La pintada destaca en el centro de la pared como las ondas de una piedra en mitad de un estanque: «NO VAS A TENER CASA EN LA PUTA VIDA». Escrito así, con mayúsculas. Y debajo, a modo de firma, la silueta de la hoz y el martillo. Nada más. Resulta inevitable fijarse en la pintada porque sobre ella alguien ha escrito, con tinta roja, otra frase: EN CUBA, CHINA, COREA, ETC. Y a la hoz y el martillo le han pintado unas ‘lágrimas’ simulando gotas de sangre. De manera que leído de seguido el mensaje queda así: «En Cuba, China, Corea, etc, no vas a tener casa en la puta vida»…
Yo pensaba que en los tiempos de las redes sociales y la globalización digital las pintadas iban a desaparecer de las paredes para multiplicarse en Internet. Que iban a extinguirse como los dinosaurios. Pero hay cosas que tardan en cambiar.
Lo sorprendente es que quienes propagaron por los muros lo de «NO VAS A TENER CASA EN LA PUTA VIDA», seguramente desde posiciones de izquierda ‘tradicional’, no han podido evitar que otros, seguramente desde posiciones de derecha ‘tradicional’, comenten la jugada e introduzcan unas pocas palabras que dinamita el sentido del mensaje y hace que se vaya al suelo con el estruendo que producen los derrumbes víctimas del humor.
Recuerdo que durante la transición a la democracia, en Madrid, se hizo muy famosa una pintada atribuida a los sectores fachas en la que no se proponía precisamente al entonces secretario general del PCE –el ‘partido’ por antonomasia– para el premio nacional a la Concordía. La pintada decía: «¡Muerte al cerdo de Carrillo!». Al día siguiente alguien había escrito debajo de aquel desahogo, de aquel exabrupto: «Carrillo, ten cuidado, quieren matarte el cerdo». Otra vez el humor, la ironía, el distancimiento de la inteligencia servía de contrapunto a la radicalidad.
La ebullución ideológica y emocional de aquellos días generó multitud de mensajes y comentarios, de réplicas y contrarréplicas, que transformaban el cartel o la pintada en un arma de doble filo, en un ‘discurso’ de vida frágil. Por ejemplo, para reclamar el regreso de la Pasionaria desde su exilio en Moscú se utilizó hasta la saciedad un lema que los militantes comunistas colocaban en cualquier hueco libre: «Sí, sí, Dolores a Madrid». Bajo aquel reclamo los ácratas apostillaban: «Sissí, emperatriz» Y tan panchos.
Comparados con el envilecimiento de algunos comentarios de Internet y de ciertos digitales asilvestrados, la limpieza y hasta la ingenuidad de los diálogos de pared me mueven a la ternura. Es la constatación de que, aunque sufra la limpieza de la ciudad, la discrepancia con humor, inteligente, aún es capaz de abrirse hueco entre nosotros.