra / el tejedor es apartado del telar /con usura/ no llega lana al mercado /no vale nada la oveja con usura»…
El hombre de la calle tiene la percepción de que es inútil trabajar sacrificadamente toda la vida si la perversidad de un sistema ‘incontrolable’ se asienta sobre la injusticia de un desequilibrio clamoroso: el del dinero. Las rentas de capital son el Becerro de Oro ante quienes todos se doblegan. Y ve tú a sugerirles tasas Tobin, eliminación de paraísos fiscales o regulación financiera mundial… El procedimiento es genial en su simpleza. Los gobiernos se encargan de sacarle las perras al ciudadano y facilitárselas a los bancos. Estos a su vez hacen negocio prestándoles el dinero a los ciudadanos y otra vez a los gobiernos. Si el negocio sale mal, ¡sin problemas!, el gobierno de turno se ocupará de recaudar para que la máquina (el sistema) siga funcionando, para que los bancos y sus directivos no se inquieten, para que nada cambie y todo siga igual.
Ahora, con la excusa de que hay que prevenir el fraude fiscal, se convierte a los bancos en intermediarios necesarios para nuevas operaciones entre particulares… Pero, claro, esa mediación no será gratuita, incluirá la correspondiente tajada, la obligada ‘mordida’, la consabida comisión. Y seguimos sumando. Resumen: las entidades financieras verán ampliado su abanico de negocio. Así se las ponían a Fernando VII. Va a tener razón Bertolt Brecht: «Es mayor delito fundar un banco que robarlo». Engordemos el buche de quienes han generado la crisis. Y el sufrido contribuyente, como en el dicho castizo, además de puta, a poner la cama… No extraña que en el último barómetro del CIS los españoles señalen a los bancos como los principales responsables de la crisis. Lo raro es que no hayan metido en la cárcel a unos cuantos banqueros, como en Islandia.