Hace años escuché a una persona muy familiarizada con las cosas del mundo rural un pronóstico sobre la realidad de Extremadura que bordeaba la exageración y el humor negro: «Como en nuestros pueblos no se produzca pronto el ‘desvieje’, no sé cómo va a poderse mantener todo esto».
La palabra ‘desvieje’ se usa mucho en ganadería y significa precisamente eso que usted está pensando: separar del rebaño las ovejas o carneros viejos. Con «todo esto» esa persona que conocía bastante bien la realidad de los pueblos extremeños se refería al creciente número de pensionistas y al envejecimiento palpable de la población, con una pirámide demográfica en la que cada vez hay menos criaturas para el ‘destete’ y cada vez más para un potencial ‘desvieje’, si es que esa práctica ganadera no fuera de imposible aplicación en los seres humanos.
La humorada sobre el ‘desvieje’ gana sentido a medida que arrecia la crisis. Pero en la historia de la literatura no faltan ejemplos en que se buscan soluciones extremas a los problemas de pobreza. No faltan, quiero decir, ejemplos con humor, porque de los otros es sabido que la historia es un catálogo completo. El escritor Jonathan Swift, el autor de ‘Los viajes de Gulliver’, publicó una sátira titulada: «Modesta proposición para impedir que los hijos de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o para el país» en la que el remedio, el chiste cruel, consistía en que los menos pudientes vendieran a sus infantes como alimento para la mesa de los ricos. De esa forma, además de quitarse una boca que alimentar y otro hijo al que cuidar, recibían un dinero para seguir adelante…
La semana pasada el ministro de Educación, José Ignacio Wert, opinó que ‘la fuga de cerebros’ no debería considerarse un «fenómeno negativo» y que la marcha de jóvenes titulados a otros países en realidad supone un desafío para España. Cuando tenemos una generación abocada, en el mejor de los casos a buscarse la vida en el extranjero, el señor ministro va a permitir que discrepe seriamente de su opinión. Igual que lo hacía el catedrático de Economía alemán Juergen B. Donges, quien en una entrevista publicada en HOY reconocía que para Alemanía era muy ‘bueno’ recibir capital humano sin haber invertido en su formación pero para España era «gravísimo».